Versículo destacado

Zacarías 14:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" En aquel día saldrán aguas vivas de Jerusalén: la mitad correrá hacia el mar oriental y la otra mitad hacia el mar occidental. Así será tanto en verano como en invierno. "

Zacarías 14:8

menu_book El versículo en contexto

6 En aquel día, la luz no será clara ni oscura.

7 Será un día único, conocido por el SEÑOR; no será día ni noche, pero al caer la tarde habrá luz.

8 En aquel día saldrán aguas vivas de Jerusalén: la mitad correrá hacia el mar oriental y la otra mitad hacia el mar occidental. Así será tanto en verano como en invierno.

9 El SEÑOR será rey sobre toda la tierra. En aquel día habrá un solo SEÑOR, y uno solo será su nombre.

10 Toda la tierra se convertirá en una llanura desde Geba hasta Rimón, al sur de Jerusalén. Jerusalén será elevada y estará habitada en su lugar, desde la puerta de Benjamín hasta el lugar de la puerta primera y hasta la puerta de la Esquina, y desde la torre de Hananeel hasta los lagares del rey.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se describen las bendiciones prometidas a Jerusalén, la Jerusalén del evangelio, en los días del Mesías, y a toda la tierra por medio de las bendiciones derramadas sobre Jerusalén, especialmente sobre la tierra de Israel.

Jerusalén será como un manantial de agua viva para el mundo. Esto se cumplió cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los apóstoles y, desde allí, la palabra del Señor se extendió a las naciones vecinas (Zacarías 14:8). Las aguas vivas fluirán desde Jerusalén porque allí comenzaron; desde ese lugar salieron quienes fueron enviados a proclamar el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones (Lucas 24:47). Donde llega el evangelio y donde el Espíritu de Dios lo acompaña, allí también llegan las aguas vivas. Esas corrientes que alegran la ciudad de Dios también alegran la región que la rodea y la convierten en un paraíso, como el jardín bien regado del Señor.

Fue un honor para Jerusalén que de allí saliera la palabra del Señor (Isaías 2:3). Incluso en sus días más oscuros y corruptos, Dios la convirtió en una bendición por amor a las promesas hechas en el pasado; y ser una bendición es, en sí mismo, una bendición. La mitad de estas aguas correrá hacia el mar oriental y la otra mitad hacia el mar occidental, como los ríos fluyen en distintas direcciones hasta llegar al mar. Del mismo modo, el evangelio se extenderá a todas las regiones del mundo: a unos que están lejos de Jerusalén en una dirección y a otros que están lejos en otra. El dominio del Redentor debe extenderse de mar a mar (Salmo 72:8), y la tierra debe llenarse del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar.

Este conocimiento de Dios se extenderá por todas partes y continuará cada día. Estas aguas vivas producirán iglesias orientales y occidentales, y cada una será gloriosa a su debido tiempo. También seguirán fluyendo en verano y en invierno. Quienes trabajan para extender el evangelio encontrarán oportunidades de servir tanto en verano como en invierno, y deben servir al Señor en todo momento (Hechos 20:18). El poder de Dios acompaña a estas aguas vivas para que no se sequen, y nada detendrá su curso, ni la sequía del verano ni el hielo del invierno.

El reino de Dios entre los seres humanos también será un reino universal y unido (Zacarías 14:9). Será universal porque el Señor será Rey sobre toda la tierra. Él es, y siempre ha sido, Rey por derecho propio, y su providencia gobierna todas las cosas. Nadie está fuera de su autoridad. Pero aquí se promete que será reconocido como Rey por todos y en todo lugar. Su gobierno será aceptado, obedecido y honrado. Esto se cumplirá en estas palabras: «Los reinos del mundo han pasado a ser de nuestro Señor y de su Cristo» (Apocalipsis 11:15).

También será un reino unido. Habrá un solo Señor, y su nombre será uno. Todos adorarán solamente a un Dios, no a los ídolos, y estarán unidos en esa adoración. Todos los dioses falsos quedarán atrás y desaparecerán las formas falsas de adoración. Dios mismo será el centro de su unidad, aquel en quien todos se encuentran, y la Escritura será la norma de esa unidad, el camino que todos seguirán.

La tierra de Judá y Jerusalén, su ciudad madre, también serán reparadas, volverán a llenarse de habitantes y quedarán bajo una protección especial del cielo (Zacarías 14:10-11). Algunos consideran que esto señala un favor especial hacia el pueblo judío, así como su conversión y restauración en los últimos tiempos. Sin embargo, es mejor entenderlo en sentido figurado, como una imagen de la iglesia del evangelio representada por Judá y Jerusalén. Muestra la abundante gracia con la que la iglesia será coronada, la fecundidad de sus miembros y el gran número de ellos.

La iglesia será como una tierra fértil, llena de los ricos frutos del suelo. Toda la tierra de Judá, aunque naturalmente irregular y montañosa, se convertirá en una llanura, un valle nivelado, desde Geba, o Guibeá, en el extremo norte, hasta Rimón, al sur de Jerusalén, en el extremo sur de Judá. Cuando el evangelio de Cristo llega con poder, nivela el terreno. Las montañas y las colinas son rebajadas para que solo el Señor sea exaltado.

La iglesia también será como una ciudad llena de habitantes. Mientras la tierra santa se nivela, la ciudad santa se llenará de personas. Jerusalén será levantada de su condición humilde y se alzará de entre sus ruinas. Cuando la tierra se convierta en una llanura, y no solo sea quitado el monte de los Olivos (Zacarías 14:4), sino también las demás montañas, Jerusalén se distinguirá con mayor claridad. Será habitada en su propio lugar, es decir, en Jerusalén (Zacarías 12:6). Toda la ciudad, dentro de sus límites completos, estará ocupada; no quedará ninguna parte desolada.

Aquí se mencionan los límites más distantes de la ciudad, y no habrá terrenos baldíos entre ellos. Todo será edificado: desde la Puerta de Benjamín, al noreste, hasta la Puerta de la Esquina, al noroeste, y desde la Torre de Hananel, al sur, hasta los lagares del rey, al norte. Cuando las iglesias de Cristo en todos los lugares estén llenas de muchos cristianos santos, humildes y comprometidos, y cada día se añadan muchos más, entonces esta promesa estará cumpliéndose.

Tanto la tierra como la ciudad estarán seguras: habrá alimento en la tierra y habitantes en la ciudad. Quienes vivan allí lo harán con seguridad, y nadie los hará sentir miedo. Ya no habrá una destrucción total que deje desolados la ciudad y el campo; no habrá más maldición, exterminio, separación de Dios para entregarse al mal ni juicios destructores como los que habían sufrido. Jerusalén será habitada con seguridad. No habrá peligro ni siquiera temor al peligro. Ni amigos ni enemigos podrán perturbar su paz. La promesa de Cristo explica esto: las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia. Esta misma seguridad se manifiesta en la calma y la confianza santas que tienen los creyentes cuando descansan en la protección de Dios.

Luego se anuncian juicios contra los enemigos de la iglesia, contra quienes han luchado o están luchando contra Jerusalén. Estas amenazas se dan para que la iglesia permanezca segura. Cuando las personas lean y escuchen acerca de estos juicios, tendrán miedo de luchar contra Jerusalén. Y cuando estos juicios se cumplan en algunos, otros los escucharán y tendrán temor. Quienes luchan contra la ciudad y el pueblo de Dios terminan luchando contra Dios, y nadie se ha endurecido contra él y ha prosperado jamás (Zacarías 14:12). Esta será la plaga con la que el Señor herirá a todos los pueblos que hayan luchado contra Jerusalén. Sean quienes sean, Dios los castigará por el insulto que le hicieron y vengará en ellos la causa de Jerusalén.

Se consumirán bajo una enfermedad grave y prolongada. Su carne se pudrirá y se volverán dolorosamente delgados, aun estando de pie, como esqueletos vivientes, sin nada más que piel y huesos. La carne que antes alimentaban y complacían, cuando estaban llenos de las riquezas que habían arrebatado al pueblo de Dios, desaparecerá de su cuerpo, y los huesos que estaban ocultos quedarán expuestos (Job 33:21). Conservarán sus pies e intentarán mantenerse firmes, avanzando a rastras todo lo que puedan, pero al final tendrán que ceder.

Sus ojos, por donde muchas veces entró el pecado, se consumirán dentro de sus cuencas. Se hundirán en la cabeza o quizá sobresaldrán de ella. Esos mismos ojos, orgullosos, llenos de odio y de deseo, que tantas veces se deleitaron contemplando escenas de sufrimiento, quedarán arruinados. Esto hará que sus rostros sean espantosos y que sus vidas se vuelvan miserables. Su lengua, otra puerta de entrada al pecado, se pudrirá dentro de su boca. Dios los juzgará por todas sus blasfemias contra él y por sus palabras de ira contra su pueblo. Así, sus propias lenguas se volverán contra ellos, y su castigo corresponderá a su pecado, como ocurrió con el hombre cuya lengua fue atormentada en las llamas. De esta manera se consumieron Antíoco y Herodes.

También serán aplastados y se volverán unos contra otros (Zacarías 14:13). Habrá entre ellos un gran pánico enviado por el Señor. Pero ¿cómo puede venir del Señor el pánico, si él es un Dios de orden y no de confusión? Cuando las personas provocan problemas, esos problemas son fruto de su propio pecado, del maligno y de sus propios deseos. Pero cuando ese desorden se convierte en su castigo, proviene del Señor, quien cumple su propósito por medio de los pecados, las insensateces y los espíritus inquietos de los seres humanos. Se muerden y se devoran unos a otros por la maldad de su corazón, pero el Juez justo utiliza esto para llevarlos a la ruina (Gálatas 5:15). Así como Acab fue engañado por un espíritu mentiroso enviado por el Señor, Abimélec y los hombres de Siquén fueron divididos y destruidos por un espíritu maligno enviado por el Señor (Jueces 9:23).

Quienes se unen contra la iglesia serán justamente divididos y puestos unos contra otros. Los problemas que provocan contra Dios tendrán como respuesta problemas entre ellos mismos. Intentarán sujetar a sus vecinos para impedirles atacar o para llevarlos como prisioneros. Sin embargo, aun entonces la mano de un hombre se levantará contra la de su vecino para golpearlo y herirlo. A menudo, quienes buscan destruir la iglesia terminan destruyéndose unos a otros. En ocasiones, la espada de cada hombre se vuelve contra su compañero por obra del mismo hombre cuya espada los había unido a todos.

Algunos consideran que esto se cumplió en las facciones y divisiones entre los judíos cuando los romanos los estaban destruyendo. Ellos habían luchado contra la Jerusalén espiritual, la iglesia del evangelio, y Zacarías 14:14 parece encajar bien con esto: «También Judá peleará en Jerusalén». La nación judía sería arruinada por sí misma y moriría por sus propias manos. La ciudad y el país entrarían en guerra entre sí, y ambos serían destruidos. Incluso Roma, con todo su poder, fue llevada a la ruina por ese mismo poder.

El botín de su campamento enriquecerá grandemente al pueblo de Dios, o será el botín tomado de su país (Zacarías 14:14). Un intérprete reconocido entiende el pasaje así: «También Judá comerá en Jerusalén». La gente vendrá de todas partes para compartir el botín. Así como después de que el ejército de Senaquerib fue derrotado frente a Jerusalén hubo una gran cantidad de despojos para repartir (Isaías 33:23), así sucederá aquí. Las riquezas de todas las naciones vecinas que habían despojado a Jerusalén serán reunidas: oro, plata y ropa en gran abundancia, de modo que pueda darse una parte igual a todos los que tengan derecho a ella. Con frecuencia, las riquezas de los pecadores se acumulan para los justos, y el Israel de Dios se enriquece con el botín de los egipcios.

Incluso el ganado participará en la plaga por medio de la cual serán destruidos los enemigos de la iglesia de Dios, como ocurrió en varias de las plagas de Egipto (Zacarías 14:15). Todos los animales que estén en las tiendas de esos hombres malvados, cuando Dios venga a juzgarlos, morirán con ellos: no solo los animales usados para la guerra, como los caballos, sino también los utilizados para viajar o para trabajar la tierra, como las mulas, los camellos y los burros. Con frecuencia, las criaturas inferiores sufren a causa del pecado humano y de las tragedias provocadas por la humanidad. De esta manera, Dios muestra su indignación contra el pecado, y la creación que fue sometida a la corrupción un día será liberada para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:21-22).

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