Versículo destacado

Juan 1:43 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al día siguiente, Jesús decidió ir a la región de Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: —Sígueme. "

Juan 1:43

menu_book El versículo en contexto

41 La primera persona con quien Andrés se encontró fue su hermano Simón, y le dijo: —Hemos encontrado al Mesías (que significa: Cristo).

42 Luego Andrés llevó a Simón adonde estaba Jesús. Cuando Jesús lo vio, le dijo: —Tú eres Simón, hijo de Juan, pero tu nombre será Cefas (que significa: Pedro).

43 Al día siguiente, Jesús decidió ir a la región de Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: —Sígueme.

44 Felipe era del pueblo de Betsaida, de donde también eran Andrés y Pedro.

45 Felipe fue a buscar a Natanael y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en los libros de la ley y de quien también escribieron los profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos el llamamiento de Felipe y de Natanael.

Felipe fue llamado directamente por Cristo mismo, a diferencia de Andrés, quien fue llevado a Cristo por Juan, o de Pedro, a quien invitó su hermano. Dios usa muchos medios distintos para atraer hacia sí a sus escogidos, pero no está limitado a ninguno de ellos. Felipe fue llamado de una manera inesperada: Jesús lo encontró. Cristo nos buscó y nos encontró antes de que nosotros comenzáramos a buscarlo. El nombre Felipe es griego y era común entre los gentiles. Algunos ven en esto una señal del declive de la iglesia judía de aquel tiempo, porque imitaba a las naciones que la rodeaban. Sin embargo, Cristo no le cambió el nombre a Felipe.

Fue llamado al día siguiente. Observemos cuán dedicado estaba Cristo a su obra. Cuando hay trabajo que hacer para Dios, no debemos desperdiciar un solo día. Aun así, notemos que en ese momento Cristo llamó a una o dos personas por día, pero después del derramamiento del Espíritu Santo, miles fueron llamados eficazmente en un solo día, cumpliendo Juan 14:12. Jesús fue a Galilea para llamar a Felipe. Cristo encontrará a todos los que el Padre le ha dado, estén donde estén, y ninguno de ellos se perderá. Felipe se convirtió en discípulo por el poder de Cristo que actuó mediante aquellas palabras: «Sígueme». Esto muestra en qué consiste el cristianismo verdadero: seguir a Cristo, entregarnos a su compañía y a su dirección, observar adónde va y caminar en sus pasos. También muestra el poder de la gracia, semejante a la vara de su poder.

Se nos dice que Felipe era de Betsaida, y que Andrés y Pedro también eran de allí (Juan 1:44). Estos discípulos honrados no recibieron honor de su lugar de origen; ellos le dieron honor a ese lugar. Betsaida significa «casa de redes», porque era principalmente un pueblo de pescadores. Cristo escogió allí a discípulos que recibirían dones especiales, de modo que no necesitaran las ventajas acostumbradas de una educación formal. Betsaida era un lugar pecaminoso, como dice Mateo 11:21; sin embargo, aun allí había un remanente escogido por gracia.

Natanael fue invitado a acercarse a Cristo por Felipe, y se dicen muchas cosas acerca de él. En él vemos una mezcla de celo sincero y debilidad, algo que suele encontrarse en los creyentes nuevos que apenas están buscando el camino a Sion.

Felipe le llevó a Natanael una noticia llena de gozo (Juan 1:45). Al igual que Andrés antes que él, Felipe había llegado a conocer algo acerca de Cristo y no pudo guardarlo para sí mismo. Aunque apenas acababa de conocer a Cristo, fue de inmediato a buscar a Natanael. Cuando tenemos la mejor oportunidad de hacerles bien a nuestras propias almas, aun así debemos buscar maneras de hacerles bien a los demás, recordando las palabras de Cristo: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35). Felipe dijo: «Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas». Observemos cuánto gozo llenó a Felipe al adquirir este nuevo conocimiento de Cristo. Durante mucho tiempo había hablado de él y había esperado en él, y ahora podía decir: «Ha venido, y lo hemos encontrado». Observemos también cuánto le ayudó conocer bien el Antiguo Testamento, porque eso lo preparó para recibir el evangelio con mayor facilidad. Moisés y los profetas habían escrito acerca de él. Lo que estaba escrito plena y eternamente en el propósito de Dios, había sido escrito en parte, de muchas maneras y en distintos tiempos, en la Palabra revelada de Dios. Allí se habían escrito cosas maravillosas acerca de la Simiente de la mujer, la Simiente de Abraham, Silo, el profeta semejante a Moisés, el Hijo de David, Emanuel, el Renuevo y el Mesías Príncipe. Felipe había estudiado estas promesas y estaba lleno de ellas, así que estaba preparado para recibir a Cristo con gozo.

Sin embargo, también mostró debilidad y cometió errores. Llamó a Cristo «Jesús de Nazaret», aunque había nacido en Belén, y lo llamó «hijo de José», aunque José solo era considerado su padre. Los creyentes nuevos suelen cometer errores, y el tiempo y la gracia de Dios los corrigen. También fue una debilidad decir: «Lo hemos encontrado», porque Cristo los había encontrado primero. Felipe aún no entendía, como Pablo lo comprendió más adelante, cómo Cristo se había apoderado de él (Filipenses 3:12).

Natanael objetó: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?» (Juan 1:46). Su cautela era buena, porque no aceptó rápidamente todo lo que oyó, sino que lo examinó. Nuestra regla es probarlo todo. Pero su objeción surgía de la ignorancia. Si quería decir que ninguna cosa buena podía salir de Nazaret, eso mostraba ignorancia acerca de la gracia de Dios, como si la gracia estuviera ligada a un lugar más que a otro o limitada por las opiniones insensatas de la gente. Si quería decir que el Mesías, ese gran regalo bueno, no podía venir de Nazaret, entonces tenía razón en parte, porque Moisés y los profetas habían dicho que el Mesías vendría de Judá y nacería en Belén. Pero no sabía que Jesús había nacido en Belén, así que el error de Felipe al llamarlo «Jesús de Nazaret» dio lugar a esta objeción. Los errores de los predicadores muchas veces producen los prejuicios de quienes los escuchan.

La breve respuesta de Felipe fue: «Ven y ve». Fue una debilidad que no pudiera responder completamente a la objeción, pero eso es común entre los creyentes nuevos. Podemos saber lo suficiente para convencernos nosotros mismos y, aun así, no saber lo suficiente para hacer callar a un oponente hábil. Sin embargo, fue sabio y mostró celo al llevar a Natanael, ya que no podía responderle por sí mismo, ante aquel que sí podía hacerlo: «Ven y ve». No debemos quedarnos aquí discutiendo ni sembrando dudas que no podemos resolver. Vayamos a hablar con Cristo mismo, y esas dudas pronto desaparecerán. Es insensato desperdiciar tiempo en discusiones inciertas cuando podríamos emplearlo mejor en devoción y adoración. «Ven y ve» no significa «ve y mira», sino «ven, y yo iré contigo», como en Isaías 2:3 y Jeremías 1:5.

De este intercambio entre Felipe y Natanael podemos ver que muchas personas se mantienen alejadas de la fe por prejuicios injustos, basados en aspectos externos que no tienen nada que ver con la verdad misma. También podemos ver que la mejor manera de eliminar esos prejuicios es que las personas examinen el asunto por sí mismas. No debemos responder antes de haber escuchado.

Ahora llegamos a lo que sucedió entre Natanael y nuestro Señor Jesús. Natanael fue y vio, y no fue en vano. Jesús dio un testimonio muy honroso acerca de la honestidad de Natanael. Jesús lo vio acercarse y lo recibió con palabras amables de ánimo. Les dijo a quienes estaban alrededor, mientras Natanael mismo podía oírlo: «He aquí un verdadero israelita». Observemos lo siguiente.

Cristo elogió a Natanael, no para halagarlo ni llenarlo de orgullo, sino porque Natanael probablemente era un hombre humilde. Incluso pudo haber sido propenso a la tristeza y a dudar de su propia sinceridad. La palabra de Cristo resolvió el asunto y mostró que él veía el corazón honesto de Natanael. Natanael había objetado más que los demás acerca de la venida de Cristo, pero Cristo no le echó eso en cara. No le respondió: «¿Puede salir algo bueno de Caná?», un pueblo pequeño de Galilea (Juan 21:2). En vez de eso, habló bien de él. Esto nos anima a esperar la aceptación de Cristo aun cuando somos débiles. También nos enseña a hablar bien de los demás, incluso cuando ellos han hablado mal de nosotros sin motivo.

Cristo elogió a Natanael por su integridad. «He aquí un verdadero israelita» significa mucho más que ser judío por nacimiento. Solo Cristo conoce lo que las personas son en realidad. Nosotros únicamente podemos esperar lo mejor, pero él ve el corazón. Toda la nación era llamada Israel, pero, como dice la Escritura, «no todos los que descienden de Israel son israelitas» (Romanos 9:6). Natanael era un verdadero israelita en el mejor sentido. Seguía el espíritu honesto de Jacob, no el engaño de Esaú. Era un verdadero hijo del recto Jacob, no solo por su linaje familiar, sino también por su carácter. Además, era sincero en la fe de Israel. Vivía conforme a lo que profesaba. Era realmente tan bueno como parecía, y su vida correspondía a sus palabras. Esta es la persona que es verdaderamente judía en lo interior, y lo mismo puede decirse del cristiano verdadero (Romanos 2:29).

Cristo añade: «En quien no hay engaño». Esa es la marca de un verdadero israelita y de un verdadero cristiano. Es honesto con las personas, sin trampas ni intenciones ocultas; es alguien en quien se puede confiar. También es honesto con Dios. Su arrepentimiento es real. Su pacto con Dios es real. Como dice la Escritura, en su espíritu no hay engaño (Salmo 32:2). Cristo no quiere decir que esté libre de toda falta. No quiere decir que no tenga pecado. Más bien, no vive entregado a una falsedad consciente y establecida. Puede tener manchas, pero no está cubierto con una apariencia de hipocresía. Cristo está diciendo: «Miren a este verdadero israelita». Quiere decir: «Fíjense en él y aprendan de su manera de vivir». También quiere decir: «Admírenlo». En un mundo religioso desgastado por la hipocresía de los escribas y los fariseos, un verdadero israelita era algo poco común, como un milagro de gracia, tal como lo fue Job (Job 1:8).

Natanael se sorprendió por esta palabra bondadosa, y Cristo le dio otra prueba de su conocimiento perfecto, junto con un amoroso recordatorio de su devoción anterior. Natanael mostró modestia, porque la atención de Cristo hacia él lo desconcertó rápidamente. Preguntó: «¿Cómo me conoces a mí, que no soy digno de que te fijes en mí? ¿Quién soy yo, Señor Dios?» (2 Samuel 7:18). Esto era una señal de sinceridad, porque no se aferró a la alabanza, sino que se apartó de ella. Cristo nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. No podemos saber lo que hay en el corazón de una persona simplemente al mirar su rostro, pero todo queda expuesto delante de Cristo (Hebreos 4:12, 13). Si Cristo nos conoce, entonces debemos anhelar conocerlo.

Entonces Cristo se reveló a Natanael de una manera más plena: «Antes de que Felipe te llamara, te vi». Primero, esto le mostró a Natanael que Cristo lo conocía, lo cual demostraba su divinidad. Solo Dios conoce a todas las personas y todas las cosas sin equivocarse. Cristo demostró esto muchas veces. Se había anunciado que el Mesías tendría entendimiento en el temor del Señor, que juzgaría correctamente la sinceridad y la medida del temor de Dios en los demás, y que no juzgaría por las apariencias (Isaías 11:2, 3). Aquí Cristo cumple esa profecía. Segundo, Cristo dice que vio a Natanael debajo de la higuera antes de que Felipe lo llamara. Esta era una señal privada que solo Natanael podía entender. Cuando Natanael estaba solo, lejos de las miradas de los demás, los ojos de Cristo estaban sobre él. Cristo vio allí lo que era bueno y agradable. Lo más probable es que Natanael hubiera estado debajo de la higuera meditando, orando y disfrutando de la comunión con Dios. Tal vez allí se había entregado solemnemente al Señor mediante un pacto permanente. Cristo lo vio en secreto y, al mencionarlo públicamente, en parte lo recompensó en público. Estar sentado debajo de la higuera sugiere calma y un espíritu sereno, condiciones que favorecen la comunión con Dios (Miqueas 4:4; Zacarías 3:10). En esto, Natanael demostró ser un verdadero israelita, porque, como Jacob, luchó a solas con Dios (Génesis 32:24) y no oró como los hipócritas, que buscan aparentar delante de los demás.

Por medio de esto, Natanael obtuvo plena seguridad de fe en Jesucristo, expresada en su noble confesión: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel» (Juan 1:49). En resumen, estaba diciendo: «Tú eres el verdadero Mesías». Creyó firmemente en su corazón. Sus dudas anteriores acerca de Cristo habían desaparecido. Cuando Dios produce la fe, derriba los pensamientos orgullosos y las ideas equivocadas. Natanael ya no se pregunta si puede salir algo bueno de Nazaret. Ahora cree que Jesús de Nazaret es el bien supremo y lo recibe como tal. También lo confesó abiertamente con su boca. Su confesión adopta la forma de adoración, ofrecida directamente al Señor Jesús, que es la manera correcta de confesar la fe.

Primero, reconoce el papel de Cristo como maestro al llamarlo Rabí, el título que los judíos usaban para los maestros. Cristo es el gran Maestro, y todos debemos aprender de él. Segundo, reconoce la naturaleza y la misión divinas de Cristo al llamarlo el Hijo de Dios, el Hijo del que se habla en el Salmo 2:7. Aunque Jesús tenía apariencia humana, Natanael lo reconoció como el Hijo de Dios porque Jesús conocía los corazones y las cosas lejanas y ocultas. Tercero, dice: «Tú eres el Rey de Israel», el Rey que el pueblo de Dios había esperado durante mucho tiempo. Si Jesús es el Hijo de Dios, entonces también es el Rey del Israel de Dios. Natanael demostró ser un verdadero israelita al reconocer tan pronto al Rey de Israel y someterse a él.

Después de esto, Cristo elevó aún más las esperanzas de Natanael, dirigiéndolas hacia algo mucho mayor que todo lo que acababa de confesar (Juan 1:50, 51). Cristo es muy tierno con los creyentes nuevos. Él anima los comienzos pequeños, aun cuando todavía son débiles (Mateo 12:20).

Cristo muestra su aprobación y, al parecer, su asombro ante la rapidez de la fe de Natanael. «¿Crees porque te dije que te vi debajo de la higuera?». Cristo se maravilla de que una señal tan pequeña de su conocimiento divino haya producido un efecto tan grande. Esto significa que el corazón de Natanael ya había sido preparado; de otro modo, el cambio no habría ocurrido con tanta rapidez. Cuando un corazón se rinde a Cristo ante su primer llamado, eso honra grandemente a Cristo y a su gracia.

También le promete a Natanael una ayuda mucho mayor para confirmar y profundizar su fe que la que había recibido al principio. En general, le dice: «Verás cosas mayores que estas»: pruebas más contundentes de que soy el Mesías, manifestadas en los milagros y la resurrección de Cristo. Al que tiene y usa bien lo que ha recibido, se le dará más. Quienes creen verdaderamente en el evangelio encuentran que sus pruebas se vuelven cada vez más claras y firmes, y ven más y más razones para creer. Cualquier cosa que Cristo tenga a bien mostrarle a su pueblo en esta vida, todavía tiene cosas mayores que revelarle después.

De manera más específica, esta promesa no era solo para Natanael, sino para todos los discípulos, cuya fe sería fortalecida por ella. «Verás el cielo abierto», algo mucho mayor que enterarse de que Cristo sabía que Natanael estaba debajo de la higuera. Estas palabras son introducidas por la solemne expresión: «De cierto, de cierto les digo», que exige una atención cuidadosa y una confianza plena. La palabra de Cristo es digna de confianza. La esperanza que tenemos de la gloria venidera descansa en su promesa.

Aquí Cristo habla de sí mismo con un título humilde: «el Hijo del Hombre». Natanael lo había llamado el Hijo de Dios y el Rey de Israel, pero Jesús se llama a sí mismo el Hijo del Hombre. Lo hace para mostrar su humildad, recordarles su verdadera naturaleza humana y señalar su condición humilde en ese momento. Natanael no debía esperar que este Rey de Israel apareciera con esplendor exterior.

Sin embargo, las cosas que Cristo anuncia son muy grandes: «Verás el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre». Algunos toman estas palabras literalmente y creen que apuntan a un acontecimiento específico. Podrían referirse a una visión de la gloria de Cristo, como la transfiguración, que Natanael quizá presenció, al igual que Pedro, Santiago y Juan. También pueden señalar las muchas ocasiones en que los ángeles sirvieron a nuestro Señor Jesucristo, especialmente en su ascensión, cuando el cielo se abrió para recibirlo y los ángeles subieron y bajaron para honrarlo delante de los discípulos. La ascensión de Cristo fue una gran prueba de su misión divina y confirmó firmemente la fe de sus seguidores. Estas palabras también podrían mirar hacia su segunda venida para juzgar al mundo, cuando los cielos se abrirán y todo ojo lo verá, mientras los ángeles lo acompañan.

Otros interpretan estas palabras de manera figurada, como una descripción de toda una forma de obrar de Dios que comenzaba en ese momento. En ese caso, podrían referirse a los milagros de Cristo. Natanael creyó porque Cristo podía decirle cosas ocultas, como lo habían hecho los profetas antiguos, pero Cristo apenas estaba comenzando una obra mucho mayor. Sería como si el cielo se hubiera abierto y el Hijo del Hombre actuara con un poder semejante al de los ángeles, que cumplen continuamente sus mandatos. Inmediatamente después de esto, Cristo comenzó a hacer milagros.

Estas palabras también pueden referirse a su mediación, es decir, a su obra como aquel que une a Dios con las personas, y a la bendita comunión que estableció entre el cielo y la tierra. Por medio de él, los discípulos entrarían gradualmente en este misterio. Por Cristo, el Mediador, verían el cielo abierto, para que nosotros podamos entrar al Lugar Santísimo por su sangre (Hebreos 10:19, 20). El cielo está abierto para que ahora podamos contemplarlo por la fe y después entrar en él, viendo desde ahora la gloria del Señor y entrando más adelante en el gozo de nuestro Señor.

También verían a los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. Por medio de Cristo tenemos comunión con los santos ángeles y recibimos su ayuda; además, las cosas del cielo y las de la tierra son reunidas. Cristo es para nosotros como la escalera de Jacob (Génesis 28:12), por medio de la cual los ángeles suben y bajan continuamente para el bien del pueblo de Dios.

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