Versículo destacado
2 Crónicas 36:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Sedequías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. "
2 Crónicas 36:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Joaquín tenía ocho años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén. Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR.
10 Al terminar el año, el rey Nabucodonosor mandó traerlo a Babilonia junto con los objetos valiosos de la casa del SEÑOR, e hizo rey sobre Judá y Jerusalén a Sedequías, hermano de Joaquín.
11 Sedequías tenía veintiún años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén.
12 Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR su Dios y no se humilló ante el profeta Jeremías, que hablaba por boca del SEÑOR.
13 También se rebeló contra el rey Nabucodonosor, quien lo había hecho jurar por Dios. Pero endureció su cuello y obstinó su corazón para no volverse al SEÑOR, Dios de Israel.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Aquí se nos relata la destrucción del reino de Judá y de la ciudad de Jerusalén a manos de los caldeos, es decir, los babilonios. Abraham, amigo de Dios, había sido llamado a salir de esa tierra, de Ur de los caldeos, cuando Dios lo llevó a entrar en pacto y comunión con él. Ahora sus descendientes infieles eran llevados de regreso a esa misma tierra, mostrando que habían perdido el favor especial que habían recibido por causa de Abraham y la bendición del pacto al que él había sido llamado. Todo había quedado deshecho otra vez.
Primero se nos presentan los pecados que provocaron esta ruina. Sedequías, el rey durante cuyo reinado sucedió todo esto, la provocó por su propia insensatez, porque actuó mal delante de Dios y delante del rey de Babilonia. Si hubiera hecho de Dios su amigo, el desastre podría haberse evitado. Jeremías le comunicó mensajes de parte de Dios, y si Sedequías hubiera escuchado, habría podido disfrutar de paz por más tiempo. Pero no se humilló delante de Jeremías (2 Crónicas 36:12). Se esperaba que este gran rey, por elevada que fuera su posición, se humillara ante un pobre profeta que hablaba de parte del Señor. Debió aceptar las advertencias del profeta, seguir su consejo y someterse al poder de la palabra de Dios que él pronunciaba. Como no quiso hacerse siervo de Dios, terminó siendo esclavo de sus enemigos. Dios siempre encuentra la manera de humillar a quienes se niegan a humillarse.
Jeremías, como profeta, había sido puesto sobre naciones y reinos (Jeremías 1:10). Aunque parecía un hombre débil, quien se negara a humillarse delante de él lo hacía corriendo un gran peligro. Sedequías también quebrantó su pacto con el rey de Babilonia. Había jurado ser un súbdito fiel, pero se rebeló contra él y faltó a su palabra (2 Crónicas 36:13). Esto fue lo que llevó al rey de Babilonia a tratarlo con tanta dureza. En toda nación, un juramento se consideraba algo sagrado, y quienes se atrevían a romperlo eran vistos como la peor clase de personas, abandonadas por Dios y odiadas por la humanidad. Por eso, si Sedequías resultaba ser infiel después de haber dado su palabra, no escaparía (Ezequiel 17:18). Aunque Nabucodonosor era pagano y enemigo, Sedequías aprendería que existe un Dios a quien pertenece la venganza.
Lo que arruinó a Sedequías no fue solamente que no se volviera al Señor, el Dios de Israel. También endureció su corazón contra el arrepentimiento. Se volvió obstinado y endureció su corazón, es decir, se negó tercamente a regresar a Dios. No quiso inclinarse bajo el yugo de Dios ni dejar que su corazón fuera moldeado por la palabra divina. En efecto, decidió no ser sanado y, por lo tanto, no vivir.
El gran pecado que provocó esta destrucción fue la idolatría. Los sacerdotes y el pueblo siguieron las prácticas detestables de las naciones paganas. Abandonaron la adoración pura de Dios para entregarse a los ritos inmundos de la religión pagana, y así contaminaron el templo del Señor (2 Crónicas 36:14). Incluso los sacerdotes, los líderes que debieron resistir la idolatría, estuvieron entre quienes la promovieron. Un lugar está muy cerca de la ruina cuando su religión ya está arruinada.
El mayor aumento de su culpa, aquello que colmó la medida de su pecado, fue el maltrato que dieron a los profetas de Dios, enviados para llamarlos al arrepentimiento (2 Crónicas 36:15, 16). Esto muestra la tierna compasión de Dios. Envió profetas porque era el Dios de sus antepasados, todavía estaba en pacto con ellos y seguía siendo su Dios, aunque aquella generación pecadora lo había abandonado. Envió a sus mensajeros una y otra vez, desde temprano y con frecuencia, para convencerlos de su pecado y advertirles de la ruina que estaban atrayendo sobre sí mismos. Esto significa que actuó con gran cuidado y preocupación, como quien se levanta temprano para atender una tarea importante. También significa que, apenas comenzaron a desviarse hacia los ídolos, Dios envió rápidamente a sus mensajeros para reprenderlos.
Dios les advirtió con anticipación tanto sobre su deber como sobre el peligro que corrían. Esto debería impulsarnos a buscar a Dios temprano, ya que él se levanta temprano para enviarnos sus mensajes. Los profetas que fueron enviados también se levantaron temprano para hablarle al pueblo. Fueron diligentes y fieles, sin perder tiempo ni dejar pasar ninguna oportunidad de tratar con ellos. Cuanto más esfuerzo ponen los ministros de Dios en su trabajo, mayor es la responsabilidad de las personas si aun así lo ignoran. Dios hizo todo esto porque tenía compasión de su pueblo y de su morada, y quería evitar su ruina por estos medios. Sus esfuerzos para hacer volver a los pecadores por medio de su palabra, de los ministros, de la conciencia y de las circunstancias de la vida son señales de su compasión y de que no desea que nadie perezca.
La respuesta del pueblo fue vergonzosa e ingrata. Se burlaron de los mensajeros de Dios, insultando directamente a quien los había enviado. Despreciaron la palabra de Dios que ellos comunicaban y luego trataron a los profetas mismos como enemigos (2 Crónicas 36:16). El maltrato que recibió Jeremías, quien vivió en aquellos días y cuyo libro relata mucho de lo sucedido, es un ejemplo de ello. Esto mostró un profundo odio contra Dios y una firme decisión de continuar pecando. Hizo caer la ira sobre ellos sin remedio, porque estaban pecando contra el mismo remedio que Dios les había provisto.
Nada provoca más la ira de Dios que el maltrato dirigido contra sus ministros fieles, porque él considera que lo que se les hace a ellos se le hace a él mismo. «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». La persecución fue el pecado que más tarde llevó a la destrucción final de Jerusalén a manos de los romanos. Véase Mateo 23:34-37. Quienes se burlan de los ministros fieles de Dios, los hacen parecer despreciables o los acosan y maltratan para impedir que otros los escuchen deben recordar que dañar a un embajador se considera lo mismo que dañar al gobernante que lo envió. También deben recordar que llegará el día en que desearán no haberlo hecho nunca, porque el infierno es más profundo y terrible.
Entonces vino la desolación, junto con algunos de sus horrores particulares, descritos con más detalle en otro lugar (2 Reyes 25:1). Muchos fueron pasados a espada, incluso dentro del templo, adonde habían huido buscando seguridad, con la esperanza de que la santidad del lugar los protegiera (2 Crónicas 36:17). Pero ¿cómo podían esperar eso, si ellos mismos habían contaminado aquel lugar con sus abominaciones (2 Crónicas 36:14)? Quienes rechazan el gobierno de la verdadera religión pierden su consuelo y sus beneficios. Los caldeos no mostraron respeto por el templo ni compasión natural por las jóvenes o por los ancianos.
Habían abandonado a Dios, quien les había mostrado misericordia (2 Crónicas 36:15), y no querían tener nada que ver con él. Por eso fue justo que fueran entregados a hombres crueles, ya que ellos no habían mostrado misericordia a los jóvenes ni a las jóvenes.
Todos los utensilios que quedaban en el templo, grandes y pequeños, junto con todos los tesoros, sagrados y comunes —los tesoros del templo de Dios y los del rey y sus funcionarios— fueron tomados y llevados a Babilonia (2 Crónicas 36:18). El templo fue incendiado, las murallas de Jerusalén fueron derribadas y las casas, llamadas aquí palacios porque eran grandes, ricas y hermosas (Salmo 48:3), quedaron reducidas a cenizas. También fueron destruidos todos los objetos valiosos, llamados aquí utensilios preciosos (2 Crónicas 36:19). Consideremos la terrible ruina que trae el pecado y, si valoramos el bienestar y la estabilidad de nuestras posesiones, cuidémonos del pecado que las destruye.
El resto del pueblo que escapó de la espada fue llevado cautivo a Babilonia (2 Crónicas 36:20). Allí eran pobres, esclavos, objeto de burlas y estaban expuestos a toda la miseria que implica vivir no solo en una tierra extranjera, sino en la tierra de un enemigo, donde gobernaban quienes los odiaban. Sirvieron a esos reyes y, sin duda, fueron tratados con dureza durante todo el tiempo que duró aquel reino. Allí se sentaron junto a los ríos de Babilonia y mezclaron sus lágrimas con aquellas aguas (Salmo 137:1). Parece que allí fueron sanados de la idolatría, pero, como muestra Ezequiel, todavía no habían dejado de burlarse de los profetas.
La tierra quedó desolada mientras ellos permanecían cautivos en Babilonia (2 Crónicas 36:21). Aquella tierra fértil, que antes era la gloria de todas las tierras, se convirtió en un desierto, abandonada y sin cultivo ni cuidado. Los pastizales ya no estaban cubiertos de rebaños, ni los valles llenos de grano. Todo quedó descuidado.
Podemos ver esto como el justo castigo por la manera en que habían abusado de la tierra. Habían usado sus productos para servir a Baal, un dios falso; por eso el suelo fue maldecido a causa de ellos. Ahora la tierra disfrutaba de sus años sabáticos (2 Crónicas 36:21), tal como Dios lo había advertido por medio de Moisés (Levítico 26:34). Allí se explica que la tierra no había descansado durante sus años sabáticos porque ellos no habían respetado el año de reposo. Muchas veces habían arado y sembrado durante el séptimo año, cuando la tierra debía descansar, y ahora permaneció sin arar y sin sembrar durante setenta años.
Dios no permitirá que, al final, su honor sea menoscabado por la desobediencia humana. Si no se le rinde lo que se le debe, lo recuperará por la fuerza, como él mismo declara (Oseas 2:9). Si ellos no querían dejar descansar la tierra, Dios haría que descansara, quisieran o no. Algunos piensan que habían dejado de observar setenta años sabáticos en total y que ahora la tierra disfrutaría esos mismos setenta años como compensación. Aunque hubieran sido menos los años que no observaron, era justo que la ley se cumpliera por completo, incluso con intereses. También encontramos que una de las acusaciones de Dios contra ellos en ese tiempo era que habían quebrantado otra ley relacionada con el séptimo año: la liberación de los siervos (Jeremías 34:13 y otros pasajes).
Sin embargo, esto también daba cierta esperanza de que, con el tiempo, volverían a habitar la tierra. Si otros hubieran llegado para establecerse allí, quizá habrían perdido toda esperanza de recuperarla. Pero mientras permaneciera desolada, era como si estuviera esperándolos y se negara a reconocer a otros dueños.
Cómo puede ayudarte tu IA cristiana
Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana
Estudio bíblico
Orientación para la vida
Apoyo en la oración
Sabiduría diaria
Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes
De este capítulo
2 Crónicas 36:1
"Entonces el pueblo de la tierra tomó a Joacaz hijo de Josías y lo hizo rey en lugar de su padre en Jerusalén."
2 Crónicas 36:2
"Joacaz tenía veintitrés años cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén."
2 Crónicas 36:3
"El rey de Egipto lo destituyó en Jerusalén e impuso a la tierra una multa de cien talentos de plata y un talento de oro."
2 Crónicas 36:4
"El rey de Egipto hizo rey sobre Judá y Jerusalén a Eliaquim, hermano de Joacaz, y le cambió el nombre por Joacim. Y Necao tomó a Joacaz, su hermano, y se lo llevó a Egipto."
2 Crónicas 36:5
"Joacim tenía veinticinco años cuando comenzó a reinar, y reinó once años en Jerusalén. Hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR su Dios."
2 Crónicas 36:6
"Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él, lo ató con cadenas para llevárselo a Babilonia."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.