Versículo destacado
1 Reyes 13:23 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después que hubo comido pan y bebido, ensilló para él el asno, es decir, para el profeta a quien había hecho regresar. "
1 Reyes 13:23
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
21 Y clamó al hombre de Dios que había venido de Judá, diciendo: Así dice el SEÑOR: Por cuanto has desobedecido la boca del SEÑOR y no has guardado el mandamiento que el SEÑOR tu Dios te ordenó,
22 sino que regresaste y comiste pan y bebiste agua en el lugar del cual el Señor te dijo: “No comas pan ni bebas agua”, tu cadáver no llegará al sepulcro de tus padres.
23 Después que hubo comido pan y bebido, ensilló para él el asno, es decir, para el profeta a quien había hecho regresar.
24 Cuando se fue, un león lo encontró en el camino y lo mató. Su cadáver quedó tendido en el camino, y el asno permaneció junto a él; también el león permaneció junto al cadáver.
25 Y sucedió que unos hombres pasaron por allí y vieron el cadáver tendido en el camino y al león de pie junto al cadáver. Entonces fueron y lo contaron en la ciudad donde vivía el profeta anciano.
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Aquí vemos la muerte del profeta que fue engañado para desobedecer. El profeta anciano que lo había inducido a regresar le dio un asno para el viaje de vuelta, quizá como una manera de compensar el mal que le había hecho. Pero en el camino, un león lo atacó y lo mató (1 Reyes 13:23-24). Solo había regresado para descansar cuando sintió hambre, pero la muerte le sobrevino por causa de ello. Véase también el juramento imprudente de Saúl (1 Samuel 14:43).
Su pecado seguía siendo grave, y el hecho de haber sido engañado por una mentira no lo justificaba. No podía tener la misma certeza acerca de un mensaje transmitido por otra persona que la que tenía sobre el mandato que Dios le había dado directamente. No tenía una buena razón para pensar que el mandato había sido cancelado, puesto que la razón de ese mandato todavía permanecía: debía manifestar abiertamente su rechazo a la maldad de aquel lugar. También tenía fuertes razones para dudar del profeta anciano, porque él mismo no había hablado en contra de la idolatría, y Dios no lo había usado como testigo contra ella. El profeta debió haberse detenido y pedirle dirección a Dios, en vez de ceder tan rápidamente. ¿Acaso pensó que la casa del profeta anciano en Betel era un lugar más seguro para comer que cualquier otra casa de la ciudad, cuando Dios le había prohibido comer en cualquier parte de ella? Eso habría sido distorsionar el mandato y ponerse por encima de Dios. ¿Y podía el hambre excusarlo? ¿Había olvidado que el ser humano no vive solo de pan?
Su muerte también dio gloria a Dios. Mostró, en primer lugar, que nada provoca más a Dios que desobedecer un mandato claro, aun en algo que parezca pequeño. Esto ayuda a entender lo que Dios hizo con Adán y Eva cuando comieron del fruto prohibido. También mostró que Dios se disgusta con los pecados de su propio pueblo. Nadie queda protegido de las consecuencias de la desobediencia por ocupar un cargo santo, estar cerca de Dios o ser útil en su servicio.
Dios también pudo haber usado esto como un juicio justo para endurecer el corazón de Jeroboam, ya que el rey no había cambiado después de que su mano se secara. Jeroboam pudo haber interpretado mal la muerte del profeta, diciendo que este había recibido lo que merecía por haberse entrometido con el altar, o que la providencia lo había castigado por su atrevimiento. Aun así, Dios estaba advirtiendo a todos aquellos a quienes envía que deben cumplir sus instrucciones, pues desobedecerlas los pone en peligro.
También vemos la extraña protección del cuerpo del profeta, que mostró misericordia en medio del juicio. El león no se comió el cuerpo ni siquiera despedazó al asno (1 Reyes 13:24-25). Tampoco atacó a los viajeros que pasaban por allí y lo vieron, ni hizo daño al profeta anciano cuando llegó para recuperar el cuerpo. El león había sido enviado solamente para matar al profeta, y no fue más allá. De esta manera, Dios mostró que, aunque estaba enojado, su ira no llegó más lejos que la muerte.
El profeta anciano también se ocupó del entierro. Cuando se enteró de lo ocurrido, concluyó que aquel era el hombre de Dios que había desobedecido a su Señor, aunque la culpa más profunda seguía recayendo sobre quien lo había engañado. Dijo: «El Señor lo entregó al león» (1 Reyes 13:26). Habría sido más apropiado que preguntara por qué el león no había sido enviado contra él y su familia, en lugar de contra el buen hombre al que había engañado. Aun así, recogió el cadáver (1 Reyes 13:29). Aunque quizá antes había tenido la intención de burlarse de él, ahora su conciencia se ablandó y lloró por él. Como Joab, que lamentó la muerte de Abner, se vio obligado a llorar por el hombre cuya muerte había ayudado a provocar. Decían: «¡Ay, hermano mío!» (1 Reyes 13:30).
El caso era profundamente triste. Un profeta fiel y valiente murió como si fuera un criminal, mientras el profeta anciano que había mentido vivía cómodamente y el rey idólatra disfrutaba de poder y honra. Los caminos de Dios muchas veces están más allá de nuestro entendimiento. No podemos juzgar a una persona solamente por la manera en que sufre, ni juzgar un pecado por si el castigo llega de inmediato. En algunos casos, el cuerpo es afligido para que el alma sea salva. En otros, el cuerpo se debilita por la comodidad y la prosperidad, mientras el alma madura para el juicio.
Entonces el profeta anciano les dijo a sus hijos cómo debían enterrarlo. Les ordenó que lo sepultaran en la misma tumba que al hombre de Dios, poniendo sus huesos junto a los del profeta, lo más cerca posible (1 Reyes 13:31). Aunque él mismo había sido un profeta mentiroso, quería morir como un verdadero profeta. En efecto, dijo: «No me entierren con los pecadores de Betel, sino con el hombre de Dios». Dio dos razones.
Primero, estaba confirmando la advertencia que el profeta muerto había proclamado. Como la misma predicción había sido expresada por dos testigos, la palabra quedaría establecida, si Jeroboam todavía pudiera ser persuadido a volver atrás. Segundo, estaba honrando al profeta muerto como un hombre cuyas palabras se cumplirían, aunque él mismo hubiera caído. Los ministros mueren, a veces demasiado pronto, pero la palabra del Señor no muere con ellos.
También estaba pensando en su propia seguridad. Como se había anunciado que se quemarían huesos humanos sobre el altar de Jeroboam, quería que los suyos fueran colocados junto a los del profeta para que no fueran perturbados. Con el tiempo, eso fue precisamente lo que los protegió (2 Reyes 23:18). Hay seguridad en la buena compañía, tanto en la vida como en la muerte.
Aquí no se menciona la inscripción de la tumba del profeta, pero se registra más adelante (2 Reyes 23:17). Cuando Josías preguntó qué significaba el monumento, le dijeron que era la tumba del hombre de Dios que había venido de Judá y había anunciado precisamente aquellas palabras contra el altar. Así, el epitafio conservó la memoria de la profecía y siguió siendo un testimonio permanente contra la idolatría de Betel. No habría cumplido ese propósito con tanta claridad si el profeta hubiera muerto y sido enterrado en otro lugar. Aquí se llama ciudades de Samaria a las ciudades de Israel, aunque ese nombre todavía no era conocido en aquel tiempo, porque el escritor inspirado usó el lenguaje de su propia época.
Finalmente, vemos la obstinación de Jeroboam en su idolatría. No se apartó de su mal camino (1 Reyes 13:33). Alguien había reparado el altar que Dios había derribado, y Jeroboam volvió a ofrecer sacrificios sobre él. Quizá se sintió más atrevido porque el profeta que lo había perturbado ahora estaba en la tumba (Apocalipsis 11:10) y porque la advertencia parecía estar muy lejos de cumplirse.
Se habían usado muchos medios para hacer que Jeroboam regresara, pero nada funcionó. Ni las amenazas ni las señales, ni los castigos ni los actos de misericordia lograron moverlo; estaba tan aferrado a sus becerros que ni siquiera reformó su sacerdocio. En vez de eso, hizo sacerdotes a cualquiera que estuviera dispuesto a servir, sin importar cuán inexperto o inmoral fuera, ni de qué tribu procediera.
Esto se convirtió en pecado para Jeroboam; es decir, primero se convirtió en una trampa y después trajo ruina sobre su familia, hasta exterminarla (1 Reyes 13:34). La pérdida, las dificultades y la destrucción de las familias son fruto del pecado. Jeroboam había esperado que los becerros aseguraran la corona para su familia, pero terminaron costándole el reino y llevando a su casa a la ruina. Se engañan a sí mismos quienes creen que pueden sostenerse por medio de cualquier clase de pecado.
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De este capítulo
1 Reyes 13:1
"Y sucedió que un hombre de Dios vino de Judá a Betel por palabra del SEÑOR, mientras Jeroboam estaba junto al altar para quemar incienso."
1 Reyes 13:2
"Y clamó contra el altar por palabra del SEÑOR, diciendo: «¡Altar, altar! Así dice el SEÑOR: Un niño llamado Josías nacerá para la casa de David. Sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los lugares altos que queman incienso sobre ti, y sobre ti serán quemados huesos humanos»."
1 Reyes 13:3
"Aquel mismo día dio una señal, diciendo: «Esta es la señal de la que ha hablado el SEÑOR: El altar se partirá, y las cenizas que están sobre él se derramarán»."
1 Reyes 13:4
"Cuando el rey Jeroboam oyó lo que el hombre de Dios había dicho al clamar contra el altar en Betel, extendió la mano desde el altar y dijo: «¡Agárrenlo!». Pero la mano que había extendido contra él se le secó, de modo que no pudo volver a recogerla hacia sí."
1 Reyes 13:5
"También el altar se partió y las cenizas se derramaron del altar, conforme a la señal que el hombre de Dios había dado por palabra del SEÑOR."
1 Reyes 13:6
"Entonces el rey respondió al hombre de Dios: «Suplica ahora al rostro del SEÑOR tu Dios y ora por mí, para que mi mano me sea restaurada». El hombre de Dios suplicó al SEÑOR, y la mano del rey le fue restaurada y quedó como estaba antes."
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