Versículo destacado
1 Samuel 1:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Se levantaron muy temprano por la mañana, adoraron delante del SEÑOR, regresaron y llegaron a su casa en Ramá. Elcana conoció a Ana, su esposa, y el SEÑOR se acordó de ella. "
1 Samuel 1:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 Entonces Elí respondió: «Ve en paz, y que el Dios de Israel te conceda la petición que le has pedido».
18 Ella dijo: «Que tu sierva halle favor ante tus ojos». Entonces la mujer siguió su camino, comió y su rostro ya no estuvo triste.
19 Se levantaron muy temprano por la mañana, adoraron delante del SEÑOR, regresaron y llegaron a su casa en Ramá. Elcana conoció a Ana, su esposa, y el SEÑOR se acordó de ella.
20 Así sucedió que, llegado el tiempo después de que Ana concibió, dio a luz un hijo y lo llamó Samuel, diciendo: «Porque se lo pedí al SEÑOR».
21 El hombre Elcana y toda su casa subieron para ofrecer al SEÑOR el sacrificio anual y su voto.
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Aquí vemos, en primer lugar, que Elcana y su familia regresaron a casa cuando terminaron los días de la fiesta (1 Samuel 1:19). Observemos cómo aprovecharon bien el tiempo que pasaron en el tabernáculo. Cada día que estuvieron allí, incluso el día en que emprendían el viaje de regreso, adoraron a Dios y se levantaron temprano para hacerlo. Es bueno comenzar el día con Dios y darle el primer lugar. Tenían por delante un viaje largo y llevaban a sus hijos con ellos; aun así, no se fueron hasta haber adorado juntos. La oración y el viaje no se estorban mutuamente. Ya habían pasado varios días adorando, pero volvieron a hacerlo una vez más. Nunca debemos cansarnos de hacer el bien.
Luego vemos el nacimiento y el nombre del hijo tan deseado. Finalmente, el Señor se acordó de Ana, tal como ella lo había pedido en oración (1 Samuel 1:11), y eso era todo lo que necesitaba. Ella concibió y dio a luz un hijo. Aunque en ocasiones parezca que Dios ha olvidado las cargas, los problemas, las preocupaciones y las oraciones de su pueblo, con el tiempo demostrará que nunca dejaron de estar en su mente. Ana llamó Samuel a su hijo (1 Samuel 1:20). Algunos entienden que ese nombre significa «escuchado por Dios», de manera parecida a Ismael, porque sus oraciones habían sido claramente escuchadas. Otros creen que significa «pedido a Dios», porque ella explica que por esa razón le puso ese nombre. En cualquier caso, el sentido es el mismo: quería que el nombre conservara vivo el recuerdo de la bondad de Dios al responder sus oraciones. Cada vez que pronunciara su nombre, podría recordar la misericordia de Dios y darle gloria por ella.
Las misericordias recibidas como respuesta a la oración deben recordarse con un agradecimiento especial, como vemos en Salmos 116:1-2. Muchas liberaciones oportunas y provisiones podrían llamarse nuestros «Samuel», es decir, cosas que hemos pedido a Dios. Todo lo que recibimos de esa manera debe dedicarse especialmente a él. Ana también quería que ese nombre le recordara a su hijo que pertenecía al Señor, pues había sido pedido a Dios y consagrado a él. Un hijo recibido en respuesta a la oración tiene una responsabilidad especial de ser un buen hijo. La madre de Lemuel le recuerda que él era el hijo de sus votos (Proverbios 31:2).
Después vemos el cuidado esmerado de Ana al amamantar al niño. Lo hizo no solo porque lo amaba, sino también porque lo había dedicado a Dios; por eso lo amamantó ella misma en vez de entregarlo a otra mujer. Debemos cuidar a nuestros hijos no solo como nuestros por naturaleza, sino también como aquellos que Dios nos ha dado y que le pertenecen bajo el pacto de la gracia. Véanse Ezequiel 16:20-21. Cuando se realiza para el Señor, la tarea de amamantar se vuelve santa.
Elcana subía cada año para adorar en el tabernáculo y cumplir su voto, quizá un voto que había hecho por su cuenta, si Dios le concedía un hijo por medio de Ana (1 Samuel 1:21). Pero Ana, aunque seguía amando la casa de Dios, le pidió permiso a su esposo para quedarse en casa. Las mujeres no estaban obligadas a asistir a las tres fiestas anuales como lo estaban los hombres. Ella había ido antes, pero ahora quería ser excusada por dos razones.
Primero, no quería alejarse demasiado tiempo de su hijo lactante. ¿Acaso una madre puede olvidar a su bebé que todavía amamanta? Podemos pensar que se quedó en casa todo el tiempo, porque si hubiera ido a algún lugar, habría ido a Silo. Dios desea misericordia y no sacrificio. Quienes no pueden asistir al culto público porque están cuidando a niños pequeños pueden encontrar consuelo en este ejemplo. Si cumplen con ese deber teniendo a Dios en cuenta, él lo aceptará con agrado; y aunque se queden en casa, participarán de la recompensa.
Segundo, no quería subir a Silo hasta que su hijo tuviera la edad suficiente no solo para ir, sino también para permanecer allí. Si lo llevaba entonces, pensaba que nunca tendría el valor de traerlo de regreso. Quienes están firmemente decididos a cumplir sus votos aún pueden tener buenas razones para esperar antes de cumplirlos. Todo es hermoso a su debido tiempo. Un animal no era aceptado para el sacrificio hasta haber permanecido algún tiempo con su madre (Levítico 22:27). La fruta es mejor cuando está madura.
Elcana estuvo de acuerdo con lo que ella propuso y le dijo: «Haz lo que te parezca bien» (1 Samuel 1:23). Estaba muy lejos de querer oponerse a ella. Dejó completamente el asunto en sus manos. Es algo bueno y agradable cuando el esposo y la esposa avanzan juntos, cediendo el uno al otro y aprobando lo que hace el otro, especialmente en obras de fe y bondad. Él también añadió una oración: «Solo que el Señor confirme su palabra». Es decir, que Dios conservara al niño a salvo de los peligros de la infancia, para que el voto solemne —cuya aceptación Dios había mostrado al concederles el hijo— pudiera cumplirse a su debido tiempo y todo llegara a completarse. Quienes han entregado sinceramente a sus hijos a Dios pueden orar con confianza para que él confirme la palabra que les dio cuando los apartaron para sí.
Finalmente, el niño fue llevado al servicio del santuario. Podemos suponer que primero fue presentado al Señor a los cuarenta días de nacido, como todos los hijos primogénitos (Lucas 2:22-23), pero eso era algo común y por eso no se menciona aquí. Ahora que había sido destetado, fue presentado, no para ser rescatado. Algunos creen que lo llevaron tan pronto como dejó de amamantar, lo cual, según los judíos, no ocurría sino hasta los tres años, ya que el texto dice que ella le dio de mamar hasta que lo destetó (1 Samuel 1:23). Otros piensan que no lo llevaron hasta que fue destetado de las costumbres propias de un niño, quizá a los ocho o diez años. Pero no hay ningún problema en admitir a un niño tan excepcional en el tabernáculo a los tres años, para que aprendiera junto a los hijos de los sacerdotes. El texto dice que el niño era pequeño (1 Samuel 1:24), pero era sabio para su edad y no era difícil cuidarlo. Nadie puede comenzar demasiado temprano a vivir para Dios. El lenguaje hebreo sugiere que todavía era un niño en sus años de aprendizaje. ¿A quién habría de enseñar Dios conocimiento, sino a quienes apenas han dejado la leche y han sido apartados del pecho? (Isaías 28:9).
Observemos cómo presentó a su hijo: con un sacrificio y con palabras de agradecimiento. Llevó tres toros, junto con una ofrenda de cereal por cada uno (1 Samuel 1:24). Tal vez llevó un toro por cada año de vida del niño. O quizá uno era una ofrenda quemada, otro una ofrenda por el pecado y otro una ofrenda de paz. Ana no pensó que al entregarle su hijo a Dios hacía que Dios le debiera algo. Más bien, consideró apropiado buscar el favor de Dios para su sacrificio viviente mediante esos animales ofrecidos en sacrificio. Todas nuestras promesas a Dios, tanto por nosotros mismos como por nuestros hijos, deben hacerse por medio del sacrificio, por medio del gran sacrificio.
También dio un testimonio agradecido de la bondad de Dios al responder su oración. Se lo dijo a Elí porque él la había animado a esperar una respuesta de paz (1 Samuel 1:26-27): «Por este niño oraba». Allí lo había recibido mediante la oración, y allí lo entregaba al Dios que escucha la oración.
«Usted se ha olvidado de mí, mi señor, pero yo soy la misma mujer que estuvo aquí hace tres años, llorando y orando. Este es el niño por el que oré». Las respuestas a la oración pueden expresarse con humildad y, aun así, dar gloria a Dios. Ana ofrece un testimonio vivo de la bondad de Dios. En efecto, está diciendo: «Yo soy una prueba de que él es bondadoso» (Salmos 66:16-19). Por esta misericordia y este consuelo oré, y el Señor me concedió lo que le pedí (Salmos 34:2, 4, 6).
Ana no le recuerda a Elí la sospecha que él había mostrado antes. No le dice: «Yo soy la mujer a la que usted juzgó con dureza; ¿qué piensa de mí ahora?». Las personas buenas no deberían seguir siendo reprochadas por sus debilidades y errores. Ya se han arrepentido de ellos, así que no deberían volver a escuchar que se los echen en cara.
También renuncia a reclamar plenamente a este hijo y lo ofrece al Señor durante toda su vida, como dice 1 Samuel 1:28: «Se lo he prestado al Señor mientras viva». Repite esto porque nunca piensa retractarse. La palabra que usa es la misma que había usado antes para pedirle el niño al Señor, aunque en una forma diferente. De este modo, el nombre de Samuel adquiere otro significado: no solo es «pedido a Dios», sino también «devuelto a Dios».
Aquí debemos observar dos cosas. Primero, todo lo que le damos a Dios es algo que primero hemos recibido de él. Todos nuestros regalos para él fueron antes regalos suyos para nosotros: «De lo tuyo te hemos dado» (1 Crónicas 29:14, 16). Segundo, todo lo que le damos a Dios puede llamarse un préstamo, porque aunque no podamos reclamarlo, él ciertamente nos lo devolverá con grandes beneficios para nuestro bien, especialmente cuando damos a los pobres (Proverbios 19:17).
Cuando dedicamos a nuestros hijos a Dios en el bautismo, debemos recordar que ellos ya le pertenecían por derecho propio y que esto hace que sean aún más nuestros para nuestro consuelo. Ana le entrega Samuel al Señor, no por un número determinado de años, como quien entrega a alguien para ser aprendiz. Se lo entrega de por vida. Samuel debía ser prestado al Señor mientras viviera: un nazareo de por vida.
Nuestro pacto con Dios debe ser como un pacto matrimonial. Mientras vivamos, debemos pertenecerle y nunca apartarnos de él. Samuel también cumplió su parte mucho mejor de lo que podría esperarse de un niño tan pequeño. Parece decir que allí adoró al Señor, lo cual significa que oró. Sin duda estaba especialmente dispuesto para ello y su madre, ya que lo había destinado al santuario, se preocupó especialmente por prepararlo para la labor que realizaría allí.
Los niños pequeños deben aprender desde temprano a adorar a Dios. Sus padres deben enseñarles cómo adorarlo, llevarlos a participar en la adoración y animarlos a tomar parte en ella según sus capacidades. Dios los recibirá con bondad y les enseñará a hacerlo cada vez mejor.
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De este capítulo
1 Samuel 1:1
"Había un hombre de Ramataim de Zofim, del monte Efraín, que se llamaba Elcana. Era hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Tohu, hijo de Zuf, efrateo."
1 Samuel 1:2
"Tenía dos esposas: una se llamaba Ana y la otra, Penina. Penina tenía hijos, pero Ana no tenía hijos."
1 Samuel 1:3
"Cada año, este hombre subía desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios al SEÑOR de los ejércitos en Silo. Allí estaban los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes del SEÑOR."
1 Samuel 1:4
"Cuando llegaba el momento en que Elcana ofrecía el sacrificio, daba porciones a Penina, su esposa, y a todos sus hijos e hijas."
1 Samuel 1:5
"Pero a Ana le daba una porción digna, porque amaba a Ana, aunque el SEÑOR había cerrado su vientre."
1 Samuel 1:6
"Además, su rival la provocaba duramente para hacerla sufrir, porque el SEÑOR había cerrado su vientre."
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