Versículo destacado
Salmos 78:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Los hijos de Efraín, armados y portando arcos, volvieron atrás el día de la batalla. "
Salmos 78:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 para que pusieran su esperanza en Dios, no olvidaran las obras de Dios y guardaran sus mandamientos,
8 y no fueran como sus padres, una generación obstinada y rebelde; una generación que no dispuso rectamente su corazón y cuyo espíritu no fue fiel a Dios.
9 Los hijos de Efraín, armados y portando arcos, volvieron atrás el día de la batalla.
10 No guardaron el pacto de Dios y se negaron a andar en su ley.
11 Olvidaron sus obras y las maravillas que les había mostrado.
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En estos versículos, el salmista primero observa las reprensiones que Israel se había acarreado después por haber actuado traicioneramente contra Dios (Salmo 78:9-11). Los hijos de Efraín, la tribu donde estaba Silo, estaban bien armados y eran hábiles con el arco; sin embargo, volvieron atrás el día de la batalla. Esto probablemente se refiere a la vergonzosa derrota que los filisteos les infligieron en tiempos de Elí, cuando capturaron el arca (1 Samuel 4:10-11). David todavía podía hablar de este acontecimiento más de cuarenta años después, porque, aunque el arca fue recuperada poco después de manos de los filisteos, permaneció fuera del centro de atención y en un lugar reservado hasta que David la trasladó desde Quiriat-jearim a su propia ciudad.
Primero debemos notar la vergonzosa cobardía de Efraín, una tribu conocida por sus hombres fuertes y valientes. Aunque tenían sus armas, huyeron cuando tuvieron que enfrentarse al enemigo. Las armas sirven de poco sin valor, y el valor desaparece cuando Dios está ausente. El pecado debilita a las personas y les quita el ánimo.
También debemos notar las vergonzosas causas de su cobardía. Una de ellas fue su ruptura evidente con la ley y el pacto de Dios (Salmo 78:10). Fueron traicioneros e infieles, porque no guardaron el pacto de Dios. También fueron obstinados y rebeldes, porque se negaron a andar conforme a su ley y, en la práctica, le dijeron que no querían someterse a su gobierno. Otra causa fue su ingratitud. Se olvidaron de sus obras y de sus maravillas, precisamente de aquello que debían recordar y alabar (Salmo 78:11). Con frecuencia, el olvido de las obras de Dios está en la raíz de nuestra desobediencia a su ley.
A partir de ahí, el salmista se vuelve al relato de sus antepasados, quienes también habían olvidado las misericordias de Dios y habían sido ingratos con su gran Benefactor. Por eso, ellos también provocaron muchas veces su desagrado. El relato es impactante, porque muestra una especie de lucha entre la bondad de Dios y la maldad humana, y al final la misericordia triunfa sobre el juicio.
Dios hizo grandes cosas por Israel cuando lo formó como nación. Hizo maravillas delante de sus antepasados y para beneficio de ellos; fueron actos tan extraordinarios y bondadosos que jamás debieron olvidarse. En este pasaje, el salmo menciona brevemente su obra en Egipto (Salmo 78:12), y más adelante vuelve a ella (Salmo 78:43). Dios les abrió un camino a través del mar Rojo y les dio valor para atravesarlo, aunque las aguas se levantaban a ambos lados como un muro (Salmo 78:13). Los guio paso a paso por el desierto inexplorado: durante el día, en una nube que también les daba sombra del calor, y durante la noche, con un fuego que alumbraba, hacía menos aterradora la oscuridad y quizá mantenía alejados a los animales salvajes (Salmo 78:14).
También les dio agua fresca en su campamento, en una tierra seca y sedienta donde no había agua. No hizo llover desde el cielo de la manera acostumbrada; en cambio, partió una roca (Salmo 78:15-16). La roca dura les dio agua, aunque naturalmente no podía recibir lluvia de arriba ni manantiales de abajo. Dios hizo brotar agua de una piedra seca, y esta corrió formando arroyos. Él da generosamente, porque es rico en misericordia. También da en el momento oportuno y, a veces, permite que sintamos necesidad para que valoremos mejor sus dones. Esa agua que brotó de la roca era especialmente valiosa, porque era bebida espiritual, y esa roca era Cristo.
Cuando Dios comenzó a bendecirlos, ellos comenzaron a ofenderlo aún más (Salmo 78:17). Pecaron más contra él de lo que habían pecado en Egipto, aunque allí ya habían sido bastante malos (Ezequiel 20:8). Soportaron mejor la esclavitud que la liberación, y se quejaron mucho más contra Moisés y Aarón de lo que se habían quejado contra sus capataces. Era como si hubieran sido rescatados precisamente para cometer todos esos pecados (Jeremías 7:10). Así como a veces el pecado usa el mandamiento para avivarse, también puede usar la liberación para volverse todavía más pecaminoso.
Provocaron al Altísimo, aunque sabían que no podían compararse con él. Desafiaron su justicia, y lo hicieron en el desierto, donde estaban completamente bajo su poder y donde él ya les había mostrado gran misericordia. Por tanto, tanto la razón como la gratitud los obligaban a agradarlo. Sin embargo, allí dijeron e hicieron cosas que sabían que lo enojarían: pusieron a Dios a prueba en su corazón (Salmo 78:18). El pecado comenzó en el corazón y desde allí alcanzó toda su maldad. Como dice Hebreos 3:10, siempre se desviaban en su corazón. De ese modo pusieron a Dios a prueba, llevando su paciencia al límite para ver si los soportaría o no.
Lo provocaron de dos maneras. Primero, exigieron lo que él no había considerado conveniente darles. Pidieron comida para satisfacer sus deseos. Dios ya les había dado alimento para su hambre mediante el maná, una comida saludable, agradable y abundante. Incluso les había dado alimento como señal de fe cuando despedazó las cabezas de Leviatán, el monstruo marino (Salmo 74:14). Pero nada de eso les bastaba. Querían carne para satisfacer sus apetitos codiciosos. Nada irrita más a Dios que nuestra insatisfacción con lo que nos ha dado y nuestra entrega a los deseos de la carne.
Segundo, lo provocaron al dudar de su poder para darles lo que querían. Eso fue realmente poner a Dios a prueba. Lo desafiaron a darles carne, y si no lo hacía, dirían que era porque no podía, no porque hubiera considerado que no era bueno para ellos (Salmo 78:19). Hablaron contra Dios. Todo el que limita el poder de Dios habla contra él. Fue un insulto amargo preguntar: «¿Acaso puede Dios preparar una mesa en el desierto?». Tenían maná, pero pensaban que no tendrían una mesa completa a menos que también contaran con alimentos hervidos y asados, un primer plato, un segundo y un tercero, como los que habían tenido en Egipto, donde comían carne, pescado y salsas (Éxodo 16:3; Números 11:5).
¡Qué necedad y codicia tan grandes hay en el lujo! Estas personas consideraban que una mesa bien servida era algo tan extraordinario que actuaron como si ni siquiera Dios pudiera prepararla para ellos en el desierto. Sin embargo, las bestias del bosque y todas las aves de los montes le pertenecen (Salmo 50:10-11). Su incredulidad era aún peor porque reconocían que él ya había hecho algo igualmente grandioso: había golpeado la roca y de ella había brotado agua para que bebieran ellos y su ganado (Salmo 78:20).
¿Qué es más difícil: preparar una mesa en el desierto, algo que un hombre rico puede hacer, o sacar agua de una roca, algo que ningún gobernante de la tierra puede hacer? La incredulidad jamás ha formulado una pregunta más absurda: ¿puede el Dios que convirtió una roca en corrientes de agua dar también pan y carne? ¿Hay algo demasiado difícil para el Dios todopoderoso? Una vez que Dios supera las capacidades normales de la naturaleza, ya ha demostrado su poder majestuoso, y debemos afirmar que nada es imposible para él. Por grande que sea lo que pidamos, aun así debemos decir: «Señor, si quieres, puedes hacerlo».
Dios tenía toda la razón para ofenderse y sentirse profundamente disgustado con ellos (Salmo 78:21). El Señor los oyó y se enojó. Dios escucha todas nuestras quejas y desconfianzas, y le desagradan profundamente. Se encendió un fuego contra Jacob; el fuego del Señor ardió entre ellos (Números 11:1). O quizá esto significa que el fuego de la ira de Dios se levantó contra Israel. Para quienes se niegan a creer en Dios, él mismo es un fuego consumidor. Quienes se niegan a confiar en el poder de su misericordia sentirán el poder de su ira y aprenderán que es terrible caer en sus manos.
La razón por la que Dios se ofendió tanto fue que su incredulidad demostraba que en realidad no creían en él (Salmo 78:22). No aceptaron la verdad que él había revelado acerca de sí mismo, porque no quisieron comprometerse con él ni confiarle sus vidas. No confiaron en la salvación que ya había comenzado a obrar por ellos, porque, si lo hubieran hecho, no habrían dudado de su desenlace. Nadie puede decir sinceramente que confía en la salvación de Dios como su esperanza final si no puede confiar en su cuidado para las necesidades diarias durante el camino.
Su incredulidad se agravó por todo lo que ya habían visto del poder y la bondad de Dios (Salmo 78:23-25). Él les había dado pruebas claras de su poder, no solo en la tierra, sino también en los cielos. Ordenaba a las nubes desde lo alto, como quien las creó y las gobierna. Las usaba como quería. Por lo general, las nubes ayudan a que la tierra produzca grano mediante la lluvia; pero, cuando Dios lo ordenó, ellas mismas hicieron llover alimento. Por eso se le llama «trigo del cielo», porque el cielo puede hacer la obra sin la tierra, pero la tierra no puede hacerla sin el cielo.
Dios, que tiene la llave de las nubes, abrió las puertas del cielo. Eso es aún más grande que abrir las ventanas, aunque las Escrituras también presentan esto como una gran bendición (Malaquías 3:10). A quienes piden, buscan y llaman con fe y oración, esas puertas se les abrirán en cualquier momento, porque el Dios del cielo es rico en misericordia para con todos los que lo invocan. Él no solo mantiene una casa bien provista; también mantiene sus puertas abiertas.
Era justo que Dios se indignara con ellos por haber dudado de él después de haber sido tan bondadoso. Había hecho llover maná para que comieran: alimento constante cada día, suficiente para todos y para cada persona. El ser humano comió alimento de ángeles, ya fuera alimento digno de los ángeles si ellos necesitaran comer, alimento proporcionado por medio de los ángeles, o alimento que descendía de la morada de los ángeles. Hasta el niño más pequeño de Israel comía el pan de los poderosos. Era fácil de digerir para los más débiles, pero también era un alimento nutritivo. Y aunque la provisión era tan buena, nunca les faltó, porque Dios les enviaba comida en abundancia. Si recogían poco, era culpa de ellos; aun así, no les faltaba nada (Éxodo 16:18).
El cuidado diario de Dios hacia nosotros desde que llegamos al mundo no tiene el mismo asombro visible que aquel, pero contiene la misma misericordia. Eso hace que nuestra desconfianza hacia él sea todavía más grave. Dios no respondió a su deseo pecaminoso negándoles lo que querían. Más bien, les dio aquello que anhelaban desordenadamente, y por medio de eso les mostró su pecado.
¿Pusieron en duda su poder? Él les demostró rápidamente que sí podía preparar una mesa en el desierto. Aunque los vientos parecen soplar adonde quieren, Dios los convirtió en sus servidores para traerles alimento (Salmo 78:26). Hizo soplar un viento del este y también uno del sur; pudo haber sido un viento del sureste, o uno que siguió al otro, de modo que las codornices llegaron desde esas direcciones. Hizo llover carne sobre ellos, y era de la mejor clase: no carne de animales sacrificados, sino aves silvestres, y en gran cantidad, como el polvo y como la arena del mar (Salmo 78:27). Hasta el israelita más pobre tuvo suficiente. Y no les costó nada, ni siquiera el esfuerzo de traerla desde las colinas, porque Dios hizo que cayera en medio del campamento, alrededor de sus casas (Salmo 78:28). Véase Números 11:31-32.
Aquí debemos reconocer cuán bueno es Dios incluso con los malvados y los ingratos, y qué extraño es que su bondad no venza la maldad de sus corazones. También debemos aprender a no medir el amor de Dios por regalos como estos. La comida abundante no es señal de un favor especial. Cristo les dio pan seco a los discípulos que amaba, pero a Judas, quien lo traicionó, le dio un pedazo mojado en la comida.
¿Desafiaron su justicia y presumieron de haber conseguido lo que querían? Dios hizo que pagaran caro por las codornices. Les dio lo que pidieron, pero no los liberó de su deseo desordenado (Salmo 78:29-30). Su apetito no tenía límite. Estaban llenos y aun así no satisfechos, porque no sabían lo que realmente querían. Así es el deseo desordenado: nunca se conforma y, cuanto más se complace, más exigente se vuelve. Quienes ceden a esos deseos nunca terminan con ellos.
O quizá esto significa que la generosidad de Dios no hizo que se avergonzaran de su egoísmo, como habría sucedido si hubieran tenido algún sentido del honor. Pero ¿qué ocurrió al final? Mientras la carne todavía estaba en sus bocas, mientras aún les parecía dulce, la ira de Dios cayó sobre ellos y mató a los más fuertes (Salmo 78:31), a los que se habían entregado más al exceso y habían actuado con mayor atrevimiento. Véase Números 11:33-34. Fueron alimentados como ovejas destinadas al matadero, y el carnicero toma primero las más gordas.
Podemos suponer que había algunos israelitas piadosos y satisfechos con lo necesario que comieron las codornices con moderación y no sufrieron ningún daño. No fue la carne la que los envenenó, sino su propio deseo desordenado. Quienes aman el lujo y los placeres sensuales deben leer aquí su advertencia.
El destino de quienes hacen de su estómago un dios es la destrucción (Filipenses 3:19). La prosperidad de los necios los arruinará, y su caída será peor debido a su éxito.
Los juicios de Dios no los reformaron, así como tampoco lo habían hecho sus misericordias. Como dice Salmo 78:32: «A pesar de todo esto, siguieron pecando». Continuaron murmurando y discutiendo con Dios y con Moisés, igual que antes. Aunque Dios estaba enojado y los golpeó, siguieron tercamente por el camino que sus propios corazones habían escogido (Isaías 57:17). No creyeron, ni siquiera después de ver sus obras poderosas.
Las obras de juicio de Dios eran tan asombrosas y mostraban su poder con tanta claridad como sus obras de misericordia. Sin embargo, esas obras no los llevaron a temer a Dios ni a comprender cuánto les convenía tenerlo como amigo. Un corazón es verdaderamente duro cuando no se ablanda ante la bondad de Dios ni se quebranta ante su disciplina.
Como siguieron pecando, Dios continuó con sus juicios, pero de una manera más lenta. En ese momento no los golpeó con enfermedades repentinas como la que mató a los más gordos. En cambio, les dio una enfermedad prolongada y debilitante (Salmo 78:33). «Por eso consumió sus días en vanidad en el desierto, y sus años en angustia». Por una sentencia irrevocable, fueron condenados a pasar treinta y ocho largos años en el desierto.
Esos años se desperdiciaron. Durante todo ese tiempo no avanzaron ni un solo paso hacia Canaán. Retrocedieron y vagaron como personas perdidas en un laberinto. No dieron un solo golpe para conquistar la tierra. Además, fueron años llenos de angustia, porque sus cuerpos estaban condenados a caer en el desierto, y todos murieron allí, excepto Caleb y Josué. Quienes persisten en el pecado deben esperar seguir encontrando dificultades.
La razón por la que muchas personas pasan sus días en tanta vanidad y aflicción, y viven con tan poco consuelo y propósito, es que no viven por fe.
Ante estas advertencias, actuaron como si se hubieran arrepentido, pero su arrepentimiento no era profundo ni sincero. Sus palabras externas sonaban bastante bien. Como dice Salmo 78:34-35, cuando Dios mató a algunos de ellos, o mandó que los mataran, entonces lo buscaron. Confesaron su pecado y suplicaron misericordia. Cuando algunos fueron derribados, los demás, atemorizados, clamaron a Dios, prometieron cambiar y parecieron deseosos de volver a él.
También dijeron que recordaban que Dios era su roca, así que ahora, cuando lo necesitaban, correrían a él para ponerse a salvo. Recordaron que el Altísimo era su Redentor, el que los había sacado de Egipto, y por eso pensaron que podían acercarse a él con confianza. La aflicción debe recordarnos que Dios es nuestra roca y nuestro Redentor, porque en la prosperidad olvidamos con mucha facilidad que él existe.
Pero sus palabras no eran sinceras. Salmo 78:36-37 dice que solo lo halagaban con la boca, como si las palabras bonitas pudieran hacer que retirara la sentencia y quitara el juicio. En secreto tenían la intención de romper su promesa una vez que pasara el peligro. No volvieron a Dios con todo el corazón, sino solo de una manera falsa, como el pueblo descrito en Jeremías 3:10. El temor los obligó a pronunciar sus oraciones y promesas.
Era evidente que no hablaban en serio, porque no cumplieron lo que habían prometido. Se derretían bajo el sol, pero se congelaban bajo la sombra. Le mentían a Dios con la lengua, porque sus corazones no estaban con él ni eran rectos delante de él. Esto quedó demostrado por el resultado, porque no permanecieron firmes en su pacto. No fueron sinceros al cambiar su manera de vivir, porque no perseveraron.
Al intentar engañar al Dios que examina los corazones, lo insultaron tanto como con cualquiera de sus quejas. Sin embargo, Dios, movido por compasión, detuvo los juicios que había anunciado y comenzado a ejecutar (Salmo 78:38-39). «Pero él, lleno de compasión, perdonó su maldad». Uno pensaría que este arrepentimiento fingido habría colmado la medida de su culpa. ¿Qué podía ser más provocador que mentirle así al Dios santo o retener lo que se le debía, como en Hechos 5:3?
Aun así, como está lleno de compasión, perdonó su culpa en este sentido: no los destruyó ni los eliminó como pueblo, aunque justamente podría haberlo hecho. En cambio, les perdonó la vida hasta que creciera una nueva generación que pudiera entrar en la tierra prometida. «No la destruyas, porque en ella hay bendición» (Isaías 65:8). Muchas veces apartó de ellos su ira, porque él gobierna sobre su propia ira y no derramó sobre ellos toda su indignación.
¿Por qué lo hizo? No porque su destrucción le hubiera causado algún daño, sino por dos razones. Primero, porque estaba lleno de compasión. Cuando estaba a punto de destruirlos, su compasión se despertó y dijo: «¿Cómo podría abandonarte, Efraín? ¿Cómo podría entregarte, Israel?» (Oseas 11:8). Segundo, aunque ellos no recordaban debidamente que él era su roca, él sí recordó que eran solo seres humanos. Tomó en cuenta la debilidad y la fragilidad de su naturaleza, y tuvo a bien hacer de eso una razón para perdonarlos, aunque no fuera una excusa para su pecado. Véase Génesis 6:3.
Consideró cuán frágiles eran y lo fácil que habría sido aplastarlos. Son como un viento que pasa y no vuelve; pronto pueden desaparecer, pero una vez que se han ido, se han ido para siempre. Entonces, ¿qué sería del pacto con Abraham? Puesto que son carne, puesto que son como el viento, podría argumentarse que justamente podrían ser destruidos de inmediato y que no habría ninguna pérdida por ello. Pero Dios razona de otra manera: por eso no los destruirá. La verdadera razón es que está lleno de compasión.
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De este capítulo
Salmos 78:1
"Escucha, pueblo mío, mi ley; inclinen sus oídos a las palabras de mi boca."
Salmos 78:2
"Abriré mi boca en parábola; pronunciaré dichos enigmáticos de tiempos antiguos,"
Salmos 78:3
"los cuales hemos oído y conocido, y nuestros padres nos han contado."
Salmos 78:4
"No los ocultaremos de sus hijos, sino que mostraremos a la generación venidera las alabanzas del SEÑOR, su poder y las obras maravillosas que ha hecho."
Salmos 78:5
"Porque estableció un testimonio en Jacob y dispuso una ley en Israel, los cuales mandó a nuestros padres que dieran a conocer a sus hijos,"
Salmos 78:6
"para que los conociera la generación venidera, los hijos que habrían de nacer, quienes se levantarían y los declararían a sus hijos,"
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