Versículo destacado
Hechos 8:26 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después de esto, un ángel del Señor le dijo a Felipe: «Levántate y vete al sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza». Este camino pasa por el desierto. "
Hechos 8:26
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
24 Simón respondió: —Oren ustedes al Señor por mí, para que no me suceda nada de esto que me han dicho.
25 Después de dar testimonio y comunicar la palabra del Señor, los apóstoles anunciaron la buena noticia en muchas de las aldeas de Samaria y regresaron a Jerusalén.
26 Después de esto, un ángel del Señor le dijo a Felipe: «Levántate y vete al sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza». Este camino pasa por el desierto.
27 Felipe se levantó y se fue. En el camino se encontró con un hombre de Etiopía. Era un alto funcionario y tesorero de la reina de Etiopía, el cual había ido a Jerusalén a adorar a Dios.
28 Regresaba a su país, sentado en su carro y leyendo el libro del profeta Isaías.
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Esta es la historia de la conversión del eunuco etíope a la fe en Cristo. Por medio de él, tenemos razones para pensar que el conocimiento de Cristo llegó al país donde vivía, y que se cumplió la Escritura: «Etiopía pronto extenderá sus manos hacia Dios» (Salmo 68:31). Felipe, el evangelista, fue guiado al camino donde se encontraría con este hombre (Hechos 8:26).
Cuando las iglesias de Samaria quedaron establecidas y se les asignaron ministros, los apóstoles regresaron a Jerusalén. Felipe se quedó allí, esperando que Dios lo usara en una nueva obra. Entonces recibió instrucciones de un ángel, probablemente en un sueño o una visión nocturna, que le indicó adónde debía ir: «Levántate y ve hacia el sur». Los ángeles no fueron enviados a predicar el evangelio, pero con frecuencia fueron usados para llevar mensajes de guía y ánimo a los ministros (Hechos 5:19).
No debemos esperar ahora una guía angelical tan directa, pero Dios todavía cuida los movimientos y los lugares donde establece a sus ministros. De una manera u otra, guiará a quienes de verdad desean seguirlo hacia el camino en el que aprobará su trabajo. Los guiará con su mirada. Felipe debía ir hacia el sur, al camino que iba de Jerusalén a Gaza, atravesando el desierto o la región desolada de Judá. Él nunca habría escogido ese lugar por sí mismo. Parecía un sitio poco prometedor para encontrar alguna oportunidad de servir; sin embargo, Dios suele abrir puertas en los lugares más inesperados, tal como Jesús enseñó en la parábola de enviar a los trabajadores por los caminos y los cercados (Mateo 22:9).
Felipe obedeció de inmediato (Hechos 8:27). Se levantó y fue sin discutir, sin siquiera preguntar: «¿Qué tengo yo que hacer allí?» o «¿Qué posibilidad hay de hacer algún bien en ese lugar?». Salió sin saber adónde iba ni con quién se encontraría.
Entonces se describe al eunuco, para que veamos qué clase de hombre recibió este favor especial (Hechos 8:27). Era extranjero, un hombre de Etiopía. Había dos regiones llamadas Etiopía: una en Arabia y otra en África. Esta parece ser la Etiopía africana, al sur de Egipto y muy lejos de Jerusalén. En Cristo, los que estaban lejos fueron acercados, tal como Dios prometió que los confines de la tierra verían su gran salvación.
Los etíopes eran considerados una de las naciones más humildes y despreciadas, y su piel oscura era tratada como si fuera una marca en su contra. Sin embargo, el evangelio también fue enviado a ellos, y la gracia de Dios los miró con bondad, aunque el sol hubiera oscurecido su piel. Este hombre también tenía una posición importante; era una persona de gran autoridad en su país. Era eunuco, no en cuanto a su condición física, sino en cuanto a su cargo: un funcionario de la corte, probablemente el encargado principal del palacio o el administrador de la casa real.
Tenía gran autoridad bajo Candace, la reina de los etíopes, quien quizá fue sucesora de la reina de Sabá, también llamada la reina del sur. En aquella tierra gobernaban las reinas, y Candace puede haber sido un título real común, como Faraón en Egipto. Él estaba a cargo de todos sus tesoros, una responsabilidad de mucho peso. No muchos de los poderosos o nobles son llamados, pero algunos sí lo son.
También era prosélito, es decir, alguien que se había unido a la religión judía, pues había ido a Jerusalén para adorar. Algunos piensan que era un prosélito pleno de justicia: que había sido circuncidado y guardaba las fiestas. Otros creen que era solamente un prosélito de la puerta, un gentil que había abandonado los ídolos y adoraba al Dios de Israel desde el atrio exterior. Si fuera así, entonces Pedro no habría sido el primero en predicarles el evangelio a los gentiles, como más tarde afirmó que había sido.
Algunos también piensan que el conocimiento del Dios verdadero se había conservado en Etiopía desde la época de la reina de Sabá. Tal vez el antepasado del eunuco había sido uno de sus acompañantes y había transmitido a las generaciones posteriores lo que aprendió en Jerusalén.
Entonces Felipe y el eunuco fueron puestos juntos en una conversación cercana. Felipe pronto comprendió por qué había sido enviado a aquel desierto. Allí encontró un carruaje que llegó a ser como una sinagoga, y a un solo hombre cuya conversión quizá significaría, sin que Felipe lo supiera, la conversión de toda una nación. Se le dijo que se acercara y se uniera al carruaje, para que el hombre pudiera notarlo (Hechos 8:29). Este es un buen ejemplo para nosotros. Debemos buscar oportunidades de hacer el bien a las personas que encontramos en el camino. El justo puede alimentar a muchos con palabras sabias y útiles. No debemos desconfiar demasiado de los desconocidos, porque aunque no sepamos nada más de ellos, sabemos que tienen un alma.
Felipe lo encontró leyendo su Biblia mientras estaba sentado en el carruaje (Hechos 8:28). Corrió hacia él y lo oyó leer en voz alta, probablemente para beneficio de quienes lo acompañaban (Hechos 8:30). Estaba aprovechando bien el largo viaje, no con filosofía, historia, política ni alguna otra cosa inútil, mucho menos con una novela o una obra de teatro, sino con las Escrituras, específicamente el libro de Isaías. Cristo leyó de ese libro (Lucas 4:17), y el eunuco también lo hacía; esto debería recomendárnoslo de manera especial.
Tal vez estaba leyendo de nuevo los pasajes que había escuchado en Jerusalén, para recordar lo que allí le habían explicado. Todos tenemos el deber de dedicar mucho tiempo a las Santas Escrituras. Las personas que ocupan posiciones importantes deberían hacerlo aún más, porque su ejemplo influye en muchos y a menudo tienen mayor control sobre su tiempo. Las personas sabias y ocupadas aprenden a apartar tiempo para los deberes espirituales. El tiempo es valioso, y es una buena mayordomía aprovechar cada momento para que nada se desperdicie.
Cuando regresamos del culto público, debemos usar medios personales para mantener vivos los buenos sentimientos que allí se despertaron y las buenas impresiones que allí recibimos (1 Crónicas 29:18). Quienes buscan diligentemente en las Escrituras están en un buen camino para crecer en conocimiento, porque al que tiene, se le dará más.
Entonces Felipe le hizo una pregunta justa y amable: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». No se lo preguntó para avergonzarlo, sino para ofrecerle ayuda.
Lo que leemos y escuchamos en la Palabra de Dios es de gran importancia, especialmente lo que enseña acerca de Cristo. Por eso debemos preguntarnos con frecuencia si realmente la entendemos. Jesús preguntó: «¿Han entendido todas estas cosas?» (Mateo 13:51). También debemos preguntarnos si las entendemos correctamente. No podemos beneficiarnos de las Escrituras a menos que las comprendamos, al menos en cierta medida (1 Corintios 14:16, 1 Corintios 14:17). Y gracias sean dadas a Dios, porque lo necesario para la salvación es suficientemente claro para ser entendido.
El eunuco, un funcionario importante de Etiopía, sabía que necesitaba ayuda y le pidió a Felipe que lo acompañara. «¿Cómo podré entender —dijo— si alguien no me guía? Por favor, sube y siéntate conmigo» (Hechos 8:31). Habló con mucha humildad acerca de sí mismo y de su propia capacidad. No se ofendió porque un desconocido, que iba a pie y probablemente no tenía una apariencia impresionante, le preguntara si entendía lo que estaba leyendo. Muchos se habrían ofendido y habrían despedido a Felipe, pero él respondió con modestia: «¿Cómo podré?». Tenemos razones para pensar que era un hombre inteligente y familiarizado con las Escrituras, pero aun así reconoció su debilidad. Quienes desean aprender deben admitir primero que necesitan enseñanza. El profeta tuvo que reconocer que no sabía qué significaban aquellas cosas, y entonces el ángel se lo explicó (Zacarías 4:13).
También mostró un fuerte deseo de aprender y de tener a alguien que lo guiara. Estaba leyendo las Escrituras aunque muchas partes fueran difíciles de entender. En ellas hay muchas cosas oscuras y difíciles, y algunas suelen interpretarse mal. Aun así, no debemos dejarlas de lado. Debemos estudiar las partes que sí entendemos, porque esa suele ser la mejor manera de llegar poco a poco a las más difíciles. El conocimiento y la gracia crecen paso a paso.
Invitó a Felipe a subir y sentarse con él. Esto no fue como cuando Jehú, el rey de Israel, hizo subir a Jonadab a su carruaje para mostrar su celo por el Señor de los ejércitos (2 Reyes 10:16). Fue más bien como decir: «Ven y mira mi ignorancia, y enséñame». Con gusto honró a Felipe al recibirlo en el carruaje, si Felipe podía explicarle un pasaje de las Escrituras. Para entender correctamente las Escrituras necesitamos guía. Los buenos libros ayudan y las buenas personas también, pero sobre todo necesitamos que el Espíritu de gracia nos guíe a toda la verdad.
El pasaje que el eunuco estaba leyendo le dio a Felipe una excelente oportunidad para comenzar. Los predicadores del evangelio con frecuencia tenían oportunidades semejantes cuando hablaban con personas que conocían y aceptaban el Antiguo Testamento, especialmente cuando las encontraban estudiándolo, como en el caso de este eunuco. Él estaba leyendo Isaías 53, y Lucas cita aquí dos versículos de ese capítulo (Hechos 8:32, Hechos 8:33), tomados de una parte de los versículos 7 y 8. Se citan conforme a la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, que en algunos lugares difiere del texto hebreo.
La principal diferencia está en la frase acerca de que Cristo fue quitado. En hebreo dice que fue sacado de la prisión y del juicio, es decir, que lo llevaron apresuradamente y con gran violencia de un tribunal a otro, o que fue arrebatado mediante la violencia y el juicio. Aquí se lee: «En su humillación le quitaron la justicia». Parecía tan pobre e indefenso que le negaron un juicio justo. Contrario a toda norma de rectitud, que toda persona debería recibir, lo declararon inocente y aun así lo condenaron a muerte. No pudieron probar ningún delito contra él; sin embargo, lo humillaron y se lo llevaron. En ese sentido, en su humillación le quitaron la justicia, y el significado es prácticamente el mismo que en el hebreo.
Estos versículos anunciaron varias cosas acerca del Mesías. Primero, moriría, llevado al matadero como una oveja ofrecida en sacrificio. Su vida sería quitada de entre los seres humanos, quitada de la tierra. Por eso, ¿qué razón tenían los judíos incrédulos para tropezar con la muerte de Cristo, cuando sus propios profetas la habían anunciado claramente y cuando era necesaria para completar su obra? Así queda eliminado el tropiezo de la cruz.
Segundo, moriría injustamente. Lo matarían con violencia, lo sacarían apresuradamente de esta vida y no recibiría un juicio justo. Tenía que ser cortado de la tierra, pero no por sí mismo.
Tercero, moriría con paciencia. Como un cordero permanece callado delante de quien lo esquila, y aun delante de quien lo lleva al matadero, él no abrió la boca. Nunca hubo una paciencia como la que mostró nuestro Señor Jesús en su sufrimiento. Cuando lo acusaron y maltrataron, permaneció en silencio. No respondió con insultos, amenazas ni deseos de venganza.
Cuarto, viviría para siempre, a través de edades incontables. Así entiendo la pregunta: «¿Quién puede hablar de su generación?». La palabra hebrea significa propiamente la duración de una vida (Eclesiastés 1:4). ¿Quién puede comprender o describir por completo cuánto continuará su vida, incluso después de su muerte? Su vida solo fue quitada de la tierra. En el cielo vive para siempre y por edades sin fin, como dice Isaías 53:10: «Prolongará sus días».
Entonces el eunuco preguntó: «¿De quién habla el profeta?» (Hechos 8:34). No le pidió a Felipe una lección de gramática ni notas sobre el texto. Quería conocer el punto principal y el propósito de la profecía, algo que le ayudara a descubrir el significado de todo el pasaje al comparar una parte con otra. A menudo las profecías permanecían sin claridad hasta que su cumplimiento las explicaba, y esta era una de ellas.
Hizo una pregunta sabia y reflexiva: «¿Habla el profeta de sí mismo, esperando sufrir como sufrieron otros profetas, o habla de algún otro hombre, de su propio tiempo o de un tiempo posterior?». Los judíos modernos no admiten que este pasaje se refiera al Mesías, pero sus maestros antiguos sí lo explicaban de esa manera. Es posible que el eunuco lo supiera y que en parte ya lo entendiera. Aun así, hizo la pregunta para iniciar una conversación con Felipe, porque la manera de crecer en conocimiento es consultar a quienes saben más.
Así como la ley debía buscarse en los labios de los sacerdotes (Malaquías 2:7), también el evangelio debe buscarse en los ministros de Cristo. Esto es especialmente cierto en cuanto al gran tesoro escondido en el Antiguo Testamento, que ellos tienen la tarea de abrir y explicar. La mejor manera de recibir una buena enseñanza es hacer buenas preguntas.
Felipe aprovechó esta oportunidad para explicar el gran misterio del evangelio acerca de Jesucristo y su muerte en la cruz. Comenzó con esta Escritura y la usó como texto, tal como Cristo había hecho con otra parte de la misma profecía (Lucas 4:21). Después le anunció a Jesús (Hechos 8:35). Eso es todo lo que se nos dice del sermón de Felipe, porque seguramente fue muy parecido a los sermones anteriores de Pedro. La tarea de los ministros del evangelio es predicar a Jesús, y esa es la clase de predicación que tiene más probabilidades de hacer bien.
Es probable que Felipe tuviera entonces el don de lenguas, para poder predicarle a Cristo a este etíope en su propio idioma. Aquí vemos un ejemplo de hablar acerca de las cosas de Dios, y de hablar bien de ellas, no solo en casa, sino también mientras se va por el camino, como ordena Deuteronomio 6:7.
El eunuco fue bautizado en el nombre de Cristo (Hechos 8:36-38). Probablemente había oído hablar de Cristo en Jerusalén, así que el mensaje no era completamente nuevo para él. Pero aun si ya lo había escuchado, eso por sí solo no puede explicar un cambio tan rápido en su corazón. Fue la obra poderosa del Espíritu Santo, actuando con y por medio de la predicación de Felipe, la que lo ganó.
Mientras viajaban y hablaban acerca de Cristo, el eunuco siguió haciendo más preguntas, y Felipe las respondió de manera satisfactoria. Entonces llegaron a un lugar con agua, quizá un pozo, un río o un estanque, y al verla el eunuco pensó en el bautismo. De esta manera, Dios a veces usa lo que parece ser un acontecimiento casual para recordarles a sus hijos lo que deben hacer. El eunuco no sabía cuándo Felipe podría dejarlo ni dónde podría encontrarlo después. No podía esperar que Felipe viajara con él hasta la siguiente parada, así que quiso aprovechar la oportunidad que tenía en ese momento. «Mira, aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?». En otras palabras: «¿Puedes mostrar alguna razón por la que no deba ser recibido como discípulo y seguidor de Cristo mediante el bautismo?».
No exigió que lo bautizaran. No dijo: «Aquí hay agua y estoy decidido a ser bautizado». Si Felipe tenía alguna razón para no hacerlo, estaba dispuesto a esperar. Si Felipe pensaba que no estaba preparado, o que la ordenanza requería más tiempo, el eunuco no insistiría. Hasta el celo más entusiasta debe someterse al orden y a las reglas. Pero sí lo deseaba, y a menos que Felipe pudiera mostrar una razón en contra, quería recibirlo de inmediato. Cuando nos entregamos a Dios, es bueno hacerlo pronto y no demorarnos, porque el momento presente es el mejor momento (Salmo 119:60). Quienes han recibido la realidad que el bautismo representa no deben seguir posponiendo la señal. El eunuco temía que sus buenos sentimientos del momento se enfriaran, así que quiso comprometerse de inmediato con el Señor mediante el bautismo y dejar resuelto el asunto.
Entonces Felipe explicó la condición para recibir el bautismo: «Si crees con todo tu corazón, puedes hacerlo» (Hechos 8:37). Es decir, si crees la verdad que he anunciado acerca de Jesús, si recibes el testimonio de Dios acerca de él y si confirmas con tu propia vida que esa verdad es cierta. Debía creer con todo su corazón, porque las personas creen con el corazón, no solo con la mente. No se trata únicamente de estar de acuerdo mentalmente con la verdad del evangelio. También implica que la voluntad acepte las condiciones del evangelio. Si verdaderamente creía con todo su corazón, estaba unido a Cristo; y si daba evidencia de esa fe, podía incorporarse a la iglesia mediante el bautismo.
Antes de ser bautizado, el eunuco hizo una breve confesión de fe. Es corta, pero dice lo suficiente: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios». Ya había sido adorador del Dios verdadero, así que ahora solo necesitaba recibir a Cristo Jesús, el Señor. Creía que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido, el Ungido. Creía que Cristo es Jesús, un Salvador, el único Salvador de su pueblo de sus pecados. Y creía que este Jesucristo es el Hijo de Dios, que posee naturaleza divina, comparte la misma naturaleza del Padre y, como Hijo de Dios, es heredero de todas las cosas. Esta es la verdad central y distintiva del cristianismo. Todo el que la cree con todo su corazón y la confiesa, tanto esa persona como sus hijos, debe ser bautizado.
Entonces fue bautizado de inmediato. El eunuco le indicó a su conductor que detuviera el carruaje. Fue el mejor lugar de descanso que jamás había encontrado en uno de sus viajes. Ambos bajaron al agua, porque estaban viajando y no llevaban ningún recipiente para sacar agua. Esto no significa que se desvistieran por completo y entraran así al agua. Más bien, probablemente entraron descalzos, como era costumbre, quizá solo hasta los tobillos o hasta media pierna, y Felipe roció agua sobre él. Esto concordaría con la profecía que el eunuco probablemente acababa de leer, apenas unos versículos antes del pasaje del que Felipe había comenzado a hablar, y se ajustaba muy bien a su caso (Isaías 52:15): «Así asombrará a muchas naciones». Los reyes y los grandes se quedarán callados delante de él, se someterán a él y lo aceptarán, porque verán lo que no se les había anunciado y entenderán lo que no habían escuchado.
Aunque poco antes Felipe había sido engañado por Simón el Mago, quien fue bautizado y después demostró no ser un verdadero creyente, Felipe no permitió que eso le hiciera dudar de bautizar de inmediato al eunuco, basándose en su confesión de fe. Si algunos hipócritas entran en la iglesia y después se convierten en motivo de dolor y vergüenza, eso no significa que debamos hacer más estrecha la puerta de entrada de lo que Cristo la hizo. Ellos responderán por haberse apartado, no nosotros.
Entonces Felipe y el eunuco se separaron de inmediato, y esto fue tan sorprendente como el resto de la historia. Uno podría haber esperado que el eunuco se quedara con Felipe o que lo llevara de regreso a su propio país. Había muchos ministros en aquella región, de modo que Felipe podría haberse quedado allí, y habría sido provechoso. Pero Dios dispuso las cosas de otra manera.
Tan pronto como salieron del agua, y antes de que el eunuco regresara a su carro, el Espíritu del Señor se llevó a Felipe (Hechos 8:39). No le dio tiempo para pronunciar las palabras habituales de ánimo después del bautismo, algo que probablemente ambos esperaban. Pero la partida repentina de Felipe compensó la falta de aquella conversación, porque parece haber sido un milagro. Es probable que Felipe haya sido llevado por el aire mientras el eunuco lo observaba y que después desapareciera de su vista. Este milagro confirmó el mensaje de Felipe tanto como lo habría hecho un milagro realizado por medio de él.
Felipe se había ido, y el eunuco ya no volvió a verlo. Había perdido a su ministro, pero regresó a su Biblia. Primero se nos dice cuál era su disposición, es decir, cómo se sentía: siguió su camino con alegría. Continuó su viaje porque el trabajo lo llamaba de regreso a casa. Esto no estaba en conflicto con su fe cristiana, pues la fe cristiana no considera que la santidad consista en convertirse en ermitaño o vivir aislado de los demás. Al contrario, es una fe que las personas pueden y deben llevar a la vida diaria.
Y, sin embargo, siguió su camino lleno de alegría. No miró hacia atrás con pesar al recordar aquel cambio repentino en su vida religiosa. Más bien, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía. Continuó con un gozo demasiado profundo para expresarlo con palabras y lleno de gloria. Nunca había sido tan feliz en su vida. Se alegraba porque él mismo había sido unido a Cristo y ahora le pertenecía. También se alegraba porque tenía buenas noticias que llevar a su propio pueblo y ahora esperaba guiarlos a ellos también a la comunión con Cristo. Regresó no solo como cristiano, sino también como ministro.
Algunas copias del versículo lo presentan de esta manera: cuando salieron del agua, el Espíritu Santo descendió sobre el eunuco sin que el apóstol le impusiera las manos; luego, el ángel del Señor se llevó a Felipe. Después se nos dice adónde fue dirigido Felipe. Lo encontraron en Azoto, también llamada Asdod, una antigua ciudad filistea. Allí el ángel, o el Espíritu del Señor, lo dejó. Ese lugar estaba a unos treinta millas de Gaza, adonde se dirigía el eunuco, y el doctor Lightfoot piensa que el eunuco tomó un barco allí y viajó por mar hasta su propio país.
Pero Felipe, dondequiera que estuviera, no permaneció inactivo. Recorrió la región y predicó en todas las ciudades hasta llegar a Cesarea. Allí se estableció y, por lo que podemos entender, hizo de ese lugar su residencia principal desde entonces. Más adelante lo encontramos en Cesarea con su propia casa (Hechos 21:8). Había sido fiel al servir a Cristo como predicador itinerante y, con el tiempo, recibió un hogar estable.
De este capítulo
Hechos 8:1
"Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban. Aquel mismo día comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y de Samaria."
Hechos 8:2
"Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lloraron mucho por él."
Hechos 8:3
"Mientras tanto, Saulo perseguía a la iglesia: entraba de casa en casa para sacar a rastras a hombres y mujeres y mandarlos a la cárcel."
Hechos 8:4
"Pero los que tuvieron que salir de Jerusalén anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban."
Hechos 8:5
"Felipe, uno de ellos, fue a la principal ciudad de Samaria y comenzó a hablarles de Cristo."
Hechos 8:6
"La gente se reunía, y todos escuchaban atentamente lo que decía Felipe, pues veían las señales milagrosas realizadas por él."
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