Versículo destacado
1 Samuel 17:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá cuyo nombre era Isaí. Este tenía ocho hijos, y en los días de Saúl el hombre era considerado anciano entre los hombres. "
1 Samuel 17:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Y el filisteo dijo: «Hoy desafío a los ejércitos de Israel. Denme un hombre para que peleemos juntos».
11 Cuando Saúl y todo Israel oyeron aquellas palabras del filisteo, quedaron consternados y tuvieron mucho miedo.
12 David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá cuyo nombre era Isaí. Este tenía ocho hijos, y en los días de Saúl el hombre era considerado anciano entre los hombres.
13 Los tres hijos mayores de Isaí fueron y siguieron a Saúl a la batalla. Los nombres de sus tres hijos que fueron a la batalla eran Eliab, el primogénito; después de él, Abinadab; y el tercero, Sama.
14 David era el menor, y los tres mayores siguieron a Saúl.
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Durante cuarenta días, los dos ejércitos estuvieron acampados frente a frente. Tenían una posición fuerte, pero ninguno de los dos bandos se movía para atacar. Tal vez estaban hablando de paz, esperando más soldados o incluso enfrentándose en pequeños choques entre grupos separados. Durante todo ese tiempo, el campeón filisteo salía por la mañana y por la tarde, repetía sus insultos y desafiaba una y otra vez a Israel. Cuanto más tiempo pasaba sin que nadie le respondiera, más orgulloso se volvía él y más miedo sentía Israel. Dios permitió que todo esto lo preparara para su destrucción y que el rescate de Israel fuera todavía más impresionante.
Mientras tanto, David seguía cuidando las ovejas de su padre. Entonces, al final de esos cuarenta días, la providencia de Dios lo llevó al campo de batalla, donde obtendría el honor que ningún otro israelita se atrevía a buscar. Aquí vemos la situación de la familia de David. Su padre Isaí era anciano, y la gente se daba cuenta de que había llegado a una edad muy avanzada para ese tiempo. Ya no estaba en condiciones de cumplir deberes públicos, así que él mismo no fue a la guerra, sino que envió a sus hijos. Sus canas eran una corona de honra.
Es posible que los tres hermanos mayores de David sintieran envidia de la posición que él había tenido en la corte, y quizá convencieron a su padre de que lo enviara para que ellos mismos pudieran ir al campamento. Allí esperaban hacerse un nombre y sobresalir por encima de él. David, sin embargo, no estaba orgulloso de lo que había hecho por el rey ni buscaba un rango más elevado. Dejó la corte y volvió al trabajo sencillo de la casa de su padre: cuidar, esforzarse y, como resultó ser el caso, enfrentar peligros en los rediles. Su humildad se ve con especial claridad porque vino después del honor de estar en la corte. Y su recompensa llegó antes de que recibiera el honor de la victoria. Antes de la honra viene la humildad.
Esta vida más tranquila también le daba tiempo para orar, reflexionar y dedicarse a Dios. Esos hábitos lo prepararon mucho más para lo que llegaría a ser que los ejercicios militares del orgulloso campamento.
También vemos las instrucciones que Isaí le dio para que visitara a sus hermanos en el campamento. David no pidió ir porque quisiera ver al ejército, adquirir experiencia u observar lo que estaba sucediendo. Su padre lo envió a hacer un trabajo humilde, uno que cualquier siervo podría haber realizado. Debía llevarles pan y queso: diez panes y algo de grano tostado para sus hermanos, y diez quesos para el comandante. David seguía siendo el ayudante de la familia, aunque estaba destinado a convertirse en su mayor honra. Ni siquiera tenía un burro para cargar los alimentos, así que se los echó a la espalda y se apresuró hacia el campamento.
Parece que Isaí sabía que David había sido ungido, pero aun así lo mantuvo ocupado en un trabajo humilde y oculto. Eso probablemente ayudó a protegerlo de la sospecha y la envidia, ya que había sido escogido para ocupar el trono en el futuro. Isaí también quería que David viera cómo estaban sus hermanos y si les faltaba alimento después de una estancia tan larga, para que pudiera enviarles más provisiones si era necesario. Además, debía traer noticias de ellos, es decir, cualquier señal o prenda que hubieran dejado como garantía. Algunos piensan que también debía observar a sus compañeros y la clase de vida que llevaban. Si fue así, esto se parece a lo que hizo José cuando informó a su padre sobre la mala conducta de sus hermanos. Muestra cuán atentos son los padres piadosos cuando sus hijos están lejos de casa, especialmente en lugares llenos de tentaciones. Les preocupa cómo se comportan sus hijos y, sobre todo, con quiénes se relacionan. Los hijos deben recordar esto y actuar en consecuencia, sabiendo que siguen bajo la mirada de Dios cuando están fuera de la vista de sus padres.
David obedeció de inmediato. Fue lo bastante diligente para levantarse temprano y lo bastante cuidadoso para no dejar las ovejas sin alguien que las cuidara. Era fiel en las cosas pequeñas, así que estaba capacitado para que se le confiaran cosas mayores. Había aprendido a obedecer antes de intentar dar órdenes. La providencia de Dios lo llevó al campamento en el momento preciso, cuando ambos ejércitos estaban alineados para la batalla y parecían estar más cerca de luchar que en cualquier otro momento de esos cuarenta días. Isaí no sabía que estaba enviando a su hijo justamente a esa hora, pero Dios ordena sabiamente los tiempos y los acontecimientos para cumplir su propósito con Israel y con el hombre conforme a su corazón.
La llegada de David mostró su energía y entusiasmo. Entregó honestamente las provisiones a los encargados de distribuirlas, y luego corrió hacia el ejército para ver qué estaba sucediendo y saludar a sus hermanos. La persona diligente en su trabajo va camino a la honra y llegará a estar delante de los reyes.
Entonces el filisteo volvió a mostrar su atrevimiento. Ahora que los ejércitos estaban alineados para la batalla, salió primero para repetir su desafío. Pensaba que estaba buscando su propia gloria y victoria, pero en realidad avanzaba hacia su propia ruina. Al mismo tiempo, los hombres de Israel demostraron cuánto miedo tenían. Habían escuchado sus palabras orgullosas durante cuarenta días y, al ver que no había ocurrido ningún daño de ninguno de los dos lados, quizá deberían haber aprendido a despreciar sus amenazas. Sin embargo, cuando se acercó, huyeron y tuvieron muchísimo miedo. Un solo filisteo no habría podido perseguir a mil israelitas ni hacer huir a diez mil si su Roca, Dios, no los hubiera abandonado justamente y entregado a sus enemigos (Deuteronomio 32:30).
Saúl, el rey, ofreció una gran recompensa a cualquier guerrero que se enfrentara con él. Saúl era el hombre más alto de Israel, y si se hubiera mantenido cerca de Dios, quizá él mismo habría aceptado el desafío. Pero el Espíritu del Señor se había apartado de él, por lo que no se atrevió a hacerlo, ni tampoco animó a Jonatán a enfrentarse con el filisteo. Prometió gran honra a quien luchara: la hija del rey en matrimonio y una gran recompensa. También prometió que la familia del padre del vencedor quedaría exenta de obligaciones en Israel, probablemente de impuestos y cargas públicas, y quizá incluso recibiría una posición más elevada.
Por encima de todo, David estaba profundamente preocupado por la honra de Dios y de Israel frente a los insultos de aquel enemigo orgulloso.
David preguntó qué recompensa recibiría el hombre que matara al filisteo (1 Samuel 17:26), aunque ya lo sabía. No preguntaba porque quisiera obtener la honra, sino porque quería que se notara su preocupación y que esta llegara a oídos de Saúl. Quería que Saúl entendiera cuán profundamente le dolía el insulto contra Israel y contra el Dios de Israel. Podría haberse apoyado en la posición que tenía en la corte y haberse presentado directamente ante Saúl, pero su modestia lo hizo mantenerse atrás. Mucho antes de que su hijo lo expresara después como un proverbio, David vivió conforme a esta regla: no te hagas notar delante del rey ni ocupes el lugar de los grandes (Proverbios 25:6). Aun así, su celo lo llevó por el camino que esperaba que lo condujera a esta gran tarea.
Parece que dos cosas despertaron la justa indignación de David. Primero, el que los desafiaba era incircunciso, un extraño para Dios y alguien fuera de su pacto. Segundo, los hombres a quienes desafiaba eran los ejércitos del Dios viviente, apartados para él y al servicio de su causa. Por eso, el insulto contra ellos era en realidad un insulto contra Dios mismo, y David no podía soportarlo. Cuando algunos le hablaron de la recompensa por matar al filisteo (1 Samuel 17:27), él volvió a preguntarles lo mismo a otros (1 Samuel 17:30). Lo hizo con el mismo sentimiento intenso, esperando que finalmente la noticia llegara a Saúl.
Entonces llegó el desaliento por medio de Eliab, el hermano mayor de David, quien se ofendió por su valentía y le habló con mucha dureza (1 Samuel 17:28). Esto surgió de los celos. Eliab era el mayor y David el menor, y quizá Eliab estaba acostumbrado a menospreciarlo y reprenderlo. Pero quienes se ponen por encima de sus hermanos menores quizá algún día vean cómo la providencia de Dios los humilla, mientras que aquellos a quienes maltrataron son levantados. Puede llegar el momento en que el mayor sirva al menor.
Eliab también estaba molesto porque David decía con valentía contra el filisteo lo que él mismo no se atrevía a decir. Sabía que David ya había ganado el favor en la corte y que, si ahora obtenía honra en el campamento, la gloria de los hermanos mayores se vería opacada. Así suelen actuar los celos. Eliab prefería ver a Goliat vencer a Israel antes que ver a David derrotarlo. La ira es cruel y feroz, pero la envidia es todavía más difícil de enfrentar, especialmente la envidia de un hermano, como lo supieron Jacob, José y el propio David (Proverbios 18:19). Las palabras de Eliab no solo fueron injustas y crueles; también fueron profundamente ingratas, porque David había venido enviado por su padre en una visita bondadosa a sus hermanos, tal como José había ido en cierta ocasión a visitar a los suyos.
Eliab tenía la intención de herir a David, quebrantar su valor y hacerlo parecer un muchacho perezoso y orgulloso, indigno de atención. Se burló del trabajo de David como pastor y dio a entender injustamente que había sido descuidado con su rebaño, aunque David había dejado las ovejas al cuidado de alguien (1 Samuel 17:20). Aunque David había ido por obediencia a su padre y por bondad hacia sus hermanos, Eliab tergiversó sus motivos y los presentó como una acusación de curiosidad egoísta y orgullo. Actuó como si pudiera leer el corazón de David. Pero David podía apelar a Dios, quien conocía su humildad y sinceridad (Salmo 17:3; Salmo 131:1); y en ese mismo momento estaba demostrando ambas cosas, aun así recibió este trato amargo de su propio hermano. ¡Qué necios, desagradables y malvados son el orgullo y la envidia! Sus sospechas no tenían fundamento, sus juicios eran injustos, sus palabras eran amargas y su tono era vergonzoso. Que Dios, por su gracia, nos libre de tener un espíritu así.
Al mismo tiempo, esta situación fue una prueba de la mansedumbre, la paciencia y la firmeza de David. Fue una prueba breve, y él la superó bien. Respondió con gran dominio propio (1 Samuel 17:29): «¿Qué he hecho ahora? ¿Qué mal he cometido para que me reprendas así?». Tenía buenas razones para ir al campamento, pues su padre lo había enviado. También tenía buenas razones para indignarse por el insulto de Goliat contra el honor de Israel. La razón y la justicia estaban de su lado, pero no respondió a las palabras ásperas con más palabras ásperas. En cambio, respondió con suavidad y calmó la ira de su hermano.
En ciertos sentidos, esta victoria sobre su propio temperamento fue más honorable que la victoria posterior sobre Goliat. La persona que domina su propio espíritu es mejor que quien conquista grandes hazañas. No era momento para que David discutiera con su hermano mientras los filisteos estaban enfrentados a ellos. Cuanto mayor sea la amenaza contra el pueblo de Dios, más pacientes deben ser los creyentes unos con otros. David también mostró una gran determinación. No permitió que la mala actitud de su hermano lo apartara de lo que se había propuesto hacer. Quienes asumen tareas importantes y visibles no deben sorprenderse si encuentran oposición, no solo de sus enemigos, sino también de amigos que dudan de ellos o los tratan con frialdad. Deben seguir adelante con humildad, aun cuando enfrenten amenazas de sus enemigos y desprecios de sus amigos.
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De este capítulo
1 Samuel 17:1
"Los filisteos reunieron sus ejércitos para la batalla. Se reunieron en Soco, que pertenece a Judá, y acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim."
1 Samuel 17:2
"También Saúl y los hombres de Israel se reunieron y acamparon junto al valle de Ela, y se dispusieron para la batalla contra los filisteos."
1 Samuel 17:3
"Los filisteos estaban en una montaña de un lado, e Israel estaba en una montaña del otro lado; entre ellos había un valle."
1 Samuel 17:4
"Entonces salió del campamento de los filisteos un campeón llamado Goliat, de Gat, cuya estatura era de seis codos y un palmo."
1 Samuel 17:5
"Llevaba un casco de bronce sobre la cabeza y estaba armado con una cota de malla; el peso de la cota era de cinco mil siclos de bronce."
1 Samuel 17:6
"Llevaba grebas de bronce en las piernas y un escudo de bronce entre los hombros."
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