Versículo destacado
Apocalipsis 1:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Yo, Juan, que también soy hermano de ustedes y compañero en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo. "
Apocalipsis 1:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Miren, viene con las nubes, y todo ojo lo verá, incluso los que lo traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán por causa de él. Así sea. Amén.
8 «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin», dice el Señor, el que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
9 Yo, Juan, que también soy hermano de ustedes y compañero en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo.
10 Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta,
11 que decía: «Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Lo que ves, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea».
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Hemos llegado ahora a la gloriosa visión que el apóstol Juan tuvo del Señor Jesucristo cuando Cristo vino a darle esta revelación. Primero debemos observar la manera en que Juan se describe a sí mismo, pues él fue quien recibió el honor de contemplar esta visión. Describe su condición presente: era hermano y compañero de estas iglesias en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Cristo. En ese tiempo, como muchos otros cristianos verdaderos, estaba siendo perseguido, y quizá incluso había sido encarcelado o desterrado por seguir a Cristo.
Juan dice que era su hermano, aunque era apóstol. Parece valorar más su lugar dentro de la familia de la iglesia que la autoridad que tenía en ella. Judas Iscariote podía ser apóstol, pero no era hermano de la familia de Dios. Juan también era su compañero, porque los hijos de Dios deben buscar la compañía de los demás creyentes. Era compañero de ellos en la tribulación, porque los siervos perseguidos de Dios no sufren solos; otros también enfrentan pruebas semejantes.
También era su compañero en la paciencia, es decir, en la gracia firme que ayuda a los creyentes a soportar el sufrimiento. Si tenemos la paciencia de los santos, no debemos quejarnos cuando enfrentamos las pruebas de los santos. Juan era compañero en el sufrimiento por el reino de Cristo, es decir, por el gobierno real de Cristo sobre la iglesia y el mundo. Sufría por mantenerse firme en ese gobierno frente a todos los que intentaban apoderarse de la autoridad que pertenece únicamente a Cristo. Al expresarse así, Juan muestra su solidaridad con las iglesias y su disposición para darles consejo y consuelo; también les pide que presten mucha atención a lo que está a punto de comunicarles de parte de Cristo, su Señor común.
En segundo lugar, Juan nos dice dónde estaba cuando recibió esta visión: estaba en la isla de Patmos. No dice quién lo envió allí, y los cristianos deben hablar con humildad y prudencia acerca de sus propios sufrimientos. Patmos era una isla del mar Egeo, una de las islas Cícladas, con un perímetro de aproximadamente treinta y cinco millas. Aun en ese confinamiento, Juan encontraba consuelo en saber que no sufría como un criminal, sino por el testimonio de Jesús, es decir, por dar testimonio de Cristo como el Emanuel y el Salvador. Era una causa digna por la cual sufrir, y el Espíritu de gloria y de Dios reposaba sobre este apóstol perseguido.
En tercer lugar, Juan nos dice el día en que tuvo la visión: era el día del Señor, el día que Cristo apartó para sí, así como la Cena del Señor lleva su nombre. Esto no puede significar otra cosa que el sábado cristiano, el primer día de la semana, observado en memoria de la resurrección de Cristo. Si lo llamamos Señor, debemos honrarlo en su propio día, el día que el Señor hizo y en el cual debemos alegrarnos.
En cuarto lugar, Juan describe la condición de su alma en ese momento: estaba en el Espíritu. No solo se encontraba en un éxtasis espiritual cuando llegó la visión, sino que ya estaba en una actitud seria y celestial, bajo la influencia bendita y bondadosa del Espíritu de Dios. A menudo Dios prepara a su pueblo para manifestaciones especiales de su presencia dándole una vida espiritual más profunda mediante la obra santificadora del Espíritu. Quienes desean tener comunión con Dios en el día del Señor deben procurar apartar sus pensamientos y deseos de las cosas de la carne y concentrarse en lo espiritual.
En segundo lugar, el apóstol relata lo que oyó mientras estaba en el Espíritu. Hubo una señal como de trompeta, y luego oyó una voz: la voz de Cristo. Cristo habló de sí mismo como el Primero y el Último, y le ordenó a Juan que escribiera lo que estaba a punto de mostrársele y que lo enviara de inmediato a las siete iglesias de Asia, cuyos nombres se mencionan. De esta manera, nuestro Señor Jesús, el capitán de nuestra salvación, anunció su gloriosa aparición como con un toque de trompeta.
En tercer lugar, también se nos cuenta lo que Juan vio. Se volvió para ver de dónde provenía la voz y saber quién hablaba, y entonces una visión maravillosa se abrió delante de él. Vio una imagen de la iglesia bajo el símbolo de siete candelabros de oro, como se explica en el último versículo del capítulo. Las iglesias son como candelabros porque sostienen en alto la luz del evangelio para que todos la vean. Las iglesias no son la luz misma: solo Cristo es nuestra luz, y su evangelio es nuestra lámpara. Sin embargo, las iglesias reciben su luz de Cristo y de su evangelio, y la transmiten a los demás.
Son candelabros de oro porque deben ser preciosos y puros, como el oro fino. Esto debe ser verdad no solo de los ministros, sino también de los miembros de las iglesias. Su luz debe brillar delante de las personas para que otros sean guiados a glorificar a Dios.
Juan también vio al Señor Jesucristo en medio de los candelabros de oro, porque Cristo prometió estar siempre con sus iglesias, hasta el fin del mundo. Él las llena de luz, vida y amor, porque es el alma viva que da forma a la iglesia. Cristo apareció en gloria de varias maneras. Estaba vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies, una vestidura real y sacerdotal que mostraba justicia y honor. Llevaba ceñida una banda de oro, semejante al pectoral del sumo sacerdote, en el que estaban grabados los nombres de su pueblo. Esto muestra que está completamente preparado para llevar a cabo la obra de redención.
Su cabeza y su cabello eran blancos como la lana o la nieve. Él es el Anciano de Días, y su cabello blanco no es señal de debilidad, sino una corona de gloria. Sus ojos eran como una llama de fuego, capaces de ver hasta lo más profundo del corazón humano y de infundir temor en sus enemigos. Sus pies eran como bronce fino encendido, fuertes y firmes, sosteniendo su causa y aplastando a sus enemigos. Su voz era como el estruendo de muchas aguas, como el de muchos ríos que corren juntos. Puede hacerse oír tanto por los que están lejos como por los que están cerca. Su evangelio es como un río caudaloso, alimentado por las fuentes más elevadas de sabiduría y conocimiento infinitos.
En su mano derecha sostenía siete estrellas, es decir, a los ministros de las siete iglesias. Ellos están bajo su dirección, reciben de él toda su luz y su influencia, y son protegidos por él. De su boca salía una espada de dos filos: su palabra, que hiere y sana, y que confronta el pecado por todos lados. Su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza, demasiado resplandeciente y deslumbrante para que los ojos mortales lo soporten. Esta visión afectó profundamente a Juan. Cayó a los pies de Cristo como muerto, abrumado por la grandeza del resplandor y la gloria con que Cristo se manifestó, aunque ya lo había conocido de cerca. Qué bueno es para nosotros que Dios nos hable por medio de personas semejantes a nosotros, cuya presencia no nos aterroriza, porque nadie puede ver el rostro de Dios y seguir con vida.
Entonces aparece la bondad tierna del Señor Jesús hacia su discípulo: puso su mano sobre él, mostrando que la gloria de Cristo no le impide cuidar de los suyos con ternura.
Lo levantó. No lo reprendió con dureza, sino que lo fortaleció con palabras bondadosas. Primero le habló con palabras de consuelo y ánimo: «No tengas miedo». Así disipó el temor aterrador de su siervo.
En segundo lugar, le dio instrucción al decirle quién era el que se le había aparecido. Primero dejó clara su naturaleza divina: «Yo soy el Primero y el Último». Después le recordó su sufrimiento: «Estuve muerto». Era el mismo Cristo que los discípulos habían visto en la cruz, muriendo por los pecados de las personas. Luego habló de su resurrección y de su vida: «Estoy vivo por los siglos de los siglos». Derrotó a la muerte, salió de la tumba y participa de una vida interminable.
También habló de su oficio y autoridad: «Tengo las llaves de la Muerte y del Hades». Esto significa que tiene el dominio soberano sobre el mundo invisible. Él abre, y nadie puede cerrar; él cierra, y nadie puede abrir. Abre las puertas de la muerte cuando quiere, y abre las puertas del mundo eterno, ya sea para el gozo o para el juicio, como Juez de todos, cuya sentencia no puede ser apelada.
Finalmente, le dijo a Juan lo que quería que hiciera: «Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá después». También le explicó el significado de las siete estrellas, que son los ministros de las iglesias, y de los siete candelabros, que son las siete iglesias. Ahora Cristo enviaría a Juan mensajes especiales para cada una de ellas.
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De este capítulo
Apocalipsis 1:1
"La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y él la envió y la dio a conocer por medio de su ángel a su siervo Juan."
Apocalipsis 1:2
"Este dio testimonio de la palabra de Dios, del testimonio de Jesucristo y de todas las cosas que vio."
Apocalipsis 1:3
"Dichoso el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas escritas en ella, porque el tiempo está cerca."
Apocalipsis 1:4
"Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a ustedes, de parte del que es, que era y que ha de venir; y de parte de los siete Espíritus que están delante de su trono;"
Apocalipsis 1:5
"y de parte de Jesucristo, quien es el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre,"
Apocalipsis 1:6
"y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios y su Padre, a él sean la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén."
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