Versículo destacado

1 Samuel 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" El niño Samuel servía al SEÑOR delante de Elí. En aquellos días, la palabra del SEÑOR era preciosa y no había visión manifiesta. "

1 Samuel 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 El niño Samuel servía al SEÑOR delante de Elí. En aquellos días, la palabra del SEÑOR era preciosa y no había visión manifiesta.

2 Sucedió en aquel tiempo que Elí estaba acostado en su lugar, y sus ojos habían comenzado a debilitarse, de modo que no podía ver;

3 antes de que se apagara la lámpara de Dios en el templo del SEÑOR, donde estaba el arca de Dios, y mientras Samuel estaba acostado para dormir;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Para prepararnos para el relato de la primera vez que Dios se reveló a Samuel, aquí se nos dicen dos cosas. Primero, Samuel era fiel en el servicio a Dios, conforme a lo que su edad y su función le permitían. Aunque apenas era un niño, ministraba al SEÑOR delante de Elí, el sacerdote y juez de Israel. Esto hacía que los hijos de Elí quedaran todavía peor, porque ellos se rebelaban contra el SEÑOR, mientras Samuel le servía. Ellos ignoraban las advertencias de su padre, pero Samuel estaba atento y obedecía bajo la supervisión de Elí.

La buena conducta de Samuel se elogia especialmente porque estaba rodeado de malos ejemplos y aun así no se desvió. Siguió creciendo en fidelidad en vez de retroceder. Esto también lo estaba preparando para el honor que Dios pronto le concedería. Al que es fiel en lo poco se le puede confiar más. Los jóvenes deben procurar vivir con humildad y diligencia, porque con frecuencia ese es el mejor camino hacia el honor. Muchas veces, las personas más aptas para gobernar son las que primero aprendieron a obedecer.

Segundo, se nos dice cuán escasa era la profecía en aquellos días. La palabra del SEÑOR era preciosa, es decir, era poco común. De vez en cuando Dios enviaba a un hombre con un mensaje especial, como en (1 Samuel 2:27), pero no había profetas establecidos a quienes el pueblo pudiera consultar regularmente. Como la profecía era tan poco frecuente, tenía un valor especial para todos los que reconocían su importancia. No había visión manifiesta; es decir, no se conocía públicamente a nadie que estuviera recibiendo visiones de Dios.

Probablemente esto ocurrió porque el pecado y la corrupción en el tabernáculo, y sin duda también en toda la nación, habían provocado que Dios retirara por un tiempo el Espíritu de profecía. Pero ahora estaba preparando el surgimiento de un sacerdote más fiel, y el llamado de Samuel era una señal temprana de ello. La manera en que Dios se reveló a Samuel se describe con cuidado porque era algo fuera de lo común.

Elí se había acostado. Samuel lo había atendido y luego se acostó él también, probablemente en una habitación cercana, listo para ayudar si hacía falta durante la noche. Elí estaba envejeciendo, su vista estaba fallando y seguramente se retiraba temprano porque ya no estaba en condiciones de realizar un trabajo activo. Es posible que sus hijos tuvieran más libertad porque Elí se mantenía tan apartado. Su vista debilitada también era una consecuencia apropiada de su fracaso anterior en disciplinar a sus hijos.

Samuel se acostó antes de que se apagara la lámpara de Dios. Esto probablemente significa que dormía lo suficientemente cerca del lugar santo como para estar allí mientras aquella luz siguiera encendida, antes de que se apagaran las lámparas más pequeñas, probablemente cerca de la medianoche. Hasta entonces, quizá había estado ocupado orando, leyendo o realizando algún servicio en el santuario. Podemos esperar las visitas llenas de gracia de Dios cuando permanecemos firmes y diligentes en nuestro deber.

Entonces Dios llamó a Samuel por su nombre, y Samuel pensó que Elí lo estaba llamando. Se levantó y corrió hacia Elí, diciendo: «Aquí estoy». Esto muestra el entusiasmo de Samuel y su disposición para servir, aun de noche. También muestra su inocencia y falta de experiencia, porque todavía no sabía que esa era la voz de Dios. A menudo cometemos el mismo error: escuchamos a Dios hablar por medio de las Escrituras o de su providencia, y pensamos que solo se trata de una voz humana o de un acontecimiento común.

Elí le dijo que no lo había llamado, pero lo hizo con amabilidad. No reprendió a Samuel por ser demasiado entusiasta ni lo llamó necio. Simplemente le dijo que regresara y se acostara. Los que tienen autoridad deben ser considerados con el descanso de quienes les sirven, así como quienes sirven deben apresurarse a responder. Samuel regresó y se acostó. Muchos escuchan la palabra de Dios y dicen: «Aquí estoy», pero como no reconocen la voz de Dios en ella, su efecto pronto se desvanece.

El llamado llegó por segunda y tercera vez, y Samuel cometió el mismo error cada vez. Dios siguió llamándolo hasta que el llamado surtiera efecto. La gracia divina repite su llamado hasta llevar a la persona a responder. El propósito de Dios permanecerá.

Samuel todavía no sabía que era el SEÑOR quien lo llamaba. Conocía la palabra escrita y entendía la voluntad de Dios en ese sentido, pero aún no sabía cómo hablaba Dios a sus profetas de esa manera inusual, mediante una voz suave. Esto era algo nuevo para él. Alguien más familiarizado con los sueños o las visiones quizá lo habría reconocido antes, pero esta forma de hablar le resultaba desconocida. Aun quienes conocen mucho acerca de Dios deben recordar que alguna vez fueron como niños y todavía estaban aprendiendo los fundamentos de la fe. No debemos despreciar los comienzos pequeños. Samuel tropezó por un tiempo antes de aprender mejor, pero después comprendió con mayor claridad cuál era su deber.

A menudo las personas confunden el testimonio interior del Espíritu en el corazón de los creyentes y, por eso, pierden el consuelo que este les ofrece. Del mismo modo, con frecuencia el Espíritu toca la conciencia de los pecadores, pero ellos también lo malinterpretan y pierden el bien que esa convicción podría haber producido en ellos. Dios habla una vez, y aun dos veces, pero las personas no le prestan atención (Job 33:14).

Samuel fue a ver a Elí por segunda y tercera vez, y es posible que la voz sonara como la de Elí, ya que el niño estaba muy cerca de él. Le habló a Elí con confianza: «Tú me llamaste» (1 Samuel 3:6-8), como diciendo: «No pudo haber sido nadie más». Samuel estaba dispuesto a acudir cada vez que lo llamaran, incluso si era Elí quien lo hacía, y eso mostraba un espíritu obediente y activo. Ese tipo de carácter prepara a una persona para el favor que Dios está a punto de mostrarle, porque Dios suele escoger para su servicio a personas así.

También había un propósito especial en las repetidas visitas de Samuel a Elí. Por fin, Elí comprendió que el SEÑOR había llamado al niño (1 Samuel 3:8). Esto debió humillar a Elí, porque vería en ello otra señal de que su familia estaba siendo apartada. Dios tenía algo que decir, pero escogió decírselo a Samuel, el joven que servía a Elí, y no al propio Elí. Más adelante, esto humillaría aún más a Elí cuando descubriera que el mensaje era para él y que había llegado por medio de un niño.

Esto también llevó a Elí a preguntarle a Samuel qué había dicho Dios, y así se confirmaría sin lugar a dudas la verdad del mensaje. Nadie podría decir que Samuel simplemente lo había imaginado, porque el propio Elí ya había entendido que Dios estaba a punto de hablar. Sin embargo, todavía no conocía el contenido del mensaje hasta que Samuel se lo comunicó. Incluso los errores y las debilidades de las personas que Dios usa están bajo su sabiduría y son dirigidos para cumplir su propósito.

Por fin, Samuel estaba listo para recibir un mensaje de Dios, no para guardárselo, sino para ser plenamente un profeta, alguien cuyo mensaje sería público y claramente conocido. Al comprender que era el SEÑOR quien llamaba a Samuel, Elí le indicó qué debía decir (1 Samuel 3:9). En esto actuó con honestidad. Aunque le resultaba vergonzoso que Dios pasara por alto a Elí y hablara en cambio con Samuel, aun así ayudó a Samuel a responder correctamente. Si Elí hubiera sentido celos de ese honor, habría podido intentar impedirlo. Podría haberle dicho a Samuel que regresara a dormir y que no hiciera caso, pensando que solo había sido un sueño. Pero fue mejor que eso. Le dio a Samuel el mejor consejo que podía darle para ayudarlo a crecer.

Las personas mayores deben hacer lo mismo con los jóvenes que están surgiendo y que quizá pronto recibirán más honor que ellas. Deben ayudarlos y enseñarles con generosidad, sin envidia. Nunca debemos dejar de instruir a quienes vienen después de nosotros, aunque pronto sean preferidos por encima de nosotros (Juan 1:30). El consejo de Elí fue este: cuando Dios volviera a llamar, Samuel debía decir: «Habla, SEÑOR, que tu siervo escucha». Tenía que hablar como siervo de Dios y mostrar que deseaba conocer la voluntad de Dios. Debía estar listo para escuchar y dispuesto a obedecer. Entonces podemos esperar que Dios nos hable cuando nos preparamos para escucharlo (Salmo 85:8; Habacuc 2:1). Cuando leemos la palabra de Dios o la escuchamos predicar, debemos acercarnos con esa misma actitud, listos para someternos a su mandato y a su autoridad: «Habla, SEÑOR, que tu siervo escucha».

Parece que la cuarta vez Dios habló de una manera un poco diferente. Como antes, llamó a Samuel por su nombre, pero ahora se presentó y lo llamó. Esto sugiere que Samuel vio alguna manifestación visible de la gloria de Dios, una visión que estaba delante de él, semejante a la que tuvo Elifaz, aunque no pudo distinguir su forma (Job 4:16). Eso le confirmó que no era Elí quien lo llamaba, porque ahora veía la voz que hablaba con él, como dice Apocalipsis (Apocalipsis 1:12). Dios también repitió el nombre de Samuel: «Samuel, Samuel», como si se deleitara en pronunciarlo o como una manera de dejar claro quién estaba hablando. Dios ha hablado una vez; dos veces he oído esto (Salmo 62:11). Fue un honor que Dios decidiera conocerlo por su nombre (Éxodo 33:12), y el llamado tuvo poder porque llegó a él personalmente, por su nombre, como en el caso de «Saulo, Saulo». Dios también había llamado a Abraham por su nombre (Génesis 22:1).

Samuel respondió como le habían enseñado: «Habla, porque tu siervo escucha». Desde temprana edad, conviene poner en boca de los niños palabras apropiadas, junto con expresiones de reverencia y devoción a Dios. Esto los ayuda a prepararse para conocer mejor las cosas divinas y vivir en santa comunión con ellas. Es necesario enseñarles qué decir, porque por sí solos no pueden formar bien su manera de hablar en un mundo nublado por la oscuridad. Esta vez Samuel no se levantó corriendo, como había hecho antes cuando pensó que Elí lo llamaba. Se quedó quieto y escuchó. Un espíritu calmado y sereno está mejor preparado para recibir la verdad divina. Debemos aquietar los pensamientos y las pasiones inquietas, y dejar que todo en el alma permanezca tranquilo y en paz. Así estamos listos para escuchar a Dios. Todo lo demás debe guardar silencio cuando él habla.

Sin embargo, hay que notar que Samuel omitió una palabra. No dijo: «Habla, Señor», sino solamente: «Habla, porque tu siervo escucha». De ese modo dejó espacio para el mensaje que estaba a punto de recibir. Así, Samuel llegó a conocer de cerca las palabras de Dios y las visiones del Todopoderoso, y esto ocurrió antes de que se apagara la lámpara de Dios (1 Samuel 3:3) en el templo del SEÑOR. Algunos escritores judíos dieron a esto un significado más profundo. Decían que, antes de la caída de Elí y antes de que el Urim y el Tumim —los medios sacerdotales para buscar la dirección de Dios— quedaran oscurecidos por un tiempo, Dios llamó a Samuel y lo hizo su portavoz. De ahí surgió el dicho de que, cuando la luz de una persona justa se apaga, se levanta la de otra (Eclesiastés 1:5).

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