Versículo destacado
Hechos 4:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Al día siguiente se reunieron sus gobernantes, ancianos y escribas, "
Hechos 4:5
¿Qué significa Hechos 4:5?
En Hechos 4:5, Lucas muestra que, al día siguiente de la sanidad y la predicación de Pedro y Juan, las autoridades religiosas se reunieron para interrogarlos. La escena revela que el mensaje de Jesús enfrentaba oposición oficial. Hoy, cuando la fe provoca críticas en el trabajo o la escuela, este versículo anima a mantenerse firmes con respeto.
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El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Les echaron mano y los pusieron bajo custodia hasta el día siguiente, porque ya había anochecido.
4 Sin embargo, muchos de los que oyeron la palabra creyeron, y el número de los hombres llegó a unos cinco mil.
5 Al día siguiente se reunieron sus gobernantes, ancianos y escribas,
6 junto con Anás, el sumo sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia del sumo sacerdote, en Jerusalén.
7 Después de ponerlos en medio, les preguntaron: «¿Con qué poder o en qué nombre han hecho ustedes esto?»
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Aquí vemos a Pedro y a Juan llevados a juicio ante los dirigentes religiosos por predicar acerca de Jesucristo y sanar en su nombre. Se les acusa como criminales precisamente por aquello que había sido su mejor servicio a Dios y a las personas.
El tribunal se reunió al día siguiente. No se celebró de noche, como había ocurrido con el juicio del propio Jesús, lo cual sugiere que esta vez no estaban impulsando el caso con la misma urgencia. Aun así, no querían demorarlo, porque estaban ansiosos por silenciar a los apóstoles.
La audiencia tuvo lugar en Jerusalén, la ciudad donde Jesús había dicho que sus seguidores debían esperar sufrimiento. Esto hacía aún más grave el pecado de sus habitantes, porque Jerusalén debería haber recibido al Redentor prometido. Sin embargo, muchos se negaron a creer cuando él vino. Jesús había previsto ese rechazo y lloró por la ciudad (Mateo 23:37).
Los jueces eran gobernantes, ancianos y escribas. Los escribas eran hombres instruidos que llegaron preparados para discutir con los apóstoles y esperaban demostrar que estaban equivocados. Los gobernantes y los ancianos eran hombres poderosos, y si no podían responderles a los apóstoles, pensaban que al menos podrían hacerlos callar. Si el evangelio no hubiera venido de Dios, no habría podido mantenerse firme frente a la erudición y al poder del mundo.
Entre los principales dirigentes estaban Anás y Caifás, los líderes principales de esta persecución. Anás había sido presidente del Sanedrín, el consejo gobernante judío, y Caifás era el sumo sacerdote, aunque aquí parece que el título también se usa para Anás. Ambos habían sido profundamente hostiles a Cristo, y ahora eran igualmente hostiles a su evangelio. También estaban allí otros familiares del sumo sacerdote, hombres que dependían de él y probablemente se pondrían de su lado.
Entonces llevaron a Pedro y a Juan ante el consejo. El Sanedrín se sentaba formando un círculo, mientras los prisioneros permanecían en el centro, rodeados por todos lados. Las Escrituras ya habían presentado una escena semejante, en la que los malvados rodean al justo (Salmo 22:16; Salmo 118:12).
El tribunal les preguntó: «¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho esto?». En otras palabras: «¿Quién les dio autoridad para enseñar esto y realizar este milagro?». Anteriormente le habían hecho a Jesús una pregunta parecida (Mateo 21:23). Sabían que los apóstoles predicaban acerca de Jesús y de la resurrección, pero aun así preguntaron, con la esperanza de hacerlos caer y encontrar algo por lo cual condenarlos.
La respuesta de Pedro no tenía como propósito principal protegerse a sí mismo. Su intención era honrar a Jesús, porque el Señor ya les había dicho a sus seguidores que los juicios ante los gobernantes abrirían una oportunidad para dar testimonio. El Espíritu Santo le dio a Pedro las palabras que debía decir en ese momento (Marcos 13:11). Los siervos fieles de Cristo no quedarán sin ayuda cuando tengan que hablar en su nombre.
Pedro se dirigió a los jueces como gobernantes del pueblo y ancianos de Israel. Su cargo no justificaba sus malas acciones; más bien, hacía mayor su culpa si usaban su poder contra la verdad. Deberían haber reconocido las señales de los tiempos y haber identificado el reino del Mesías. Como dirigentes del pueblo de Dios, tendrían que responder por el daño que causaran si llevaban a la nación por el camino equivocado.
Pedro hizo entonces una declaración clara: la sanidad había sido realizada en el nombre de Jesucristo. Si lo estaban interrogando por una buena obra hecha a favor de un hombre indefenso, él estaba listo para responder. Que todos ellos lo supieran, y que lo supiera todo Israel: aquel hombre estaba sano por el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ellos habían crucificado y a quien Dios había resucitado de entre los muertos. Ese mismo Jesús ahora estaba revestido de la más alta honra y autoridad, y el hombre sanado era una prueba viviente de su poder.
Había sido una buena obra, un acto de bondad hacia aquel hombre que mendigaba y no podía ganarse la vida. También había sido un beneficio para el templo y para quienes entraban a adorar, pues ya no tendrían que escuchar los gritos y el alboroto de aquel mendigo habitual. Si se les pedía que respondieran por una obra tan buena, no tenían razón para avergonzarse, como dice Pedro en (1 Pedro 2:20), (1 Pedro 4:14) y (1 Pedro 4:16). Que se avergüencen quienes les causan problemas por hacer el bien. No es algo nuevo que las personas buenas sufran injustamente por hacer lo correcto. Hacer el bien y luego recibir castigo por ello es parte de la experiencia cristiana.
Pedro atribuye todo el mérito de esta buena obra a Jesucristo. El hombre había sido sanado por Jesús, no por algún poder propio de los apóstoles. Ellos no intentaban ganar seguidores para sí mismos ni obtener la aprobación del tribunal mediante ese milagro. Su preocupación era que solo el Señor recibiera la honra, sin importar lo que les sucediera a ellos.
También acusa a los jueces de haber asesinado a Jesús. «Es aquel a quien ustedes crucificaron», dice, como si les estuviera diciendo: «Piensen cómo responderán por esto». Su verdadero propósito era llevarlos a la fe en Cristo, y para ello trata de convencerlos de su pecado, especialmente del pecado que más debía haberles sacudido la conciencia: haber dado muerte a Cristo. No importa cómo reaccionaran; Pedro no dejaría pasar ninguna oportunidad de recordárselo.
También señala la resurrección de Cristo como la prueba más clara a favor de él y en contra de quienes se le opusieron. Ellos lo crucificaron, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Le quitaron la vida, pero Dios se la devolvió. Por eso, cualquier nuevo ataque contra su causa tendría el mismo resultado. Pedro afirma que Dios lo resucitó, y los gobernantes ya no podían repetir razonablemente la historia absurda que habían difundido entre el pueblo: que los discípulos habían llegado de noche y robado el cuerpo.
Pedro habla delante de todos los que estaban presentes, para que ellos pudieran contárselo a sus vecinos. Les pide a personas de toda condición, desde las más importantes hasta las más humildes, que presten atención, bajo su propia responsabilidad. Todos los presentes debían saberlo y, por medio de ellos, todo el pueblo de Israel, dondequiera que estuviera disperso, a pesar de cualquier intento de ocultarlo. Así como el Señor Dios conoce todas las cosas, todo Israel debía saber que los milagros se realizan en el nombre de Jesús, no usando su nombre como un amuleto, sino confiando en él como el mensaje de gracia y buena voluntad de Dios para las personas.
A partir de esto, Pedro pasa a una verdad más amplia. El nombre de Jesús, por cuya autoridad actuaron, es el único nombre por el cual podemos ser salvos. No se trata simplemente de fundar un grupo religioso más, al que las personas puedan unirse o ignorar a voluntad, como las escuelas de los filósofos o algunas sectas judías. Se trata de una institución santa y divina, confirmada por el milagro y por el mensaje. Toda persona tiene el deber urgente de someterse a ella y entrar bajo su autoridad. No es algo opcional: es necesario creer en este nombre e invocarlo.
Estamos obligados a hacerlo por nuestro deber hacia Dios y porque esto corresponde a su propósito, como dice Pedro en (Hechos 4:11): «Esta es la piedra que ustedes, los constructores, rechazaron». Pedro se dirige a los gobernantes y ancianos de Israel, quienes deberían haber edificado la iglesia, ya que la iglesia es la casa de Dios. Se les había ofrecido una piedra que debía ocupar el lugar principal del edificio, el apoyo fundamental sobre el cual descansaría toda la estructura. Pero la rechazaron, la consideraron inútil y la desecharon. Sin embargo, esa piedra se ha convertido en la piedra principal del ángulo. Dios levantó a este Jesús, a quien ellos rechazaron, y al colocarlo a su derecha lo convirtió en la piedra angular y principal, el centro de unidad y la fuente de poder. Es probable que Pedro usara este pasaje porque Cristo lo había citado antes, cuando los principales sacerdotes y los ancianos le preguntaron por su autoridad, poco tiempo antes de esto (Mateo 21:42). Las Escrituras son un arma probada en las batallas espirituales; por eso debemos aferrarnos a ellas.
También estamos obligados a confiar en Cristo por nuestro propio bien. Estamos perdidos si no buscamos refugio en su nombre y no hacemos de él nuestra fortaleza y torre fuerte. No podemos ser salvos sino por Jesucristo; y si no somos salvos para siempre, quedamos perdidos para siempre, como dice Pedro en (Hechos 4:12): «En ningún otro hay salvación». Así como no hay otro nombre por el cual puedan sanar los cuerpos enfermos, tampoco hay otro nombre por el cual puedan salvarse las almas pecadoras. Solo por medio de él, al recibir y aceptar su enseñanza, todos deben esperar ahora la salvación. No existe otra religión en el mundo, ni siquiera la que fue dada por medio de Moisés, por la cual puedan salvarse quienes ahora se niegan a entrar en este camino mediante su proclamación.
Nuestra salvación es nuestra principal preocupación, aquello que debería estar más cerca de nuestro corazón. Significa ser rescatados de la ira y de la maldición, y ser llevados nuevamente al favor y a la bendición de Dios. La salvación no está en nosotros mismos, ni puede obtenerse por nuestros propios méritos o fuerzas. Podemos arruinarnos, pero no podemos salvarnos. Muchos nombres entre los seres humanos afirman salvar, pero en realidad no pueden hacerlo. Muchos sistemas religiosos prometen reconciliar a Dios con las personas, pero no pueden lograrlo. Solo por medio de Cristo y de su nombre podemos esperar las bendiciones de Dios que necesitamos para la salvación, y solo por medio de él nuestro servicio puede ser aceptado por Dios.
Esta es la gloria del nombre de Cristo: que es el único nombre por el cual debemos ser salvos, el único nombre que podemos invocar cuando nos presentamos ante Dios. Este nombre nos ha sido dado. Dios lo estableció, y es un regalo de valor incalculable que nos ofrece gratuitamente. Nos ha sido dado bajo el cielo. Cristo tiene un gran nombre no solo en el cielo, sino también bajo el cielo, porque tiene todo poder tanto en el mundo de arriba como en el de abajo. Ha sido dado entre los seres humanos, que necesitan salvación y están a punto de perecer. Somos salvos por su nombre, por ese nombre que significa «El Señor es nuestra justicia», y no podemos ser salvos por ningún otro. No nos corresponde decidir hasta qué punto pueden hallar el favor de Dios quienes no conocen a Cristo ni tienen una fe activa en él, pero viven conforme a la luz que han recibido. Lo que sí sabemos es que cualquier favor salvador que esas personas reciban se debe a Cristo y únicamente a él. Por tanto, sigue sin haber salvación en ningún otro, aunque Dios haya dado a conocer su nombre a quienes no lo conocían, como en (Isaías 45:4).
Esta defensa puso al tribunal en una situación difícil al intentar presentar cargos contra ellos, como se ve en (Hechos 4:13) y (Hechos 4:14). Así se cumplió la promesa de Cristo de darles palabras y sabiduría que ninguno de sus enemigos podría responder ni refutar.
No podían negar que la sanidad del hombre que no podía caminar había sido tanto una buena obra como un milagro. El hombre estaba allí de pie junto a Pedro y Juan, listo para confirmar la sanidad si era necesario, y no tenían nada que decir en contra de ella (Hechos 4:14). No podían demostrar que fuera falsa ni hablar mal de ella. Fue una suerte que no fuera sábado, porque probablemente también habrían usado eso como objeción.
Tampoco podían, a pesar de toda su demostración de autoridad, hacer callar a Pedro y a Juan. Este fue un milagro casi tan grande como la sanidad misma. Aquellos sacerdotes habían sido enemigos feroces y crueles de Cristo, lo suficiente como para hacer que cualquiera tuviera miedo de defenderlo. Y esos mismos discípulos habían sido hacía poco muy débiles y temerosos, especialmente Pedro, quien había negado a Jesús por miedo a una sirvienta. Sin embargo, ahora veían la valentía de Pedro y Juan (Hechos 4:13).
Probablemente había algo impactante y fuera de lo común en su apariencia. No solo estaban tranquilos frente a los gobernantes, sino que parecían desafiarlos y desconcertarlos. Sus rostros mostraban firmeza, sus ojos brillaban y sus voces eran fuertes, autoritarias e incluso intimidantes. Eran como el profeta que dijo que había puesto su rostro como un pedernal (Isaías 50:7; Ezequiel 3:9). La valentía de los seguidores fieles de Cristo a menudo ha avergonzado a sus crueles enemigos.
Se nos dice qué fue lo primero que asombró a los gobernantes: vieron que Pedro y Juan eran hombres sin estudios y del pueblo. Preguntaron por ellos, quizá a los mismos apóstoles o a otras personas, y descubrieron que provenían de un ambiente humilde. Eran de Galilea, habían sido pescadores y no tenían una formación formal. No habían estudiado en una escuela rabínica ni se habían relacionado con los círculos de las cortes, los ejércitos o las instituciones académicas. Si les hubieran preguntado sobre filosofía natural, matemáticas o política, habrían sabido poco o nada. Pero cuando el tema era el Mesías y su reino, hablaban con tanta claridad, fuerza y seguridad, y conocían tan bien el Antiguo Testamento, que ni siquiera el juez más instruido podía responderles.
Eran hombres comunes, personas particulares sin rango ni cargo público, y eso hacía que los gobernantes se preguntaran aún más cómo podían hablar con tanta autoridad. La palabra también puede tener el sentido de «sin preparación» o «inexpertos», y los gobernantes los miraban con desprecio, como si fueran personas simples que no tenían nada que ofrecer. Por eso se sorprendieron tanto al ver la libertad y la valentía con que Pedro y Juan hablaban.
Lo que comenzó a explicar su valentía fue que los gobernantes reconocieron que habían estado con Jesús. Tal vez los habían visto con Jesús en el templo y ahora los recordaban. O quizá algunos sirvientes u otras personas presentes en el tribunal se lo habían dicho, ya que los gobernantes mismos no querrían aparentar que prestaban atención a hombres tan humildes. Pero una vez que entendieron que Pedro y Juan habían estado con Jesús, habían pasado tiempo con él, lo habían seguido y habían aprendido de él, supieron de dónde provenía su valentía.
Esto sigue siendo verdad. Quienes han estado con Jesús, han disfrutado de la comunión con él, escuchan su palabra, oran en su nombre y recuerdan su muerte y resurrección, deben vivir de tal manera que los demás puedan reconocer que han estado con Jesús. Una vida así hace que las personas sean santas, celestiales, espirituales y alegres. Las eleva por encima de este mundo y las llena de una realidad diferente. Como Moisés al bajar del monte, se les reconoce por el resplandor de sus rostros.
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Al día siguiente, después de la sanidad del hombre que no podía caminar y del arresto de Pedro y Juan, se reunieron los gobernantes, ancianos y escribas. Hechos 4:5 presenta una escena sobria, pero cargada … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Al día siguiente, después de la sanidad del hombre que no podía caminar y del arresto de Pedro y Juan, se reunieron los gobernantes, ancianos y escribas. Hechos 4:5 presenta una escena sobria, pero cargada de tensión: las autoridades se organizan para examinar aquello que no pueden controlar ni explicar fácilmente. Frente a ellas están dos discípulos comunes, sostenidos no por influencia política, sino por la convicción de que Jesús sigue actuando. Este versículo recuerda que la fe también puede encontrarse bajo vigilancia, cuestionamiento o presión. El poder humano se reúne y toma posiciones; Dios, en cambio, no abandona a quienes atraviesan ese momento. La escena no niega el temor que podían sentir Pedro y Juan. La valentía bíblica no consiste en no sentir miedo, sino en permanecer firmes cuando el miedo está presente. Para quienes enfrentan sistemas intimidantes, conversaciones difíciles o juicios injustos, este pasaje ofrece una verdad serena: la presencia de Dios no depende de que el ambiente sea seguro. A veces comienza sosteniendo el corazón en medio de una sala llena de voces poderosas.
Hechos 4:5 presenta el comienzo formal de la oposición contra Pedro y Juan: al día siguiente se reúnen los gobernantes, los ancianos y los escribas. La frase parece breve, pero establece algo importante. No se … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Hechos 4:5 presenta el comienzo formal de la oposición contra Pedro y Juan: al día siguiente se reúnen los gobernantes, los ancianos y los escribas. La frase parece breve, pero establece algo importante. No se trata de una reacción improvisada de individuos molestos; participan representantes de la autoridad religiosa y social de Jerusalén. Lucas muestra así que el anuncio sobre Jesús entra en conflicto con estructuras reconocidas de poder y de interpretación bíblica. El versículo también conecta directamente con el arresto narrado al final del capítulo anterior. La reunión ocurre “al día siguiente”, lo que comunica rapidez y determinación. La comunidad dirigente no ignora el mensaje apostólico, sino que organiza una respuesta oficial. Sin embargo, el texto no afirma todavía que todos los presentes compartieran exactamente la misma motivación o postura; esa conclusión debe reservarse para el interrogatorio y las decisiones que siguen. En su contexto, Hechos 4:5 prepara el contraste central del pasaje: autoridades con prestigio institucional frente a testigos que hablan con la autoridad recibida de Jesús. La escena recuerda que la verdad bíblica no siempre es reconocida por quienes ocupan posiciones religiosas importantes. El poder reunido no determina por sí mismo quién tiene razón; el relato llevará la atención hacia la resurrección y el nombre de Jesús.
Hechos 4:5 presenta una escena de poder organizado: al día siguiente se reúnen gobernantes, ancianos y escribas para examinar lo ocurrido. No es una conversación informal; es una audiencia con autoridades religiosas y sociales capaces … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Hechos 4:5 presenta una escena de poder organizado: al día siguiente se reúnen gobernantes, ancianos y escribas para examinar lo ocurrido. No es una conversación informal; es una audiencia con autoridades religiosas y sociales capaces de influir en la vida de otros. El detalle importa porque muestra que la fe cristiana no se vive aislada de las instituciones, los conflictos ni las decisiones públicas. También revela una tensión frecuente en la vida cotidiana: una situación puede ser evaluada por personas con títulos, experiencia y autoridad, pero eso no garantiza que exista apertura a la verdad. La presencia de muchos funcionarios no convierte automáticamente una decisión en justa. Por eso se necesita discernimiento, serenidad y valentía, especialmente cuando la presión del grupo intenta reemplazar la evidencia o la conciencia. El versículo no invita a despreciar la autoridad, sino a reconocer sus límites. Dios puede sostener a sus testigos aun dentro de escenarios formales e intimidantes. La parte práctica es esta: la verdad merece ser presentada con claridad y respeto, pero no debe depender de la aprobación de una sala llena de poder. La fidelidad se demuestra también al permanecer firmes cuando otros tienen más influencia.
Hechos 4:5 presenta una escena de autoridad reunida: gobernantes, ancianos y escribas se congregan para examinar lo ocurrido después de la sanidad del hombre que había estado enfermo. Lucas no describe una multitud anónima, sino … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Hechos 4:5 presenta una escena de autoridad reunida: gobernantes, ancianos y escribas se congregan para examinar lo ocurrido después de la sanidad del hombre que había estado enfermo. Lucas no describe una multitud anónima, sino a personas con poder religioso, social y legal. La fe apostólica entra así en espacios donde las palabras sobre Jesús serán evaluadas por quienes creen tener la responsabilidad de proteger el orden. El versículo también revela algo sobrio sobre el camino de Dios: la verdad no siempre avanza en ambientes receptivos. A veces debe permanecer firme delante de instituciones preocupadas por controlar, clasificar o contener lo que no pueden explicar. Sin embargo, la presencia de autoridades no significa la ausencia de Dios. El día siguiente, con su interrogatorio y su tensión, sigue estando dentro del cuidado providencial de Dios, aunque el texto todavía no muestre el desenlace. Hay una diferencia entre autoridad y verdad. La autoridad puede convocar una reunión; no puede, por sí sola, cancelar la obra de Dios. La eternidad cambia el peso del presente: una sala de juicio puede parecer dominante por un momento, pero no tiene la última palabra sobre el testimonio de Cristo.
Aplicación para la restauración de la salud
En Hechos 4:5, los gobernantes, ancianos y escribas se reúnen al día siguiente para examinar lo ocurrido. La escena muestra que la fe puede vivirse bajo presión, vigilancia o cuestionamiento; no presenta una vida emocional libre de temor. Para quienes han experimentado ansiedad, depresión o trauma relacionado con autoridades, conflictos o injusticias, este pasaje puede despertar recuerdos difíciles. Reconocer esas reacciones no significa falta de fe: el sistema nervioso puede interpretar ciertas situaciones como una amenaza, aun cuando el peligro ya haya pasado.
La psicología recomienda identificar las señales corporales, respirar lentamente, orientarse al presente y buscar apoyo seguro antes de responder impulsivamente. También puede ser útil distinguir entre una autoridad legítima y una dinámica abusiva, establecer límites y documentar situaciones preocupantes cuando sea necesario. La comunidad cristiana puede ofrecer acompañamiento, escucha y protección, sin exigir que alguien minimice su dolor o perdone apresuradamente.
La presencia de oposición no determina el valor ni la estabilidad interior de una persona. La oración, la Escritura y la atención profesional pueden complementarse. Si los síntomas persisten, afectan el funcionamiento diario o incluyen pensamientos de hacerse daño, es importante contactar a un profesional de salud mental o a los servicios de emergencia en Estados Unidos.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Hechos 4:5 describe la reunión de gobernantes, ancianos y escribas después de la sanidad y la predicación de los apóstoles. Un error dañino es usarlo para afirmar que toda autoridad es corrupta, que cuestionar a líderes demuestra falta de fe o que una persona debe someterse a abuso espiritual, familiar o institucional. Tampoco autoriza a buscar conflictos, ignorar procesos legales ni interpretar cada desacuerdo como persecución religiosa. La fidelidad bíblica no exige negar el miedo, el trauma o la injusticia mediante positividad tóxica o evasión espiritual. Si este pasaje activa recuerdos de control, violencia, discriminación o ansiedad intensa, puede ser necesaria la ayuda de un profesional de salud mental con competencia cultural y respeto por la fe. Ante riesgo inmediato, autolesión o violencia, deben contactarse los servicios de emergencia del 911 o recursos de crisis en Estados Unidos. La interpretación bíblica no sustituye atención clínica, legal ni de seguridad.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Hechos 4:5?
¿Cuál es el contexto de Hechos 4:5?
¿Quiénes se reunieron en Hechos 4:5?
¿Qué enseña Hechos 4:5 sobre la oposición a la fe?
¿Cómo puedo aplicar Hechos 4:5 a mi vida?
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De este capítulo
Hechos 4:1
"Mientras ellos hablaban al pueblo, llegaron hasta ellos los sacerdotes, el capitán del templo y los saduceos,"
Hechos 4:2
"molestos porque enseñaban al pueblo y proclamaban por medio de Jesús la resurrección de entre los muertos."
Hechos 4:3
"Les echaron mano y los pusieron bajo custodia hasta el día siguiente, porque ya había anochecido."
Hechos 4:4
"Sin embargo, muchos de los que oyeron la palabra creyeron, y el número de los hombres llegó a unos cinco mil."
Hechos 4:6
"junto con Anás, el sumo sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia del sumo sacerdote, en Jerusalén."
Hechos 4:7
"Después de ponerlos en medio, les preguntaron: «¿Con qué poder o en qué nombre han hecho ustedes esto?»"
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Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
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