Versículo destacado

1 Samuel 3:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El SEÑOR dijo a Samuel: «Mira, voy a hacer algo en Israel que hará zumbar ambos oídos de todo el que lo oiga». "

1 Samuel 3:11

menu_book El versículo en contexto

9 Por eso Elí dijo a Samuel: «Ve y acuéstate; y si te llama, dirás: “Habla, SEÑOR, porque tu siervo escucha”». Samuel fue y se acostó en su lugar.

10 El SEÑOR vino, se detuvo allí y llamó como las otras veces: «Samuel, Samuel». Entonces Samuel respondió: «Habla, porque tu siervo escucha».

11 El SEÑOR dijo a Samuel: «Mira, voy a hacer algo en Israel que hará zumbar ambos oídos de todo el que lo oiga».

12 Aquel día cumpliré contra Elí todo lo que he dicho acerca de su casa; cuando comience, también acabaré.

13 Porque le he dicho que juzgaré su casa para siempre por la iniquidad que él conoce, porque sus hijos se hicieron despreciables y él no los refrenó.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este fue el mensaje que Dios le dio a Samuel, después de toda aquella introducción, acerca de la familia de Elí. Dios no vino a decirle a Samuel lo grande o famoso que llegaría a ser en Israel. Los jóvenes suelen sentir curiosidad por su futuro, pero Dios se acercó a Samuel con un propósito mejor: ponerlo a trabajar a su servicio y enviarlo a llevar un mensaje a otra persona.

Es probable que aquel primer mensaje permaneciera con Samuel durante toda su vida. Más adelante le sería útil cuando sus propios hijos resultaran ser hombres malos, aunque no tan malos como los hijos de Elí; aun así, no fueron tan fieles como debían haber sido (1 Samuel 8:3). El mensaje era breve, mucho más breve que el que ya había llevado el hombre de Dios (1 Samuel 2:27). Samuel todavía era un niño, así que Dios no cargó su memoria con un mensaje demasiado largo. No se debe sobrecargar demasiado la mente de los niños, ni siquiera con asuntos santos.

También era un mensaje triste: un mensaje de juicio. Confirmaba la advertencia dada en el capítulo anterior y establecía la sentencia pronunciada allí, porque quizá Elí no había tomado aquella advertencia con la seriedad debida. Las amenazas de Dios no se vuelven menos seguras cuando las personas las ignoran. De hecho, cuanto menos se les presta atención, más seguro es que se cumplan y más fuerte será su impacto.

El mensaje comienza hablando del pecado de Elí, un pecado que él conocía (1 Samuel 3:13). El hombre de Dios ya se lo había señalado, y la propia conciencia de Elí seguramente se lo había recordado muchas veces. Todos llevamos dentro culpa y corrupción que nuestro propio corazón conoce. El pecado de Elí era este: sus hijos se hicieron despreciables, y él no los detuvo. Las palabras hebreas también pueden significar que no los miró con suficiente severidad. Es posible que mostrara desaprobación, pero no con la firmeza que debía. Los reprendió, pero no los castigó por el mal que hacían ni les quitó la autoridad para seguir haciéndolo, aunque como padre, sumo sacerdote y juez tenía el poder de hacerlo.

Los pecadores se hacen despreciables por su propia maldad. Se corrompen a sí mismos, porque cada persona es tentada cuando sus propios deseos la arrastran y la seducen (Santiago 1:14). Al hacerlo, se rebajan y se vuelven detestables no solo ante el Dios santo, sino también ante las personas y los ángeles santos. El pecado es algo despreciable, y nada avergüenza más profundamente a una persona (Salmo 15:4). Los hijos de Elí trataron a Dios con desprecio y hicieron que sus ofrendas parecieran insignificantes ante los ojos del pueblo, pero la vergüenza terminó recayendo sobre ellos. Ellos mismos se hicieron despreciables.

Quienes tienen autoridad y no detienen los pecados de otros, cuando tienen el poder para hacerlo, comparten su culpa. Serán considerados responsables como cómplices. Las personas que ejercen autoridad tendrán mucho que responder si no hacen que la espada que llevan sea motivo de temor para quienes hacen el mal.

Luego el mensaje habla del castigo, el mismo que Dios ya había descrito para la familia de Elí (1 Samuel 3:12-13). Dios había dicho que juzgaría para siempre a la casa de Elí; es decir, una maldición duradera permanecería sobre su familia de una generación a otra. Los detalles de esa maldición ya se habían dado y no se repiten aquí. Pero se añade un punto: cuando comenzara a cumplirse la sentencia, sería tan terrible que todo Israel se estremecería (1 Samuel 3:11). Todos los que la escucharan sentirían que les zumbaban los oídos, como si resonaran con una alarma. Cada israelita quedaría lleno de temor y asombro al enterarse de la muerte de los hijos de Elí, de la fractura del cuello de Elí y de la dispersión de su familia. ¡Qué terrible es Dios en su juicio! Si esto se hace con el árbol verde, ¿qué sucederá con el seco? Los juicios de Dios sobre otros deberían llevarnos a un temor santo (Salmo 119:120).

Estos primeros acontecimientos del juicio también serían señales claras de que todo lo demás sucedería sin falta. Dios dijo que, cuando comenzara, continuaría hasta terminar todo lo que había amenazado hacer (1 Samuel 3:12). Esto sugiere que podría haber un retraso antes de que comenzara el juicio, pero el retraso no es perdón. Esperar no es lo mismo que cancelar la sentencia. Cuando Dios comienza, termina la obra. Aunque parezca lento, golpea con firmeza.

Tampoco habría esperanza de revocar la sentencia ni de hacer menos severa su ejecución (1 Samuel 3:14). Dios no retiraría su palabra, porque la había respaldado con un juramento: había jurado contra la casa de Elí. Dios no se retracta de lo que ha jurado, ya sea en misericordia o en juicio. Tampoco habría manera de resolver el asunto mediante sacrificios. La culpa de la casa de Elí no sería limpiada para siempre por ningún sacrificio u ofrenda. No se haría expiación ni se levantaría el castigo.

Esto mostraba la debilidad de los sacrificios de la ley, pues había pecados que no podían alcanzar ni limpiar. Pero la sangre de Cristo limpia de todo pecado, y quienes confían en él son librados de la muerte eterna que el pecado merece.

Entonces Samuel le comunicó este mensaje a Elí. Lo mantuvo en silencio hasta la mañana (1 Samuel 3:15). Es probable que permaneciera despierto, pensando en lo que había oído, repitiéndolo en su mente y considerando cómo debía usarlo. Después de recibir el alimento espiritual de la palabra de Dios, es sabio quedarse quietos y permitir que se asiente en el corazón.

Por la mañana abrió las puertas de la casa del SEÑOR, como acostumbraba hacerlo. Se levantó temprano en el tabernáculo, y esto mostró una disposición extraordinaria en un niño. Pero aquella mañana también fue una muestra de humildad. Dios lo había honrado grandemente por encima de todos los hijos de Israel, pero Samuel no se llenó de orgullo. No se consideró demasiado importante para realizar un trabajo humilde. Siguió abriendo las puertas del tabernáculo con la misma disposición de siempre.

A quienes Dios se revela los mantiene humildes a sus propios ojos. Los hace estar dispuestos a hacer cualquier cosa que sirva para su gloria, aunque solo sea estar de pie como porteros en su casa. Podríamos esperar que Samuel estuviera tan impresionado por su visión que olvidara sus tareas habituales o corriera a contarles a sus compañeros lo que había vivido aquella noche con Dios. En cambio, lo guardó tranquilamente para sí y continuó con su trabajo. La comunión privada con Dios no es algo que debamos gritar a los cuatro vientos.

También tenía miedo de contarle a Elí lo que había visto. Si temía que Elí se enojara y lo reprendiera, eso podría indicar que Elí solía ser severo con aquel niño prometedor, aunque era demasiado indulgente con sus propios hijos malvados. Pero quizá Samuel simplemente no quería entristecer al anciano ni causarle aflicción.

Si Samuel se hubiera apresurado a contarle la noticia a Elí, podría haber parecido que se alegraba por la ruina que se acercaba a él y que esperaba formar su propia familia sobre las ruinas de la familia de Elí. Por eso estuvo bien que no se apresurara a hablar de la visión. Ninguna persona buena disfruta llevar malas noticias, y mucho menos Samuel al hablar con Elí, su maestro y el hombre a quien amaba y respetaba.

Entonces Elí interrogó cuidadosamente a Samuel acerca de lo ocurrido, como se relata en 1 Samuel 3:16-17. En cuanto oyó que Samuel se movía, lo llamó, probablemente desde su cama. Como ya percibía que Dios le había hablado a Samuel, insistió: primero le dijo con seriedad: «No me ocultes nada», y luego añadió un juramento solemne: «Que Dios te castigue, y aun más, si me ocultas algo». Elí tenía muchas razones para temer que el mensaje significara algo malo para él; sin embargo, como venía de Dios, no podía soportar permanecer en la oscuridad. Una persona piadosa desea conocer toda la voluntad de Dios, ya sea que traiga consuelo o advertencia.

Su juramento también señala el terrible final de los atalayas infieles, es decir, de quienes han sido puestos para advertir a otros, pero guardan silencio. Si no advierten a los pecadores, atraen sobre sí la misma ira y maldición que debieron anunciar contra quienes continúan pecando.

Por fin Samuel entregó fielmente el mensaje, como se relata en 1 Samuel 3:18. Le contó a Elí todo. Una vez que supo que debía hablar, no suavizó el mensaje, no ocultó las partes difíciles ni trató de hacerlo parecer mejor de lo que era. Lo comunicó con claridad y por completo, sin dejar nada fuera. Los ministros de Cristo deben hablar con esa misma honestidad.

Entonces Elí lo aceptó de una manera piadosa. No puso en duda la honestidad de Samuel, no se enojó con él ni argumentó que la sentencia fuera injusta. Tampoco se quejó, como Caín, de que el castigo fuera demasiado pesado para soportarlo. En cambio, se sometió con paciencia y aceptó la consecuencia de su pecado: «Es el SEÑOR; que haga lo que le parezca bien».

Elí entendió que la sentencia significaba un castigo en esta vida, con vergüenza y pobreza transmitidas a su descendencia, no necesariamente que todos ellos perderían para siempre el favor de Dios. Por eso se sometió de buena gana. No se quejó, porque sabía cuán culpable era su familia. Tampoco le pidió a Dios que cancelara la sentencia, pues Dios la había confirmado con un juramento solemne y no se retractaría. De esta manera, aquietó su corazón y se rindió humildemente a la voluntad de Dios, como lo hizo Aarón en una situación parecida (Levítico 10:3), cuando guardó silencio.

En resumen, Elí se aferra a esta verdad consoladora: «Es el SEÑOR». Él es quien dicta el juicio, y nadie puede apelar contra su decisión ni objetarla. Él es quien lo ejecuta, y nadie puede resistir su poder, cuestionar su justicia ni poner en duda su autoridad. Es el SEÑOR quien se glorificará y se honrará a sí mismo por medio de esto, y es justo que así sea. Él es justo y nunca les hace injusticia a sus criaturas, ni exige de ellas más de lo que su pecado merece.

De esa verdad, Elí saca esta sabia conclusión: «Que haga lo que bien le parezca». No tiene nada que objetar a la manera en que Dios actúa. Dios es justo en todos sus caminos y santo en todas sus obras; por eso, debe cumplirse su voluntad. «Soportaré la ira del SEÑOR, porque he pecado contra él». De la misma manera, debemos aquietar nuestro corazón bajo la corrección de Dios y nunca discutir con nuestro Creador.

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