Versículo destacado

Apocalipsis 1:3 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Dichoso el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas escritas en ella, porque el tiempo está cerca. "

Apocalipsis 1:3

menu_book El versículo en contexto

1 La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y él la envió y la dio a conocer por medio de su ángel a su siervo Juan.

2 Este dio testimonio de la palabra de Dios, del testimonio de Jesucristo y de todas las cosas que vio.

3 Dichoso el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas escritas en ella, porque el tiempo está cerca.

4 Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a ustedes, de parte del que es, que era y que ha de venir; y de parte de los siete Espíritus que están delante de su trono;

5 y de parte de Jesucristo, quien es el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos una bendición apostólica para quienes prestan la debida atención a esta revelación divina. Se expresa de manera general y también de una manera más específica.

En primer lugar, es para todos los que leen o escuchan las palabras de esta profecía. Esta bendición nos anima a estudiar este libro y a no cansarnos de él porque algunas partes sean difíciles de entender. Los lectores cuidadosos y atentos recibirán recompensa. Es un gran privilegio tener la palabra de Dios, y esta fue una de las principales ventajas que los judíos tenían sobre los gentiles. También es una bendición estudiar las Escrituras, pues quienes las escudriñan invierten bien su tiempo y sus esfuerzos.

Además, no solo es un privilegio leer las Escrituras personalmente, sino también escucharlas de labios de otros que pueden explicarlas y ayudarnos a entenderlas. Sin embargo, leer y escuchar no bastan para recibir la bendición. Es necesario guardar lo que está escrito, conservarlo en la memoria, en los pensamientos, en los afectos y en las acciones. Entonces seremos bendecidos al ponerlo en práctica. Cuanto más nos acerquemos al cumplimiento de las Escrituras, mayor cuidado debemos tener con ellas. Puesto que el tiempo está cerca, debemos prestarles todavía más atención al ver que se acerca el día.

En segundo lugar, esta bendición se dirige especialmente a las siete iglesias de Asia, mencionadas en Apocalipsis 1:4 y nombradas en Apocalipsis 1:11. A cada una se le envían mensajes específicos en los capítulos siguientes. Se mencionan de manera especial porque eran las iglesias más cercanas a Juan, quien en ese momento estaba en la isla de Patmos, y quizá tenía un cuidado particular por ellas. Esto no excluye el cuidado de otros apóstoles que todavía pudieran estar vivos.

La bendición misma consiste en gracia y paz, santidad y consuelo. La gracia significa la buena voluntad de Dios hacia nosotros y su buena obra en nosotros. La paz significa la dulce percepción y seguridad de esa gracia. No puede haber verdadera paz donde no existe verdadera gracia, y cuando la gracia va primero, la paz la sigue.

¿De quién procede esta bendición? Se da en el nombre de Dios, de la Trinidad completa, pues se trata de un acto de adoración, y solo Dios puede ser su verdadero objeto. Los ministros de Dios deben bendecir al pueblo únicamente en su nombre. El Padre aparece primero, como Dios el Padre. Esto puede referirse a Dios en sí mismo o a la primera persona de la bendita Trinidad, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Se le describe como el que es, el que era y el que ha de venir: eterno e inmutable, el mismo para la iglesia del Antiguo Testamento, la iglesia del Nuevo Testamento y la iglesia triunfante que vendrá.

Al Espíritu Santo se le llama los siete espíritus, no porque existan siete espíritus, sino porque él es el Espíritu de Dios infinitamente perfecto, con una variedad plena de dones y obras. Está delante del trono porque Dios hizo todas las cosas por medio de su Espíritu y gobierna todas las cosas por medio de su Espíritu.

El Señor Jesucristo es nombrado después del Espíritu porque Juan se proponía hablar con mayor amplitud acerca de Cristo, Dios manifestado en carne, a quien una vez había visto vivir en la tierra y ahora volvía a ver en gloria. Cristo es el testigo fiel. Desde la eternidad dio testimonio de todos los planes de Dios (Juan 1:18), y en el tiempo reveló fielmente la voluntad de Dios, que ahora nos ha hablado por medio de su Hijo. Podemos confiar plenamente en su testimonio porque él no puede ser engañado ni engañarnos.

Él es el primogénito de entre los muertos, el primero que resucitó y la cabeza de la resurrección. Se levantó por su propio poder, y por ese mismo poder levantará a su pueblo de sus sepulcros para recibir honra eterna. Por medio de su resurrección les ha dado un nuevo nacimiento para una esperanza viva. También es el soberano de los reyes de la tierra. La autoridad de ellos procede de él, su poder está limitado por él, su ira es refrenada por él, sus planes son sometidos a su voluntad y ellos tendrán que responder ante él. Esto es una buena noticia para la iglesia y una prueba contundente de que Cristo es verdaderamente Dios, pues él es Rey de reyes y Señor de señores.

También es el gran amigo de su pueblo, quien ha hecho grandes cosas por ellos movido por puro amor. Los amó y, debido a ese amor eterno, los lavó de sus pecados con su propia sangre. El pecado deja una mancha en el alma, tanto de culpa como de contaminación, y nada excepto la sangre de Cristo puede quitarla. Cristo estuvo dispuesto a derramar su propia sangre para que ellos recibieran perdón y limpieza.

También los hizo reyes y sacerdotes para Dios y su Padre. Después de justificarlos, es decir, de declararlos justos delante de Dios, y santificarlos, es decir, hacerlos santos, los hace reyes ante los ojos de su Padre, con su aprobación y para su gloria. Como reyes, gobiernan su propio espíritu, vencen a Satanás, tienen poder con Dios en la oración y juzgarán al mundo. Los hizo sacerdotes al darles acceso a Dios, permitirles entrar en el lugar santo y ofrecer sacrificios espirituales que le agradan. También les ha dado la gracia necesaria para cumplir ese llamado. Por estos altos honores y dones, le deben a él el dominio y la gloria por siempre.

Él también será el Juez del mundo. «Miren, él viene, y todo ojo lo verá» (Apocalipsis 1:7). El libro de Apocalipsis comienza y termina con una predicción de la segunda venida del Señor Jesucristo. Debemos pensar con frecuencia en esa venida y mantenerla delante de los ojos de la fe y la esperanza. Juan habla como si ya contemplara ese día: Cristo ciertamente viene, con tanta seguridad como si lo estuviéramos viendo con nuestros propios ojos.

Viene con las nubes, que son su carroza y su cubierta. Vendrá públicamente, y todo ojo lo verá: los ojos de su pueblo, los ojos de sus enemigos, todos los ojos, los tuyos y los míos. Traerá terror a quienes lo traspasaron y no se arrepintieron, y a todos los que lo han herido de nuevo al apartarse de él. También asombrará al mundo pagano. Viene a juzgar tanto a quienes no conocen a Dios como a quienes no obedecen el evangelio de Cristo.

Cristo mismo confirma esta descripción acerca de él (Apocalipsis 1:8). Nuestro Señor Jesús reclama legítimamente el mismo honor y poder que se atribuyen al Padre en Apocalipsis 1:4. Él es el principio y el fin, pues todas las cosas proceden de él y existen para él. Él es el Todopoderoso, el mismo Ser eterno e inmutable. Cualquiera que intentara quitarle uno de estos títulos al nombre de Cristo merecería que su propio nombre fuera quitado del libro de la vida.

Quienes honran a Cristo serán honrados por él, pero quienes lo tratan con desprecio serán tenidos en poco.

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