Versículo destacado

Colosenses 3:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Esposas, sométanse a sus esposos, pues este es su deber como creyentes en el Señor. "

Colosenses 3:18

menu_book El versículo en contexto

16 Que el mensaje de Cristo permanezca siempre en ustedes con todas sus riquezas. Instrúyanse y amonéstense unos a otros con toda sabiduría. Con corazón agradecido, canten a Dios salmos, himnos y cantos espirituales.

17 Y todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él.

18 Esposas, sométanse a sus esposos, pues este es su deber como creyentes en el Señor.

19 Esposos, amen a sus esposas y no las traten con aspereza.

20 Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto agrada al Señor.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol termina este capítulo con instrucciones sobre los deberes familiares y sociales cotidianos, como también lo hizo en la carta a los Efesios. Las epístolas que muestran con mayor claridad la gloria de la gracia de Dios y la grandeza del Señor Jesús también hablan con mucha claridad acerca de los deberes propios de cada relación. Nunca debemos separar los privilegios del evangelio de los deberes que este trae consigo.

Comienza con las esposas y los esposos: «Esposas, sométanse a sus propios esposos, como conviene en el Señor» (Colosenses 3:18). La sumisión es el deber de las esposas. La misma palabra se usa para hablar de nuestro deber hacia las autoridades, como cuando Pablo dice: «Sométase toda persona a las autoridades superiores» (Romanos 13:1). También se describe como sujeción y respeto (Efesios 5:24, Efesios 5:33). Una de las razones es que Adán fue formado primero y después Eva; además, Adán no fue engañado, sino que la mujer fue engañada y cayó en transgresión (1 Timoteo 2:13, 1 Timoteo 2:14). Él fue el primero en la creación y el último en la caída. La cabeza de la mujer es el hombre, y la mujer fue hecha del hombre y para el hombre, y no al contrario (1 Corintios 11:3, 1 Corintios 11:8, 1 Corintios 11:9). Esto corresponde al orden de la naturaleza, a la lógica de las cosas y a lo que Dios ha establecido.

Sin embargo, esta sumisión es hacia un esposo, no hacia un amo cruel ni hacia un tirano absoluto. La esposa se somete a su propio esposo, aquel con quien está unida de manera más estrecha y quien también tiene estrictos deberes delante de Dios. Esto es «como conviene en el Señor», es decir, corresponde a esa relación y forma parte de la obediencia a la autoridad y a la ley de Cristo.

Por otro lado, los esposos deben amar a sus esposas y no tratarlas con dureza (Colosenses 3:19). Deben amarlas con un afecto tierno y fiel, como Cristo amó a la iglesia, como aman sus propios cuerpos e incluso como se aman a sí mismos (Efesios 5:25, Efesios 5:28, Efesios 5:33). Este es el amor propio de la relación humana más cercana y uno de los mayores consuelos y bendiciones de la vida. Los esposos no deben tratar a sus esposas con amargura, palabras hirientes ni conducta severa. Deben ser amables y considerados en todo, pues la mujer fue hecha para el hombre, y el hombre también nace de la mujer (1 Corintios 11:9, 1 Corintios 11:11, 1 Corintios 11:12).

Después habla de los hijos y los padres: «Hijos, obedezcan a sus padres en todo, porque esto agrada al Señor» (Colosenses 3:20). Los hijos deben cumplir con gusto todos los mandatos legítimos y dejarse guiar por la dirección de sus padres, ya que los padres tienen un derecho natural y están mejor preparados para orientarlos. Pablo también dice en Efesios 6:2 que los hijos deben honrar a sus padres, no solo obedecerlos. Deben valorarlos y tener un buen concepto de ellos, porque la obediencia debe surgir de una mente que los estima. Esto agrada a Dios y es el primer mandamiento con promesa (Efesios 6:2): la promesa de que les irá bien y vivirán muchos años en la tierra. Por lo general, los hijos que honran a sus padres tienen mayores probabilidades de prosperar y vivir muchos años.

Los padres también deben ser amables; no solo los hijos deben ser obedientes (Colosenses 3:21). «Padres, no hagan enojar a sus hijos, para que no se desanimen». Los padres no deben ejercer su autoridad con dureza ni severidad, sino con bondad y mansedumbre. De lo contrario, despiertan resentimiento, debilitan el ánimo de sus hijos y hacen que estén menos dispuestos a hacer lo correcto. Si los padres presionan demasiado, a menudo empujan a sus hijos hacia una rebeldía mayor. El mal carácter y el mal ejemplo de los padres con frecuencia se convierten en un gran obstáculo y tropiezo para sus hijos, como también se ve en Efesios 6:4. Por medio de la ternura de los padres y la obediencia de los hijos, Dios suele levantar para sí un pueblo y transmitir la fe de una generación a la siguiente.

Luego pasa a hablar de los siervos y los amos: «Siervos, obedezcan en todo a sus amos terrenales» (Colosenses 3:22). Los siervos deben realizar el trabajo que corresponde a su posición y obedecer a sus amos en todo lo que no entre en conflicto con su deber hacia Dios, su Amo celestial. No deben servir solo cuando los están vigilando, como quienes buscan agradar a los demás. Más bien, deben ser honestos y diligentes. Deben trabajar con sinceridad de corazón y con temor de Dios. Esto significa que no deben tener metas egoístas ocultas, ni actuar con hipocresía ni fingir, sino comportarse como personas que reverencian a Dios.

El temor de Dios, cuando gobierna el corazón, hace que las personas sean fieles en cada relación. Los siervos que temen a Dios serán honestos aun cuando ningún ojo humano los vea, porque saben que Dios los está observando. Véanse las palabras de Abraham: «Ciertamente el temor de Dios no está en este lugar» (Génesis 20:11), y las de Nehemías: «Pero yo no hice eso, a causa del temor de Dios» (Nehemías 5:15). «Y todo lo que hagan, háganlo de corazón» (Colosenses 3:23), con diligencia y no con pereza. Háganlo también con alegría, sin quejarse de la providencia de Dios que los colocó en esa posición. «Como para el Señor y no para los hombres». El trabajo de un siervo se vuelve santo cuando se realiza como servicio a Dios, teniendo en cuenta su gloria y obedeciendo su mandato, y no simplemente para agradar a las personas. Cuando somos fieles en nuestros deberes hacia los demás, en realidad estamos cumpliendo nuestro deber hacia Dios.

Para recibir ánimo, los siervos deben saber que un siervo fiel no es menos apto para el cielo por servir en una posición humilde. «Sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia, porque ustedes sirven al Señor Cristo» (Colosenses 3:24). Si sirven a su amo terrenal conforme al mandato de Cristo, están sirviendo a Cristo mismo, y él les dará su recompensa. Su situación actual puede ser la de siervos, pero su recompensa futura es la herencia de hijos. Por otro lado, «el que hace lo malo recibirá el pago de lo malo que haya hecho» (Colosenses 3:25). Dios es justo, y si los siervos engañan o perjudican a sus amos, él les pedirá cuentas, aunque sus amos nunca se enteren. Él castigará al deshonesto y recompensará al fiel; y lo mismo ocurre cuando los amos perjudican a sus siervos. Para Dios no hay favoritismo. El justo Juez de toda la tierra es imparcial. Trata por igual al amo y al siervo, sin tomar en cuenta su posición o condición externa. Ambos están en el mismo nivel delante de su tribunal.

Probablemente, al hablar de todos estos deberes, el apóstol tiene en mente el caso mencionado en 1 Corintios 7: personas que estaban unidas en relaciones con alguien de una religión diferente, como un cristiano y un pagano, o un judío convertido y un gentil incircunciso. En esos casos, alguien podría preguntarse si los deberes cotidianos todavía se aplicaban. Si estas instrucciones eran válidas en esa situación, se aplican con mayor razón a los cristianos unos con otros y cuando ambos pertenecen a la misma fe. ¡Qué feliz sería el mundo si la fe del evangelio gobernara en todas partes! Transformaría cada situación de la vida y cada relación.

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