Versículo destacado
Nehemías 9:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenaní se pusieron de pie sobre las gradas de los levitas y clamaron a gran voz al SEÑOR su Dios. "
Nehemías 9:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 La descendencia de Israel se separó de todos los extranjeros, y ellos se pusieron de pie y confesaron sus pecados y las maldades de sus padres.
3 Permanecieron de pie en su lugar y leyeron en el libro de la ley del SEÑOR su Dios durante la cuarta parte del día; durante otra cuarta parte confesaron y adoraron al SEÑOR su Dios.
4 Entonces Jesúa, Bani, Cadmiel, Sebanías, Buni, Serebías, Bani y Quenaní se pusieron de pie sobre las gradas de los levitas y clamaron a gran voz al SEÑOR su Dios.
5 Entonces los levitas Jesúa, Cadmiel, Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías dijeron: Levántense y bendigan al SEÑOR su Dios por siempre y para siempre; y bendito sea tu nombre glorioso, que es exaltado por encima de toda bendición y alabanza.
6 Tú, solo tú, eres el SEÑOR. Tú hiciste el cielo, el cielo de los cielos con todo su ejército, la tierra y todo lo que hay en ella, los mares y todo lo que hay en ellos. Tú conservas la vida de todos ellos, y el ejército del cielo te adora.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Aquí se nos cuenta cómo se llevó a cabo este día de ayuno. Los nombres de los ministros que servían aparecen dos veces, en Nehemías 9:4 y Nehemías 9:5, aunque con algunas diferencias. Es posible que oraran uno tras otro, siguiendo la instrucción del apóstol: «Todos pueden profetizar uno por uno» (1 Corintios 14:31). Otros piensan que había ocho grupos separados, ubicados a cierta distancia unos de otros, y que cada grupo tenía un levita —un hombre de la tribu apartada para el servicio del templo— que lo dirigía.
La actividad consistía en oración y alabanza. Clamaron a Dios a gran voz (Nehemías 9:4), pidiéndole que perdonara los pecados de Israel y les mostrara su favor. No clamaron para que Dios pudiera escucharlos mejor, como lo hicieron los adoradores de Baal, sino para que el pueblo los oyera y sus propios corazones fueran movidos a una mayor sinceridad. La alabanza también tenía su lugar en un día de ayuno, porque en cada acto de adoración debemos procurar darle a Dios el honor que merece su nombre.
Aquí se presenta un resumen de su oración. Tal vez se había escrito de antemano para guiar a los levitas, o quizá se redactó después, recordando los puntos principales de lo que se había dicho. Sin duda se habló mucho más de lo que quedó escrito, porque confesar el pecado y adorar a Dios ocuparon una cuarta parte del día, y probablemente mucho más. En esta oración solemne, lo primero que escuchamos es una alabanza humilde y reverente a Dios como el Ser perfecto y glorioso, la fuente de todo lo que existe (Nehemías 9:5-6).
Se pidió al pueblo que mostrara su acuerdo poniéndose de pie. Entonces el ministro se dirigió a Dios y dijo: «Bendito sea tu glorioso nombre». Aquí se alaba a Dios como el único Dios vivo y verdadero. «Solo tú eres el SEÑOR» significa que existe por sí mismo y no depende de nadie más. No hay otro Dios aparte de él. También se le alaba como el Creador de todas las cosas: los cielos, la tierra, los mares y todo lo que hay en ellos. La primera verdad de la fe es, con razón, la primera verdad de nuestra alabanza.
También se alaba a Dios como el gran Guardián de toda la creación. Él sostiene a cada criatura que ha hecho. Su cuidado alcanza a los seres más elevados, porque ellos lo necesitan, y a los más pequeños, porque no los pasa por alto. Lo que Dios crea, él lo conserva. Lo que hace, lo hace de manera completa y eficaz (Eclesiastés 3:14). También se le alaba como aquel a quien adoran todas las criaturas. El ejército celestial, es decir, los santos ángeles, lo adora (Nehemías 9:6). Sin embargo, su nombre está por encima de toda bendición y alabanza. Dios no necesita nuestra alabanza, y nada de lo que digamos aumenta su gloria. Aun la mejor alabanza, incluida la de los ángeles, está muy por debajo de lo que él merece.
Luego, la oración presenta con gratitud un recuento de la bondad de Dios hacia Israel. Estas muchas bendiciones se mencionan delante de Dios por una buena razón. Debemos aprovechar toda oportunidad para hablar de la misericordia del Señor y dar gracias en cada oración. Al confesar nuestros pecados, recordar las misericordias de Dios nos ayuda, porque hace que nuestros pecados parezcan aún peores y nos lleva a sentir mayor vergüenza y humildad. Y cuando pedimos misericordia en medio de las dificultades, nuestra fe se fortalece al recordar la ayuda que Dios dio en el pasado, tanto en nuestra propia vida como en la vida de nuestros antepasados.
La oración comienza con el llamamiento de Abraham por parte de Dios (Nehemías 9:7). El favor de Dios hacia él fue especial, porque Dios lo escogió. Su gracia fue poderosa, pues sacó a Abraham de Ur de los caldeos. Al darle el nombre Abraham, lo honró como suyo y le prometió que sería padre de muchas naciones. «Miren a Abraham, su padre» (Isaías 51:2), y vean en él la manifestación de la gracia gratuita de Dios.
Después, la oración recuerda el pacto que Dios hizo con Abraham: darle la tierra de Canaán a él y a sus descendientes, como una imagen de la patria mejor que habría de venir (Nehemías 9:8). Este pacto era seguro porque Dios halló fiel el corazón de Abraham delante de él; y lo halló así porque él mismo lo hizo fiel. La fe no es algo que producimos por nosotros mismos, sino un regalo de Dios. Por eso Dios cumplió su promesa. Él se muestra recto con los rectos, y donde encuentra un corazón fiel, demuestra ser un Dios fiel.
A continuación se recuerda la liberación de Israel de Egipto (Nehemías 9:9-11). Era apropiado recordarla mientras pedían a Dios que completara su liberación de Babilonia. Dios los rescató porque vio su sufrimiento, oyó su clamor y actuó contra el orgullo y la crueldad de sus opresores. Cuando los egipcios actuaron con arrogancia, Dios demostró ser más grande que ellos (Éxodo 18:11) y dio a conocer su nombre. Él dijo: «Me glorificaré a costa del faraón». Aún hoy Dios recibe gloria por aquella gran obra. La realizó mediante milagros, señales y maravillas. El rescate de Israel se convirtió en la ruina de sus enemigos, que fueron arrojados a las profundidades como una piedra en aguas profundas.
La oración también recuerda cómo Dios los guio por el desierto mediante la columna de nube y de fuego, que les mostraba por dónde ir, cuándo avanzar y cuándo y dónde descansar (Nehemías 9:12). Los guio en cada etapa de su viaje y fue una señal visible de que Dios estaba presente con ellos para guiarlos y protegerlos. Esto se menciona nuevamente en Nehemías 9:19, donde se señala que, aunque sus pecados debieron haber provocado que Dios se retirara y los dejara vagar hasta morir, él siguió mostrándoles gran misericordia y no quitó de ellos la columna de nube ni la de fuego. Cuando Dios mantiene misericordias que hemos perdido por nuestra desobediencia, estamos doblemente obligados a darle gracias.
Después, la oración habla de la abundante provisión de Dios en el desierto, para que no murieran de hambre. Les dio pan del cielo y agua de la roca (Nehemías 9:15), y fortaleció sus corazones con la promesa de que entrarían en la tierra de Canaán y la poseerían. Tuvieron alimento y bebida durante el camino, y al final de su viaje los esperaba una buena tierra. ¿Qué más podían pedir? Esta bendición se repite en Nehemías 9:20-21 como algo que Dios siguió dándoles a pesar de su obstinación. Durante cuarenta años los sostuvo. Nunca hubo un pueblo cuidado durante tanto tiempo ni con tanta ternura. Sus vestidos no se desgastaron y, aunque el viaje fue difícil y agotador, sus pies no se hincharon. Fueron llevados, por así decirlo, sobre alas de águila.
Por último, la oración recuerda la entrega de la ley en el monte Sinaí. Este fue el favor más grande que Dios les mostró y el honor más elevado que recibieron. El Legislador era glorioso (Nehemías 9:13). Dios no solo envió la ley, sino que él mismo descendió y habló con ellos (Deuteronomio 4:33).
La ley que Dios les dio era muy buena. Ninguna nación en la tierra tenía leyes tan justas, mandamientos tan verdaderos y normas tan buenas (Deuteronomio 4:8). La ley moral y la ley civil eran verdaderas y rectas, fundamentadas en lo que es naturalmente justo y en la diferencia permanente entre el bien y el mal. Incluso las leyes ceremoniales eran buenas, porque mostraban la bondad de Dios hacia su pueblo y señalaban de antemano la gracia del evangelio, es decir, el favor gratuito que Dios concede por medio de Cristo.
Se presta especial atención al cuarto mandamiento, el sábado, como una gran bendición. «Les diste a conocer tu santo sábado» era una señal del favor especial de Dios. El sábado los distinguía de las naciones, que se habían apartado de Dios y habían perdido aquella primera parte de la religión revelada. También los ayudaba a mantener comunión con Dios. Además de la ley y del sábado, Dios les dio su buen Espíritu para enseñarles (Nehemías 9:20). Más allá de la ley dada en el monte Sinaí, los cinco libros de Moisés, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, continuaron instruyéndolos. En particular, el libro de Deuteronomio les proporcionó una enseñanza más amplia de parte de Dios por medio de Moisés. Bezaleel fue lleno del Espíritu de Dios (Éxodo 31:3), y Josué también fue lleno del Espíritu (Números 27:18); Caleb tuvo «otro espíritu».
Dios también les dio la posesión de Canaán, aquella buena tierra, junto con reinos y naciones (Nehemías 9:22). Hizo que fueran tan numerosos que llenaron la tierra (Nehemías 9:23), y tan victoriosos que se convirtieron en sus dueños (Nehemías 9:24). Los pueblos que habitaban allí fueron entregados en sus manos, de modo que podían tratarlos como quisieran, incluso poner sus pies sobre el cuello de sus reyes si así lo decidían. De esta manera recibieron un hogar estable y feliz (Nehemías 9:25). Sus ciudades eran fuertes y estaban bien defendidas. Sus casas eran buenas y estaban bien abastecidas, llenas de bienes valiosos. Toda la región era como un jardín fértil, lleno de viñedos y olivos. Encontraron todo aquello preparado para ellos y disfrutaron de los regalos de la gran bondad de Dios. No podían haber deseado una vida más feliz en Canaán, a menos que ellos mismos la echaran a perder.
Dios también mostró gran disposición para perdonar sus pecados y ayudarlos cuando su propia rebeldía les había causado problemas. En el desierto descubrieron que él estaba dispuesto a perdonar (Nehemías 9:17), un Dios que perdona, como dice la nota al margen. Él había dado a conocer su nombre como el Dios que perdona la maldad, la rebelión y el pecado. Tiene poder para perdonar, está dispuesto a hacerlo y se deleita en perdonar. Aunque ellos lo abandonaron, él no los abandonó, aunque en justicia podría haberlo hecho. Siguió cuidándolos y mostrándoles su favor. Más adelante, cuando ya estaban establecidos en Canaán y sus pecados los habían puesto en manos de sus enemigos, les dio libertadores cuando se humillaron y pidieron ayuda (Nehemías 9:27). Estos fueron los jueces, por medio de los cuales Dios les concedió muchas grandes liberaciones cuando estaban al borde de la ruina. Lo hizo, no porque lo merecieran, sino conforme a sus misericordias, a sus muchas misericordias.
También les advirtió claramente por medio de sus siervos, los profetas. Cuando los rescataba de sus dificultades, seguía hablando contra sus pecados (Nehemías 9:28, 29), para que no confundieran su liberación con una aprobación de su maldad. El propósito de las advertencias de los profetas era hacer que el pueblo volviera a la ley de Dios, que se sometiera a su yugo y se dejara guiar por sus normas. El objetivo del ministerio es llevar a las personas a Dios al conducirlas a su ley, no atraerlas hacia nosotros sometiéndolas a una ley propia. Esto vuelve a verse en Nehemías 9:30: «Los amonestaste con tu Espíritu por medio de tus profetas». El testimonio de los profetas era, en realidad, el testimonio del Espíritu que estaba en ellos: el Espíritu de Cristo hablando por medio de ellos (1 Pedro 1:10, 11). Hablaban movidos por el Espíritu Santo, y sus palabras deben recibirse de esa manera. Dios les había dado su Espíritu para enseñarles (Nehemías 9:20), pero cuando no quisieron aprender de esa enseñanza, usó su Espíritu para testificar contra ellos. Si no permitimos que la palabra de Dios nos enseñe y nos gobierne, un día nos acusará y nos juzgará. Dios envía profetas a su pueblo por misericordia (2 Crónicas 36:15), para no tener que enviar juicios.
También mostró gran paciencia y moderó sus castigos. «Por muchos años tuviste paciencia con ellos» (Nehemías 9:30), porque tardaba en castigarlos y esperaba para ver si se arrepentían. Incluso cuando los castigó, no los destruyó por completo ni los abandonó (Nehemías 9:31). Si los hubiera abandonado, habrían sido exterminados. Pero no derramó sobre ellos toda su ira, porque su propósito era corregirlos, no arruinarlos. De esta manera, ellos multiplican y resaltan los muchos ejemplos de la bondad de Dios hacia Israel. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. Cuando comprendemos correctamente la bondad de Dios, esta debe conducirnos al arrepentimiento y vencer nuestro pecado. Cuanto más agradecidos estemos por las misericordias de Dios, más humillados nos sentiremos por nuestros propios pecados.
A continuación aparece una humilde confesión de pecado, tanto de sus propios pecados como de los pecados de sus antepasados. Estos pecados están entretejidos con recuerdos de la bondad de Dios, para que su bondad, aun frente a la rebeldía de ellos, brille con mayor claridad, y para que sus pecados, cometidos a pesar de tanta bondad, parezcan aún más graves. Muchas partes de esta confesión están tomadas de Ezequiel 20:5-26. La palabra de Dios nos ayuda a orar, y por medio de lo que él nos dice aprendemos qué decirle.
Comienzan con los pecados de Israel en el desierto: «Ellos, nuestros antepasados» —que es la mejor lectura— «actuaron con arrogancia» y endurecieron su cerviz (Nehemías 9:16). Aunque tenían todas las razones para ser humildes, por lo que habían sido y por lo poco que había pasado desde que habían salido de la esclavitud, fueron orgullosos. El orgullo está en la raíz de la terquedad y la desobediencia. Las personas consideran indigno someterse al yugo de Dios y ven como una cuestión de honor oponer su propia voluntad a la de Dios.
Hubo dos cosas que no tomaron debidamente en cuenta; si lo hubieran hecho, no habrían actuado de esa manera. Oyeron la palabra de Dios, pero no escucharon sus mandamientos. Vieron las obras de Dios, pero no tuvieron presentes sus maravillas. Si las hubieran considerado milagros, habrían obedecido con fe y temor santo. Si las hubieran considerado misericordias, habrían obedecido con gratitud y amor santo. Cuando las personas no hacen un uso correcto ni de las ordenanzas de Dios ni de sus providencias, ¿qué podemos esperar de ellas?
Aquí se mencionan dos grandes pecados que cometieron en el desierto, mientras planeaban regresar. Primero, quisieron volver a la esclavitud de Egipto y, por tener ajo y cebollas, prefirieron esa esclavitud a la gloriosa libertad del pueblo de Dios, aunque esa libertad implicara algunas dificultades. En su rebelión, nombraron un capitán que los llevara de vuelta a la esclavitud, mostrando desconfianza en el poder de Dios y desprecio por su santa promesa (Nehemías 9:17).
También confesaron la idolatría de sus antepasados en Egipto, cuando hicieron un becerro de metal fundido y fueron tan insensatos como para llamarlo su dios.
Después lamentaron los pecados que sus antepasados cometieron cuando Dios ya les había dado la tierra de Canaán. Aunque ellos mismos se deleitaban en la gran bondad de Dios, eso no los mantuvo cerca de él. En cambio, fueron desobedientes y cometieron grandes pecados (Nehemías 9:26). Maltrataron a los profetas de Dios y los mataron porque esos profetas les advertían e intentaban hacerlos volver a Dios (Nehemías 9:26). Así respondieron a la mayor bondad con el peor daño.
También abusaron de la bondad de Dios. Después de haber descansado, volvieron a hacer lo malo (Nehemías 9:28). Ni las dificultades ni el rescate lograron cambiarlos. El temor no los mantuvo fieles a su deber, y tampoco lo hizo el amor.
Finalmente llegaron a su propia época y lamentaron los pecados que habían provocado los juicios que habían sufrido durante mucho tiempo y de los cuales apenas estaban siendo liberados. «Hemos actuado mal» (Nehemías 9:33), dijeron. «Nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros sacerdotes y nuestros antepasados fueron culpables, y nosotros también somos culpables con ellos» (Nehemías 9:34).
Se acusaron a sí mismos y a sus antepasados de dos grandes pecados que habían causado sus dificultades. Primero, despreciaron la buena ley que Dios les había dado. Pecaron contra las ordenanzas de Dios, es decir, contra sus mandamientos sabios y contra su autoridad como gobernante. Se les había dicho que obedecer traería vida: «El que los cumpla vivirá por ellos» (Nehemías 9:29). Sin embargo, no quisieron obedecer, como si no quisieran vivir. Abandonaron su propio bienestar. Esta breve forma del pacto, «Haz esto y vivirás», proviene de Ezequiel 20:13, y Pablo la cita en Gálatas 3:12 para mostrar que la ley no se basa en la fe. Aun así, apartaron el hombro. Fingieron aceptar sobre sí la carga de la ley de Dios, pero se hicieron a un lado. Cuando llegó el momento de actuar, retrocedieron y no quisieron escuchar. Tenían un corazón terco. Incluso cuando Dios los llamó de vuelta por medio de sus profetas, se negaron a escuchar (Nehemías 9:30). Él extendió sus manos, pero nadie prestó atención.
Segundo, despreciaron la buena tierra que Dios les había dado (Nehemías 9:35). «Nuestros reyes no te sirvieron en su reino», dijeron. «No usaron su poder para apoyar la adoración a Dios. Nuestro pueblo no te sirvió con las riquezas de tu gran bondad ni en la tierra amplia y fértil que le diste. No solo se la diste por medio de una promesa; también se la diste al expulsar a sus habitantes y concederles victorias completas sobre ellos». Quienes no quisieron servir a Dios en su propia tierra fueron hechos esclavos de sus enemigos en una tierra extranjera, tal como Dios había advertido en Deuteronomio 28:47-48. Es triste que una tierra buena tenga habitantes malos; sin embargo, eso fue lo que ocurrió en Sodoma. Las riquezas y la abundancia a menudo hacen que las personas se vuelvan orgullosas y mundanas.
Ahora describieron humildemente los juicios bajo los cuales habían estado, tanto en el pasado como en el presente. Recordaron sus dificultades anteriores como una prueba adicional de su pecado, porque no habían aprendido de ellas. En los días de los jueces, sus enemigos los oprimieron (Nehemías 9:27). Cuando volvieron a pecar, Dios volvió a dejarlos en manos de sus enemigos, quienes no habrían podido tocarlos si Dios no los hubiera entregado en sus manos. Pero cuando Dios se retiró, esos enemigos obtuvieron y mantuvieron poder sobre ellos.
También presentaron ante el Señor su miseria (Nehemías 9:36-37). «Hoy somos esclavos», dijeron. Los israelitas, que habían nacido libres, se habían convertido en esclavos, y la tierra que antes poseían con un título mucho más honorable que cualquier forma de propiedad terrenal —pues Dios mismo, el Dios del cielo, se la había dado directamente a su pueblo escogido— ahora la tenían bajo la forma más baja de tenencia, sometidos a los reyes de Persia. ¡Qué triste cambio! Pero eso es lo que hace el pecado. Se vieron obligados a servir personalmente; sus gobernantes tenían poder sobre sus cuerpos. Solo podían conservar sus propiedades con permiso, y el impuesto sobre la tierra era tan pesado que equivalía a una renta excesiva. En la práctica, el rey se quedaba con casi todos los ingresos de la tierra, y ellos apenas podían sostenerse a sí mismos y a sus familias.
Reconocieron sinceramente que todo esto había ocurrido a causa de sus pecados. La pobreza y la esclavitud son fruto del pecado. El pecado lleva a las personas a toda clase de dificultades.
Entonces acudieron a Dios con su petición. Le pidieron que no considerara insignificante su sufrimiento (Nehemías 9:32). Esta es la única petición directa en toda la oración. Su aflicción era generalizada: había alcanzado a reyes, príncipes, sacerdotes, profetas, padres y a todo el pueblo. Todos habían participado del pecado (Nehemías 9:34), y ahora todos compartían el juicio. Además, aquello había durado mucho tiempo: desde los días de los reyes de Asiria, que llevaron cautivas a las diez tribus, hasta ese mismo día. En esencia, dijeron: «Señor, no trates esto como algo insignificante, indigno de tu atención o de tu ayuda».
No le dijeron a Dios qué debía hacer. Solo le pidieron que prestara atención, recordando que cuando vio que el sufrimiento de su pueblo en Egipto era grande, descendió para librarlo (Éxodo 3:7-8). En esta petición reconocieron a Dios como alguien digno de reverencia, porque es el Dios grande, poderoso y temible; y también como alguien digno de confianza, porque es el Dios de su pacto, que cumple sus promesas y muestra misericordia.
Al mismo tiempo, confesaron que su sufrimiento todavía era menor de lo que merecían (Nehemías 9:33). Admitieron que Dios había sido justo en todas sus dificultades y que no les había hecho ningún mal. «Hemos actuado perversamente al quebrantar tus leyes; por eso has actuado correctamente al traer sobre nosotros todas estas dificultades». Cuando estamos bajo la disciplina de Dios, aunque sea severa y prolongada, debemos reconocer su justicia y asumir nuestra propia culpa. Cuando juzga, se demostrará que él tiene la razón (Salmo 51:4).
Después de exponer largamente su situación, llegaron a una resolución final: volverían a Dios y cumplirían con su deber, comprometiéndose a no abandonarlo otra vez. «A causa de todo esto», dijeron, «hacemos un pacto firme con Dios». En vista de las muchas veces que se habían apartado de él, ahora se comprometerían con mayor firmeza que nunca. Como habían sufrido tanto por causa del pecado, tomarían la determinación de resistirlo con firmeza, para no volver a apartarse de su deber.
Este pacto se hizo con seriedad y reflexión. Surgió de una consideración cuidadosa, por lo que fue un acto razonable de adoración. También se hizo con gran solemnidad: lo pusieron por escrito para que permaneciera como un memorial duradero; lo sellaron y lo conservaron en los registros, de modo que pudiera servir como testimonio contra ellos si actuaban con infidelidad.
Todos estuvieron de acuerdo, con una sola voz, para fortalecerse mutuamente. Su compromiso también fue firme y definitivo. Era un pacto que tenían la intención de cumplir, sin ningún plan oculto de retractarse después. Querían vivir y morir conforme a él, y no apartarse jamás.
Se escogió a cierto número de príncipes, sacerdotes y levitas para representar a toda la congregación y firmar y sellar el pacto en nombre de todos. De esta manera se cumplió la promesa de Dios acerca de los judíos cuando regresaran del cautiverio: que se unirían al Señor en un pacto duradero (Jeremías 50:5) y que escribirían sus nombres como pertenecientes a él (Isaías 44:5). Una persona de corazón sincero no se sentirá incómoda ante compromisos tan firmes. Y quienes conocen lo engañoso que puede ser su propio corazón no considerarán innecesarias esas promesas.
Cómo puede ayudarte tu IA cristiana
Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana
Estudio bíblico
Orientación para la vida
Apoyo en la oración
Sabiduría diaria
Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes
De este capítulo
Nehemías 9:1
"El día veinticuatro de este mes, los hijos de Israel se reunieron en ayuno, vestidos de tela de saco y cubiertos de tierra."
Nehemías 9:2
"La descendencia de Israel se separó de todos los extranjeros, y ellos se pusieron de pie y confesaron sus pecados y las maldades de sus padres."
Nehemías 9:3
"Permanecieron de pie en su lugar y leyeron en el libro de la ley del SEÑOR su Dios durante la cuarta parte del día; durante otra cuarta parte confesaron y adoraron al SEÑOR su Dios."
Nehemías 9:5
"Entonces los levitas Jesúa, Cadmiel, Bani, Hasabnías, Serebías, Hodías, Sebanías y Petaías dijeron: Levántense y bendigan al SEÑOR su Dios por siempre y para siempre; y bendito sea tu nombre glorioso, que es exaltado por encima de toda bendición y alabanza."
Nehemías 9:6
"Tú, solo tú, eres el SEÑOR. Tú hiciste el cielo, el cielo de los cielos con todo su ejército, la tierra y todo lo que hay en ella, los mares y todo lo que hay en ellos. Tú conservas la vida de todos ellos, y el ejército del cielo te adora."
Nehemías 9:7
"Tú eres el SEÑOR Dios, que escogiste a Abram, lo sacaste de Ur de los caldeos y le diste el nombre de Abraham."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.