Versículo destacado
Hechos 7:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El sumo sacerdote le preguntó a Esteban si era cierto lo que decían de él, "
Hechos 7:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El sumo sacerdote le preguntó a Esteban si era cierto lo que decían de él,
2 y él respondió: Hermanos y padres, escúchenme: Nuestro glorioso Dios se manifestó a nuestro antepasado Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se fuera a vivir a Harán,
3 y le dijo: “Deja tu tierra y a tus parientes, y vete a la tierra que yo te mostraré”.
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Esteban se encuentra ahora ante el gran concilio de la nación, acusado de blasfemia. En el capítulo anterior ya escuchamos las acusaciones de los testigos: que había hablado palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios, y que había hablado en contra de este lugar santo y de la ley. Ahora el sumo sacerdote le pide que responda por sí mismo (Hechos 7:1).
El sumo sacerdote era quien presidía el tribunal y, como tal, hablaba en nombre de la corte. En efecto, le dice: «Prisionero, has oído lo que se ha declarado contra ti bajo juramento. ¿Qué tienes que decir? ¿Es verdad? ¿Dijiste cosas como esas? Si las dijiste, ¿vas a retractarte o vas a sostenerlas?». En apariencia, esto parecía justo; sin embargo, también llevaba un tono de orgullo. Él ya había decidido que, si Esteban había dicho esas cosas, debía ser condenado como blasfemo, sin importar qué explicación diera.
Entonces Esteban comienza su defensa, y esta es bastante extensa. Sin embargo, parece claro que habría continuado mucho más si sus enemigos le hubieran permitido hablar todo lo que quería; de repente interrumpe su discurso justo cuando llega al punto principal (Hechos 7:50). En este discurso demuestra que conoce bien las Escrituras y que sabe usarlas con gran habilidad. Puede relatar la historia bíblica, especialmente las partes que sirven a su propósito, sin tener que consultar nada.
Estar lleno del Espíritu Santo no significaba principalmente que Esteban hubiera recibido nuevas revelaciones o un conocimiento secreto acerca de los planes de Dios para la nación judía. Más bien, el Espíritu trajo a su memoria las Escrituras del Antiguo Testamento y le enseñó a usarlas contra quienes lo acusaban. Quienes están llenos del Espíritu Santo también estarán llenos de las Escrituras, como lo estaba Esteban.
Esteban cita las Escrituras de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento. Esto muestra que probablemente era uno de los judíos helenistas, es decir, judíos que usaban esa versión en sus sinagogas. Eso explica las diferencias entre sus citas y el texto hebreo. El tribunal no lo corrigió por ello, porque entendía la manera en que estaba hablando, y esas diferencias no cambiaban el sentido. Los pequeños detalles legales no son lo mismo que la verdadera justicia.
Estos versículos llevan su resumen de la historia de Israel hasta el final del libro de Génesis. Primero, observemos sus palabras iniciales: «Hombres, hermanos y padres, escuchen». No los halaga, pero sí les habla con respeto. Está pidiendo que lo traten con justicia. De los hombres espera la bondad ordinaria; de los hermanos y padres espera un trato fraternal y paternal.
Ellos estaban dispuestos a considerarlo alguien que había abandonado la iglesia judía y se había vuelto contra ellos. Pero Esteban se dirige a ellos como hombres, hermanos y padres para que vean que él todavía se considera parte de ellos, aunque ellos se nieguen a verlo de la misma manera. Les pide que escuchen con atención. Aunque lo que está a punto de decir pertenece a una historia conocida, todavía necesitan oírlo atentamente, porque no han aprendido a aplicarlo al caso presente.
Su discurso no es una digresión cuyo único propósito sea entretenerlos con una historia antigua. Cada parte cumple una función. Quiere demostrar que Dios nunca le dio tanta importancia a ese lugar santo y a la ley como ellos. Dios tuvo un pueblo en el mundo mucho antes de que se construyera ese lugar santo o se diera la ley ceremonial, y seguiría teniendo un pueblo cuando ambas cosas hubieran desaparecido.
Esteban comienza con el llamado de Abraham para que saliera de Ur de los caldeos. Allí Dios lo apartó para recibir la promesa y convertirse en el padre de la iglesia del Antiguo Testamento (Génesis 12:1 y siguientes; véase también Nehemías 9:7-8). La tierra natal de Abraham era una tierra idólatra, Mesopotamia, la tierra de los caldeos (Hechos 7:2, 4). Desde allí Dios lo condujo por etapas, no de una sola vez, tratándolo con ternura. Primero lo llevó de la tierra de los caldeos a Harán, un lugar situado entre aquella tierra y Canaán (Génesis 11:31). Luego, cinco años después, tras la muerte de su padre, Dios lo llevó a la tierra de Canaán, donde ahora vivían quienes lo escuchaban.
Parece que, cuando Dios habló por primera vez con Abraham, se le manifestó con alguna demostración visible de su gloria, como el Dios de gloria (Hechos 7:2). Así estableció su relación con él. Después, Dios siguió hablándole a Abraham cuando era necesario, sin repetir siempre aquella manifestación visible.
El llamado de Abraham nos enseña que debemos reconocer a Dios en todos nuestros caminos y seguir su dirección, como Israel siguió la columna de nube y de fuego. No se dice que Abraham se trasladara por iniciativa propia, sino que Dios lo llevó a la tierra donde ellos ahora vivían, y Abraham simplemente siguió a su Guía. Quienes Dios incorpora a su pacto quedan apartados de los hijos de este mundo. Son llamados a salir de su país y de su vida anterior. Deben vivir sin aferrarse al mundo, estar por encima de sus valores y confiar en que Dios les dará algo mejor: una patria celestial que él les mostrará.
Ahora Esteban aplica esto a su propio caso. Lo habían acusado de blasfemar contra Dios y de apartarse de la iglesia. Por eso demuestra que es hijo de Abraham y que puede decir con orgullo: «nuestro padre Abraham». También demuestra que adora al Dios de Abraham, a quien correctamente llama el Dios de gloria. No niega la revelación divina, especialmente la revelación mediante la cual la iglesia judía fue fundada y formada originalmente.
Ellos se enorgullecían de la circuncisión, así que Esteban demuestra que Abraham comenzó a seguir la dirección de Dios y entró en comunión con él antes de ser circuncidado; esto no ocurrió sino hasta Hechos 7:8. Pablo usa el mismo punto para demostrar que Abraham fue considerado justo por la fe, pues fue justificado —es decir, declarado justo delante de Dios— cuando todavía no estaba circuncidado. El punto de Esteban es el mismo.
También se enorgullecían profundamente de ese lugar santo, que quizá se refiere a toda la tierra de Canaán, pues era llamada la tierra santa, la tierra de Emanuel. Si la casa santa era destruida, eso también significaba problemas para la tierra santa. La respuesta de Esteban es que no deberían jactarse tanto de ella. Sus antepasados procedían originalmente de Ur de los caldeos, donde servían a otros dioses (Josué 24:2), y ellos no fueron los primeros habitantes de aquel país.
Esteban les recuerda que Dios dijo: «Miren la roca de la que fueron cortados y la cantera de la que fueron sacados» (Isaías 51:1-2). En otras palabras, debían recordar a Abraham, su padre, a quien Dios llamó cuando estaba solo. Debían pensar en lo humildes que fueron sus comienzos y en cuánto le debían a la gracia de Dios. Eso no dejaría espacio para el orgullo.
Dios levantó a Abraham desde el oriente y lo acercó a sí mismo (Isaías 41:2). Si los descendientes de Abraham se apartaban de Dios, entonces debían entender que Dios podía destruir incluso aquel lugar santo y levantar para sí otro pueblo. Dios no les debía nada. Primero mostró su gloria a Abraham lejos de allí, en Mesopotamia, incluso antes de que Abraham se acercara a Canaán y antes de que se estableciera en Harán. Por tanto, no debían pensar que las manifestaciones de Dios estaban limitadas a aquella tierra. El Dios que llevó la semilla de su iglesia desde un lugar tan lejano al oriente también podía, si quería, llevar su fruto hasta un lugar igualmente lejano al occidente.
Dios tampoco apresuró a Abraham para llevarlo a aquella tierra, sino que le permitió esperar durante años en el camino. Eso demuestra que Dios no estaba tan aferrado a aquella tierra como ellos. Su honor no dependía de ella, ni tampoco la felicidad de su pueblo. Por eso, decir que sería destruida no era blasfemia ni traición.
Abraham y sus descendientes permanecieron sin establecerse durante muchos años después de que Dios lo llamó a salir de Ur de los caldeos. Dios sí prometió darles la tierra a Abraham y a sus descendientes como posesión (Hechos 7:5). Sin embargo, Abraham no tuvo hijos durante muchos años, y pasó mucho tiempo más antes de que tuviera un hijo con Sara. Él mismo solo fue un extranjero y un peregrino en aquella tierra, y Dios no le dio allí ninguna herencia, ni siquiera suficiente terreno para apoyar el pie. Vivió allí como alguien en un país extranjero, siempre trasladándose y sin poseer nada.
Sus descendientes también esperaron mucho tiempo antes de recibir la tierra. Dios dijo: «Después de cuatrocientos años, saldrán y me servirán en este lugar» (Hechos 7:7). Incluso antes tendrían que pasar por grandes sufrimientos. Serían esclavizados y maltratados en una tierra extranjera. Esto no se describió como un castigo por algún pecado específico, como más tarde sucedió con sus años de peregrinación en el desierto. Era sencillamente lo que Dios había planeado, y tenía que suceder. Al cumplirse los cuatrocientos años, contados desde el nacimiento de Isaac, Dios dijo que juzgaría a la nación que los había esclavizado.
Esto nos enseña que Dios conoce de antemano todas sus obras. Cuando Abraham todavía no tenía ni tierra ni heredero, Dios le dijo que tendría ambas cosas: una tierra prometida y un hijo prometido. Así, recibió las dos cosas por la fe. También vemos que las promesas de Dios pueden tardar, pero son seguras. Se cumplirán en el momento adecuado, aunque no suceda tan rápido como esperamos. Y aunque el pueblo de Dios sufra por un tiempo, al final él lo rescatará y hará justicia contra quienes lo oprimen. Verdaderamente, hay un Dios que juzga la tierra.
Esto también servía al propósito de Esteban. La nación judía, que ellos defendían con tanta insistencia, tuvo comienzos muy pequeños. Su antepasado común, Abraham, fue sacado de la oscuridad de Ur de los caldeos; y sus tribus y sus líderes salieron de la esclavitud en Egipto, cuando Israel era el más pequeño de todos los pueblos (Deuteronomio 7:7). Por eso, no debían actuar como si la ruina de la nación —provocada por sus propios pecados— significara la ruina de todo el mundo y de todo lo que Dios estaba haciendo. El Dios que los sacó de Egipto también podía llevarlos de vuelta allí, como les había advertido (Deuteronomio 28:68), sin perder nada de su propósito. Si quisiera, podría levantar hijos para Abraham aun de las piedras.
La manera lenta en que Dios cumplió la promesa hecha a Abraham, junto con las muchas aparentes contradicciones de este relato, muestra claramente que la promesa tenía un significado espiritual más profundo. La tierra principal a la que se refería era un país mejor, es decir, el celestial. El apóstol usa este mismo hecho para mostrar que los patriarcas vivieron como extranjeros en la tierra prometida, y de ahí concluye que esperaban una ciudad con fundamentos (Hebreos 11:9-10). Por eso, no era una blasfemia decir: «Jesús destruirá este lugar» y, al mismo tiempo, afirmar: «Él nos llevará a la Canaán celestial y nos dará posesión de ella», pues la Canaán terrenal solo era una imagen de aquella realidad.
Después, Dios formó la familia de Abraham y llevó adelante por medio de ella su propósito lleno de gracia, como lo muestra el resto de Génesis. Primero, Dios prometió ser el Dios de Abraham y de sus descendientes. Como señal de ello, estableció la circuncisión para Abraham y para cada varón de su casa (Génesis 17:9-10). Le dio el pacto de la circuncisión, es decir, el pacto que la circuncisión señalaba y sellaba. Por eso, cuando Abraham tuvo un hijo, lo circuncidó al octavo día (Hechos 7:8). Así, el niño quedaba bajo la ley de Dios y dentro de la promesa de Dios. La circuncisión señalaba las dos partes del pacto: la parte de Dios —«Yo seré tu Dios todopoderoso y suficiente»— y la parte humana —«Camina delante de mí y sé intachable»—.
Una vez que Dios se aseguró de preservar a la descendencia de Abraham como un pueblo que le serviría, esta comenzó a multiplicarse. Isaac fue padre de Jacob, y Jacob fue padre de los doce patriarcas, los jefes de las doce tribus. Después, José, el hijo amado de la familia de su padre, fue maltratado por sus hermanos. Ellos le tuvieron envidia por causa de sus sueños y lo vendieron para que fuera llevado a Egipto. Desde aquellos primeros tiempos, el pueblo de Israel comenzó a resentir a quienes sobresalían y brillaban más que los demás. El odio contra Cristo, quien era como José —apartado entre sus hermanos—, fue un gran ejemplo de ese mismo espíritu.
Dios estuvo con José en medio de sus dificultades (Génesis 39:2, 39:21). Por la obra de su Espíritu, Dios le dio consuelo interior y le concedió el favor de los demás. Finalmente, lo sacó de su sufrimiento y llevó a Faraón a ponerlo como segundo en el reino (Salmo 105:20-22). Así, José alcanzó un alto honor entre los egipcios y también se convirtió en el pastor y la piedra de Israel (Génesis 49:24).
Luego, Jacob se vio obligado a bajar a Egipto porque el hambre lo expulsó de Canaán. La escasez fue tan severa que nuestros padres no encontraron alimento en Canaán (Hechos 7:11). Aquella tierra fértil se había convertido en una tierra estéril. Pero cuando Jacob se enteró de que había grano en Egipto, almacenado gracias a la sabiduría de su propio hijo, envió allí a nuestros padres por primera vez para comprar alimento (Hechos 7:12).
Cuando los hermanos de José regresaron por segunda vez, él primero ocultó su identidad; después se dio a conocer. También se informó a Faraón que aquellos hombres eran parientes de José y que dependían de él (Hechos 7:13). Con el permiso de Faraón, José mandó llamar a su padre Jacob y a toda su familia para que bajaran a Egipto, setenta y cinco personas en total, y fueran atendidos allí (Hechos 7:13).
En Génesis se da la cifra de setenta personas (Génesis 46:27). Pero la Septuaginta, el Antiguo Testamento griego que muchos judíos usaban, da la cifra de setenta y cinco; y Esteban, o Lucas, sigue aquí esa versión, como también en Lucas 3:36, donde se incluye a Cainán, aunque no aparece en el texto hebreo. Algunos explican la diferencia diciendo que se excluye a José y a sus hijos, quienes ya estaban en Egipto, lo cual deja sesenta y cuatro personas; luego se suman los hijos de los once patriarcas y se llega a setenta y cinco.
Después, Jacob y sus hijos murieron en Egipto (Hechos 7:15), pero sus huesos fueron llevados de regreso para ser enterrados en Canaán (Hechos 7:16). Aquí surge una dificultad, porque el texto dice que fueron llevados a Siquem, mientras que Jacob no fue enterrado allí. Jacob fue sepultado cerca de Hebrón, en la cueva de Macpela, donde habían sido enterrados Abraham e Isaac (Génesis 50:13). Los huesos de José fueron enterrados en Siquem (Josué 24:32), y parece probable que los huesos de los demás patriarcas fueran llevados junto con los de él, pues cada uno había dado la misma orden acerca de su sepultura. Si esto es así, esta parte debe entenderse como una referencia a los demás patriarcas, no a Jacob mismo.
También se plantea otra cuestión, porque el lugar de sepultura en Siquem fue comprado por Jacob (Génesis 33:19), mientras que aquí se dice que Abraham lo compró. La explicación del doctor Whitby basta para aclarar el asunto. Él entiende el sentido de esta manera: Jacob bajó a Egipto y murió, él y nuestros padres; nuestros padres fueron llevados a Siquem, y Jacob fue colocado en la tumba que Abraham había comprado por dinero (Génesis 23:16). O, entendido de otra manera, ellos —es decir, Abraham, Isaac y Jacob— fueron colocados allí, mientras que los demás fueron enterrados en la tumba comprada a los hijos de Hamor, padre de Siquem.
Todo este relato servía muy bien al propósito de Esteban. Primero, les recordaba cuán pequeños y humildes fueron los comienzos de la nación judía, algo que debió haberles impedido jactarse de su gloria exterior. Dios la levantó desde casi la nada hasta convertirla en una gran nación, únicamente por su misericordia. Si no cumplían el propósito para el cual habían recibido tal honor, podían esperar destrucción, no seguridad. Los profetas recordaban con frecuencia a Israel su liberación de Egipto para mostrar la gravedad de su pecado al rechazar la ley de Dios; Esteban usa ese mismo hecho para poner al descubierto su desprecio por Cristo y por sus mensajeros.
Segundo, les recordaba que los propios patriarcas, los padres de sus tribus, actuaron mal cuando tuvieron envidia de José y lo vendieron para que fuera llevado a Egipto. Ese mismo espíritu pecaminoso seguía obrando en ellos contra Cristo y sus siervos. Tercero, la amada tierra santa no siempre había estado en posesión de ellos. Sus antepasados permanecieron fuera de ella durante mucho tiempo y allí sufrieron hambre y dificultades; por eso, no debían sorprenderse si aquella tierra, después de haber sido contaminada por tanto tiempo a causa del pecado, finalmente era destruida.
Cuarto, los patriarcas demostraron su fe al desear ser enterrados en Canaán. Esto mostraba claramente que miraban más allá de una tierra terrenal, hacia un país celestial. Y ese era precisamente el destino al que Jesús los estaba conduciendo.
De este capítulo
Hechos 7:2
"y él respondió: Hermanos y padres, escúchenme: Nuestro glorioso Dios se manifestó a nuestro antepasado Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se fuera a vivir a Harán,"
Hechos 7:3
"y le dijo: “Deja tu tierra y a tus parientes, y vete a la tierra que yo te mostraré”."
Hechos 7:4
"Entonces Abraham salió de Caldea y se fue a vivir a Harán. Después de que murió su padre, Dios trajo a Abraham a esta tierra donde ustedes viven ahora."
Hechos 7:5
"Pero no le dio ninguna herencia en ella, ni siquiera un lugar donde poner el pie. Sin embargo, le prometió que se la daría para que, después de su muerte, perteneciera a sus descendientes, aunque en aquel tiempo Abraham todavía no tenía hijos."
Hechos 7:6
"Además, Dios le dijo que sus descendientes vivirían como extranjeros en una tierra extraña, que serían esclavos y que los maltratarían durante cuatrocientos años."
Hechos 7:7
"Pero Dios también le dijo: “Yo castigaré a la nación que los esclavice, y después ellos saldrán de allí y me servirán en este lugar”."
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