Versículo destacado
2 Crónicas 32:24 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" En aquellos días Ezequías enfermó de muerte y oró al SEÑOR; él le habló y le dio una señal. "
2 Crónicas 32:24
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
22 Así salvó el SEÑOR a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de la mano de todos los demás, y los guio por todos lados.
23 Muchos llevaron ofrendas al SEÑOR en Jerusalén y regalos a Ezequías, rey de Judá, de modo que desde entonces fue engrandecido ante los ojos de todas las naciones.
24 En aquellos días Ezequías enfermó de muerte y oró al SEÑOR; él le habló y le dio una señal.
25 Pero Ezequías no correspondió al beneficio que había recibido, porque su corazón se enalteció. Por eso hubo ira contra él, contra Judá y contra Jerusalén.
26 Sin embargo, Ezequías se humilló por el orgullo de su corazón, tanto él como los habitantes de Jerusalén, de modo que la ira del SEÑOR no vino sobre ellos en los días de Ezequías.
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Aquí llega a su fin la historia de Ezequías, y se nos presentan tres aspectos de su vida.
Primero, estuvo su enfermedad y recuperación. El relato de su enfermedad solo se menciona brevemente aquí, porque ya se había contado con más detalle en 2 Reyes 20. Su enfermedad parecía mortal, pero en medio de su angustia oró, y Dios le respondió. Dios también le dio una señal de que se recuperaría: el sol retrocedería diez grados.
Segundo, estuvieron su pecado y su arrepentimiento. Este asunto también se relata con más detalle en 2 Reyes 20:12 y siguientes, pero este capítulo añade algunos detalles. La ocasión fue el envío de una delegación respetuosa del rey de Babilonia a Ezequías para felicitarlo por su recuperación. Aquí también se nos dice que vinieron a preguntar por el prodigio que había ocurrido en la tierra: podía referirse a la destrucción del ejército asirio o al retroceso del sol. Los asirios habían sido sus enemigos, así que los babilonios vinieron a preguntar por su derrota, esperando alegrarse por ella. El sol era su dios, así que vinieron a preguntar por el favor que se le había mostrado a Ezequías, esperando honrar al hombre a quien su dios había honrado.
Estos milagros tenían el propósito de despertar a un mundo adormecido y descuidado, y de apartar a la gente de los ídolos mudos e impotentes para llevarla al Dios vivo. Las personas se maravillaban ante ellos, pero no fueron verdaderamente transformadas hasta que ocurrió un prodigio mayor en aquella tierra: la aparición de Jesucristo (Mateo 2:1-2).
En este asunto, Dios también dejó a Ezequías a merced de sí mismo para probarlo. Dios podría haberlo guardado de caer mediante el poder de su gracia, pero permitió que sucediera por propósitos sabios y santos, para que se manifestara lo que había en el corazón de Ezequías; es decir, para que quedara al descubierto. Ezequías aprendió que no era tan perfecto en la gracia como quizá había pensado. Como cualquier otra persona, tenía defectos y debilidades. Dios lo dejó a merced de sí mismo para que llegara a enorgullecerse de sus riquezas y así fuera preservado de enorgullecerse de su santidad. Es bueno que conozcamos nuestro propio corazón y sepamos cuán débiles y pecadores somos, para no volvernos engreídos ni confiar demasiado en nosotros mismos. Más bien, siempre debemos depender de la gracia de Dios. No conocemos la corrupción de nuestro propio corazón ni sabemos qué haríamos si Dios nos dejara a merced de nosotros mismos. Señor, no nos dejes caer en tentación.
Su pecado fue que su corazón se llenó de orgullo. Se envaneció por el honor que Dios le había concedido de tantas maneras, por el respeto de sus vecinos, que le llevaban regalos, y ahora por el envío de una delegación del rey de Babilonia para halagarlo y ganarse su favor. Todo esto lo hizo sentirse orgulloso en gran manera. Después de haber eliminado a otros ídolos, Ezequías comenzó a idolatrarse a sí mismo. Los hombres importantes, buenos y útiles necesitan examinar sus propias debilidades y pecados, y recordar que dependen por completo de la gracia gratuita, para nunca tener un concepto demasiado elevado de sí mismos. Deben pedirle con fervor a Dios que los libre del orgullo y los mantenga humildes.
El pecado se agravó porque Ezequías le dio a Dios una respuesta tan pobre por toda su bondad. Usó los dones de Dios como combustible para su orgullo. No correspondió conforme al beneficio que había recibido. Es justo esperar que quienes han recibido misericordia de Dios procuren ofrecer una respuesta adecuada por las misericordias recibidas. Si no lo hacen, su ingratitud ciertamente será tomada en cuenta. No podemos pagarle a Dios como si estuviéramos saldando una deuda, pero sí debemos ofrecerle un reconocimiento agradecido por su bondad. ¿Qué le daré al Señor que pueda ser aceptado? (Salmo 116:12).
La ira de Dios vino sobre Ezequías por este pecado. Aunque solo había sido un pecado del corazón y la acción externa parecía inofensiva, incluso cortés —mostrarle sus tesoros a un amigo—, aun así la ira cayó sobre él y sobre su reino. Dios aborrece profundamente el orgullo, especialmente cuando se encuentra en su propio pueblo. Quienes se exaltan a sí mismos deben esperar ser humillados y quedar bajo circunstancias que los hagan descender. La ira también cayó sobre David por su orgullo al contar al pueblo.
Sin embargo, Ezequías se arrepintió. Se humilló por causa del orgullo de su corazón. Aquí aprendemos que, aunque Dios permita que su pueblo caiga en pecado por razones sabias y santas, no permitirá que permanezca en él. No quedará completamente abatido. Los pecados del corazón siguen siendo pecados y deben ser objeto de arrepentimiento, aunque no lleguen más lejos. Humillarse a sí mismo es una parte necesaria del arrepentimiento. El orgullo del corazón, por el cual nos hemos exaltado, es un pecado por el que debemos humillarnos de manera especial.
También debemos lamentar los pecados de nuestros gobernantes. El pueblo de Jerusalén se humilló junto con Ezequías, ya fuera porque sabía que había participado del mismo pecado o porque, al menos, temía compartir el castigo. Cuando el orgullo de David lo llevó a contar al pueblo, todos sufrieron por causa de su pecado.
Después vino la misericordia de una suspensión del castigo. La ira no cayó durante los días de Ezequías. Mientras él vivió, la tierra tuvo paz y prevaleció la verdad. El arrepentimiento puede contribuir mucho a contener, o al menos a retrasar, las señales de la ira de Dios.
Tercero, estuvo el honor que se le concedió a Ezequías. Mientras vivió, la providencia de Dios lo favoreció grandemente. Tuvo riquezas y honor en abundancia. Llenó sus almacenes, abasteció a sus tropas, fortificó su ciudad y llevó a cabo todo lo que se propuso, porque Dios le había dado muchas riquezas. Entre sus grandes obras se menciona especialmente el desvío del curso de agua de Gihón. Esto se hizo cuando Senaquerib invadió Judá. El agua había fluido hacia lo que se llamaba el estanque antiguo y el estanque superior, pero Ezequías la reunió en un nuevo lugar para que la ciudad pudiera utilizarla mejor, llamado el estanque inferior. En general, prosperó en todo lo que hizo porque sus obras eran buenas.
También recibió honor después de su muerte. El profeta Isaías escribió la historia de su vida y de su reinado, incluidos sus hechos y su bondad, o piedad. Ese registro mismo forma parte de su honor, porque conserva su ejemplo para los demás. El pueblo también lo honró cuando murió. Lo sepultaron en las tumbas principales y le rindieron grandes honores fúnebres, tantos como los que habían rendido a Asa; o, lo cual sería un honor aún mayor, hicieron gran duelo por él, como más tarde lo hicieron por Josías.
Esto muestra cómo la conciencia de las personas honra la piedad seria. Es probable que, mientras vivieron, el pueblo en general no apoyara por completo a los reyes que promovieron la reforma; sin embargo, no pudo evitar elogiar sus esfuerzos por reformar la nación. La memoria de esos reyes fue bendecida entre el pueblo. Es un deber que tenemos hacia quienes fueron de gran utilidad en su tiempo: honrarlos al morir, cuando la adulación ya no tiene lugar y podemos ver el resultado de sus vidas. Cumplir con esa deuda animará a otros a hacer lo mismo.
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De este capítulo
2 Crónicas 32:1
"Después de estas cosas y de que fueron establecidas, Senaquerib, rey de Asiria, vino, entró en Judá, acampó contra las ciudades fortificadas y pensó conquistarlas para sí."
2 Crónicas 32:2
"Cuando Ezequías vio que Senaquerib había venido y que se proponía luchar contra Jerusalén,"
2 Crónicas 32:3
"consultó con sus príncipes y sus hombres poderosos para detener las aguas de las fuentes que estaban fuera de la ciudad, y ellos lo ayudaron."
2 Crónicas 32:4
"Entonces se reunió mucha gente, y detuvieron todas las fuentes y el arroyo que corría por en medio de la tierra, diciendo: «¿Por qué han de venir los reyes de Asiria y encontrar tanta agua?»"
2 Crónicas 32:5
"También cobró ánimo, reconstruyó toda la muralla que estaba derribada, la elevó hasta las torres y levantó otra muralla por fuera. Reparó el Milo en la ciudad de David e hizo dardos y escudos en abundancia."
2 Crónicas 32:6
"Puso jefes de guerra sobre el pueblo, los reunió ante él en la plaza de la puerta de la ciudad y les habló para alentarlos, diciendo:"
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