Versículo destacado

1 Samuel 8:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Samuel, a Ramá, "

1 Samuel 8:4

menu_book El versículo en contexto

2 El nombre de su primogénito era Joel, y el nombre del segundo, Abías; ellos eran jueces en Beerseba.

3 Pero sus hijos no anduvieron en sus caminos, sino que se desviaron tras las ganancias, aceptaron sobornos y pervirtieron la justicia.

4 Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Samuel, a Ramá,

5 y le dijeron: Mira, tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. Ahora nómbranos un rey para que nos juzgue, como tienen todas las naciones.

6 Pero aquello desagradó a Samuel cuando dijeron: Danos un rey para que nos juzgue. Y Samuel oró al SEÑOR.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí comienza algo completamente nuevo y sorprendente: el establecimiento de la monarquía en Israel. Es posible que quienes amaban los cambios y admiraban todo lo que parecía grandioso hubieran hablado muchas veces de ello, pero esta es la primera vez que vemos que la idea se presenta abiertamente y se debate. Abimelec había sido poco más que un nombre en el trono, aunque la Escritura dice que gobernó sobre Israel (Jueces 9:22), y su caída pudo haber hecho que durante mucho tiempo el título de “rey” resultara desagradable en Israel, así como los romanos llegaron a odiar el nombre de Tarquino. Si alguna vez existió ese rechazo, ya se había desvanecido, y ahora el pueblo daba pasos decididos hacia un cambio que transformaría su nación.

Primero vemos a los ancianos presentar su petición a Samuel. Se reunieron de común acuerdo, no en medio de un alboroto, y fueron a verlo a Ramá, su casa, con el debido respeto. Su queja era breve: Samuel era viejo y sus hijos no seguían sus caminos. Israel había tenido muchas ocasiones más apropiadas para pedir un rey, como cuando los enemigos los presionaban o cuando el desorden afligía al país, pero las personas inquietas suelen aprovechar el pretexto más pequeño para impulsar un cambio.

Era cierto que Samuel era viejo. Si eso le dificultaba viajar y atender al pueblo durante largas horas, también significaba que tenía más sabiduría y experiencia, lo cual lo hacía más apto para gobernar. Había envejecido al servicio de ellos, y era cruel, ingrato e injusto apartarlo después de haber dedicado su vida a hacerles el bien. Dios lo había librado de ser despreciado en su juventud (1 Samuel 3:20), pero ahora ellos convertían su vejez en algo vergonzoso, aunque la vejez debía recibir doble honor. Si a las personas mayores se las culpa por su debilidad y se las aparta por causa de ella, no deberían sorprenderse, pues al propio Samuel lo trataron de esa manera.

También era cierto que sus hijos no seguían su camino, y eso le causaba dolor. Pero no era culpa de Samuel, pues él no los había consentido como Elí había consentido a sus hijos. Estaba dispuesto a escuchar las acusaciones contra ellos, y si los ancianos realmente hubieran querido justicia, probablemente los habría destituido y castigado una vez que se comprobara el soborno. Pero eso no era lo que en realidad querían. Tenían otro plan en mente.

Su petición consistía en que se estableciera sobre ellos un rey que los gobernara, como tenían las demás naciones. En cierto sentido, hicieron bien al acudir a Samuel en lugar de rebelarse y tratar de imponerse un rey. Fueron al profeta de Dios y le pidieron que lo hiciera. Sin embargo, la petición seguía siendo mala y desagradable para Dios. Dios les daría un rey a su debido tiempo, un hombre conforme a su corazón, después de la muerte de Samuel. Ellos estaban intentando adelantarse al plan de Dios y querían un rey inmediatamente, ahora que Samuel era viejo.

Ya tenían un profeta que los gobernaba, un hombre que tenía contacto directo con el cielo. Eso era una bendición superior a la de cualquier otra nación, porque ningún otro pueblo tenía a Dios tan cerca como Israel (Deuteronomio 4:7). Pero para ellos no era suficiente. Querían un rey con poder y apariencia exterior, como las naciones que los rodeaban. Un profeta sencillo, vestido con una túnica humilde, aunque conociera las visiones del Todopoderoso, parecía insignificante ante los ojos de quienes juzgaban por las apariencias. En cambio, un rey vestido de púrpura, rodeado de guardias y funcionarios, parecía impresionante, y eso era lo que querían. No pidieron un rey sabio y bueno, ni uno que juzgara mejor que los hijos de Samuel. Simplemente dijeron: “Danos un rey”. Fue una insensatez abandonar el privilegio que tenían. Bajo el pretexto de elevar a su nación al nivel de sus vecinos, en realidad estaban desechando su propio honor y tratando su corona como algo que podía tirarse al suelo.

Luego vemos la respuesta de Samuel. La petición lo hirió profundamente. Probablemente lo tomó por sorpresa, pues nadie le había advertido que ocurriría, y eso hizo que le doliera aún más. Lo que lo afligía no era que hablaran de su edad o de sus hijos, porque podía soportar las palabras que lo afectaban a él y a su familia. Lo que le atravesaba el corazón era la exigencia de un rey, porque con ella se estaba atacando el honor de Dios.

Pero Samuel no respondió de inmediato. Llevó el asunto a Dios en oración y le pidió dirección. Expuso todo el caso delante del Señor y lo dejó en sus manos; así encontró paz. Samuel era un hombre de oración, y se anima a los creyentes a dar a conocer todo a Dios (Filipenses 4:6). Cuando algo nos inquieta, es tanto nuestro deber como nuestro bien hablar de ello con Dios abierta y humildemente.

Entonces Dios le dio instrucciones a Samuel. Quienes lo buscan en medio de la angustia lo encuentran cerca y dispuesto a guiarlos. Primero, Dios calmó el disgusto de Samuel. Samuel estaba profundamente perturbado por la propuesta del pueblo. Se sentía insultado porque habían despreciado su ministerio profético y habían respondido con ingratitud a su servicio. Pero Dios le dijo que no lo considerara únicamente como un rechazo personal: “No te han rechazado a ti, sino a mí”, porque habían rechazado que él reinara sobre ellos (1 Samuel 8:7).

Esto es un consuelo para los siervos de Dios. Si Dios comparte la deshonra que se nos hace, podemos soportarla con paciencia. No debemos tener un concepto más bajo de nosotros mismos cuando sufrimos reproches por causa de él (Salmo 69:7), sino considerarlo un honor, como Pablo consideraba sus propios sufrimientos (Colosenses 1:24). Samuel no debía afligirse simplemente porque el pueblo se hubiera cansado de su gobierno, aunque este había sido justo y bondadoso. En realidad, se habían cansado del gobierno de Dios. Eso era lo que estaban rechazando. Israel había vivido bajo una forma especial de gobierno: una teocracia, es decir, el gobierno directo de Dios. Sus jueces recibían de él su llamado y autoridad, y la vida de la nación era guiada de manera especial por su mano. Tanto su organización nacional como su gobierno cotidiano se apoyaban en la palabra: “Así dice el Señor”. Se habían cansado de eso, aunque era su mayor honor y seguridad mientras permanecieran cerca de Dios.

Quedaban mucho más expuestos a los problemas cuando provocaban a Dios por medio del pecado. Habían descubierto que no podían pecar con la misma impunidad que las demás naciones. Esa pudo haber sido la verdadera razón por la que querían relacionarse con Dios en los mismos términos que las naciones vecinas.

Samuel no debía sorprenderse ni alterarse por esto. Dios le dijo que estaban haciendo lo que siempre habían hecho, como en todo lo que habían hecho desde el día en que los sacó de Egipto (1 Samuel 8:8). Al principio, el pueblo había parecido tan respetuoso y obediente a Samuel que quizá él pensó que su antigua obstinación había desaparecido. Pero ahora comprendía que se había equivocado. Siempre habían sido rebeldes con sus líderes, como lo demostraron con Moisés y Aarón. Peor aún, habían abandonado a Dios y servido a otros dioses. Su pecado mayor, querer nuevos dioses, podía hacer que este pecado de querer nuevos gobernantes pareciera pequeño en comparación. Samuel podía esperar que actuaran así, porque eran transgresores desde su nacimiento (Isaías 48:8), y esa había sido su costumbre desde su juventud (Jeremías 22:21).

Dios también le dijo a Samuel cómo responderles. Samuel no habría sabido qué decir si Dios no lo hubiera guiado. Si se oponía a la petición, podía parecer que amaba demasiado el poder o que favorecía a sus propios hijos. Si cedía demasiado rápido, parecería que estaba traicionando su responsabilidad y ayudando a traer el daño que seguiría. Aarón pecó cuando les dio al pueblo lo que quería y fabricó dioses para ellos; por eso Samuel no se atrevía a hacer lo mismo cuando le pedían un rey. Él les daría la respuesta que Dios le había enviado.

Debía decirles que tendrían un rey. Dios declaró: “Escucha la voz del pueblo” (1 Samuel 8:7, 1 Samuel 8:9). Eso no significaba que Dios aprobara su petición. A veces Dios nos detiene por amor, y en otras ocasiones, con indignación, nos concede lo que pedimos. Eso fue lo que hizo aquí. Cuando pidieron un rey y príncipes, les dio un rey en su indignación (Oseas 13:10-11), así como les había dado codornices (Salmo 106:15; Salmo 78:29). Dios le dijo a Samuel que les permitiera seguir adelante por tres razones. Primero, serían golpeados con su propia vara y aprenderían, para su perjuicio, la diferencia entre el gobierno de Dios y el gobierno de un rey (2 Crónicas 12:8). Segundo, si se les negaba la petición, podrían rebelarse contra Samuel o apartarse de su fe para adoptar los dioses de las naciones. Tercero, Dios sabía cómo honrarse a sí mismo y llevar a cabo sus planes sabios incluso por medio de sus consejos insensatos.

Pero Samuel también tenía que advertirles que, una vez que tuvieran un rey, pronto se cansarían de él. Más adelante lamentarían su decisión, pero ya sería demasiado tarde. Debía advertirles solemnemente que, si querían un rey que los gobernara como los reyes del oriente gobernaban a sus súbditos, la carga les resultaría muy pesada (1 Samuel 8:9). Ellos solo pensaban en la gloria y el esplendor de un rey. Creían que un rey haría que su nación pareciera grande e impresionaría a sus enemigos. Pero también necesitaban pensar en el costo de esa ostentación y en el poder opresivo que a menudo reclamaban los reyes de las naciones vecinas. Quienes ponen demasiado el corazón en cualquier cosa de este mundo deben considerar también sus problemas, además de sus ventajas. Deben sopesar ambos lados. De la misma manera, a quienes se someten al mundo y a la carne se les dice claramente cuán crueles son sus amos y cuán amarga es la esclavitud del pecado. Sin embargo, aun así cambian el gobierno de Dios por esas cosas.

Samuel les comunicó fielmente todo lo que el Señor había dicho (1 Samuel 8:10). Les explicó cuán seriamente tomaba Dios su petición, cómo la veía como un rechazo de él y cómo era semejante a que se volvieran a otros dioses. También les dijo que Dios les concedería lo que pedían si insistían, pero debía advertirles cuáles serían las consecuencias inevitables. Si todavía conservaban algo de sensatez y les importaba su propio bien, retirarían su petición y pedirían permanecer como estaban.

Entonces Samuel describió en detalle no el deber verdadero de un rey, sino la clase de gobierno que ese rey ejercería, siguiendo el modelo de las naciones (1 Samuel 8:11). No estaba describiendo la autoridad legítima de un rey justo. Moisés ya había explicado en otro lugar cuál debía ser el deber de un rey. Más bien, Samuel estaba describiendo el poder que los reyes de las naciones habían acumulado para sí mismos. Así sería el gobierno del rey: conservaría su posición a costa de ustedes y abusaría de su poder, como suelen hacerlo los gobernantes. Puesto que tendría el ejército bajo su mando, ustedes no tendrían más opción que someterse a él.

Si querían un rey como los de las naciones, debían saber que necesitaría una corte grande y muchos servidores. Necesitaría hombres que cuidaran sus carros y caballos, nobles que cabalgaran con él y corredores que fueran delante de sus carros. Ese es el principal esplendor de los príncipes y la gloria vacía que aman los grandes: tener a su alrededor una multitud de asistentes. Pero ¿de dónde los obtendría? Tomaría a sus hijos, hijos nacidos libres, bien criados y que todavía estaban bajo el cuidado de ustedes, y los pondría a su servicio (1 Samuel 8:11). Ellos tendrían que servirle y estar a sus órdenes. Los que antes trabajaban para sus padres y para sí mismos trabajarían para él, arando sus campos y recogiendo sus cosechas (1 Samuel 8:12), e incluso considerarían eso un honor (1 Samuel 8:16). Sería un cambio enorme.

También tendría que mantener una mesa real y abundante. No se conformaría con comer con sus vecinos en un sacrificio, como lo hacía Samuel (1 Samuel 9:13). Querría muchos platos exquisitos, alimentos costosos, dulces y salsas especiales. ¿Quién los prepararía? Tomaría a sus hijas, especialmente a las más hábiles y capaces, aquellas a quienes ustedes esperaban ver formando sus propios hogares y preparando sus propias mesas. Lo quisieran o no, se convertirían en sus cocineras, panaderas y reposteras.

También necesitaría un ejército permanente para sus guardias y guarniciones. Sus hijos, en vez de ser ancianos en sus ciudades y vivir tranquila y honradamente en sus hogares, serían capitanes de mil y capitanes de cincuenta. Los colocarían donde el gobernante escogiera.

Además, tendría sus favoritos, hombres a quienes honraría y elevaría. Después de hacerlos importantes, tendría que enriquecerlos y darles tierras correspondientes a su posición. ¿De dónde podría obtener esas tierras sino de ustedes? Tomaría sus campos y viñedos, los mejores, los que habían heredado de sus padres y esperaban dejarles a sus hijos (1 Samuel 8:14). No solo los tomaría para sí mismo, algo que quizá ustedes soportarían con mayor facilidad, sino que se los daría a sus servidores, quienes después gobernarían sobre aquello por lo que ustedes habían trabajado. Ese sería el resultado de su elección.

Necesitaría grandes ingresos para sostener su grandeza y su poder. ¿De dónde los obtendría? De ustedes. Tomaría la décima parte de sus cereales (1 Samuel 8:15) y la décima parte de sus rebaños (1 Samuel 8:17). Ustedes ya consideran pesada la décima parte que Dios estableció para sostener su adoración y les disgusta pagarla. Pero, si tienen un rey, otra décima parte tendría que salir de sus bienes, y se cobraría con mucha más presión para sostener el esplendor real. Debían pensar en el costo además de la apariencia y considerar si realmente valdría la pena.

Esos serían sus problemas. Cuando llegaran, no tendrían a quién quejarse sino a Dios. Antes se habían quejado ante el gobernante mismo y habían recibido la respuesta típica de los reyes: «Tu yugo es pesado, y yo lo haré más pesado» (1 Reyes 12:11). Cuando se quejaran ante Dios, él no los escucharía (1 Samuel 8:18). No podían esperar que lo hiciera, porque habían ignorado sus advertencias y sus llamados, y en este asunto ellos mismos se habían acarreado el problema al rechazarlo. Se habían negado a creer lo que él les había dicho que sucedería. Cuando nos causamos sufrimiento por deseos y planes insensatos, con razón perdemos el consuelo de la oración y la ayuda de Dios. Si Dios no es más bondadoso con nosotros de lo que merecemos, tendremos que intentar arreglar las cosas por nuestra cuenta; y entonces nos encontraremos en una situación muy mala.

El pueblo todavía no cedió (1 Samuel 8:19-20). Parecería que una advertencia así, proveniente del mismo Dios, que no puede mentir ni equivocarse, habría bastado para que abandonaran su petición. Pero ya habían tomado una decisión, fuera correcta o incorrecta, buena o mala: «Tendremos un rey sobre nosotros, sin importar lo que Dios o Samuel digan en contra. Tendremos un rey, cueste lo que cueste y sin importar el daño que nos cause a nosotros o a nuestros hijos». ¡Qué insensatez!

No podían escuchar la razón ni ver qué era lo mejor para ellos. No podían responder a los argumentos de Samuel ni negar la fuerza de sus palabras; sin embargo, se volvieron todavía más insistentes y groseros en su demanda. Al principio habían dicho: «Por favor, danos un rey». Ahora decían: «No; tendremos un rey. Sí, eso es lo que queremos, porque lo queremos. No toleraremos que nadie diga lo contrario». Los deseos desordenados, cuando se salen de control, les roban a las personas el buen juicio.

Tampoco quisieron esperar el tiempo de Dios. Dios ya había dicho en la ley que Israel tendría un rey algún día, en el momento adecuado (Deuteronomio 17:14-15), y quizá habían percibido alguna señal de que ese momento se acercaba. Pero tenían prisa: «Queremos este rey en nuestros días». Si hubieran esperado diez o doce años más, habrían tenido a David, un rey dado por Dios en su misericordia, y habrían evitado todos los problemas que acompañaron el ascenso de Saúl. Las decisiones apresuradas y los deseos precipitados suelen traer un arrepentimiento largo y doloroso.

Lo que querían de un rey no era solamente, como antes, ser semejantes a las naciones que los rodeaban y rebajarse al nivel de pueblos que Dios había puesto por debajo de ellos. También querían que alguien los juzgara, los guiara en la batalla y peleara sus guerras. ¡Qué necedad y falta de sabiduría! No podían desear una batalla mejor peleada en su favor que la última, cuando Samuel oró y Dios respondió con truenos (1 Samuel 7:10). ¿Acaso esa manera de obtener la victoria era demasiado segura para ellos? ¿De verdad querían la incertidumbre de la guerra que enfrentaban las demás naciones? Parecían cansados de sus privilegios. ¿Y qué ocurrió al final? Su primer rey murió en batalla, algo que ninguno de sus jueces había experimentado, y lo mismo sucedió con Josías, uno de sus últimos y mejores reyes.

Entonces Samuel los despidió con el mensaje de que muy pronto recibirían lo que habían pedido. Le comunicó al Señor todo lo que ellos habían dicho (1 Samuel 8:21). Por supuesto, Dios ya lo sabía perfectamente, sin necesidad del informe de Samuel. Pero, como profeta, Samuel actuó fielmente como intermediario entre Dios e Israel y llevó la respuesta a aquel que lo había enviado. También esperó en Dios para recibir más instrucciones. Dios conoce por completo las dificultades y la incertidumbre que nos preocupan, pero aun así quiere escucharlas de nuestros propios labios. El hecho de que Samuel hablara al oído del Señor también muestra que lo hizo en privado, pues el pueblo no estaba dispuesto a unirse a él para orar pidiendo dirección. También muestra la santa cercanía con Dios que él concede bondadosamente a su pueblo. Ellos pueden hablar al oído del Señor como un amigo susurra al oído de otro. Su comunión con Dios es un alimento que el mundo no conoce (Juan 4:32).

Entonces Dios les indicó que debían tener un rey, ya que insistían obstinadamente en ello (1 Samuel 8:22). «Nómbrenles un rey y que ahora se atengan a las consecuencias; si el esplendor y el poder que tanto deseaban se convierten en una carga y en un problema, ellos mismos tendrán la culpa». Así que Dios los entregó a sus propios deseos. Samuel les comunicó esto, pero por el momento los envió de regreso a sus ciudades, pues la elección de la persona tendría que quedar en manos de Dios. Ellos ya no tenían nada más que hacer; cuando Dios considerara oportuno revelar a Samuel quién sería ese hombre, volverían a recibir noticias de él. Mientras tanto, debían mantener la paz y esperar el resultado.

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