Versículo destacado

1 Samuel 1:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después de que comieron y bebieron en Silo, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en un asiento junto a un poste del templo del SEÑOR. "

1 Samuel 1:9

menu_book El versículo en contexto

7 Así sucedía año tras año: cuando ella subía a la casa del SEÑOR, la otra la provocaba. Por eso ella lloraba y no comía.

8 Entonces Elcana, su esposo, le decía: «Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿No soy yo mejor para ti que diez hijos?»

9 Después de que comieron y bebieron en Silo, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en un asiento junto a un poste del templo del SEÑOR.

10 Ella, con amargura en el alma, oró al SEÑOR y lloró mucho.

11 Entonces hizo un voto y dijo: «SEÑOR de los ejércitos, si de veras miras la aflicción de tu sierva, te acuerdas de mí y no te olvidas de tu sierva, sino que le das a tu sierva un hijo varón, yo lo entregaré al SEÑOR todos los días de su vida, y ninguna navaja pasará sobre su cabeza».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Elcaná había reprendido con ternura a Ana por su profundo dolor, y ahora vemos el buen efecto de esa reprensión. Primero, la hizo volver a la comida: comió y bebió (1 Samuel 1:9). No se encerró en su tristeza ni se volvió resentida cuando la corrigieron. Al ver que su esposo estaba preocupado porque ella no se unía a los demás, recobró la calma y se sentó a la mesa.

Gobernar nuestras emociones es tanto un acto de dominio propio como gobernar nuestros apetitos. En segundo lugar, aquella reprensión la llevó a orar. La hizo preguntarse: «¿Está bien que siga enojada? ¿De qué sirve angustiarme? En vez de llevar esta carga sola, ¿no debería entregársela al SEÑOR en oración?». Elcaná le había dicho: «¿Acaso no soy mejor para ti que diez hijos?». Tal vez eso la llevó a pensar: «Sea así o no, Dios sí lo es. Por eso iré a él, derramaré delante de él mi queja y veré qué alivio puede traerme».

Si alguna vez había pensado presentar una súplica más ferviente por la gracia de Dios, ese era el momento. Estaban en Silo, a la entrada del tabernáculo, donde Dios había prometido encontrarse con su pueblo. Era la casa de oración. Acababan de ofrecer sus sacrificios de paz, que expresaban su deseo de contar con el favor de Dios y su comunión con él. Después de recibir consuelo al saber que Dios los había aceptado, era apropiado que Ana orara apoyándose en aquel sacrificio.

El sacrificio de paz señalaba algo más que la comunión. También mostraba que se había hecho expiación por el pecado y que nuestras oraciones podían ser escuchadas y respondidas en paz. En todas nuestras oraciones debemos tener presente ese sacrificio. En cuanto a la oración de Ana, podemos observar en ella una devoción viva y ferviente, y encontrar orientación para nuestra propia oración.

Ella usó su dolor presente para despertar su corazón y volverlo hacia Dios. «Con amargura de alma, oró» (1 Samuel 1:10). Nosotros también debemos usar nuestras dificultades de esa manera. Deben hacernos más fervientes cuando nos acercamos a Dios. Nuestro bendito Salvador mismo, en medio de su agonía, oró con mayor intensidad (Lucas 22:44).

También mezcló lágrimas con sus oraciones. No fue una oración seca: «lloró mucho». Como una verdadera israelita, «lloró y buscó al SEÑOR» (Oseas 12:4), confiando en la tierna misericordia de Dios, que conoce el corazón atribulado. Su oración brotaba de su corazón, así como las lágrimas brotaban de sus ojos.

Fue muy específica, pero también muy humilde, en lo que pidió. Pidió un hijo, un varón, para que pudiera servir en el tabernáculo. Dios nos permite pedir en oración cosas buenas en general y también mencionar la misericordia particular que más necesitamos y deseamos. Sin embargo, Ana no dijo, como Raquel: «Dame hijos» (Génesis 30:1). Habría estado agradecida con un solo hijo.

También hizo un voto solemne: si Dios le daba un hijo, ella se lo devolvería a Dios (1 Samuel 1:11). Por nacimiento sería levita, un hombre apartado para el servicio de Dios. Pero, por el voto de su madre, también sería nazareo, apartado de una manera especial, de modo que incluso su niñez sería consagrada. Es probable que Ana ya le hubiera contado su plan a Elcaná y que contara con su aprobación.

Los padres tienen el derecho de dedicar a sus hijos a Dios como sacrificios vivos y siervos espirituales. Esto también trae una obligación: criarlos para que sirvan fielmente a Dios todos sus días. Asimismo, es sabio que, cuando buscamos alguna misericordia, comprometamos nuestra propia alma con una promesa: si Dios nos la concede, la usaremos para su honra y le serviremos con alegría por medio de ella. Esto no significa que ganemos el regalo. Significa que nos preparamos para recibirlo y para disfrutarlo de la manera correcta. Con la esperanza de recibir misericordia, comprometámonos a cumplir con nuestro deber.

Ana oraba en voz tan baja que nadie más podía oírla. Sus labios se movían, pero no se escuchaba su voz (1 Samuel 1:13). Esto mostraba que creía que Dios conoce el corazón y sus deseos. Para él, los pensamientos son palabras. Dios no es como los dioses falsos, a los que había que gritarles para llamar su atención (1 Reyes 18:27). Su oración silenciosa también mostraba humildad y santa modestia al presentarse delante de Dios. Ella no era como quienes intentan hacer oír su voz en todas partes (Isaías 58:4). Era una oración secreta, aunque la ofrecía en un lugar público. No era como las oraciones de los fariseos, que oraban para que la gente los viera. La oración no es motivo de vergüenza, pero debemos evitar toda señal de ostentación. Lo que ocurre entre Dios y nuestra alma debe permanecer entre nosotros.

Ana también fue objeto de un duro juicio por causa de esta oración. Elí, el sumo sacerdote y juez de Israel, estaba sentado en un asiento junto a la entrada del templo para vigilar lo que allí se hacía (1 Samuel 1:9). Aquí se llama templo al tabernáculo porque ya estaba establecido en un lugar fijo y cumplía la misma función que un templo. Desde su asiento, probablemente en un rincón reservado, Elí vio a Ana orando y, como su manera de hacerlo era inusual, supuso que estaba borracha. Por eso le dijo: «¿Hasta cuándo estarás borracha?». Fue una acusación semejante a la que más tarde enfrentarían Pedro y los apóstoles cuando el Espíritu Santo les dio palabras para hablar (Hechos 2:13).

Tal vez, en aquella época de descuido moral, no era raro ver mujeres borrachas a la entrada del tabernáculo. Si no hubiera sido algo común, sería difícil explicar cómo la perversa conducta de Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí, pudo encontrar allí víctimas tan accesibles (1 Samuel 2:22). Elí tomó a Ana por una de esas mujeres. Un efecto triste del pecado creciente es que hace parecer culpables a personas inocentes. Cuando una enfermedad se extiende ampliamente, todos empiezan a sospechar que también la tienen.

La culpa fue de Elí, y fue una falta grave. Juzgó demasiado rápido, sin investigar con cuidado ni contar con información suficiente. Si sus propios ojos estaban perdiendo claridad, debió pedir a otros que examinaran la situación. Las personas borrachas suelen ser ruidosas y desordenadas, pero aquella pobre mujer estaba callada y serena. Su falta era aún más grave porque era sacerdote del SEÑOR y debía tener compasión de los ignorantes y de los que se equivocan (Hebreos 5:2). Debemos ser lentos para condenar a los demás, especialmente cuando los hechos no están claros o pueden entenderse de una manera mejor. El amor nos enseña a pensar lo mejor de las personas y nos impide juzgarlas con dureza.

Debemos tener especial cuidado de no condenar las oraciones de los demás. Con facilidad podemos llamar hipocresía, exceso emocional o superstición a algo que en realidad es un fervor sincero y que Dios acepta. Ana también sufrió por causa de este duro error de juicio, y fue una carga pesada para ella. Elcaná ya la había reprendido porque no quería comer ni beber. Ahora Elí la reprendía como si hubiera estado comiendo y bebiendo en exceso, lo cual debió resultarle muy doloroso.

No es algo nuevo que se juzgue injustamente a quienes hacen el bien, y no debemos sorprendernos cuando eso nos ocurra.

La humilde defensa de Ana frente a la acusación es hermosa. No le respondió mal ni reprendió a Elí, el sacerdote, señalando la borrachera de sus propios hijos. Tampoco le dijo que se ocupara de su casa y los controlara. No le explicó lo impropio que era que alguien en su posición acusara a una adoradora afligida delante del trono de la gracia. Cuando nos critican injustamente, debemos cuidar mucho nuestros labios para no responder a una acusación con otra.

Ana consideró suficiente defenderse, y nosotros también deberíamos hacer lo mismo (1 Samuel 1:15-16). Para ser justa consigo misma, negó claramente la acusación y habló con todo respeto a Elí. Lo llamó «mi señor» y mostró cuánto deseaba que él pensara bien de ella y cuánto le dolía permanecer bajo su desaprobación. «No, mi señor; no es así como usted piensa. No he tomado vino ni ninguna otra bebida fuerte», aunque el vino puede ser apropiado para alguien de corazón afligido (Proverbios 31:6), «mucho menos me he embriagado. No tenga a su sierva por una mujer inútil». Los borrachos son hijos de Belial, es decir, personas entregadas a la maldad y que rechazan el dominio propio que agrada a Dios, especialmente cuando de verdad están borrachos.

Ana reconoce que, si la acusación hubiera sido cierta, habría sido muy grave y que Elí habría tenido razón en impedirle entrar en la casa de Dios. Pero la misma manera en que se defendió mostró que no estaba borracha. Para que Elí entendiera, también le explicó por qué parecía tan alterada: «Soy una mujer de espíritu afligido», dijo. «Estoy profundamente angustiada y atribulada, y por eso no me veo como los demás. Tengo los ojos enrojecidos, no por el vino, sino por el llanto».

También le explicó que no estaba hablando consigo misma, como lo hacen los borrachos y los necios. Más bien, estaba derramando su alma delante del SEÑOR, quien entiende el lenguaje del corazón, a causa de su profundo dolor y su queja. Había estado orando con especial fervor, y esa era la verdadera razón de su emoción y de su comportamiento inusual. Cuando somos juzgados injustamente, no solo debemos aclarar nuestra propia conducta; también debemos procurar que los demás comprendan la verdad de lo que interpretaron mal.

Elí compensó entonces su juicio apresurado y poco amable al darle a Ana una bendición bondadosa y paternal (1 Samuel 1:17). No reaccionó como muchas personas cuando alguien corrige su error. No se ofendió ni se irritó. Más bien, volvió a animarla a orar, después de haberla desanimado al principio. Al decirle: «Vete en paz», mostró que estaba convencido de que ella era inocente. Luego, como sumo sacerdote, la bendijo en el nombre del SEÑOR. Aunque no sabía exactamente por qué estaba orando, añadió su «amén» a su petición. Ahora tenía una opinión tan buena de la sabiduría y la devoción de Ana que dijo: «Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido».

Con un comportamiento amable y humilde hacia quienes hablan en contra de nosotros porque no nos conocen, a veces podemos ganarnos su amistad y hacer que sus críticas se conviertan en oraciones a nuestro favor.

Entonces Ana se fue con mucha paz interior (1 Samuel 1:18). Le pidió a Elí que conservara su buena opinión de ella y que siguiera orando por ella; después comió parte de la comida del sacrificio de paz que quedaba. No debía dejarse nada hasta la mañana, y ahora su rostro ya no estaba triste. Ya no reflejaba la angustia ni la inquietud que había mostrado antes. Se veía alegre y satisfecha, y todo estaba bien.

¿Qué había cambiado? ¿Por qué de repente tenía paz? Había presentado su situación ante Dios en oración y la había dejado en sus manos; por eso ya no estaba angustiada por ella. Había orado por sí misma, y Elí también había orado por ella. Creía que Dios le concedería la misericordia que le había pedido o que compensaría su ausencia de alguna otra manera. La oración trae descanso al alma que confía en la gracia de Dios, y el pueblo de Jacob lo ha comprobado muchas veces, porque Dios nunca les dirá: «Búsquenme en vano» (Filipenses 4:6-7). La oración debe traer calma al rostro, y así sucede cuando es una oración verdadera.

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