Versículo destacado
Zacarías 14:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mira, viene el día del SEÑOR, y tu botín será repartido en medio de ti. "
Zacarías 14:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Mira, viene el día del SEÑOR, y tu botín será repartido en medio de ti.
2 Porque reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; la ciudad será tomada, las casas serán saqueadas y las mujeres serán violadas. La mitad de la ciudad irá al cautiverio, pero el resto del pueblo no será eliminado de la ciudad.
3 Entonces el SEÑOR saldrá y peleará contra aquellas naciones, como cuando peleó en el día de la batalla.
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El cuidado de Dios por su iglesia se muestra aquí de maneras que cambian de repente y parecen combinarse. En un momento, la aflicción se levanta con fuerza contra su pueblo; al siguiente, Dios cambia el rumbo y obra para su bien. Lo hace por razones sabias y santas, y ambos aspectos permanecen juntos dentro de su plan.
Al principio, Dios parece estar en contra de Jerusalén. El juicio comienza por la casa de Dios. Cuando llega el día del SEÑOR (Zacarías 14:1), Jerusalén tiene que pasar por el fuego para ser purificada. Dios mismo reúne a todas las naciones contra Jerusalén para la batalla (Zacarías 14:2). Él les da la orden, tal como en otro tiempo se la dio a Senaquerib, rey de Asiria, diciéndoles que tomaran el botín y se apoderaran del despojo (Isaías 10:6). El pueblo de Jerusalén se ha convertido en el pueblo sobre el cual pesa su ira. ¿Quién puede mantenerse en pie delante de él o delante de las naciones que él ha reunido? Cuando da la orden, también les concede el éxito.
Esto señala la caída de Jerusalén ante los romanos, que tenían bajo su poder a muchas naciones. Las casas serían saqueadas y sus riquezas serían llevadas por el enemigo. Para satisfacer tanto la codicia como un deseo impuro, las mujeres serían violadas, como si la victoria diera permiso para cometer los peores crímenes. La mitad de la ciudad iría al cautiverio, para ser vendida o esclavizada, y no tendría poder para rescatarse a sí misma. Tal es la ruina que llega en el grande y terrible día del SEÑOR.
Pero Dios cambia pronto su manera de actuar y vuelve a mostrar favor hacia Jerusalén. Aunque el juicio comienza por la casa de Dios, no termina allí ni la destruye por completo (Jeremías 4:27; Jeremías 30:11). Un remanente será perdonado, como la tercera parte mencionada anteriormente (Zacarías 13:8). La mitad irá al cautiverio, de donde más adelante podrá ser restaurada, y al resto no se le quitará de la ciudad, como podría temerse. Muchos judíos recibirán el evangelio y, por eso, no serán excluidos de la ciudad de Dios, su iglesia en la tierra. Como dice Isaías, quedará una décima parte (Isaías 6:13; ver Ezequiel 5:3).
Dios también defenderá su causa contra sus enemigos (Zacarías 14:3). Después de usar a esas naciones como una vara para castigar a su pueblo, saldrá a pelear contra ellas mediante sus juicios, tal como en otros tiempos luchó contra los enemigos de su iglesia, entre ellos los egipcios y los cananeos. Las herramientas de la ira de Dios se convertirán ellas mismas en objeto de esa ira. A su vez, beberán de la copa del temblor. Contra quienquiera que Dios pelee, ciertamente vencerá. Cada día anterior de batalla, cuando Dios convirtió la aflicción en triunfo para su pueblo, es tanto una promesa como un consuelo. Como Dios no cambia, esto anima a su pueblo a confiar en él ahora. También vale la pena notar que el Imperio romano nunca volvió a prosperar después de la destrucción de Jerusalén como lo había hecho antes. De muchas maneras, Dios peleó contra él.
Aunque Jerusalén y el templo serían destruidos, Dios seguiría teniendo una iglesia en el mundo. Los gentiles serían incorporados, y los judíos creyentes se unirían a ellos (Zacarías 14:4, Zacarías 14:5). Estos versículos son difíciles de entender, pero muchos buenos intérpretes les dan este sentido. Dios cuidaría de Jerusalén aun cuando sus enemigos la estuvieran derribando. Sus pies se posarían en aquel día sobre el monte de los Olivos, desde donde podía contemplar la ciudad y el templo (Marcos 13:3). Cuando un refinador pone el oro en el horno, permanece cerca y lo vigila para que no se dañe. De la misma manera, cuando Jerusalén, el oro de Dios, estuviera siendo refinada, él la supervisaría.
Esto se cumplió literalmente cuando el Señor Jesús estuvo muchas veces en ese monte, especialmente cuando ascendió al cielo desde allí (Hechos 1:12). Fue el último lugar donde sus pies estuvieron en la tierra, el lugar desde el cual se elevó. El muro que separaba a judíos y gentiles sería quitado. Las montañas alrededor de Jerusalén, especialmente esta, mostraban que la ciudad estaba rodeada y era difícil de alcanzar. Este monte se levantaba como una barrera entre los gentiles y Jerusalén, como el monte de la separación en el Cantar de los Cantares (Cantar de los Cantares 2:17). Pero con la destrucción de Jerusalén, ese monte se partiría en dos, la barrera judía sería derribada y la iglesia se abriría a los gentiles, quienes serían hechos uno con los judíos cuando se derribara el muro divisorio que los separaba (Efesios 2:14).
«¿Quién eres tú, gran montaña?» La ley ceremonial, el antiguo sistema de sacrificios y rituales dado por medio de Moisés, era una gran montaña que se interponía en el camino de la conversión de los judíos. Parecía imposible atravesarla. Sin embargo, delante de Cristo y de su evangelio fue allanada. Esa montaña se aparta, pero el pacto de paz no puede quebrantarse, porque la paz todavía se anuncia a los que están lejos y a los que están cerca.
Se abriría un camino nuevo y vivo hacia la nueva Jerusalén, tanto para contemplarla como para entrar en ella. Como el monte se parte, una mitad hacia el norte y la otra hacia el sur, se abriría un valle muy grande. Esto significa que habría una vía amplia de comunicación entre Jerusalén y el mundo gentil. Por ella, los gentiles entrarían libremente en la iglesia del evangelio, y la palabra del SEÑOR, que sale de Jerusalén, avanzaría sin obstáculos hacia el mundo gentil. De este modo se prepararía el camino del SEÑOR, pues toda montaña y colina sería rebajada, y los lugares escabrosos se convertirían en valles llanos (Isaías 40:4).
Los judíos que creyeran también entrarían y se unirían a los gentiles en la iglesia del evangelio. «Ustedes huirán al valle de los montes» significa que se apresurarían a entrar en la iglesia junto con los gentiles, tal como los gentiles habían entrado antes junto con ellos (Zacarías 8:23). El valle de los montes es la iglesia del evangelio, donde cada día se añadían los judíos, todos los que habían de ser salvos. Huían hacia ese valle como hacia un lugar seguro. Se dice que este valle llegaría hasta Azal, o el lugar apartado, lo cual significa que abarcaría a todos los que Dios ha apartado para sí. Cuando Dios convierte sus montes en un camino al transformarlos en un valle (Isaías 49:11), ese camino queda abierto para todos los viajeros (Isaías 35:8), y ni siquiera los necios se extraviarán en él.
O bien, esto puede referirse a quienes ahora están separados de Dios. Los gentiles, que estaban lejos, serían acercados junto con los judíos, que eran un pueblo cercano a él. Ambos tendrían acceso mutuo y ambos tendrían acceso al Padre por medio de un mismo Espíritu (Efesios 2:18). Huirían al valle de los montes, a la iglesia del evangelio, con un fuerte sentido del peligro que representa la maldición de la ley. Huirían de la ira venidera, del vengador de la sangre que los persigue, y correrían hacia la iglesia como a una ciudad de refugio, o como palomas que vuelan a sus ventanas. Sería como en los días en que la gente huyó delante del terremoto en tiempos de Uzías (Amós 1:1).
El evangelio revela la ira de Dios desde el cielo (Romanos 1:18), para que despertemos y escapemos con vida. Debemos huir como si hubiera un terremoto, porque sentimos que el suelo está a punto de hundirse bajo nuestros pies. No podemos encontrar un lugar firme donde apoyarnos en este mundo; por eso debemos correr hacia Cristo, y solo en él podemos estar seguros y en paz.
Dios también se manifestará en su gloria para llevar a cabo todo esto. «Vendrá el SEÑOR mi Dios, y con él todos los santos». Esto puede referirse a su venida para destruir Jerusalén, para destruir a los enemigos de Jerusalén, para establecer su reino en el mundo —lo que se llama la venida del Hijo del Hombre (Mateo 24:37)—, o a su venida final al fin de los tiempos. En cualquier caso, enseña que el SEÑOR vendrá. Esta siempre ha sido la fe del pueblo de Dios: miren, el SEÑOR viene para cumplir, en el momento señalado, cada palabra que ha pronunciado.
Cuando venga, todos sus santos vendrán con él. Ellos seguirán su marcha y estarán listos para servir a sus propósitos. Cristo vendrá al final de los tiempos con decenas de miles de sus santos, tal como vino para dar la ley en el monte Sinaí. Y todo creyente, puesto que Dios es su Dios, puede esperar esa venida con alegría y decir: «Vendrá el SEÑOR mi Dios». Esto será el consuelo de todos los que le pertenecen, porque bendito es el SEÑOR, y todos los santos estarán con él. Esa será su alegría permanente: vivir en su presencia. Por eso pueden orar correctamente: «Ven, Señor Jesús, y trae contigo a todos los santos».
La providencia de Dios también aparece aquí extrañamente mezclada (Zacarías 14:6, Zacarías 14:7). «En aquel día» la luz no será clara ni oscura, no será ni día ni noche, sino que al anochecer habrá luz. Algunos entienden esto como todo el período que va desde entonces hasta la venida del Mesías, cuando la iglesia judía no tuvo ni paz completa ni aflicción constante, sino un día nublado, sin lluvia continua ni sol permanente. Pero también puede entenderse de manera más amplia, como una imagen de la forma habitual en que Dios gobierna mediante su providencia y su gracia.
Esto nos muestra el patrón habitual de la manera en que Dios obra. El día de su gracia y el día de su providencia no son completamente luminosos ni completamente oscuros. Así sucede con la iglesia de Dios en este mundo. Donde ha salido el Sol de justicia, no puede haber oscuridad total; sin embargo, antes de llegar al cielo, tampoco habrá plena luz del día. Lo mismo ocurre con los creyentes. Ya no son oscuridad, sino luz en el Señor; pero, mientras todavía permanezcan en ellos muchos errores y pecados, no será aún un día perfecto.
Esto también se aplica a la manera en que Dios obra con su iglesia. En general, las circunstancias de la iglesia no son totalmente buenas ni totalmente malas. En ellas se mezclan la misericordia y el juicio, y no siempre sabemos qué terminará pareciendo más fuerte: si el resplandor del atardecer o el del amanecer. Nos encontramos entre la esperanza y el temor, sin saber con certeza cómo interpretar lo que está sucediendo.
Aun así, aquí hay consuelo: «Será un solo día, conocido por el SEÑOR». Esto significa, primero, que esos acontecimientos mezclados son hermosos y encajan dentro de un mismo plan. Todos tienen un solo propósito y una sola dirección. Todas las ruedas forman una sola rueda, y todos los cambios, juntos, forman un solo día. Segundo, significa que estas cosas son breves. Es como si duraran solo un día, solo un poco de tiempo. La nube que oscurece la luz pronto pasará. Tercero, significa que Dios ve todo y está obrando en todo. Estas cosas son conocidas por el SEÑOR. Él las observa, y ordena y dispone cada una para bien, conforme al propósito de su voluntad.
Al final llega un desenlace lleno de alegría: «Al caer la tarde habrá luz». Será una luz clara, y ya no habrá oscuridad. Tenemos la certeza de que esto sucederá en el mundo venidero, y también lo esperamos en este mundo, aun cuando llegue la tarde y nuestra paciencia se haya agotado de esperar alivio durante todo el día. Sí, incluso cuando temamos que todo se vuelva completamente oscuro, y cuando las cosas estén en su peor momento y la condición de la iglesia parezca más miserable que nunca. Así como el sol se pone al mediodía para los enemigos de la iglesia, la luz surge en la noche para la iglesia. Para los rectos, la luz nace en medio de la oscuridad (Salmo 112:4). Muchas veces la liberación llega cuando la carga se ha vuelto más pesada y el pueblo de Dios ha dejado de esperarla; por eso llega como una grata sorpresa.
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De este capítulo
Zacarías 14:2
"Porque reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; la ciudad será tomada, las casas serán saqueadas y las mujeres serán violadas. La mitad de la ciudad irá al cautiverio, pero el resto del pueblo no será eliminado de la ciudad."
Zacarías 14:3
"Entonces el SEÑOR saldrá y peleará contra aquellas naciones, como cuando peleó en el día de la batalla."
Zacarías 14:4
"En aquel día sus pies se posarán sobre el monte de los Olivos, que está al este, frente a Jerusalén. El monte de los Olivos se partirá por la mitad, de este a oeste, y se formará un valle muy grande. La mitad del monte se desplazará hacia el norte y la otra mitad hacia el sur."
Zacarías 14:5
"Ustedes huirán al valle de los montes, porque el valle de los montes llegará hasta Azal. Sí, huirán como huyeron ante el terremoto en los días de Uzías, rey de Judá. Entonces vendrá el SEÑOR mi Dios, y todos los santos contigo."
Zacarías 14:6
"En aquel día, la luz no será clara ni oscura."
Zacarías 14:7
"Será un día único, conocido por el SEÑOR; no será día ni noche, pero al caer la tarde habrá luz."
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