Versículo destacado
Zacarías 2:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" ¡Ea, ea! Salgan y huyan de la tierra del norte —declara el SEÑOR—, porque yo los he dispersado como los cuatro vientos del cielo —declara el SEÑOR—. "
Zacarías 2:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 y le dijo: Corre, habla con este joven y dile: Jerusalén será habitada como pueblos sin murallas, por la multitud de hombres y ganado que habrá en ella.
5 Porque yo —declara el SEÑOR— seré para ella un muro de fuego a su alrededor y seré la gloria en medio de ella.
6 ¡Ea, ea! Salgan y huyan de la tierra del norte —declara el SEÑOR—, porque yo los he dispersado como los cuatro vientos del cielo —declara el SEÑOR—.
7 ¡Líbrate, Sion, tú que habitas con la hija de Babilonia!.
8 Porque así dice el SEÑOR de los ejércitos: Después de la gloria, él me ha enviado a las naciones que los saquearon; porque quien los toca, toca la niña de su ojo.
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Uno podría haber esperado que la proclamación de Ciro, por la que los judíos cautivos recibieron libertad para regresar a su propia tierra, los hiciera volver a todos. Fue algo parecido a cuando el faraón dejó salir a Israel de Egipto, de modo que no quedó atrás ni una sola pezuña. Pero eso no fue lo que ocurrió. Unos 40,000 sintieron que Dios movía su corazón y regresaron, pero muchos, quizá la mayoría, se quedaron donde estaban.
Para la mayoría, la tierra del exilio se había convertido en la tierra donde habían nacido. Se habían establecido allí, habían echado raíces y muchos vivían cómodamente. Algunos quizá incluso habían adquirido propiedades o reconocimiento público, y no pensaban que regresar mejoraría su vida. Sentían poco amor por su propia tierra y creían que los peligros de volver eran demasiado grandes. Esto provenía de una raíz mala: la falta de confianza en el poder y la promesa de Dios, el amor por la comodidad y las riquezas, y la poca preocupación por la fe de su pueblo y por el Dios de Israel.
Esto también tuvo un efecto negativo. Al quedarse atrás, juzgaban silenciosamente a los que habían regresado, considerándolos insensatos, impulsivos o inestables. Su decisión también debilitaba las manos de quienes realizaban la obra de Dios. Personas así no podían cantar en su cautiverio, como se describe en el Salmo 137, porque se habían olvidado de Jerusalén. Estaban muy lejos de preferir Jerusalén por encima de su mayor alegría; de hecho, preferían cualquier alegría antes que Jerusalén.
Por eso, aquí Dios proclama nuevamente un mensaje para su pueblo nacido libre, dondequiera que haya sido dispersado. Les ordena regresar rápidamente a su propia tierra y ocupar allí su lugar. Clama en voz alta: «¡Ea, ea! Salgan y huyan de la tierra del norte» (Zacarías 2:6). Esto encaja bien después de la promesa de que Jerusalén sería reconstruida y ampliada. Si Dios iba a edificar la ciudad para el bien de ellos, debían ir a vivir en ella para su gloria, en vez de seguir escondidos en Babilonia.
Las promesas y bendiciones que Dios da a su pueblo deben impulsarnos a unirnos a él, cueste lo que cueste. Cuando Sion está siendo ampliada para hacer lugar a todo el pueblo de Dios, es una insensatez extrema que cualquiera de ellos se quede en Babilonia. No se debe continuar en el cautiverio de una vida pecaminosa, aunque desde el punto de vista del mundo parezca fácil. No; deben salir rápidamente y no perder tiempo, como alguien que huye por su vida sin volver la mirada atrás.
Dios da tres razones para que apresuren su regreso. Primero, están dispersos y necesitan reunirse para ayudarse y defenderse mutuamente. Él dice: «Yo los he dispersado como los cuatro vientos del cielo» (Zacarías 2:6). Los había dispersado en su enojo, y ahora esta invitación es una señal de que está dispuesto a reconciliarse con ellos. No deben rechazar su bondad.
Segundo, están en esclavitud y deben reclamar su libertad. Por eso se oye el llamado: «¡Sálvate, Sion!». Deben huir del opresor y hacer todo lo posible por escapar. Dios espera que los nobles hijos de Abraham hagan esfuerzos valientes en favor de su propia libertad. Cuando Cristo ha anunciado la liberación que él mismo obtuvo para los cautivos, cada uno de nosotros también debe esforzarse por librarse del dominio del pecado y no permitir que el pecado gobierne sobre nosotros.
Se dice que Sion vive junto a la hija de Babilonia porque muchos hijos valiosos de Sion vivían allí. Dondequiera que esté el pueblo de Dios, allí está su iglesia, porque no está atada a un solo lugar. Pero no es correcto que Sion permanezca junto a Babilonia. ¿Qué comunión puede haber entre la luz y la oscuridad? Sion correría el peligro de participar en los pecados de Babilonia y también en sus juicios. Por eso el mandato es: «Salgan de ella, pueblo mío» (Apocalipsis 18:4). No deben destruirse a sí mismos por permanecer en aquella tierra contaminada. Quienes quieran ser reconocidos como hijos de Dios deben salvarse de esta generación torcida, como Pedro exhortó a los nuevos creyentes (Hechos 2:40).
Tercero, quizá parecían abandonados y olvidados por Dios, pero ahora Dios demostraría que había asumido su causa y que la defendería con celo (Zacarías 2:8, 9). Los que se quedaron en Babilonia se desanimaban al ver las dificultades que enfrentaban sus hermanos después de regresar. Tal vez pensaban: «Más vale que nos quedemos quietos en vez de levantarnos para luego caer». Para responder a ese temor, el ángel que hablaba con el profeta, es decir, Cristo, explica lo que ha sido enviado a hacer para protegerlos y rescatarlos finalmente. Con esto también señala de antemano la gran redención que traería en el tiempo establecido por Dios.
Cristo, quien es el Señor, el SEÑOR de los ejércitos, dice: «Él me envió». Esto significa que el Padre lo envió. Lo que Jesús hace por su iglesia contra sus enemigos, lo hace bajo la comisión del Padre. Con frecuencia habla con gozo del Padre que lo envió.
Es enviado después de la gloria. Después del comienzo glorioso de su rescate, es enviado para completarlo, porque termina la obra que comienza. Primero es enviado a la nación y al pueblo judío, a quienes pertenecía la gloria (Romanos 9:4). Él mismo era la gloria de Israel. Pero después de la gloria también es enviado a las naciones, para ser luz de los gentiles y llevarlos, mediante el poder de su evangelio, a obedecerle.
También es enviado contra las naciones que habían hecho daño a Israel, para castigarlas por las injusticias cometidas contra Sion, cuando llegue el tiempo de los redimidos y el tiempo del juicio (Isaías 34:8). Agitará su mano sobre ellas, levantará su mano contra ellas y las golpeará con poder. Puede humillarlas fácilmente, casi con un simple movimiento de su mano. Ellas se convertirán en botín para sus propios siervos: serán esclavizadas por aquellos a quienes antes esclavizaron y saqueadas por aquellos a quienes antes saquearon. Esto se cumplió parcialmente en los días de Ester, cuando los judíos obtuvieron poder sobre quienes los odiaban (Ester 9:1), y volvió a ocurrir muchas veces en los días de los macabeos.
Esta promesa encuentra un cumplimiento aún mayor en la victoria de Cristo sobre nuestros enemigos espirituales. Él despojó de su poder a los poderes y autoridades, y los expuso públicamente como enemigos derrotados (Colosenses 2:15). Esto sigue siendo cierto para la iglesia del evangelio en la actualidad. Cristo ajustará cuentas con todos los que se oponen a su iglesia y, a su debido tiempo, los pondrá por estrado de sus pies (Salmo 110:1; Apocalipsis 3:9).
Lo que hace por su iglesia también es una prueba clara del tierno cuidado y amor de Dios por ella. «El que los toca, toca la niña de sus ojos». Esta es una manera intensa de expresar cuánto ama Dios a la iglesia. Cuando responde con tanta seriedad a las heridas que le causan, muestra cuán profundamente está involucrado en todo lo que le concierne y cómo considera los ataques contra ella como ataques contra sí mismo, incluso contra la parte más delicada del ojo. Esa parte se protege naturalmente con especial cuidado, y el más leve contacto es una ofensa grave.
Esta verdad anima al pueblo de Dios a orar con David: «Guárdame como a la niña de tus ojos» (Salmo 17:8). También lo impulsa a obedecer el sabio consejo de Salomón: guardar la ley de Dios con el mismo cuidado con que se protege la niña de los ojos (Proverbios 7:2). Algunos entienden el versículo de esta manera: quien te hace daño en realidad se hace daño a sí mismo, porque al final esa persona sufrirá la pérdida más grande.
Esto también demuestra claramente la misión de Cristo. «Sabrán que el SEÑOR de los ejércitos me ha enviado» para proteger a su iglesia, y que todas las promesas de Dios para la iglesia son «sí» y «amén» en él. La victoria de Cristo sobre nuestros enemigos espirituales demuestra que el Padre lo envió y que estaba con él.
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De este capítulo
Zacarías 2:1
"Volví a levantar los ojos y miré, y vi a un hombre con una cuerda de medir en la mano."
Zacarías 2:2
"Entonces pregunté: «¿Adónde vas?». Y él me respondió: «A medir Jerusalén, para ver cuánto mide de ancho y cuánto mide de largo»."
Zacarías 2:3
"Y vi que el ángel que hablaba conmigo salió, y otro ángel salió a su encuentro,"
Zacarías 2:4
"y le dijo: Corre, habla con este joven y dile: Jerusalén será habitada como pueblos sin murallas, por la multitud de hombres y ganado que habrá en ella."
Zacarías 2:5
"Porque yo —declara el SEÑOR— seré para ella un muro de fuego a su alrededor y seré la gloria en medio de ella."
Zacarías 2:7
"¡Líbrate, Sion, tú que habitas con la hija de Babilonia!."
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