Versículo destacado
Marcos 11:27 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Volvieron a Jerusalén, y mientras él caminaba por el templo, se acercaron a él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, "
Marcos 11:27
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
25 «Y cuando estén de pie orando, perdonen si tienen algo contra alguien, para que también su Padre que está en el cielo les perdone sus transgresiones».
26 «Pero si ustedes no perdonan, tampoco su Padre que está en el cielo les perdonará sus transgresiones».
27 Volvieron a Jerusalén, y mientras él caminaba por el templo, se acercaron a él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28 y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad para hacer estas cosas?».
29 Jesús les respondió: «Yo también les haré una pregunta. Respóndanme, y les diré con qué autoridad hago estas cosas».
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Aquí vemos a Cristo siendo examinado por el gran Sanedrín, el tribunal gobernante judío, acerca de su autoridad. Ellos creían tener el derecho de preguntarles a los profetas quién los había enviado. Se acercaron a él mientras caminaba por el templo y enseñaba al pueblo, primero unos y luego otros. Los pórticos, o corredores cubiertos, de los atrios del templo eran muy apropiados para este tipo de enseñanza.
A los principales líderes les molestaba ver cuánta gente seguía a Jesús y lo escuchaba atentamente. Por eso se acercaron a él con cierta formalidad y, por así decirlo, lo llevaron a juicio con esta pregunta: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?» (Marcos 11:28). Querían atraparlo y ponerlo en una situación difícil. Si lograban hacer que el pueblo pensara que Jesús no tenía una comisión legítima, que no había sido enviado debidamente, dirían que nadie debía escucharlo. Esta era su última excusa para justificar su incredulidad obstinada. Como estaban decididos a no recibir su enseñanza, buscaban algún defecto en su comisión. Si no podían verla aprobada por su propio tribunal, la rechazarían.
En ocasiones, en la controversia con la Iglesia católica romana, se usa un argumento parecido acerca de la misión de los ministros. Si pueden sembrar dudas sobre ella, creen haber ganado el caso, aun cuando las Escrituras estén claramente en el lado contrario. Sin embargo, esta es una pregunta seria que todos los que actúan como magistrados o ministros deben estar preparados para responder por sí mismos: ¿con qué autoridad hago estas cosas? Porque nadie puede predicar si no ha sido enviado, ni puede actuar con paz, confianza o esperanza de éxito si no ha recibido autorización (Jeremías 23:32).
Cristo les respondió de una manera que los dejó atrapados por su propia pregunta. En esencia, les dijo: «¿Qué piensan acerca del bautismo de Juan? ¿Venía del cielo o de los hombres? ¿Con qué autoridad predicaba, bautizaba y reunía discípulos? Respóndanme» (Marcos 11:30). Los hizo enfrentar el caso de Juan porque el ministerio de Juan y el suyo estaban estrechamente relacionados. Ambos tenían el mismo origen y el mismo propósito: preparar el camino para el reino del evangelio. Cristo podía plantearles esto con mayor razón porque ellos mismos ya habían enviado una comisión para interrogar a Juan (Juan 1:19). En efecto, les estaba diciendo: «Ahora díganme qué averiguaron acerca de él».
Ellos sabían lo que creían acerca de Juan, pero ahora no sabían qué responder. Cualquiera que no tenga como norma hablar conforme a lo que realmente piensa pronto se encontrará en una dificultad semejante.
Si decían que el bautismo de Juan venía del cielo —que era la verdad—, se avergonzarían. Cristo les preguntaría de inmediato por qué no habían creído en Juan ni habían recibido su bautismo. No podían soportar que Cristo les dijera eso, aunque su propia conciencia ya se lo decía. Habían aprendido a silenciar la conciencia cuando los molestaba. Lo que la conciencia les decía podía inquietarlos un poco, pero no permitirían que los dejara completamente expuestos. Como Saúl, les importaba más conservar el honor delante del pueblo (1 Samuel 15:30).
Si decían que Juan era solamente de los hombres, que no había sido enviado por Dios y que había inventado su propia enseñanza y su propio bautismo, se pondrían en peligro. El pueblo estaba dispuesto a reaccionar con fuerza, porque todos creían que Juan era verdaderamente un profeta. Por eso no podían hablar contra él sin arriesgarse. Incluso los gobernantes malvados pueden sentir una preocupación mundana y temerosa por su propia seguridad. A veces Dios usa ese temor para contener la violencia y evitar que el mundo llegue a ser peor de lo que ya es.
Al ponerlos en este dilema, Cristo hizo dos cosas. Primero, los dejó confundidos y derrotados, obligándolos a retirarse de una manera vergonzosa. Fingieron no saber qué responder y dijeron: «No sabemos», lo cual ya era bastante humillante para hombres tan orgullosos. En realidad, su negativa demostraba malicia y obstinación. Lo que Cristo logró mediante su sabiduría, nosotros debemos procurar lograrlo mediante una conducta correcta, haciendo callar a los necios (1 Pedro 2:15).
Segundo, Cristo salió con honor y mostró que no necesitaba responder a su exigencia orgullosa. Les dijo: «Tampoco yo les diré con qué autoridad hago estas cosas». No merecían una respuesta, porque era evidente que no buscaban la verdad, sino la victoria. Él tampoco necesitaba responderles, porque las obras que ya había realizado demostraban claramente que Dios lo había enviado. Nadie podía hacer los milagros que él hacía si Dios no estuviera con él. Pocos días después, su resurrección les mostraría quién le había dado autoridad, pues al resucitar de entre los muertos sería declarado Hijo de Dios con poder. Al mismo tiempo, su negativa a creer en él demostraría que eran enemigos de Dios.
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De este capítulo
Marcos 11:1
"Cuando se acercaron a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, él envió a dos de sus discípulos"
Marcos 11:2
"y les dijo: «Vayan a la aldea que está frente a ustedes. En cuanto entren en ella, encontrarán un pollino atado, sobre el cual nunca se ha sentado ningún hombre; desátenlo y tráiganlo»."
Marcos 11:3
"«Y si alguien les dice: “¿Por qué hacen esto?”, digan que el Señor lo necesita, y enseguida él lo enviará acá»."
Marcos 11:4
"Ellos fueron y encontraron el pollino atado afuera, junto a una puerta, en un lugar donde se cruzaban dos caminos; y lo desataron."
Marcos 11:5
"Algunos de los que estaban allí les dijeron: «¿Qué hacen desatando el pollino?»."
Marcos 11:6
"Ellos les respondieron tal como Jesús había mandado, y los dejaron ir."
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