Versículo destacado
Joel 3:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Porque he aquí que, en aquellos días y en aquel tiempo, cuando yo haga volver la cautividad de Judá y Jerusalén, "
Joel 3:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Porque he aquí que, en aquellos días y en aquel tiempo, cuando yo haga volver la cautividad de Judá y Jerusalén,
2 también reuniré a todas las naciones y las haré descender al valle de Josafat. Allí contenderé con ellas por mi pueblo y por mi heredad, Israel, a quien ellas dispersaron entre las naciones, y repartieron mi tierra.
3 Echaron suertes sobre mi pueblo; entregaron un muchacho a cambio de una prostituta y vendieron una muchacha por vino, para poder beber.
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A menudo escuchamos hablar del año en que Dios redime a su pueblo y del año en que ajusta cuentas con los enemigos de Sion. Aquí Joel describe lo que sucede en ese año y lo que Dios hará cuando llegue. Ese año vuelve a presentarse una y otra vez en la historia, y al final de los tiempos llegará una sola vez, de manera definitiva.
Este será el año de los redimidos, porque Dios hará volver a Judá y Jerusalén de la cautividad (Joel 3:1). Aunque el pueblo de Dios sufra una esclavitud larga y dolorosa, esta no durará para siempre. La esclavitud de Israel en Egipto terminó con la liberación que lo llevó a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y finalmente se cumplió el mandato: «Deja ir a mi hijo, para que me sirva». Lo mismo sucederá con Babilonia, y el Señor Jesús también liberará a las pobres almas esclavizadas bajo el pecado y el dominio de Satanás.
Él proclamará ese año favorable de liberación, el año del jubileo, cuando las deudas son perdonadas, los siervos quedan libres y los prisioneros reciben libertad. Dios tiene señalado el día y el momento en que hará volver a sus hijos de la cautividad y los redimirá del poder de la tumba. Al final, ese será el último día y el cierre de todo el tiempo.
Este también será el año en que Dios hará justicia por los males cometidos contra Sion. Puede permitir que los enemigos prevalezcan contra su pueblo durante mucho tiempo, pero los llamará a rendir cuentas. Llevará cautiva la cautividad (Salmo 68:18), es decir, derribará a quienes antes mantenían esclavizado a su pueblo; aun quienes llevaron cautivos a otros serán juzgados (Apocalipsis 13:10).
Los que serán juzgados son todas las naciones (Joel 3:2). Esto muestra que todas las naciones se hicieron culpables delante de Dios por el daño que causaron a su pueblo. La persecución es un pecado común en el mundo. El mundo entero está bajo el poder de la maldad, y la maldad se opone a la piedad. La serpiente antigua, el diablo, que es el dios de este mundo, manifiesta su odio contra la descendencia de la mujer por medio de los hijos del mundo. Por eso no debemos sorprendernos si el mundo nos aborrece.
Ninguna nación que haya dañado al pueblo de Dios quedará sin castigo. Todo el que toque al Israel de Dios descubrirá que ha tocado la niña de sus ojos. Jerusalén será una piedra pesada para todos los pueblos (Zacarías 12:3). Las naciones vecinas serán llamadas a rendir cuentas de una manera especial, especialmente Tiro, Sidón y las regiones de Filistea, porque fueron vecinos hostiles del pueblo de Dios (Joel 3:4). Cuando Dios juzgue a las naciones más grandes y poderosas que arruinaron a Israel, no pasará por alto a las más débiles que estaban cerca, contribuyeron al problema y se aprovecharon de él para obtener ganancias (Zacarías 1:15; Ezequiel 26:2).
Los perseguidores pequeños también serán juzgados, no solo los grandes. Aunque no hayan podido causar mucho daño, responderán por el mal que intentaron hacer y por la maldad de sus esfuerzos.
Todos ellos serán reunidos para el juicio (Joel 3:2). Se habían unido contra el pueblo de Dios con un mismo propósito (Salmo 83:5), y juntos recibirán su sentencia. Serán llevados al valle de Josafat, cerca de Jerusalén, donde Dios contenderá con ellos.
Esto es apropiado por varias razones. A los criminales se les debe juzgar en la misma región donde cometieron sus crímenes. Su vergüenza será mayor cuando vean que Jerusalén, que durante tanto tiempo esperaron destruir, se ha convertido en motivo de alabanza en la tierra. La Jerusalén de Dios también será consolada y honrada al ver que Dios defiende su causa. En ese valle se representará nuevamente la victoria de Dios sobre los enemigos de Josafat, como la victoria que produjo alegría y alabanza en el valle de Beraca (2 Crónicas 20:26). El doctor Lightfoot también sugiere que quizá fue en este valle donde acampó el ejército de Senaquerib cuando un ángel lo destruyó.
Ellos se reunieron para arruinar a Jerusalén, pero Dios los reunió para su propia ruina, como gavillas recogidas en la era (Miqueas 4:12). La acusación que presenta es clara: «Por mi pueblo y por mi heredad Israel». Ahora Dios defenderá celosamente la causa de ellos. Su pueblo es su herencia, su posesión especial, su parte y su tesoro por encima de todos los pueblos (Éxodo 19:5; Deuteronomio 32:9). Ellos son su tierra, por lo que tiene un reclamo legítimo contra quienes la invaden.
La acusación contra estas naciones es muy detallada. Ya habían ofendido a Dios con su idolatría, pero el asunto principal aquí es la manera en que trataron a su pueblo y las cosas santas de su casa. Habían sido crueles con el pueblo de Israel: lo dispersaron entre las naciones y lo obligaron a buscar refugio donde pudiera, o lo llevaron cautivo y lo dispersaron deliberadamente para impedir que se uniera y encontrara seguridad. Dividieron la tierra y la reclamaron como propia. Incluso echaron suertes sobre el pueblo de Dios y lo vendieron.
Cuando tomaban prisioneros, se burlaban de ellos y los trataban como si no valieran nada. No querían dejarlos libres, pero tampoco consideraban que valiera la pena conservarlos; por eso los arrojaban de un lado a otro como si fueran dados. O dividían a los cautivos por sorteo, como hicieron los soldados con la ropa de Cristo. También obtenían dinero de ellos. Después de capturarlos, los vendían, pero con tal desprecio que les importaba más el placer que la ganancia. Cambiaban a un muchacho por el precio de una prostituta y a una muchacha por el costo de una bebida, demostrando cuánto despreciaban a un hijo o una hija de Israel. Los reducían a esclavos y sirvientes en una taberna o un burdel.
Observa cómo el dinero obtenido por el pecado suele desperdiciarse en más pecado. El botín que estos enemigos habían conseguido mediante la violencia lo gastaban en bebida y en inmoralidad sexual. Ese suele ser el camino de los enemigos y perseguidores de Dios. Cuando los habitantes de Tiro y los filisteos capturaron a los hijos de Judá y Jerusalén, ya fuera tomándolos prisioneros en la guerra o secuestrándolos, los vendieron a los griegos (Ezequiel 27:13), para que fueran llevados muy lejos de su propia frontera (Joel 3:6). Fue una gran deshonra para Israel, el pueblo primogénito y libre de Dios, ser comprado y vendido entre las naciones.
También habían tomado ilegalmente la plata y el oro de Dios (Joel 3:5). Algunos entienden esto como las riquezas de Israel. Dios llama suyas la plata y el oro de su pueblo porque este los había recibido de él y los había dedicado a él. Por eso, cuando alguien los robaba, Dios lo consideraba un robo contra sí mismo y lo pagaría con la misma medida.
Quienes se apoderan de los bienes de personas justas, especialmente cuando estas sufren por hacer lo correcto, serán culpables de sacrilegio; es decir, de robar lo que pertenece a Dios. Están tomando la plata y el oro de Dios. Sin embargo, parece que este pasaje se refiere más específicamente a los utensilios y tesoros del templo. Dios los llama sus cosas hermosas y preciosas, cosas valiosas y queridas para él y para todos los que le pertenecen.
Los enemigos llevaron aquellas cosas sagradas a sus templos como trofeos de victoria sobre el pueblo de Dios. En su mente, también se estaban burlando del Dios de Israel y hasta presumiendo delante de los ídolos que adoraban. Así fue como en otro tiempo colocaron el arca en el templo de Dagón. Todo lo que hicieron fue injusto. Dios pregunta: «¿Qué tienen ustedes contra mí y contra mi pueblo? ¿Qué mal les hemos hecho? ¿Qué razón les hemos dado para esto?». No tenían ninguna causa. El pueblo de Dios no había hecho nada para merecer semejante daño, pero aquellos enemigos conspiraron contra él. Atacaron a personas tranquilas, indefensas e inocentes. ¿Acaso podían afirmar que Dios o su pueblo les habían hecho daño y que ellos simplemente estaban devolviendo mal por mal? No; no tenían ninguna excusa.
No es algo nuevo que personas bondadosas y justas con sus vecinos reciban mal a cambio. Quienes no hacen daño pueden aun así sufrir mucho daño. La sentencia contra estos enemigos es clara. En efecto, Dios dice: «Si intentan pagarme con la misma moneda, si buscan pleito conmigo, si despiertan mis celos, si tocan la niña de mis ojos, haré que su propia retribución caiga rápidamente sobre ustedes». Quienes luchan contra Dios descubrirán que no pueden resistirlo. Él les devuelve el mal de repente, cuando menos lo esperan y cuando ya no tienen tiempo de detenerlo. Si comienza a tratar con ellos, pronto los llevará a la ruina.
Más específicamente, no tendrán éxito en el mal que planearon contra el pueblo de Dios. Querían alejarlo tanto de su tierra que nunca pudiera regresar. Pero Dios dice: «Los haré volver del lugar donde ustedes los vendieron, y no quedarán enterrados vivos allí, como ustedes pretendían». Cuando los seres humanos venden al pueblo de Dios, no pueden quitarle a Dios la propiedad que tiene sobre él.
También recibirían el mismo trato que les habían dado a otros, como le sucedió a Adonibésec. Dios dice: «Venderé a sus hijos y a sus hijas en manos del pueblo de Judá». Entonces quedarían tan indefensos ante Judá como Judá lo había estado ante ellos. De esta manera, los judíos gobernarían sobre quienes los odiaban, y los orgullosos serían humillados. Después serían vendidos justamente a los sabeos, un pueblo lejano. Algunos piensan que esto se cumplió en las victorias que los macabeos obtuvieron sobre los enemigos de los judíos. Otros creen que apunta hacia el día final, cuando los piadosos tendrán autoridad y los santos juzgarán al mundo.
Una cosa es segura: nadie que haya endurecido su corazón contra Dios o contra su iglesia ha prosperado por mucho tiempo; ni siquiera el faraón. El Señor lo ha dicho para consuelo de todos sus siervos que sufren: la venganza le pertenece a él, y él dará a cada uno su merecido.
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De este capítulo
Joel 3:2
"también reuniré a todas las naciones y las haré descender al valle de Josafat. Allí contenderé con ellas por mi pueblo y por mi heredad, Israel, a quien ellas dispersaron entre las naciones, y repartieron mi tierra."
Joel 3:3
"Echaron suertes sobre mi pueblo; entregaron un muchacho a cambio de una prostituta y vendieron una muchacha por vino, para poder beber."
Joel 3:4
"Sí, ¿y qué tienen que ver conmigo ustedes, Tiro y Sidón, y todas las costas de Palestina? ¿Me darán una recompensa? Y si me recompensan, rápida y prontamente haré recaer su recompensa sobre la propia cabeza de ustedes,"
Joel 3:5
"porque tomaron mi plata y mi oro, y llevaron a sus templos mis cosas preciosas y hermosas."
Joel 3:6
"También vendieron a los hijos de Judá y a los hijos de Jerusalén a los griegos, para alejarlos de su territorio."
Joel 3:7
"He aquí que yo los levantaré del lugar adonde ustedes los vendieron, y haré recaer su recompensa sobre la propia cabeza de ustedes."
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