Versículo destacado
Hechos 6:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Esteban, lleno del poder y de la bendición de Dios, hacía milagros y señales entre el pueblo. "
Hechos 6:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Luego los llevaron adonde estaban los apóstoles, quienes oraron y les impusieron las manos.
7 El mensaje de Dios seguía extendiéndose, y el número de los creyentes aumentaba mucho en Jerusalén. Incluso muchos sacerdotes judíos aceptaban la fe.
8 Esteban, lleno del poder y de la bendición de Dios, hacía milagros y señales entre el pueblo.
9 Algunos de la sinagoga llamada de los Esclavos Libertados, junto con algunos de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, comenzaron a discutir con Esteban;
10 pero no podían hacerle frente, porque hablaba con la sabiduría que le daba el Espíritu Santo.
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Sin duda, Esteban era diligente y fiel al cumplir su tarea de distribuir la ayuda de la iglesia. Se esforzó por organizar bien ese trabajo y lo hizo de manera que todos quedaran satisfechos. Aunque claramente era un hombre de dones extraordinarios y estaba capacitado para ocupar un puesto más elevado, no consideró indigno realizar la labor que se le había encomendado. Fue fiel en lo poco, y por eso se le confió más.
Aunque no leemos que predicara y bautizara, sí lo encontramos llamado a un servicio honorable y aprobado en él. Demostró la verdad del evangelio al hacer milagros en el nombre de Cristo (Hechos 6:8). Estaba lleno de fe y de poder; es decir, tenía una fe firme que le permitía hacer grandes cosas. Quienes están llenos de fe también están llenos de poder, porque la fe atrae para nosotros la fuerza de Dios.
Su fe lo llenaba por completo, de modo que no quedaba lugar para la incredulidad, y la gracia de Dios tenía espacio para obrar. Así, como dice el profeta, estaba lleno de poder por el Espíritu del Señor de los ejércitos (Miqueas 3:8). Por la fe somos despojados de la confianza en nosotros mismos y luego somos llenados de Cristo, quien es la sabiduría de Dios y el poder de Dios. Por eso hacía grandes prodigios y milagros entre el pueblo, abiertamente y delante de todos. Los milagros de Cristo nunca temieron un examen cuidadoso.
No sorprende que Esteban hiciera estas obras poderosas, aunque no fuera un predicador oficial. Los dones del Espíritu son diversos y se conceden de distintas maneras: a uno se le da el poder de hacer milagros y a otro, el don de profecía (1 Corintios 12:10-11). Estas señales no acompañaban solamente a quienes predicaban, sino también a quienes creían (Marcos 16:17).
También defendía el cristianismo frente a quienes se le oponían y argumentaba a favor de él en los debates (Hechos 6:9-10). Mientras otros servían a la fe de maneras más silenciosas, él la defendía públicamente en el campo abierto de la controversia. Sus opositores eran judíos, pero judíos helenistas; es decir, judíos de la dispersión. Al parecer, estaban aún más empeñados en defender su religión que los judíos nativos, porque habían tenido que esforzarse más para conservarla en los lugares donde vivían. Eran miembros de la sinagoga llamada de los libertos.
Los romanos usaban la palabra *libertini*, o libertos, para referirse a extranjeros que habían recibido la ciudadanía o a esclavos que habían sido liberados. Algunos piensan que estos libertos eran judíos que habían obtenido la libertad romana, como más tarde la obtuvo Pablo (Hechos 22:27-28). Si es así, es probable que Pablo fuera el hombre más activo de esa sinagoga cuando debatieron con Esteban, y que más adelante participara en la muerte de Esteban. También había hombres de las sinagogas de los cireneos y de los alejandrinos, además de otros de Cilicia y de Asia.
Estos judíos extranjeros a menudo tenían que viajar a Jerusalén, y algunos también vivían allí. Cada nación tenía su propia sinagoga, así como en Londres hay iglesias francesas, neerlandesas y danesas. Estas sinagogas también servían como escuelas, donde los jóvenes judíos recibían formación en el conocimiento de su religión. Por eso, al ver que el evangelio se extendía y temer por el futuro del judaísmo, los maestros de esas sinagogas intentaron acabar con el cristianismo mediante argumentos.
Era una manera justa y razonable de abordar el asunto, y la religión siempre debería estar dispuesta a someterse a una prueba así. El Señor dice que presentemos nuestro caso y expongamos nuestras razones más contundentes (Isaías 41:21). ¿Por qué discutieron con Esteban y no con los apóstoles? Algunos piensan que despreciaban a los apóstoles por considerarlos hombres sin educación y que les parecía indigno enfrentarse a ellos. Creían que Esteban tenía suficientes conocimientos para ser un oponente digno.
Otros piensan que les tenían miedo a los apóstoles y se sentían más libres para enfrentarse a Esteban porque ocupaba un cargo inferior. O quizá los discípulos habían escogido a Esteban como su representante después de que los opositores lanzaran un desafío público, pues los apóstoles no debían abandonar la predicación de la palabra para entrar en controversias. Esteban, un diácono y joven de mente aguda y gran capacidad, estaba mejor preparado que los apóstoles mismos para tratar con debatientes hábiles y agresivos.
Algunos historiadores dicen que Esteban había sido instruido a los pies de Gamaliel, un respetado maestro judío, y que Saulo y los demás lo atacaron por considerarlo un desertor. Parece que lo señalaron con una ira especial. También es probable que discutieran con Esteban porque él estaba dispuesto a razonar con ellos y trataba de persuadirlos; esa era la obra que Dios le había encomendado.
Esteban ganó el debate. Ellos no pudieron resistir la sabiduría ni el Espíritu con que hablaba (Hechos 6:10). No pudieron sostener sus propios argumentos ni responder a los de él. Demostró con razones poderosas que Jesús es el Cristo, y habló con tanta claridad y amplitud que no tuvieron nada que decir en su contra. No quedaron convencidos, pero sí quedaron en silencio.
La Escritura no dice que fueran incapaces de resistir a Esteban personalmente, sino que no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba. Era el Espíritu de sabiduría quien hablaba por medio de él. Así se cumplió la promesa de que Dios daría palabras y sabiduría que ningún enemigo podría oponerse ni responder (Lucas 21:15). Ellos creían que solo estaban tratando con Esteban, pero en realidad estaban luchando contra el Espíritu de Dios que estaba en él, y ese era un oponente demasiado grande para ellos.
Al final, Esteban selló la verdad con su sangre, como veremos en el capítulo siguiente. Aquí se nos muestran los primeros pasos que dieron sus enemigos para llegar a ese desenlace. Como no pudieron responder a sus argumentos en el debate, lo atacaron como si fuera un criminal y contrataron a falsos testigos para acusarlo de blasfemia. «En esos términos», dice el señor Baxter, «discutimos con los hombres malvados».
Casi parece un milagro de la providencia que no hayan sido asesinadas más personas piadosas en el mundo por medio de mentiras, juramentos falsos y procedimientos legales fraudulentos. Son muchos los que las odian, y algunos no tienen ningún escrúpulo en jurar falsamente. En este caso, los gobernantes contrataron a hombres para que repitieran lo que ellos querían que se dijera y luego les pagaron para que lo afirmaran bajo juramento.
Estaban especialmente furiosos con Esteban porque les había demostrado que estaban equivocados y les había señalado el camino correcto. En vez de agradecérselo, lo trataron como a un enemigo por decir la verdad. Estaban decididos a usar todos los medios posibles contra él. Si un camino fracasaba, intentarían otro. Alborotaron a la multitud, de modo que, si el Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos, decidía dejarlo en libertad, la furia de la gente pudiera destruirlo. También instigaron a los ancianos y a los escribas, los maestros y dirigentes judíos, para que, si el pueblo lo protegía, la autoridad todavía pudiera aplastarlo.
Llevaron a Esteban ante el consejo cuando no lo esperaba y lo apresaron de repente. La palabra empleada sugiere que se abalanzaron sobre él como un león sobre su presa. Al tratarlo con tanta violencia, querían que todos lo vieran como un hombre peligroso, alguien que huiría de la justicia si no lo vigilaban o que se resistiría a ella si lo obligaban. Lo llevaron triunfalmente, probablemente con tanta rapidez que ninguno de sus amigos pudo acompañarlo. Habían aprendido que, cuando muchos creyentes se reunían, se fortalecían unos a otros; por eso ahora intentaron enfrentarse a él sin compañía.
También llegaron preparados con pruebas. No querían fracasar como cuando llevaron a Jesús ante Pilato y tuvieron que buscar testigos. Estos hombres habían sido preparados de antemano y adiestrados para jurar que Esteban había hablado palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios (Hechos 6:11), y contra el lugar santo y la ley (Hechos 6:13). Afirmaban que él había dicho que Jesús cambiaría aquel lugar y las costumbres que Moisés les había transmitido (Hechos 6:14). Es posible que hubiera dicho algo parecido. Aun así, se les llama falsos testigos porque tergiversaron sus palabras y les dieron un sentido malicioso.
La acusación principal era que Esteban hablaba continuamente palabras blasfemas. Querían hacer parecer que esa era su costumbre constante, algo que decía en todas partes y a todos. También querían insinuar que era obstinado, como si ya le hubieran advertido y él se hubiera negado a detenerse. La blasfemia, es decir, hablar con desprecio de Dios, ciertamente es un pecado grave. Por eso los perseguidores de Esteban querían aparentar una profunda preocupación por el honor de Dios, como si al acusarlo estuvieran sirviendo a Dios.
Decían que Esteban hablaba contra Moisés y contra Dios. En cierto sentido, tenían razón al afirmar que hablar contra Moisés —si con eso se referían a los escritos de Moisés— era hablar contra Dios, pues esos escritos fueron dados por inspiración divina. Quien se burla de la Escritura deshonra a Dios mismo. Dios quiere honrar su ley y hacer que sea respetada, así que quienes la avergüenzan también avergüenzan su nombre. Pero Esteban no blasfemó contra Moisés. Cristo y los predicadores del evangelio nunca hablaron contra Moisés. Honraron sus escritos, apelaron a ellos y enseñaron únicamente lo que Moisés había señalado de antemano.
Cuando tuvieron que demostrar la acusación, esta se volvió mucho más débil. Lo único que realmente podían decir era que Esteban había hablado contra este lugar santo y contra la ley. Trataron eso como si fuera lo mismo que blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así, cuando llegó el momento de presentar pruebas, la acusación se redujo considerablemente.
Lo acusaron de hablar contra este lugar santo, que probablemente se refería al templo, la casa santa. Algunos creen que se refería a Jerusalén, la ciudad santa, pero aquí parece encajar mejor el templo. A Cristo también lo condenaron como blasfemo por palabras que, según ellos, hablaban mal del templo. Esas mismas personas afirmaban preocuparse por su honor, aunque sus propios pecados ya lo habían contaminado.
También lo acusaron de hablar contra la ley, la ley de la que se jactaban y en la que confiaban, aun cuando la quebrantaban y deshonraban a Dios (Romanos 2:23). Pero, cuando intentaron demostrarlo, la acusación terminó siendo mucho más limitada. Solo pudieron decir que habían oído a Esteban afirmar que Jesús de Nazaret destruiría este lugar y cambiaría las costumbres que Moisés les había dado. No explicaron el contexto ni el significado de esas palabras.
No era justo acusar a Esteban de hablar mal del templo o de la ley. Los sacerdotes ya habían profanado el templo al convertirlo en un lugar de negocios y en una cueva de ladrones; sin embargo, querían aparentar celo por él al enfrentarse con un hombre que siempre lo había tratado con mucho más respeto verdadero. Esteban no había insultado la ley como ellos lo habían hecho. Había dicho que Jesús de Nazaret destruiría el templo y Jerusalén. Es probable que sí haya dicho eso, y no era una blasfemia advertir que el lugar santo no duraría para siempre, así como Silo no había durado para siempre, y que el Dios santo y justo no seguiría concediendo privilegios de santuario a quienes abusaban de ellos. Los profetas habían advertido a sus antepasados que los caldeos destruirían aquel lugar santo. Incluso cuando se construyó el templo por primera vez, Dios había dado la misma advertencia: «Esta casa, que es tan elevada, será motivo de asombro» (2 Crónicas 7:21).
¿Era blasfemo porque les advirtió que Jesús de Nazaret juzgaría justamente a su nación y a su ciudad si seguían resistiéndose a él? Si así fuera, ellos mismos tendrían la culpa. Con frecuencia, las personas actúan de manera muy injusta cuando usan su religión como escudo y llaman «blasfemia» a una corrección sincera simplemente porque deja al descubierto su mala conducta.
También había dicho: «Jesús cambiará las costumbres que Moisés nos dio». Pero, en los días del Mesías, se esperaba que esas costumbres cambiaran. Las sombras estaban destinadas a dar paso a la realidad cuando esta llegara. Esto no era un ataque contra la ley de Dios, sino su cumplimiento. Cristo no vino a destruir la ley, sino a cumplirla. Si cambió algunas costumbres que Moisés había dado, fue para establecer otras mejores.
Si la comunidad judía no se hubiera resistido obstinadamente a este nuevo orden y no se hubiera aferrado a la ley ceremonial, tal vez su lugar no habría sido destruido. Así que acusaron a Esteban de blasfemo por hacer lo que podría haberlos ayudado a evitar la ruina y por advertirles claramente que la ruina vendría si no se volvían de su camino.
También se nos dice cómo Dios honró a Esteban cuando se presentó ante el consejo y mostró que estaba con él (Hechos 6:15). Los sacerdotes, los escribas y los ancianos lo miraban fijamente, pues era un desconocido para ellos y nunca antes había comparecido ante ellos. Vieron que su rostro era como el rostro de un ángel.
Los jueces suelen observar el rostro de un acusado, porque a veces puede dar indicios de culpabilidad o inocencia. Esteban se presentó ante ellos con el semblante de un ángel. Esto puede significar simplemente que su rostro estaba inusualmente radiante y alegre, sin temor ni amargura. Parecía que nunca había estado más feliz que cuando daba testimonio públicamente de Cristo y estaba dispuesto a morir como mártir por su fe.
O puede significar algo más. Tal vez hubo un resplandor milagroso en su rostro, como el rostro de Jesús en la transfiguración o como el rostro de Moisés cuando bajó del monte. Probablemente Dios quiso honrar así a su siervo fiel y avergonzar a sus perseguidores y jueces. Su pecado sería aún más grave porque estaban luchando contra una luz evidente: continuaron con el proceso aun después de ver que Dios había señalado a Esteban como alguien que le pertenecía.
No se nos dice si Esteban sabía que su rostro resplandecía. Pero todos los miembros del consejo lo vieron, y seguramente hablaron de ello entre sí. Fue vergonzoso que, aunque no podían dejar de ver la aprobación de Dios sobre él, no lo hicieran pasar del banquillo de los acusados al asiento del juez. La sabiduría y la santidad hacen resplandecer el rostro de una persona, pero no la libran de sufrir grandes insultos. No es de extrañar, entonces, que el rostro resplandeciente de Esteban no lo protegiera, aunque habría sido fácil demostrar que, si realmente hubiera deshonrado a Moisés, Dios no habría puesto sobre él, de esa manera, el honor de Moisés.
De este capítulo
Hechos 6:1
"En aquel tiempo, mientras el número de los creyentes iba aumentando, los de habla griega comenzaron a quejarse de los de habla hebrea, diciendo que las viudas griegas no recibían buena atención en la distribución diaria de ayuda."
Hechos 6:2
"Los doce apóstoles reunieron a todos los creyentes y les dijeron: —No está bien que nosotros dejemos de anunciar el mensaje de Dios para dedicarnos a la administración."
Hechos 6:3
"Así que, hermanos, busquen entre ustedes a siete hombres de confianza, entendidos y llenos del Espíritu Santo, para que les encarguemos estos trabajos."
Hechos 6:4
"Nosotros continuaremos orando y proclamando el mensaje de Dios."
Hechos 6:5
"Todos estuvieron de acuerdo y escogieron a Esteban, un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, uno de Antioquía que antes se había convertido al judaísmo."
Hechos 6:6
"Luego los llevaron adonde estaban los apóstoles, quienes oraron y les impusieron las manos."
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