Versículo destacado
Hechos 8:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban. Aquel mismo día comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y de Samaria. "
Hechos 8:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban. Aquel mismo día comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y de Samaria.
2 Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lloraron mucho por él.
3 Mientras tanto, Saulo perseguía a la iglesia: entraba de casa en casa para sacar a rastras a hombres y mujeres y mandarlos a la cárcel.
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En estos versículos vemos más acerca de Esteban, de su muerte y de la manera en que la gente reaccionó ante ella. Las reacciones fueron distintas, como suele suceder en casos así, según lo que cada persona pensaba al respecto. Cristo les había dicho a sus discípulos, cuando estaba a punto de dejarlos: «Ustedes llorarán y se lamentarán, pero el mundo se alegrará» (Juan 16:20). Eso es exactamente lo que sucede aquí.
La muerte de Esteban fue recibida con satisfacción, en particular por un hombre, aunque seguramente por muchos más. Ese hombre era Saulo, quien después sería llamado Pablo. Aprobó verdaderamente la muerte de Esteban, y las palabras usadas sugieren que se alegró por ella. Observó aquella escena sangrienta con satisfacción, esperando detener así la expansión del cristianismo. Es probable que más adelante Pablo le pidiera a Lucas que incluyera este detalle para avergonzarse a sí mismo y honrar la gracia soberana de Dios. Al admitirlo, confiesa su culpa por la sangre de Esteban y la hace aún más grave al decir que no actuó con pesar, sino con placer. Era como aquellos que hacen tales cosas y además aprueban a quienes las practican.
Otros lamentaron la muerte de Esteban, como dice Hechos 8:2. Eran hombres piadosos, expresión que algunos entienden como una referencia a convertidos, es decir, gentiles o no judíos que se habían unido a la fe judía. Es posible que el propio Esteban hubiera sido uno de ellos. O quizá la expresión se refiere, de manera más general, a algunos miembros de la iglesia que eran más piadosos y fervorosos que otros, y que fueron a recoger su cuerpo destrozado. Le dieron una sepultura digna, probablemente en el campo que se había comprado para enterrar a los forasteros. Lo sepultaron solemnemente y lloraron mucho por él. Aunque su muerte le había traído un gran beneficio y había servido a la iglesia, la lamentaron como una pérdida enorme, porque Esteban había sido muy dotado y útil, tanto como diácono como defensor de la fe. Es una mala señal cuando la muerte de personas así no se siente profundamente.
Estos hombres piadosos le rindieron a Esteban ese último honor por buenas razones. Primero, demostraron que no se avergonzaban de la causa por la que él había sufrido ni temían la ira de sus enemigos. Aunque por el momento los enemigos parecían estar triunfando, la causa era justa y finalmente vencería. Segundo, mostraron cuánto valoraban a este fiel servidor de Jesucristo, el primer mártir del evangelio, cuyo recuerdo seguiría siendo precioso aunque sus enemigos hubieran querido que su muerte trajera vergüenza. Honraban a aquel a quien Dios había escogido honrar. Tercero, demostraron su fe y esperanza en la resurrección de los muertos y en la vida futura.
Después del martirio de Esteban, comienza con toda intensidad la persecución contra la iglesia. Cuando la furia de los judíos contra Esteban llegó a tal extremo, no podía detenerse rápidamente ni satisfacerse por mucho tiempo. Las personas sedientas de sangre suelen querer más sangre una vez que la han probado. Se podría haber esperado que las oraciones de Esteban mientras moría y el consuelo que mostró ante la muerte ablandaran a sus perseguidores y les dieran una mejor opinión de los cristianos y del cristianismo. Pero se enfurecieron aún más al no poder detener el movimiento. Era como si pensaran que podían resistir incluso al mismo Dios, y por eso resolvieron continuar con su ataque. Y quizá, como ninguno de ellos murió cuando apedrearon a Esteban, su corazón quedó todavía más endurecido en el mal.
Esta persecución estaba dirigida contra la iglesia en Jerusalén. La iglesia apenas había sido establecida cuando comenzó a ser perseguida, tal como Cristo había advertido muchas veces que vendrían dificultades y persecución por causa de la palabra. Él había anunciado especialmente que Jerusalén pronto se volvería peligrosa para sus seguidores, pues aquella ciudad tenía una larga historia de matar a los profetas y apedrear a quienes le eran enviados (Mateo 23:37). Parece que muchos fueron ejecutados durante esta persecución, porque más adelante Pablo dijo que había perseguido a los creyentes hasta la muerte (Hechos 21:4) y que, cuando los mataban, él daba su voto contra ellos (Hechos 26:10).
Saulo fue la principal fuerza detrás de esta obra. Nadie era más fervoroso ni más activo que él, y todavía era un joven fariseo (Hechos 8:3). Saulo ya había sido mencionado antes, pero ahora aparece como un perseguidor notorio: causaba estragos en la iglesia. Hacía todo lo posible por destruirla. No le importaba el daño que les causaba a los discípulos de Cristo y nunca parecía saber cuándo detenerse. Su objetivo no era menor que borrar de Israel al pueblo del evangelio, para que no se volviera a recordar su nombre (Salmo 83:4). Era exactamente el tipo de agente que los principales sacerdotes necesitaban. Servía como su principal informante contra los discípulos y como mensajero del gran consejo, enviado a investigar sus reuniones y arrestar a cualquiera que pareciera favorecer aquel camino.
Saulo había recibido una educación elevada y era un hombre instruido y respetable, pero no consideraba indigno de él realizar aquella labor perversa. Entraba en todas las casas, sin dudar en irrumpir de día o de noche, seguramente con hombres armados detrás de él. Entraba en cualquier casa donde se reunieran cristianos o donde se sospechara que había cristianos. Nadie podía sentirse seguro ni siquiera en su propio hogar, aunque la casa debería ser un lugar de protección. Arrastraba a hombres y mujeres con el mayor desprecio y crueldad, sin mostrar consideración alguna por la vulnerabilidad de las mujeres. Se rebajaba tanto que perseguía incluso a los más pequeños y humildes que habían sido alcanzados por el evangelio; tal era su amargura. Los llevaba a la cárcel para que fueran juzgados y ejecutados, a menos que renunciaran a Cristo. Incluso se nos dice que obligó a algunos a blasfemar (Hechos 26:11).
El resultado de esta persecución fue que todos fueron dispersados (Hechos 8:1). Esto no significa todos los creyentes, sino todos los predicadores, que eran los principales objetivos y contra quienes se habían emitido órdenes de arresto. Recordaron la instrucción de su Maestro: cuando fueran perseguidos en una ciudad, debían huir a otra. Así que se extendieron por las regiones de Judea y Samaria. No lo hicieron principalmente por miedo al sufrimiento, pues esas regiones no estaban lejos de Jerusalén y, si se presentaban allí abiertamente, sus enemigos todavía podían alcanzarlos. Más bien entendieron aquello como una señal de la providencia, es decir, del cuidado y la dirección de Dios, que les indicaba que debían dispersarse.
Su trabajo se había realizado principalmente en Jerusalén, y ahora era tiempo de pensar en otros lugares. Su Maestro les había dicho que serían sus testigos primero en Jerusalén, después en toda Judea y Samaria, y luego hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8). Ellos siguieron ese orden. La persecución quizá no nos aleje de nuestro deber, pero sí puede enviarnos, bajo la dirección de Dios, a servir en otro lugar.
Todos los predicadores fueron dispersados, excepto los apóstoles. Probablemente el Espíritu los guio a permanecer un poco más de tiempo en Jerusalén. Por el cuidado especial de Dios, fueron protegidos en medio de la tormenta, y por su gracia especial pudieron mantenerse firmes durante ella.
Permanecieron en Jerusalén para estar listos para ir adonde más se necesitara ayuda. De ese modo podían apoyar a los demás predicadores, a quienes Dios envió primero para abrir el camino. Esto se parece a la ocasión en que Cristo les dijo a sus discípulos que fueran delante a los lugares adonde él mismo pensaba ir después (Lucas 10:1).
Los apóstoles permanecieron juntos en Jerusalén más tiempo de lo que podríamos esperar, considerando el mandato y la comisión de ir por todo el mundo y hacer discípulos de todas las naciones. Véanse Hechos 15:6 y Gálatas 1:17. Aun así, lo que hicieron los evangelistas que ellos enviaron se consideraba como si los mismos apóstoles lo hubieran hecho.
De este capítulo
Hechos 8:2
"Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lloraron mucho por él."
Hechos 8:3
"Mientras tanto, Saulo perseguía a la iglesia: entraba de casa en casa para sacar a rastras a hombres y mujeres y mandarlos a la cárcel."
Hechos 8:4
"Pero los que tuvieron que salir de Jerusalén anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban."
Hechos 8:5
"Felipe, uno de ellos, fue a la principal ciudad de Samaria y comenzó a hablarles de Cristo."
Hechos 8:6
"La gente se reunía, y todos escuchaban atentamente lo que decía Felipe, pues veían las señales milagrosas realizadas por él."
Hechos 8:7
"Muchas personas que tenían espíritus impuros eran sanadas, y los espíritus salían de ellas gritando. También muchos paralíticos y tullidos eran sanados."
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