Versículo destacado

Rut 1:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces ella se levantó con sus nueras para regresar de la región de Moab, porque había oído en la región de Moab que el SEÑOR había visitado a su pueblo dándoles pan. "

Rut 1:6

menu_book El versículo en contexto

4 Ellos tomaron por esposas a mujeres de Moab. Una se llamaba Orfa, y la otra, Rut. Y vivieron allí unos diez años.

5 Después murieron también los dos, Mahlón y Quelión, y la mujer quedó sin sus dos hijos y sin su esposo.

6 Entonces ella se levantó con sus nueras para regresar de la región de Moab, porque había oído en la región de Moab que el SEÑOR había visitado a su pueblo dándoles pan.

7 Así que salió del lugar donde estaba, acompañada de sus dos nueras, y emprendieron el camino para regresar a la tierra de Judá.

8 Noemí dijo a sus dos nueras: «Vayan, regrese cada una a la casa de su madre. Que el SEÑOR las trate con bondad, como ustedes han tratado a los muertos y a mí».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, el profundo amor de Noemí por la tierra de Israel (Rut 1:6). Aunque no pudo quedarse allí mientras duró el hambre, no tenía la intención de vivir lejos para siempre una vez que terminara. Moab le había dado refugio en su tiempo de necesidad, pero ella no lo consideraba su hogar permanente. Su verdadero hogar era la tierra santa, donde estaba el santuario de Dios, el lugar que él había escogido como su morada para siempre.

También observemos esto: por fin Dios volvió a mostrar misericordia a su pueblo. Él no sigue juzgando para siempre. Así como la opresión durante el tiempo de los jueces llegó a su fin cuando Dios levantó a un libertador, también terminó el hambre por la bondad de Dios. Él visitó a su pueblo dándole pan. La abundancia es un regalo de Dios, y el pan, sustento de la vida, es lo que él usa para mantenernos con vida. Aunque siempre hayamos conocido la abundancia, todavía debemos valorarla profundamente.

Entonces Noemí regresó porque el deber la llamaba de nuevo a su pueblo. Había escuchado una y otra vez acerca de la situación de ellos, y las noticias eran desalentadoras. Pero finalmente, como un siervo que después de buscar muchas veces la lluvia por fin ve una nube del tamaño de la mano de un hombre, escuchó la buena noticia de que había alimento en Belén. Entonces no pudo pensar en otra cosa más que en regresar. Los nuevos lazos que había formado en Moab no pudieron hacerla olvidar su conexión con Israel. Si tenemos una razón para estar en un lugar malo, no debemos quedarnos allí una vez que esa razón desaparezca.

Ser alejados por la fuerza de las ordenanzas de Dios —es decir, de la adoración que él estableció y de los medios de gracia— o verse obligados a vivir entre personas malvadas es una carga pesada. Pero cuando esa presión desaparece, elegir quedarse allí se convierte en pecado. Noemí parece haber comenzado a pensar en regresar justo después de la muerte de sus dos hijos. Probablemente consideró esa pérdida como un juicio sobre su familia por haberse quedado en Moab, y cuando entendió la lección de la disciplina de Dios, obedeció y regresó. Si una tristeza no nos despierta al pecado y al deber, quizá otra lo haga. Cuando la muerte entra en una familia, debería llevarnos a examinar qué está mal en ese hogar. Dios nos hace recordar nuestros pecados cuando se lleva a un hijo (1 Reyes 17:18). Si bloquea nuestro camino con espinos, es para que podamos decir: «Regresaremos», como Noemí regresó a su tierra (Oseas 2:7).

Moab también se había convertido en un lugar triste para Noemí. No era un consuelo respirar el aire donde habían muerto su esposo y sus hijos, ni caminar sobre el suelo donde estaban enterrados, fuera de su vista pero no de su memoria. Por eso regresó a Canaán. De la misma manera, Dios a menudo nos quita los consuelos en los que nos apoyamos demasiado en esta vida, para que pensemos más en nuestro hogar en la vida venidera y nos acerquemos a él por medio de la fe y la esperanza. La tierra se vuelve menos dulce para nosotros, para que el cielo nos parezca más precioso.

En segundo lugar, vemos el afecto bondadoso de sus nueras, especialmente de Rut, y la respuesta amable de Noemí hacia ellas. Las dos la acompañaron durante parte del camino cuando ella se dirigió a Judá. No intentaron retenerla en Moab. Si ella había decidido irse, querían mostrarle todo el respeto posible al despedirse. Incluso la acompañaron hasta donde pudieron y probablemente la ayudaron a cargar sus cosas, pues parece que no llevaba ningún sirviente con ella (Rut 1:7). Esto muestra que Noemí, como mujer israelita, había sido bondadosa y agradable con ellas, y se había ganado su cariño. Es un buen ejemplo para todas las suegras. También muestra que Orfa y Rut valoraban sinceramente la bondad de Noemí y querían corresponderle. Habían vivido juntas en paz, aunque el vínculo entre ellas había surgido por medio de esposos que ya habían muerto. Aunque todavía estaban ligadas a los dioses de Moab, mientras Noemí permanecía fiel al Dios de Israel, eso no les impedía mostrar amor y bondad en sus responsabilidades cotidianas. Las suegras y las nueras suelen estar en conflicto (Mateo 10:35), así que es aún más digno de elogio que vivan en amor.

Después de avanzar un poco, Noemí les pidió cariñosamente que regresaran (Rut 1:8-9): «Regrese cada una a la casa de su madre». Como el dolor las había obligado a salir de la casa de sus esposos, era una muestra de misericordia que sus madres todavía vivieran y que ellas tuvieran hogares adonde regresar. No estaban siendo enviadas al mundo sin un lugar donde descansar. Noemí sugiere que sus propias madres serían más acogedoras para ellas que una suegra, especialmente porque sus madres tenían hogares, mientras que Noemí ni siquiera estaba segura de tener un lugar propio donde acostarse. Se despidió de ellas elogiándolas. Eso se les debe a quienes se han comportado bien en cualquier relación cercana: «Ustedes han tratado con bondad a los muertos y a mí», es decir: «Fueron esposas fieles para sus esposos que ya murieron, y también han sido buenas hijas conmigo». Cuando nosotros y nuestros seres queridos nos separamos, ya sea por la muerte o de alguna otra manera, es un consuelo que ellos y nuestra propia conciencia puedan dar testimonio de que procuramos cumplir con nuestro deber mientras estuvimos juntos. Eso ayuda a aliviar el dolor de la separación. Mientras todavía estamos juntos, debemos vivir de tal manera que después no lamentemos nuestros fracasos en esa relación.

También las despidió con una oración. Los amigos deben separarse con oración. Les dio su bendición, y la bendición de una suegra no debe tomarse a la ligera. En esa bendición menciona al SEÑOR, el Dios de Israel y el único Dios verdadero, para señalarles que él es la fuente de todo buen regalo. En términos generales, le pide que les devuelva la bondad que ellas habían mostrado hacia ella y su familia.

Es razonable esperar y pedir con fe que Dios muestre bondad a quienes han mostrado bondad a sus familiares. «El que da de beber a otros también recibirá agua» es una verdad que se refleja en la manera en que Dios suele tratar a las personas. En este caso, Noemí pide que ellas encuentren felicidad al casarse de nuevo: «Que el SEÑOR permita que cada una de ustedes encuentre descanso en la casa de su esposo».

Esto era apropiado conforme a la instrucción del apóstol (1 Timoteo 5:14): que las mujeres jóvenes, y especialmente las viudas jóvenes, se casaran, tuvieran hijos y administraran el hogar. Es triste cuando mujeres que han demostrado ser buenas esposas no vuelven a recibir la bendición de tener buenos esposos, especialmente si no tienen hijos. El matrimonio es una forma de descanso, el descanso que este mundo puede dar: descansar en la casa de un esposo más que en la casa de una madre o de una suegra. Incluso este descanso es un regalo de Dios. Por eso, si disfrutamos de paz y satisfacción en nuestra vida exterior, debemos darle a Dios el reconocimiento.

Algunos matrimonios están muy mal avenidos, y esas personas encuentran poco descanso aun en la casa de un esposo. Sus dificultades deberían hacer que otros sean más agradecidos cuando disfrutan de un matrimonio pacífico. Sin embargo, Dios debe ser el descanso del alma, y no debemos esperar un descanso perfecto antes de llegar al cielo.

Luego Noemí las despidió con profundo afecto. Las besó y seguramente habría querido darles algo mejor, pero no tenía plata ni oro. Aun así, aquel beso de despedida permanecería con ella como señal de una amistad verdadera, para que, aunque nunca volviera a verlas, las recordara con cariño mientras viviera. Si los familiares tienen que separarse, que lo hagan en amor, para que, si nunca vuelven a encontrarse en la tierra, puedan encontrarse en el mundo del amor eterno.

Las dos jóvenes viudas no soportaban dejar a su buena suegra; tanto las había conquistado la vida piadosa de Noemí. No solo lloraron en voz alta porque les dolía separarse, sino que también dijeron que estaban decididas a quedarse con ella (Rut 1:10): «Regresaremos contigo a tu pueblo y compartiremos tu destino». Era una muestra poco común de afecto hacia una suegra, y demostraba que, por causa de Noemí, habían llegado a respetar al pueblo de Israel. Incluso Orfa, quien más tarde regresó a sus dioses, parecía en ese momento dispuesta a irse con Noemí. Pero las lágrimas y la emoción son un fundamento débil para una promesa, y los sentimientos intensos sin un juicio firme suelen conducir a resoluciones poco duraderas.

Entonces Noemí intentó impedir que fueran con ella (Rut 1:11-13). Primero les señaló su propia condición triste. Si hubiera tenido hijos en Canaán, o algún pariente cercano que pudiera casarse con las viudas, darles descendencia a los hombres muertos y ayudar a rescatar las tierras de la familia, ellas podrían haber tenido la esperanza de establecerse cómodamente en Belén. Pero Noemí no tenía hijos, y no podía pensar en ningún pariente cercano que probablemente cumpliera con el deber de un pariente redentor. Era demasiado mayor para esperar otro esposo y otra familia. A su edad, era tiempo de pensar en dejar este mundo, no de comenzar un nuevo hogar.

Había también otro problema. Aunque Noemí hubiera tenido esposo e hijos, no podía esperar que aquellas jóvenes viudas permanecieran solteras hasta que sus hijos crecieran. No solo era incapaz de darles esposos, sino que tampoco podía sostenerlas como deseaba. Ese era el dolor más agudo de su triste condición: no podía hacer por ellas lo que su corazón anhelaba. «Me duele más por ustedes que por mí misma que la mano del SEÑOR se haya levantado contra mí». Ella se veía como el blanco principal de la aflicción. Creía que Dios estaba tratando especialmente con ella: «La mano del SEÑOR se ha levantado contra mí. Yo soy la pecadora. Dios tiene un asunto pendiente conmigo». Ese es el espíritu correcto en medio de la aflicción. Aunque haya otras personas involucradas en el sufrimiento, debemos recibir la reprensión de Dios como dirigida a nosotros.

Noemí también sentía profundamente el sufrimiento que su situación les había causado a ellas. Ella era la pecadora, pero ellas eran quienes sufrían por ello: «Me causa mucho dolor por ustedes». Un espíritu bondadoso puede soportar mejor su propia carga que ver sufrir a otros por causa de ella. Noemí podía soportar más fácilmente la escasez en su propia vida que ver a sus nueras pasar necesidad. Por eso les insistió en que regresaran, porque no estaba en condiciones de hacerles ningún bien.

Aun así, Noemí hizo bien en advertirles que no la siguieran a la ligera. Si iban con ella, no quería que fuera solo por la influencia que ejercía sobre ellas. Quienes adoptan la religión únicamente para complacer a sus familiares, satisfacer a sus amistades o acompañar a otros suelen demostrar ser creyentes débiles y de poca duración. Si iban a seguirla, quería que lo hicieran por decisión consciente, después de calcular el costo. Es bueno conocer primero la verdad difícil. Nuestro Señor trató de esa manera al hombre que afirmó con valentía: «Te seguiré adondequiera que vayas». En esencia, Cristo le respondió: «¿Puedes vivir como yo vivo? El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Mateo 8:19-20). Noemí trató de la misma manera a sus nueras. Las decisiones formadas después de una reflexión seria tienen más probabilidades de permanecer firmes que las que se toman demasiado rápido.

Orfa se dejó persuadir con facilidad para seguir su propio deseo equivocado y regresar a su tierra, a su familia y a la casa de su padre, justo cuando parecía estar a punto de recibir un verdadero llamado al Dios de Israel. Las dos alzaron la voz y volvieron a llorar (Rut 1:14), profundamente conmovidas por las tiernas palabras de Noemí. Pero el efecto fue distinto en cada una. Para Orfa, la advertencia de Noemí se convirtió en una excusa para volver a Moab y, de ese modo, ayudó a justificar su alejamiento. Para Rut, fortaleció su determinación y profundizó su cariño por Noemí. Quedó más impresionada que nunca por la sabiduría y bondad de Noemí. Para Orfa, aquellas palabras fueron una advertencia que la condujo a la ruina; para Rut, fueron un medio de vida.

Orfa besó a su suegra. Fue una despedida afectuosa, pero también definitiva. No tenía la intención de seguir acompañando a Noemí más lejos. Como el hombre que dijo que seguiría a Cristo después de enterrar primero a su padre, Orfa mostró afecto, pero no la suficiente entrega como para abandonar su propia tierra por causa de Noemí.

Así es como muchas personas tratan a Cristo. Lo valoran y sienten cariño por él, pero aun así se quedan sin alcanzar la salvación porque no pueden separarse de otras cosas por amor a él. De alguna manera lo aman, pero aman más otras cosas, y por eso lo abandonan. Eso fue lo que ocurrió con el joven rico, quien se alejó triste (Mateo 19:22).

Rut, en cambio, permaneció con Noemí. No se nos dice si ya había decidido ir con ella cuando salió de su casa. Es posible que así fuera, porque las instrucciones anteriores de Noemí le habían dado cierto conocimiento del Dios de Israel y habían despertado en ella un deseo genuino de seguir sus caminos.

Entonces Noemí instó a Rut a regresar, usando el ejemplo de su cuñada como otra razón. Su cuñada había vuelto con su propio pueblo, y eso significaba que también había regresado a sus dioses. Si vivía entre los adoradores de Quemos, le resultaría casi imposible seguir honrando al Dios de Israel. Quienes abandonan la comunión del pueblo de Dios y regresan a Moab pronto romperán también su comunión con Dios y adoptarán los ídolos de Moab. En efecto, Noemí le estaba diciendo: «Si vas a regresar, hazlo ahora. Esta es la prueba más difícil de tu fidelidad. Si permaneces firme en medio de ella, serás mía para siempre». Se permite que ocurran fracasos como el de Orfa para que quienes son sinceros y entregados de todo corazón queden claramente manifestados, como Rut en esta ocasión.

Entonces Rut puso fin a la conversación con una promesa solemne: nunca dejaría a Noemí ni volvería a su propia tierra y a su antigua familia. No podía haber palabras más nobles ni más valientes que las suyas. Fue como si, después de que Orfa se marchó, Rut tuviera otro espíritu y otra manera de hablar. La gracia de Dios la estaba guiando a escoger el mejor camino con firme determinación.

Primero le pidió a Noemí que no siguiera insistiendo. «No me pidas que te abandone ni que deje de seguirte. Tus enseñanzas anteriores ya afirmaron mi corazón, así que tus insistencias de ahora no pueden hacerme cambiar». Para quienes están decididos a seguir a Dios y la verdadera religión, es una carga real que otros intenten constantemente hacerlos cambiar de decisión. A quienes ni siquiera piensan en regresar no se les debería insistir con tales propuestas. Cuando la nota al margen dice: «No te pongas contra mí», nos recuerda que quienes intentan apartarnos del camino al cielo en realidad están contra nosotros. Pueden seguir siendo familiares, pero no son verdaderos amigos si nos desaniman de servir a Dios.

Luego Rut habló con gran claridad sobre cuán plenamente pensaba permanecer con Noemí. No amaba la belleza exterior, la riqueza ni la alegría de Noemí, porque todo eso había desaparecido. Amaba su sabiduría, su virtud y su gracia, cualidades que permanecían aun en medio de la pobreza y el dolor. Por eso dijo, en efecto: «Adonde tú vayas, yo iré, aunque sea un país que nunca he visto y que me enseñaron a despreciar. Donde tú vivas, yo viviré, aunque sea una casa pobre». Estaba dispuesta a compartir toda la vida de Noemí, adondequiera que eso la llevara.

También dijo: «Tu pueblo será mi pueblo». Al observar el carácter de Noemí, había llegado a la conclusión de que la nación de Noemí debía ser un pueblo sabio y entendido. Juzgaba a todo el pueblo por Noemí, quien había honrado a su nación dondequiera que había vivido. De la misma manera, quienes pertenecen a la patria mejor, la celestial, deben procurar honrarla. Rut estaba diciendo que deseaba que la compañía de ese pueblo, su manera de vivir y su causa fueran también los suyos.

Después pasó a hablar de la religión misma: «Tu Dios será mi Dios». Esto implicaba una ruptura clara con los dioses de Moab, que eran vacíos y falsos. Rut escogía adorar al Dios de Israel, el único Dios verdadero y viviente; confiar solo en él, servirle y dejarse guiar por él en todo. Eso es lo que significa tomar al Señor como nuestro Dios.

Continuó diciendo: «Donde tú mueras, moriré yo; y allí seré sepultada». Daba por sentado que ambas morirían, probablemente Noemí primero porque era mayor. Quería permanecer con Noemí mientras durara la vida y también compartir su esperanza al morir. Deseaba morir como Noemí y tener el mismo destino. Incluso en la sepultura quería seguir unida a ella y descansar en la misma tumba, sin enviar nada de regreso a Moab como señal de un apego persistente a su antigua vida. Puesto que sus almas estaban unidas, deseaba que también su polvo se mezclara, con la esperanza de resucitar juntas y permanecer juntas para siempre en el mundo venidero.

Rut selló esta promesa con un juramento solemne: «Que el SEÑOR me castigue severamente si algo que no sea la muerte nos separa a ti y a mí». Un juramento puso fin a la discusión y estableció una obligación permanente respecto a su decisión. Rut sabía que la muerte las separaría por un tiempo, ya que una de ellas podía morir antes que la otra. La muerte separa a las personas que nada más puede separar. Es una hora de separación, y debemos pensar en ella y prepararnos para ella.

Al mismo tiempo, Rut juró que ninguna otra cosa las separaría. No lo haría el atractivo de su propia familia, ni la esperanza de recibir mayor honra entre su propio pueblo, ni ninguna falta de bondad que pudiera encontrar en Israel, ni la pobreza ni la vergüenza. En efecto, dijo: «No; nunca te abandonaré».

Este es el ejemplo de una persona que se convierte firmemente a Dios y a la verdadera religión. Debemos resolver este asunto y mantenernos firmes en esa decisión. Debemos tomar al Señor como nuestro Dios. Debemos poder decir: «Este Dios es mi Dios para siempre; lo he escogido como mío».

Cuando tomamos a Dios como nuestro Dios, también debemos tomar a su pueblo como nuestro pueblo, en toda circunstancia. Aunque sean pobres y despreciados, si le pertenecen a él, deben pertenecernos a nosotros. Una vez que nos unimos a ellos, debemos estar dispuestos a compartir su suerte y vivir como ellos viven.

Debemos someternos al mismo yugo y llevarlo fielmente. Debemos tomar la misma cruz y llevarla con gozo. Debemos ir adonde Dios nos envíe, aunque eso signifique el exilio, y permanecer donde él nos coloque, aunque sea una prisión. Debemos morir donde él disponga que muramos y ser sepultados entre los rectos, quienes entran en paz y descansan en sus lechos, aunque eso signifique únicamente las tumbas de personas comunes.

También debemos decidir continuar y seguir adelante. En esto, nuestra devoción a Cristo debe ser aún más firme que la devoción de Rut por Noemí. Rut decidió que solo la muerte las separaría, pero nosotros debemos decidir que ni siquiera la muerte nos separará de nuestro deber hacia Cristo. Entonces podremos tener la seguridad de que la muerte tampoco nos separará de nuestra felicidad en Cristo.

Debemos comprometernos de corazón mediante una promesa de nunca abandonar estas resoluciones piadosas y jurarle al Señor que permaneceremos firmes en él. Un vínculo firme produce un compromiso firme. Quien habla con sinceridad no evita hacer promesas claras.

Esto dejó a Noemí sin nada más que decir (Rut 1:18). Al ver que Rut estaba decidida a ir con ella —que era precisamente lo que Noemí había estado procurando—, quedó satisfecha y dejó de insistirle. Noemí no podía pedir más que el solemne compromiso que Rut acababa de hacer. Esto demuestra el poder de la determinación, porque hace callar a la tentación.

Quienes son indecisos y cumplen con sus deberes religiosos sin una convicción firme están dando entrada a la tentación. Se parecen a una puerta que se ha dejado medio abierta, invitando a entrar a un ladrón. Pero la determinación cierra la puerta con llave, resiste al diablo y lo obliga a huir.

La paráfrasis caldea presenta así el diálogo entre Noemí y Rut: Rut dijo: «No me insistas para que te deje, porque me convertiré». Noemí respondió: «Tenemos el mandato de guardar los sábados y los días santos, cuando no podemos viajar más de unos 2,000 codos, es decir, la distancia permitida para un viaje en sábado». Rut contestó: «A donde tú vayas, yo iré». Noemí dijo: «Tenemos el mandato de no pasar la noche con gentiles». Rut respondió: «Donde tú te alojes, yo me alojaré».

Noemí dijo: «Tenemos el mandato de guardar 613 mandamientos». Rut respondió: «Guardaré todo lo que guarde tu pueblo, porque ellos serán mi pueblo». Noemí dijo: «Tenemos prohibido adorar a cualquier dios falso». Rut contestó: «Tu Dios será mi Dios». Noemí dijo: «Tenemos cuatro formas de muerte para los criminales: apedreamiento, quema, estrangulamiento y ejecución con espada». Rut respondió: «Donde tú mueras, yo moriré».

Noemí dijo: «Tenemos lugares para sepultar a nuestros muertos». Rut respondió: «Allí seré sepultada».

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