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Hechos 6:1 - Significado y aplicación

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Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En aquel tiempo, mientras el número de los creyentes iba aumentando, los de habla griega comenzaron a quejarse de los de habla hebrea, diciendo que las viudas griegas no recibían buena atención en la distribución diaria de ayuda. "

Hechos 6:1

menu_book El versículo en contexto

1 En aquel tiempo, mientras el número de los creyentes iba aumentando, los de habla griega comenzaron a quejarse de los de habla hebrea, diciendo que las viudas griegas no recibían buena atención en la distribución diaria de ayuda.

2 Los doce apóstoles reunieron a todos los creyentes y les dijeron: —No está bien que nosotros dejemos de anunciar el mensaje de Dios para dedicarnos a la administración.

3 Así que, hermanos, busquen entre ustedes a siete hombres de confianza, entendidos y llenos del Espíritu Santo, para que les encarguemos estos trabajos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de ver las luchas de la iglesia con sus enemigos y compartir sus victorias, ahora volvemos la atención a la vida de la iglesia en su interior. Aquí encontramos una disputa dolorosa entre algunos de sus miembros, una situación que pudo haber causado mucho daño, pero que fue resuelta sabiamente a tiempo (Hechos 6:1).

Cuando el número de los discípulos —como se llamaba al principio a los cristianos, es decir, aprendices de Cristo— llegó a muchos miles en Jerusalén, surgió una queja. Es alentador ver que los discípulos se multiplicaban, aunque seguramente los sacerdotes y los saduceos se entristecían al verlo. La oposición que enfrentaba el evangelio no frenó su avance; de hecho, contribuyó a que se extendiera. Esta joven iglesia cristiana, como el antiguo pueblo judío en Egipto, creció aún más en medio de la aflicción.

A los predicadores los golpeaban, amenazaban y maltrataban, pero la gente seguía recibiendo su enseñanza. Su sereno valor en medio del sufrimiento probablemente atrajo a otros, porque demostraba que en ellos estaba actuando un espíritu mejor. Sin embargo, es desalentador ver que el crecimiento de la iglesia se convierta en una causa de división. Hasta entonces, los creyentes habían sido de un solo corazón. Eso se había reconocido muchas veces con admiración, pero ahora, al aumentar su número, comenzaron a murmurar. No se trataba todavía de una ruptura pública, sino de una amargura silenciosa en el corazón.

La queja vino de los griegos, o helenistas, contra los hebreos. Los griegos eran judíos que vivían dispersos en Grecia y en otros lugares. Por lo general hablaban griego y leían el Antiguo Testamento en su traducción griega, no en el hebreo original. Muchos de ellos habían llegado a Jerusalén para la fiesta, habían creído en Cristo y se habían quedado en la iglesia de esa ciudad. Los hebreos eran los judíos nativos que usaban las Escrituras hebreas originales. Algunos de ambos grupos se hicieron cristianos, pero su fe en Cristo no eliminó por completo las antiguas rivalidades entre ellos. Todavía conservaban algo de aquella vieja levadura; aún no habían comprendido plenamente, o no habían recordado, que en Cristo Jesús no hay griego ni judío. Todos son igualmente bienvenidos a Cristo y, por causa de él, deben amarse unos a otros.

Los griegos se quejaban de que sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria, es decir, en la entrega pública de ayuda, mientras que las viudas hebreas recibían mejor atención. La primera disputa en la iglesia cristiana tuvo que ver con el dinero, lo cual es vergonzoso, pues las cosas pequeñas de este mundo no deberían dividir a quienes dicen preocuparse por las grandes cosas del mundo venidero. Se había reunido una cantidad considerable de dinero para los pobres, pero, como suele suceder, era imposible complacer a todos en la manera de repartirlo.

Los apóstoles, a cuyos pies se había depositado el dinero, hicieron todo lo posible por usarlo conforme a la intención de los donantes. Sin duda querían actuar con completa justicia y estaban lejos de favorecer a los hebreos por encima de los griegos. Aun así, se les acusó, al menos indirectamente, de descuidar a las viudas griegas. Estas viudas realmente necesitaban ayuda, pero quizá no recibían una porción tan grande, o tan regular, como las viudas hebreas.

Es posible que la queja haya sido injusta. Quienes ya se encuentran en desventaja, como los judíos griegos en comparación con los hebreos, a menudo sospechan con facilidad que se les está tratando con desprecio cuando no es así. Las personas pobres también pueden ser poco agradecidas por lo que reciben y quejarse rápidamente de que otros reciben más. La envidia y la codicia, esas raíces amargas, se encuentran tanto entre los pobres como entre los ricos, a pesar de las duras lecciones que la pobreza debería enseñar. Sin embargo, también debemos admitir que pudo haber existido una razón real para la queja.

Algunos piensan que las viudas fueron pasadas por alto porque quienes administraban la ayuda seguían una antigua costumbre hebrea según la cual los hijos de una viuda debían sostenerla (véase 1 Timoteo 5:4). Pero parece mejor entender que aquí las viudas representan a todos los pobres, pues muchas de las personas que recibían ayuda de la iglesia eran viudas. Eran mujeres a quienes sus esposos habían sostenido mientras vivían, pero que quedaron necesitadas cuando ellos murieron. Así como quienes administran la justicia pública deben proteger especialmente a las viudas de todo daño (Isaías 1:17; Lucas 18:3), quienes administran la ayuda pública deben ocuparse especialmente de las viudas necesitadas (1 Timoteo 5:3).

Estas viudas, al igual que los demás pobres, recibían apoyo diario. Probablemente no podían guardar lo suficiente para el futuro, así que la iglesia les daba el pan día tras día. Vivían al día. Al parecer, las viudas griegas estaban siendo desatendidas en comparación con las demás. Quizá los encargados pensaban que los hebreos habían contribuido más al fondo, porque los hebreos ricos tenían propiedades que podían vender, mientras que los griegos ricos tal vez no contaban con los mismos recursos. Aunque esa idea pudiera parecer hasta cierto punto razonable, los griegos seguían sintiendo que el trato era injusto.

En la iglesia mejor organizada del mundo todavía habrá cosas que salgan mal. Siempre habrá alguna deficiencia administrativa, algún motivo de inconformidad o, al menos, alguna queja. Las mejores iglesias son las que tienen menos problemas de ese tipo.

El resultado feliz fue que el asunto se resolvió y se encontró una manera de eliminar la causa de la murmuración. Hasta ese momento, los apóstoles habían dirigido todo. Las personas les presentaban sus peticiones y quejas, y ellos tenían que valerse de ayudantes. Pero quizá esos ayudantes no habían prestado suficiente atención y no estaban tan protegidos contra el favoritismo como debían. Por eso era necesario escoger a otras personas, hombres que tuvieran más tiempo para atender ese trabajo que los apóstoles y que fueran más aptos para la tarea que quienes la habían realizado hasta entonces.

Los apóstoles propusieron reunir a toda la comunidad de discípulos, es decir, a los líderes de las congregaciones cristianas de Jerusalén. Los doce no tomarían por sí solos una decisión tan importante, porque cuando hay muchos consejeros hay seguridad. En un asunto como este, quienes tenían más experiencia en los asuntos de la vida diaria que los apóstoles quizá podían ofrecer el mejor consejo.

Los apóstoles dijeron que no podían apartarse de su trabajo principal. Explicaron: «No es correcto que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6:2). Administrar el dinero y distribuir los alimentos era una forma de servir a las mesas, semejante a las mesas de los cambistas en el templo. Esa tarea estaba fuera de la misión que Cristo les había encomendado, que era predicar la palabra de Dios.

Ellos sabían que predicar podía ocupar por completo a una persona. Aunque no necesitaban largos períodos de estudio antes de hablar, porque Dios les daría las palabras en el momento preciso, aun así creían que la predicación merecía toda su atención. Si asumían también esa otra responsabilidad, tendrían que dedicar menos tiempo y cuidado a la predicación. Su mente no podía dividirse al mismo tiempo entre dos tareas distintas que exigían tanta preocupación.

Aunque este servicio de atender las mesas tenía propósitos santos —ayudar a los ricos a dar y a los pobres a recibir—, los apóstoles no permitirían que les quitara tiempo para predicar. No dejarían que el dinero depositado a sus pies los apartara de la predicación, así como tampoco habían dejado que los golpes en sus espaldas los alejaran de ella. Cuando el número de discípulos era pequeño, podían encargarse de esos asuntos sin demasiada dificultad. Pero ahora que la iglesia había crecido, ya no podían hacer ambas cosas.

Predicar el evangelio es la obra mejor y más necesaria que puede realizar un ministro. Es el trabajo al que debe dedicarse por completo (1 Timoteo 4:15). Para hacerlo bien, no debe enredarse en los asuntos de esta vida (2 Timoteo 2:4), ni siquiera en los asuntos externos de la casa de Dios (Nehemías 11:16). Alimentar a las almas con el pan de vida es más importante que atender las necesidades físicas de los pobres, aunque ambas son buenas obras.

Por eso los apóstoles pidieron que escogieran a siete hombres bien capacitados para esta tarea, cuya responsabilidad sería servir a las mesas, es decir, atenderlas como diáconos (Hechos 6:2). El trabajo necesitaba más cuidado del que había recibido, y los apóstoles no podían seguir encargándose de él. Estos hombres administrarían los fondos de la iglesia, revisarían las cuentas, harían los pagos, comprarían lo necesario antes de las fiestas (Juan 13:29) y atenderían todo lo necesario para que el culto se realizara ordenadamente.

Estos hombres debían cumplir requisitos claros. La comunidad debía escogerlos y los apóstoles debían nombrarlos, pero ninguna de las dos partes podía elegir a hombres evidentemente incapaces. Debían buscar a siete hombres, suficientes para la necesidad del momento, y podrían añadirse más después si fuera necesario. Primero, tenían que ser hombres de buena reputación, sin escándalos y conocidos por los demás como honestos y dignos de confianza. Sus vecinos debían hablar bien de ellos y debía existir un buen testimonio acerca de su conducta.

Segundo, debían estar llenos del Espíritu Santo. Esto significa que necesitaban los dones y la gracia del Espíritu para realizar ese trabajo. No bastaba con que fueran hombres decentes; tenían que ser capaces y valientes, como los hombres competentes que Moisés recibió instrucciones de nombrar en Israel: hombres que temieran a Dios, amaran la verdad y aborrecieran la codicia (Éxodo 18:21). Tales cualidades demostraban que estaban llenos del Espíritu Santo.

En tercer lugar, tenían que estar llenos de sabiduría. No bastaba con que fueran honestos y buenos. También debían ser cuidadosos, sensatos y difíciles de engañar, para poder administrar los asuntos con prudencia. Como manejarían fondos destinados al bien común, necesitaban usarlos con fidelidad y también con sabiduría, administrándolos con cuidado y sin despilfarro. El Espíritu concede tanto verdad como sabiduría, y estos hombres necesitaban ambas cosas.

La gente debía escoger a los hombres: «Busquen entre ustedes a siete hombres». Ellos estaban en la mejor posición para saber quiénes tenían el carácter apropiado o, al menos, para averiguarlo. Por eso, la elección se les confió a ellos. Después, los apóstoles los designarían para ese trabajo, les encomendarían la responsabilidad y les darían autoridad, para que todos supieran quiénes estaban a cargo de esos asuntos. El sentido correcto es que los apóstoles serían quienes los designarían.

Entonces los apóstoles prometieron dedicarse por completo a la oración y al ministerio de la palabra (Hechos 6:4). Estas son las dos grandes responsabilidades del evangelio. Por medio de la palabra, Dios habla a su pueblo; por medio de la oración, su pueblo le habla a él. A través de ambas se mantiene viva la comunión con Dios. Por medio de ambas crece el reino de Cristo, cuando hablamos a los huesos secos y luego oramos para que el Espíritu de Dios les dé vida. La palabra y la oración también santifican las demás ordenanzas y dan eficacia a los sacramentos.

La gran tarea de los ministros del evangelio es dedicarse continuamente a la oración y al ministerio de la palabra. Deben prepararse constantemente para esas responsabilidades y cumplirlas, ya sea en público o en privado, en los momentos establecidos o cada vez que surja la necesidad. Deben hablar con Dios en oración en favor del pueblo y hablar de parte de Dios al pueblo mediante la predicación. Para llevar a los pecadores al convencimiento y a la conversión, y para edificar y consolar a los creyentes, los ministros no solo deben orar por las personas, sino también llevarles la palabra y usar los medios que Dios ha establecido.

También deben orar por quienes los escuchan, para que la palabra sea eficaz. La gracia de Dios puede hacerlo todo sin nuestra predicación, pero nuestra predicación no puede hacer nada sin la gracia de Dios. Los apóstoles habían recibido dones especiales del Espíritu Santo, incluidos el don de lenguas y el poder para hacer milagros; aun así, se dedicaban continuamente a la predicación y a la oración, porque así se edifica la iglesia. Los ministros que verdaderamente siguen a los apóstoles no lo hacen reclamando para sí toda la autoridad apostólica —lo cual sería una afirmación atrevida e ilegítima—, sino continuando su obra principal al dedicarse constantemente a la oración y al ministerio de la palabra. Cristo siempre estará con quienes sirven de esa manera, hasta el fin del mundo.

Los discípulos aceptaron con gusto la propuesta y la llevaron a cabo rápidamente. No se les impuso por medio de una autoridad tajante, aunque los apóstoles habrían podido hablar con firmeza como siervos de Cristo (Filemón 1:8). Se presentó como algo muy apropiado, y todo el grupo estuvo de acuerdo (Hechos 6:5). Les alegraba ver que los apóstoles estaban dispuestos a dejar de encargarse de asuntos seculares y a confiar esas responsabilidades a otros. También les alegraba saber que los apóstoles se dedicarían a la palabra y a la oración, así que no discutieron ni se demoraron.

Luego escogieron a los hombres para esa tarea. Es poco probable que al principio todos hayan escogido a los mismos, ya que cada persona probablemente favorecería a alguien que conocía. Pero la mayoría de los votos se inclinó por los hombres que aquí se nombran, y los demás aceptaron la decisión tranquilamente, como corresponde hacerlo en los asuntos de la iglesia. Un apóstol, que ocupaba un cargo extraordinario, había sido escogido por sorteo, lo cual mostraba con mayor claridad la intervención directa de Dios. Pero los encargados de los pobres fueron escogidos por votación del pueblo, sin dejar de reconocer la providencia de Dios, pues él tiene en su mano todo corazón y toda lengua.

Se nos dan los nombres de los escogidos. Algunos piensan que estaban entre los setenta discípulos, pero eso es poco probable. Cristo ya los había designado mucho antes para predicar el evangelio, y no había más razón para que ellos dejaran la palabra de Dios para servir las mesas que la que había para que los apóstoles hicieran lo mismo. Es más probable que estos hombres estuvieran entre los que se convirtieron después del derramamiento del Espíritu Santo. La promesa era para todos los que fueran bautizados: recibirían el don del Espíritu Santo. Ese don, entendido como estar llenos del Espíritu, era precisamente lo que se necesitaba en los hombres escogidos para este servicio.

También podemos pensar razonablemente que estos siete habían vendido sus propiedades y habían puesto el dinero en el fondo común. En igualdad de circunstancias, quienes habían sido más generosos al dar eran los más apropiados para encargarse de la distribución. También parece probable que todos fueran judíos de habla griega, ya que tenían nombres griegos. Eso habría ayudado a calmar las quejas de los helenistas, cuya preocupación había llevado a este arreglo. Confiar esa responsabilidad a hombres extranjeros, como ellos mismos, habría hecho menos probable que fueran desatendidos. Nicolás claramente era uno de ellos, pues era un prosélito de Antioquía, es decir, un gentil de esa ciudad que se había convertido al judaísmo. Algunos piensan que la manera en que está expresado el pasaje sugiere que los demás también eran prosélitos de Jerusalén, así como él lo era de Antioquía.

Esteban aparece primero, y fue el honor más destacado de este grupo. Era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo. Tenía una fe firme en la enseñanza de Cristo y estaba más lleno de ella que la mayoría. También estaba lleno de fidelidad y valor, como algunos entienden la expresión, porque estaba lleno del Espíritu Santo, con sus dones y gracias. Era un hombre extraordinario y sobresalía en toda buena cualidad. Su nombre significa «corona».

Felipe aparece después porque desempeñó bien este cargo y alcanzó una buena reputación por medio de él. Más adelante fue designado evangelista, ayudante y compañero de los apóstoles, y así se le llama claramente (Hechos 21:8). Compárese con (Efesios 4:11). Su predicación y sus bautismos, de los que leemos en (Hechos 8:12), ciertamente no los realizó como diácono, pues ese cargo consistía en servir las mesas, en contraste con el ministerio de la palabra. Los llevó a cabo como evangelista y, cuando fue promovido a ese trabajo, probablemente dejó este cargo, ya que las dos responsabilidades no podían desempeñarse juntas.

En cuanto a Esteban, nada de lo que leemos sobre él demuestra que fuera predicador del evangelio. Solo discutió en las sinagogas y se defendió ante el consejo y el tribunal (Hechos 6:9; Hechos 7:2). El último que se menciona es Nicolás. Algunos dicen que después se apartó, como Judas entre los doce, y que llegó a ser el fundador de los nicolaítas mencionados en (Apocalipsis 2:6, Apocalipsis 2:15), a quienes Cristo dice que aborrecía. Sin embargo, algunos escritores antiguos defendieron a Nicolás de esa acusación y afirmaron que la secta usó injustamente su nombre. Según ellos, Nicolás solo enseñaba con firmeza que quienes tenían esposa debían vivir como si no la tuvieran, y personas impías distorsionaron esto hasta convertirlo en una afirmación de que las esposas debían compartirse en común. Por esa razón, Tertuliano, al hablar de compartir los bienes, hace cuidadosamente una excepción con las esposas: «Entre nosotros todo es común, excepto nuestras esposas» (Apología, capítulo 39).

Entonces los apóstoles designaron a estos hombres para que, por el momento, sirvieran las mesas (Hechos 6:6). El pueblo los había presentado ante los apóstoles, y ellos aprobaron la elección y los apartaron para esa tarea. Oraron con ellos y por ellos, pidiéndole a Dios que les concediera cada vez más del Espíritu Santo y sabiduría, para prepararlos para el servicio al que habían sido llamados, bendecir su trabajo y hacerlos una ayuda para la iglesia, especialmente para los pobres del rebaño. A todos los que sirven en la iglesia se les debe encomendar a la gracia de Dios por medio de las oraciones de la iglesia.

Los apóstoles también les impusieron las manos. Esa era una manera de bendecirlos en el nombre del Señor, ya que la imposición de manos se usaba para impartir una bendición. Jacob bendijo de esa manera a los dos hijos de José, y es indiscutible que el menor recibe la bendición del mayor (Hebreos 7:7). Así, los diáconos son bendecidos por los apóstoles, y quienes cuidan de los pobres son bendecidos por los pastores de la congregación.

Después de orar, los apóstoles les impusieron las manos. Con esto mostraron que la bendición realmente había venido como respuesta a la oración. También les dieron autoridad para llevar a cabo su trabajo y establecieron para el pueblo la obligación de respetarlos en ese cargo.

III. Entonces la iglesia avanzó. Cuando todo quedó bien organizado, se corrigieron las injusticias y se resolvieron las quejas; la religión comenzó a extenderse, como se relata en Hechos 6:7. La palabra de Dios crecía. Como los apóstoles ahora se dedicaban más plenamente a la predicación, el evangelio se extendía más lejos y llegaba a las personas con mayor poder. Cuando los ministros se liberan de las tareas mundanas y se entregan por completo y con seriedad a su llamado, eso contribuye enormemente al avance del evangelio.

Se dice que la palabra de Dios crecía, como una semilla que se siembra y luego produce una cosecha de treinta, sesenta o cien veces más. El número de discípulos en Jerusalén se multiplicó considerablemente. Mientras Cristo estuvo en la tierra, su ministerio tuvo menos fruto en Jerusalén; pero ahora esa misma ciudad produjo la mayor cantidad de convertidos. Dios siempre conserva un remanente, aun en los lugares más difíciles.

Un gran número de sacerdotes llegó a obedecer la fe. La palabra y la gracia de Dios reciben gran honra cuando transforman a quienes parecían menos propensos a creer, como sucedió aquí con los sacerdotes. Ellos se habían opuesto al evangelio o, al menos, estaban vinculados con quienes se le oponían. Los sacerdotes, cuyo sustento dependía de la ley de Moisés, estuvieron dispuestos a renunciar a ello por el evangelio de Cristo. Parece que se unieron como grupo, de acuerdo para fortalecerse y proteger su posición mientras todos se entregaban a Cristo.

Obedecieron la fe porque aceptaron la enseñanza del evangelio. Sus mentes quedaron bajo el poder de la verdad de Cristo, y todo pensamiento que se oponía fue llevado cautivo para someterlo a él, como se expresa en (2 Corintios 10:4-5). También se dice que el evangelio se dio a conocer para llevar a las naciones a la obediencia que proviene de la fe, como en (Romanos 16:26). La fe misma es un acto de obediencia, porque Dios nos manda creer, como se enseña en (1 Juan 3:23).

También demostraron que su fe era verdadera al seguir con gozo todas las normas y los mandamientos del evangelio. El propósito del evangelio es purificar y transformar nuestro corazón y nuestra vida. La fe nos da la norma que debemos seguir, y tenemos que vivir en obediencia a ella.

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