Versículo destacado

1 Reyes 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Roboam fue a Siquem, porque todo Israel había venido a Siquem para hacerlo rey. "

1 Reyes 12:1

menu_book El versículo en contexto

1 Roboam fue a Siquem, porque todo Israel había venido a Siquem para hacerlo rey.

2 Y sucedió que Jeroboam hijo de Nabat, que todavía estaba en Egipto, se enteró de ello (pues había huido de la presencia del rey Salomón, y Jeroboam vivía en Egipto);

3 entonces enviaron a llamarlo. Jeroboam y toda la congregación de Israel fueron y hablaron con Roboam, diciendo:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón tuvo mil esposas y concubinas; sin embargo, solo leemos acerca de un hijo que continuó con su nombre, y ese hijo fue un necio. Como dice Oseas: «Se entregarán al pecado, pero no aumentarán» (Oseas 4:10). El pecado es una manera muy deficiente de formar una familia.

Roboam, hijo de Salomón, el más sabio de los hombres, no heredó la sabiduría de su padre. Por eso, de poco le sirvió heredar también su trono. La sabiduría y la gracia no se transmiten por la sangre. Salomón llegó a ser rey siendo joven, pero ya era sabio. Roboam llegó a ser rey a los cuarenta años, cuando una persona ya suele ser sabia, si es que alguna vez lo será; sin embargo, entonces demostró ser un necio. La edad no garantiza la sabiduría, ni tampoco muchos años de vida o una buena educación.

La corte de Salomón era un centro de sabiduría y un lugar de reunión para hombres instruidos, y Roboam era allí el favorito. Aun así, nada de eso bastó para hacerlo sabio. «No siempre la carrera la gana el más veloz, ni la batalla el más fuerte» (Eclesiastés 9:11). Nadie discutía el derecho de Roboam al trono. Cuando murió su padre, fue proclamado rey de inmediato.

El pueblo le pidió reunirse con él en Siquem, y Roboam aceptó ir allí. Decían que querían hacerlo rey, pero su verdadero propósito era debilitarlo. Querían una coronación pública en un lugar distinto de la ciudad de David, para que no pareciera que era rey solamente de Judá. Como ellos tenían diez tribus, querían que por una vez estuviera entre ellos, para poder reconocer su autoridad.

El lugar mismo era una advertencia. Siquem era donde Abimelec, un antiguo gobernante que se había apoderado del poder, se había establecido como rey (Jueces 9). Sin embargo, Siquem también era famoso por ser el lugar donde la nación se reunió para hacer pacto delante de Dios (Josué 24:1). Es posible que Roboam supiera que el reino estaba amenazado por la división y que esperara impedirla al ir a Siquem y encontrarse allí con las diez tribus. Pero, en vez de eso, tomó la peor decisión posible y contribuyó a que la ruptura ocurriera más pronto.

Los representantes de las tribus se presentaron ante él y le pidieron que los liberara de los pesados impuestos que habían estado pagando. Como la reunión ya estaba organizada, mandaron llamar a Jeroboam, que vivía en Egipto, para que hablara en nombre de ellos. En realidad, no necesitaban mandarlo llamar. Él sabía lo que Dios había dispuesto para él y habría venido de todos modos, porque había llegado el momento de esperar el reino que se le había prometido.

En su petición, se quejaron del reinado anterior: «Tu padre hizo pesado nuestro yugo» (1 Reyes 12:4). No se quejaron de la idolatría de Salomón ni de que se hubiera apartado de Dios. La carga más grande no significaba nada para ellos. Eran tan descuidados en cuanto a la religión que actuaban como si Dios y Moloc, un dios falso, fueran lo mismo, con tal de vivir cómodamente y pagar menos impuestos.

Aun así, su queja era injusta. Nunca habían vivido con mayor comodidad ni en mayor abundancia. Si pagaban impuestos, era para fortalecer y embellecer su reino. Si los proyectos de construcción de Salomón les costaban dinero, no les costaban sangre, como habría sucedido en una guerra. Y si muchos sirvientes trabajaban en esos proyectos, no eran israelitas. Si los impuestos parecían pesados, ¿cómo podía ser así cuando Salomón recibía tanta riqueza que la plata era casi tan común como las piedras? Sencillamente, estaban entregando a Salomón lo que le pertenecía.

Además, aunque hubiera existido alguna dificultad, ya se les había advertido que ese sería el tipo de rey que tendrían, y aun así habían querido uno. Ningún gobierno puede evitar las críticas, ni siquiera el de Salomón. Los alborotadores siempre encontrarán algo de qué quejarse. Nada en el gobierno de Salomón parece haber hecho realmente pesada la carga del pueblo, a menos que quizá las mujeres que él amó en sus últimos años hubieran recibido permiso para oprimirlo.

Le pidieron alivio y dijeron que, con esa condición, seguirían siendo leales a la familia de David. No pidieron quedar completamente libres de impuestos, sino que se redujera la carga. Eso era todo lo que les importaba: ahorrar su dinero, sin importar si se sostenía la adoración a Dios o se protegía el gobierno. Cada persona busca su propio beneficio.

Entonces Roboam pidió consejo sobre cómo responderles. Fue sensato buscar orientación, especialmente porque él tenía tan poco criterio propio. Sin embargo, en este caso, tomarse tiempo no fue una decisión políticamente sabia, porque les dio a los descontentos la oportunidad de prepararse para la rebelión. Su demora también haría parecer que no le importaba mucho el bienestar del pueblo. Ellos entendieron lo que podían esperar y se prepararon para ello.

Los hombres mayores de su consejo le dieron un consejo acertado. Le recomendaron responderles con amabilidad, hablarles bien y servir al pueblo en ese día decisivo. En otras palabras, debía decirles que era su siervo, prometer corregir sus agravios y hacer que fuera su preocupación agradarlos y aliviar su carga. «Niégate a ti mismo —le dijeron— lo suficiente para hacerlo ahora, y ellos serán tus siervos para siempre». Cuando una respuesta amable calma a la multitud y esta vuelve a sus casas, sus pensamientos más serenos todavía pueden llevarla a permanecer fiel a la familia de Salomón. La manera de gobernar es servir, hacer el bien y humillarse para ayudar a los demás. Quienes tienen autoridad realmente ocupan el lugar más alto, más seguro y más cómodo cuando siguen ese camino.

Pero los jóvenes que formaban parte de su consejo eran orgullosos y duros, y le aconsejaron responder con amenazas. Esto mostró la debilidad de Roboam. No escogió a los consejeros mayores, sino que confió en los jóvenes que habían crecido con él y a quienes conocía bien (1 Reyes 12:8). Los mayores debieron hablar primero. Fue una insensatez pensar que, porque esos hombres habían sido compañeros agradables durante su juventud, por eso estaban capacitados para gobernar el reino. Una gran capacidad no siempre significa gran sabiduría, y las personas que nos hacen reír no siempre son las personas en quienes debemos confiar.

Esta es una lección seria para los jóvenes que comienzan su vida adulta. La compañía que eligen, las personas a quienes escuchan y los consejeros de quienes dependen tienen una enorme importancia. Si consideran sus mejores amigos a quienes alimentan su orgullo, fomentan su vanidad y los ayudan a disfrutar de sus placeres, ya se encuentran en el camino de la ruina.

Roboam también fracasó porque no escogió un consejo moderado. Prefirió a consejeros que lo impulsaban a tomar medidas severas y crueles. Lo instaron a aumentar los impuestos, hubiera o no necesidad de hacerlo, y a decir claramente que así lo haría (1 Reyes 12:10-11). Estos jóvenes pensaban que los hombres mayores habían hablado con demasiada sencillez y debilidad (1 Reyes 12:7). Querían parecer ingeniosos y se tenían en alta estima por eso. Los hombres mayores solo le habían dicho a Roboam que hablara bien al pueblo, pero los jóvenes le ofrecieron frases agudas y ostentosas, entre ellas esta jactancia: «Mi dedo meñique será más grueso que la cintura de mi padre».

No siempre es mejor decir lo primero que se nos ocurre. Roboam, hijo de Salomón, respondió al pueblo siguiendo el consejo de los jóvenes (1 Reyes 12:14-15). Intentó parecer orgulloso y severo. Pensó que podía obligar a todos a obedecerle, y prefirió arriesgarse a perderlos antes que hablarles con amabilidad y humillarse.

Muchas personas se arruinan porque siguen más su propio temperamento que lo que realmente les conviene. Roboam actuó con un criterio completamente equivocado. No podría haber escogido un camino peor ni menos sensato.

En primer lugar, admitió que el pueblo tenía razón acerca del gobierno de su padre: «Mi padre hizo pesado su yugo». Al decirlo, fue injusto con la memoria de su padre, pues esa acusación podía haberse respondido de manera más completa. En segundo lugar, creyó ser más fuerte y más capaz que su padre Salomón para controlar al pueblo y mantenerlo en orden. No se detuvo a pensar que él era mucho menos capaz que Salomón. ¿Cómo esperaba ocultar los defectos del reinado de su padre si ni siquiera podía acercarse a su grandeza?

En tercer lugar, amenazó no solo con imponerles más impuestos, sino también con castigarlos mediante leyes severas y penas crueles. Dijo que su disciplina sería como escorpiones, refiriéndose a látigos con puntas afiladas que cortaban y provocaban dolor en cada golpe. En resumen, planeaba tratarlos como animales irracionales, cargándolos y azotándolos a su antojo. No le importaba que lo amaran. Quería que le tuvieran miedo.

En cuarto lugar, dio esa respuesta cruel a un pueblo que se había vuelto rico, fuerte y orgulloso gracias a muchos años de paz y prosperidad. Un pueblo así no aceptaría tranquilamente que lo aplastaran, como quizá lo habría hecho un pueblo pobre y quebrantado. Ya estaban listos para rebelarse y tenían preparado a un hombre que los dirigiría. Nadie estuvo más cegado por el orgullo y el deseo de poder absoluto, y nada es más peligroso que eso.

En todo esto se cumplió el propósito de Dios. Fue «obra del Señor» (1 Reyes 12:15). Dios dejó a Roboam entregado a su propia necedad y le ocultó aquello que habría traído paz, para que el reino le fuera arrebatado. Dios usa las decisiones insensatas y los pecados de las personas para llevar a cabo sus propios propósitos sabios y justos. Atrapa a los pecadores en la obra de sus propias manos. De la misma manera, quienes pierden el reino de los cielos lo desechan ellos mismos, así como Roboam desechó su propio reino por su obstinación y necedad.

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