Versículo destacado

Joel 3:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Y sucederá en aquel día que los montes gotearán vino nuevo, las colinas fluirán leche y todos los ríos de Judá fluirán con aguas. Una fuente saldrá de la casa del SEÑOR y regará el valle de Sitim. "

Joel 3:18

menu_book El versículo en contexto

16 El SEÑOR también rugirá desde Sion y hará oír su voz desde Jerusalén; los cielos y la tierra temblarán. Pero el SEÑOR será la esperanza de su pueblo y la fortaleza de los hijos de Israel.

17 Así sabrán ustedes que yo soy el SEÑOR su Dios, que habito en Sion, mi monte santo. Entonces Jerusalén será santa, y ningún extranjero volverá a pasar por ella.

18 Y sucederá en aquel día que los montes gotearán vino nuevo, las colinas fluirán leche y todos los ríos de Judá fluirán con aguas. Una fuente saldrá de la casa del SEÑOR y regará el valle de Sitim.

19 Egipto quedará desolado, y Edom se convertirá en un desierto desolado, por la violencia contra los hijos de Judá, porque derramaron sangre inocente en la tierra de ellos.

20 Pero Judá habitará para siempre, y Jerusalén, de generación en generación.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estas promesas, con las que termina esta profecía, se cumplen en parte ahora en el reino de la gracia, en el consuelo y la santidad de todos los que pertenecen fielmente a ese reino. Pero se cumplirán plenamente en el reino de la gloria. En lo que se refiere a la iglesia judía, no conocemos ningún acontecimiento que haya correspondido por completo al amplio alcance de estas promesas. Toda la paz y prosperidad que disfrutaron, aunque se describieran con un lenguaje muy elevado, fueron apenas sombras de cosas mejores reservadas para nosotros. Dios determinó que ellos, aun en su mejor condición, no fueran perfeccionados aparte de nosotros.

La primera promesa es que los enemigos de la iglesia serán derrotados y humillados (Joel 3:19). Egipto, el antiguo enemigo de Israel, y Edom, que por medio de Esaú mantuvo un odio profundo y duradero contra Israel, se convertirán en una ruina, en un desierto estéril e inhabitable. Se convertirán en pueblos bajo la maldición de Dios, como sucedió con los idumeos (Isaías 34:5). Ninguna nación es tan fuerte ni tan rica que pueda protegerse del juicio de Dios.

¿Por qué se opone Dios a esos reinos poderosos? Por la violencia que ejercieron contra el pueblo de Judá y por el daño que le causaron (Ezequiel 25:3, 8, 12, 15; 26:2). Derramaron la sangre inocente de los judíos que huyeron a sus territorios buscando seguridad o que atravesaron sus tierras mientras escapaban. La sangre del pueblo de Dios es preciosa para él, y ni una sola gota será ignorada. En el día final, esta tierra, que se ha llenado de violencia contra el pueblo de Dios, quedará convertida en ruinas cuando ella y todo lo que hay en ella sean consumidos por el fuego. Tarde o temprano, los opresores y perseguidores del Israel de Dios serán derribados y puestos en el polvo; y al final serán derribados y entregados a las llamas.

La segunda promesa es que la iglesia será llena de felicidad. Ya es verdaderamente feliz por sus bendiciones espirituales, aunque todavía lucha en este mundo; pero será mucho más feliz cuando alcance la victoria. Aquí se prometen tres cosas: pureza, abundancia y paz duradera.

La pureza ocupa el primer lugar en importancia, aunque aquí se menciona al final como la razón de las otras promesas (Joel 3:21). Dios dice: «Limpiaré la sangre que no había limpiado», refiriéndose a sus pecados sangrientos y terribles, especialmente al derramamiento de sangre inocente. Él lavará la suciedad y la culpa que el pecado les trajo, que los hizo incapaces de tener comunión con Dios, detestables para su santidad y expuestos a su justicia. Esta limpieza ocurre en la fuente abierta para el pecado (Zacarías 13:1). Lo que los sacrificios y los lavamientos de la ley ceremonial no podían limpiar, la sangre de Cristo sí lo limpiará. O, si entendemos estas palabras como una referencia a la felicidad de la vida futura, significan que los santos serán limpiados de toda corrupción de la que no fueron completamente purificados mediante las ordenanzas o las providencias de Dios en este mundo. Allí no quedará en ellos ningún rastro de pecado.

Esto será así porque el Señor habita en Sion: habita con su iglesia y, de una manera aún más gloriosa, con la iglesia en el cielo. La santidad adorna su casa para siempre; por eso, donde él habita, tiene que haber y habrá santidad perfecta. Aunque el proceso de purificación y reforma de la iglesia avanza lentamente, y todavía tenemos que reconocer que hay cosas en nosotros que no han sido limpiadas, llegará el día en que todo lo malo será corregido. La iglesia será completamente hermosa, sin mancha ni defecto. Tenemos que esperar ese día.

La siguiente promesa es la abundancia, y aquí aparece primero porque contrasta con el juicio anunciado en los capítulos anteriores (Joel 3:18). Los ríos de esta abundancia desbordarán la tierra y la harán rica: los montes gotearán vino nuevo y las colinas fluirán con leche. Esto significa una provisión abundante y adecuada, tanto para los débiles como para los fuertes. Apunta a viñedos prósperos y campos fértiles, así como a rebaños numerosos en los pastizales, de modo que haya leche en abundancia. Para hacer fecundos los campos de grano, los ríos de Judá fluirán con agua, y la tierra será como el Edén: bien regada y ricamente bendecida (Salmo 65:9).

Sin embargo, esto parece señalar principalmente a la bendición espiritual. La gracia y el consuelo del nuevo pacto se comparan con el vino y la leche (Isaías 55:1), y el Espíritu se compara con ríos de agua viva (Juan 7:38). Estos dones son mucho más abundantes bajo el Nuevo Testamento que bajo el Antiguo. Cuando los creyentes reciben gracia sobre gracia de la plenitud de Cristo, cuando son enriquecidos con un consuelo duradero y llenos de gozo y paz al creer, entonces los montes gotean vino nuevo y las colinas fluyen con leche. «Bebe, sí, bebe abundantemente, amado mío». Cuando el Espíritu de gracia se derrama en abundancia, los ríos de Judá fluyen con agua y alegran no solo la ciudad de nuestro Dios, sino toda la tierra (Salmo 46:4).

La fuente de esta abundancia es la casa de Dios, de donde comienzan los ríos, como las aguas del santuario (Ezequiel 47:1) que salían de debajo del umbral del templo, y como el río de la vida que fluye del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1). El salmista dice acerca de Sion: «Todas mis fuentes están en ti» (Salmo 87:7). Aunque la primera parte del versículo se entienda como una referencia a las bendiciones terrenales, esta fuente de la casa del Señor todavía debe entenderse como la gracia de Dios, que necesitamos aún más cuando recibimos bendiciones externas, para no usarlas mal. Cristo mismo es la fuente. Su mérito y su gracia nos limpian, nos refrescan y nos hacen fructíferos.

Esta fuente riega el valle de Sitim, que estaba lejos del templo de Jerusalén, al otro lado del Jordán, y era un valle seco y estéril. Esto muestra que la gracia del evangelio, que fluye de Cristo, llegará muy lejos, incluso al mundo gentil y a los lugares más distantes, y hará fructificar a quienes durante mucho tiempo estuvieron como un desierto estéril. Esta gracia se desborda y fluye sin cesar. Podemos seguir sacando de ella sin temor de que llegue a secarse. Viene de la casa del Señor en lo alto, de su templo en el cielo. De allí procede todo el bien que ahora probamos en sus corrientes, y allí esperamos beber pronto, y beber para siempre, directamente de la fuente.

La tercera promesa es la paz duradera, que corona todas las demás (Joel 3:20). Judá habitará para siempre, cuando Egipto y Edom hayan quedado desolados, y Jerusalén permanecerá de generación en generación. Esta es una promesa preciosa. Significa, en primer lugar, que la iglesia de Cristo permanecerá en el mundo hasta el fin de los tiempos. Cuando una generación de cristianos profesantes desaparezca, surgirá otra, y el trono de Cristo permanecerá para siempre. Las puertas del infierno no la vencerán.

Todos los miembros vivos de esa iglesia, es decir, el pueblo de Judá y Jerusalén, los habitantes de aquella ciudad y de aquella tierra, quedarán establecidos firmemente en su gozo por edades interminables. Esta nueva Jerusalén continuará de una generación a otra porque es una ciudad con fundamentos duraderos, no edificada por manos humanas, sino eterna en el cielo.

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