Versículo destacado
Jeremías 37:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El rey Sedequías, hijo de Josías, reinó en lugar de Conías, hijo de Joacim, a quien Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo rey en la tierra de Judá. "
Jeremías 37:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El rey Sedequías, hijo de Josías, reinó en lugar de Conías, hijo de Joacim, a quien Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo rey en la tierra de Judá.
2 Pero ni él, ni sus siervos, ni el pueblo de la tierra escucharon las palabras del SEÑOR, que él habló por medio del profeta Jeremías.
3 El rey Sedequías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, al profeta Jeremías para decirle: «Ruega ahora por nosotros al SEÑOR nuestro Dios».
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Aquí vemos que la predicación de Jeremías fue ignorada, aun después de que sus palabras comenzaron a cumplirse (Jeremías 37:1-2). Sedequías, quien sucedió a Conías, también llamado Jeconías, tenía delante de sí una advertencia clara en la ruina de su predecesor. Sin embargo, ni él, ni sus funcionarios, ni el pueblo quisieron escuchar las palabras del Señor, aunque el juicio ya había comenzado. ¡Qué profundamente obstinado es el corazón que ve los juicios de Dios sobre otros, los experimenta en sí mismo y aun así se niega a humillarse!
También vemos que Sedequías pidió oración. Envió mensajeros a Jeremías y le dijo: «Ora ahora al Señor nuestro Dios por nosotros» (Jeremías 37:3). Era el mismo tipo de petición que ya había hecho antes, y uno de los mensajeros, Sofonías, era el mismo hombre mencionado anteriormente. En esto podemos reconocerle cierto mérito a Sedequías, porque sabía que necesitaba el favor de Dios y que no se sentía digno de pedirlo por sí mismo. También mostró respeto por las personas piadosas y por los ministros que tenían acceso al cielo.
Cuando estamos en problemas, debemos pedirles a nuestros ministros y amigos cristianos que oren por nosotros. Eso honra la oración y muestra respeto por nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Aun los reyes deberían considerar a las personas que oran como la fortaleza de una nación (Zacarías 12:5, Zacarías 12:10). Sin embargo, la petición de Sedequías también dejó al descubierto su culpa. Si de verdad creía que Jeremías era un profeta cuyas oraciones podían ayudarlo a él y al pueblo, ¿por qué no creyó también su mensaje ni obedeció al Señor?
Quería las oraciones de Jeremías, pero no su consejo. Le pidió ayuda a un hombre que hablaba en nombre de Dios, y lo sabía claramente, pero no quiso dejarse guiar por él. Muchas personas están dispuestas a que oren por ellas, pero se niegan a recibir consejo. Eso solo las engaña, porque ¿cómo podemos esperar que Dios escuche a otros cuando oran por nosotros si nosotros no queremos escucharlos cuando nos hablan de parte de Dios? Muchos de los que desprecian la oración en los buenos tiempos se alegran de contar con ella en los tiempos difíciles, como aquellos insensatos que dicen: «Ahora dennos un poco de su aceite». Sedequías habría hecho mejor en pedirle a Jeremías que orara con él, pero pensaba que eso estaba por debajo de su dignidad. ¿Y cómo puede alguien esperar el consuelo de la religión si no quiere humillarse para cumplir sus deberes?
Por un tiempo, Jerusalén también cobró ánimo porque el ejército caldeo se retiró. Jeremías podía moverse libremente entre el pueblo y hablar abiertamente (Jeremías 37:4). La ciudad también parecía estar libre por el momento, porque Sedequías, aunque estaba bajo el dominio de Babilonia, había hecho en secreto un acuerdo con el faraón, rey de Egipto, como se indica en Ezequiel 17:15. Cuando Babilonia llegó para castigar esa traición, Egipto envió tropas para ayudar a Jerusalén. Al enterarse de que Egipto se acercaba, los caldeos levantaron el sitio, probablemente por razones estratégicas y no porque le tuvieran miedo a Egipto. Entonces el pueblo esperó que el peligro hubiera pasado y que Jerusalén hubiera sido librada para siempre.
Esta es una manera común en que los pecadores se vuelven descuidados. Cuando los juicios se detienen, con frecuencia se sienten más seguros. Cuando la palabra de Dios no logra despertarlos, la providencia de Dios puede adormecerlos injustamente. Sin embargo, el alivio solo fue temporal. Sedequías volvió a enviar mensajeros a Jeremías y le pidió que orara para que el ejército caldeo no regresara. Jeremías respondió que la decisión ya estaba tomada y que era insensato esperar paz, porque Dios ya había comenzado su proceso contra ellos. «No se engañen a ustedes mismos», dice el Señor (Jeremías 37:9). Satanás es el gran engañador, pero no podría engañarnos si nosotros no comenzáramos por engañarnos a nosotros mismos.
Jeremías habló con claridad. Primero, dijo que Egipto regresaría y se retiraría a su propia tierra, como se indica en Ezequiel 17:17 e Isaías 30:7. Su ayuda sería inútil. No se atreverían a enfrentarse a los caldeos, sino que se retirarían apresuradamente. Si Dios no nos ayuda, ninguna criatura puede hacerlo. Ningún poder puede enfrentarse a Dios, y ningún poder puede ayudar sin él.
Segundo, dijo que los caldeos regresarían y reanudarían el sitio con más fuerza que antes. No se irían para siempre (Jeremías 37:9), sino que volverían para luchar contra la ciudad (Jeremías 37:8). Dios tiene autoridad absoluta sobre todos los ejércitos, incluso sobre aquellos que no lo conocen ni lo honran. Él dirige sus marchas, retiradas y regresos como le place. Los ejércitos feroces, como vientos de tormenta, siguen cumpliendo su palabra.
Tercero, Jerusalén ciertamente sería entregada a los caldeos. Ellos la tomarían y la quemarían con fuego (Jeremías 37:8). El juicio ya pronunciado sobre la ciudad se llevaría a cabo, y ellos serían los instrumentos para ejecutarlo. Aunque el ejército caldeo se hubiera retirado, o aunque la mayoría de sus soldados hubiera quedado herida en batalla, aun esos hombres heridos se levantarían y quemarían la ciudad (Jeremías 37:10). Esto muestra que la condena de Jerusalén no podía revocarse y que su destrucción no podía evitarse. No serviría de nada tratar de escapar del golpe o luchar contra él.
Cualesquiera que sean los medios que Dios escoja para realizar su obra, ya sea de misericordia o de juicio, cumplirán lo que él se propone. Aquellos a quienes Dios designe para salvar, salvarán; y aquellos a quienes designe para destruir, destruirán, aunque parezcan débiles, heridos o poco capaces de tener éxito. Cuando Dios tiene una obra que realizar, no le faltarán los instrumentos adecuados. Y cuando ha escogido sus instrumentos, estos harán la obra, aunque parezcan incapaces de llevarla a cabo.
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De este capítulo
Jeremías 37:2
"Pero ni él, ni sus siervos, ni el pueblo de la tierra escucharon las palabras del SEÑOR, que él habló por medio del profeta Jeremías."
Jeremías 37:3
"El rey Sedequías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, al profeta Jeremías para decirle: «Ruega ahora por nosotros al SEÑOR nuestro Dios»."
Jeremías 37:4
"Jeremías entraba y salía entre el pueblo, porque todavía no lo habían metido en prisión."
Jeremías 37:5
"Entonces el ejército del faraón había salido de Egipto, y cuando los caldeos que sitiaban Jerusalén oyeron noticias de ellos, se retiraron de Jerusalén."
Jeremías 37:6
"Entonces vino la palabra del SEÑOR al profeta Jeremías, diciendo:"
Jeremías 37:7
"Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Esto dirán al rey de Judá, que los envió a consultarme: Miren, el ejército del faraón, que ha salido para ayudarlos, regresará a Egipto, a su propia tierra."
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