Versículo destacado

Génesis 2:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Esta es la historia de la creación del cielo y de la tierra. Cuando Dios el Señor hizo el cielo y la tierra, "

Génesis 2:4

menu_book El versículo en contexto

2 El séptimo día Dios terminó lo que había hecho y descansó.

3 Entonces bendijo el séptimo día y lo declaró día sagrado, porque en ese día descansó de todo su trabajo de creación.

4 Esta es la historia de la creación del cielo y de la tierra. Cuando Dios el Señor hizo el cielo y la tierra,

5 aún no había plantas ni había brotado la hierba, porque Dios el Señor todavía no había hecho llover sobre la tierra ni había nadie que la trabajara.

6 Sin embargo, de la tierra salía agua que regaba todo el terreno.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos encontramos un nuevo nombre del Creador, uno que no habíamos visto antes: Jehová, el SEÑOR, representado con mayúsculas en el texto bíblico para reflejar el nombre hebreo. En el capítulo 1 se le llamaba Elohim, el Dios de poder. Ahora se le llama Jehová Elohim, el Dios de poder y perfección, el Dios que lleva su obra a término. Vemos que se le conoce con el nombre Jehová cuando viene a cumplir sus promesas (Éxodo 6:3), y aquí ese nombre resulta apropiado, porque ha terminado lo que comenzó. Jehová es el nombre especial y personal de Dios; muestra que él tiene vida en sí mismo y que da vida a todas las cosas. Es apropiado que ahora se le llame así, porque los cielos y la tierra han quedado completos.

También se nos habla con más detalle de la creación de las plantas y las hierbas, pues fueron creadas para servir de alimento al ser humano (Génesis 2:5-6). La tierra no las produjo por algún poder propio, sino únicamente por el poder todopoderoso de Dios, quien hizo cada planta y cada hierba antes de que brotara de la tierra. De la misma manera, la gracia en el alma, esa planta preciosa, no crece por el poder natural de la tierra. Es obra de la propia mano de Dios. La lluvia también es un regalo de Dios. No llegó hasta que el SEÑOR Dios hizo llover. Si se necesita lluvia, Dios puede retenerla. Si cae a su debido tiempo, Dios la envía. Si llega a una ciudad y no a otra, es Dios quien la manda allí (Amós 4:7).

Aunque Dios normalmente obra por medio de recursos y circunstancias, no está limitado por ellos. Cuando quiere, puede realizar su obra sin esos medios. Las plantas fueron hechas antes de que creara el sol y antes de que hubiera lluvia para regar la tierra o seres humanos que la cultivaran. Por eso, no debemos poner a prueba a Dios descuidando los medios que nos concede; pero sí debemos confiar en él cuando esos medios faltan. De alguna manera, Dios cuidará de las plantas que ha plantado. Aunque todavía no había lluvia, hizo subir un vapor que regó toda la superficie del suelo. Decidió llevar a cabo su propósito por medio del recurso más débil, para que quedara claro que el poder era suyo. La gracia divina llega como una neblina o como un rocío tranquilo, y riega a la iglesia sin hacer ruido (Deuteronomio 32:2).

Después recibimos un relato más completo de la creación del ser humano (Génesis 2:7). El ser humano es como un pequeño mundo, formado por cielo y tierra, alma y cuerpo. Aquí vemos de dónde provienen ambos y cómo fueron unidos. Debemos considerar esto con seriedad y unirnos al salmista en su alabanza: «Estoy hecho de manera admirable y maravillosa» (Salmo 139:14). Eliú, en la época de los patriarcas, se refiere a esta historia cuando dice: «Yo también fui formado del barro» (Job 33:6), «el aliento del Todopoderoso me da vida» (Job 33:4) y «hay un espíritu en el ser humano» (Job 32:8).

Consideremos primero el humilde origen y, al mismo tiempo, la maravillosa estructura del cuerpo humano. El material era sencillo y humilde. El ser humano fue formado del polvo de la tierra, algo que parecía completamente inadecuado para producir a una persona. Sin embargo, el mismo poder infinito que hizo el mundo de la nada hizo al ser humano, la corona de la creación, a partir de algo que era casi nada. Fue formado del polvo fino que cubre la superficie de la tierra. Probablemente no se trataba de polvo seco, sino de polvo humedecido por el vapor que subía de la tierra (Génesis 2:6). No fue formado de polvo de oro, de perlas o de diamantes, sino del polvo común del suelo. Por eso se dice que es terrenal, hecho de polvo (1 Corintios 15:47). Nosotros también somos de la tierra, pues somos descendientes de Adán y fuimos hechos de la misma clase de material. Nuestro vínculo con la tierra es tan estrecho que el vientre de nuestra madre, del cual nacimos, es llamado tierra (Salmo 139:15), y la tierra donde somos sepultados es llamada el vientre de nuestra madre (Job 1:21). Nuestro fundamento está en la tierra (Job 4:19). Nuestro cuerpo es terrenal, formado como una vasija de barro (Job 10:9). Nuestro alimento proviene de la tierra (Job 28:5). Nuestra vida está ligada a la tierra (Job 17:14). Nuestros padres están en la tierra, y nosotros también nos dirigimos allí al final. Por tanto, no hay lugar para el orgullo.

Sin embargo, el Hacedor es grande y su obra es excelente. El SEÑOR Dios, la gran fuente de todo ser y poder, formó al ser humano. De las demás criaturas se dice que fueron creadas y hechas, pero del ser humano se dice que fue formado. Esa palabra señala una obra cuidadosa, gradual, realizada con habilidad y precisión. Para describir esta nueva obra, la Escritura usa una palabra nueva que algunos consideran relacionada con el trabajo del alfarero cuando moldea el barro en el torno. Nosotros somos el barro y Dios es el alfarero (Isaías 64:8). El cuerpo humano fue hecho de manera admirable (Salmo 139:15-16). La obra fue mucho más grande que los materiales. Por eso, presentemos nuestros cuerpos a Dios como sacrificios vivos (Romanos 12:1), como templos vivos (1 Corintios 6:19). Estos cuerpos débiles pronto serán transformados para que sean semejantes al cuerpo glorioso de Cristo (Filipenses 3:21).

Consideremos, en segundo lugar, el origen elevado y la gran utilidad del alma humana. El alma procede del aliento del cielo y es producida por él. No fue hecha de la tierra, como el cuerpo. Esto debería entristecernos cuando nuestras almas se aferran a la tierra y se ocupan únicamente de las cosas terrenales. El alma viene directamente de Dios. Él la dio para que fuera colocada en el cuerpo (Eclesiastés 12:7), así como más adelante dio las tablas de piedra que él mismo había escrito para que fueran colocadas en el arca, y el pectoral con el Urim, que él mismo había diseñado. Dios no es solamente el creador, sino también el Padre de los espíritus. Que el alma que Dios sopló en nosotros suspire por él y viva para él, ya que de él provino. Entreguemos nuestro espíritu en sus manos, pues de sus manos lo recibimos.

El alma también vive en una casa de barro y da vida y fuerza al cuerpo. Por medio del alma, el ser humano llega a ser un ser viviente, es decir, una persona viva. El alma es lo que hace que una persona sea quien es. Sin ella, el cuerpo sería inútil, desagradable y muerto. Pronto tendremos que rendirle cuentas a Dios por nuestras almas: por la manera en que las hemos usado, dirigido y cuidado. Si se descubre que perdimos nuestra alma, aunque hayamos ganado todo el mundo, estaremos perdidos para siempre. Puesto que el alma proviene de una fuente tan noble y posee facultades tan excelentes, no seamos insensatos que desprecian su propia alma al valorar el cuerpo más que el alma (Proverbios 15:32).

Cuando nuestro Señor Jesús ungió con barro los ojos del hombre ciego, quizá estaba mostrando que él era quien originalmente había formado al ser humano del barro. Y cuando sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo», quizá estaba mostrando que él era quien al principio había soplado en el ser humano el aliento de vida. El que creó el alma es el único que puede hacerla nueva.

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