Versículo destacado
Mateo 5:27 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Ustedes han oído que fue dicho por los antiguos: «No cometerás adulterio». "
Mateo 5:27
¿Qué significa Mateo 5:27?
Mateo 5:27 recuerda el mandamiento de Dios contra el adulterio: «No cometerás adulterio». Jesús lo menciona en el Sermón del Monte para mostrar que la fidelidad no se limita a evitar una relación sexual ilícita; también requiere cuidar las intenciones y deseos del corazón. En la práctica, implica establecer límites sanos y honrar el compromiso matrimonial.
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El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
25 Ponte pronto de acuerdo con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, el juez te entregue al guardia y seas arrojado en prisión.
26 Te aseguro que de ninguna manera saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuadrante.
27 Ustedes han oído que fue dicho por los antiguos: «No cometerás adulterio».
28 Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
29 Y si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y arrójalo lejos de ti; porque te conviene que uno de tus miembros perezca, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
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Aquí tenemos una explicación del séptimo mandamiento dada por aquel mismo que entregó la ley, y por eso nadie podía explicarla mejor que él. Esta ley contra la impureza sexual sigue naturalmente a la anterior. El mandamiento anterior refrenaba las pasiones pecaminosas, y este refrena los deseos pecaminosos. Tanto las pasiones como los deseos deben estar siempre gobernados por la razón y la conciencia; si se dejan sin control, son igualmente dañinos.
El mandamiento se expresa claramente: «No cometerás adulterio» (Mateo 5:27). Esto incluye la prohibición de todos los demás actos de impureza sexual, así como el deseo de cometerlos. Sin embargo, los fariseos explicaban este mandamiento de manera tan limitada que afirmaban que solo se refería al acto externo de adulterio. En efecto, daban a entender que, si el pecado permanecía en el corazón y no iba más lejos, Dios no lo escucharía ni le prestaría atención (Salmo 66:18). Por eso se daban por satisfechos con poder decir: «No soy adúltero» (Lucas 18:11).
Cristo explica toda la seriedad del mandamiento de tres maneras. Esto debió parecer extraño a quienes estaban acostumbrados a las tradiciones de los ancianos, pues trataban todo lo que ellos enseñaban como si viniera directamente de Dios. En primer lugar, enseña que existe el adulterio del corazón: pensamientos y deseos pecaminosos que nunca llegan a convertirse en adulterio o fornicación externa. Aquí se enseña claramente la impureza que esos pensamientos producen en el alma, y quizá también estaba representada en muchos de los lavamientos ceremoniales de la ley, cuando las personas lavaban su ropa y bañaban su cuerpo en agua.
«Todo el que mira a una mujer», no solamente a la esposa de otro hombre, como algunos intentaban limitarlo, «para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mateo 5:28). Este mandamiento prohíbe más que el acto mismo. También prohíbe todo deseo de cometerlo, todo anhelo interior por aquello que Dios ha prohibido. La lujuria es el primer paso hacia el pecado, como el pecado concebido antes de nacer (Santiago 1:15). Cuando una persona alimenta y aprueba la lujuria, dándole vueltas como quien saborea un bocado dulce, el corazón ya ha cometido el pecado hasta donde puede hacerlo. Lo único que falta es la oportunidad de llevarlo a cabo. Como dijo Ovidio: «La mente ya está corrompida». La lujuria es la conciencia apartada o inutilizada: permanece en silencio si no habla contra el pecado y está derrotada si no lo detiene.
Cristo también prohíbe todo movimiento hacia este pecado, incluso alimentar los ojos con imágenes prohibidas. Esto significa más que mirar con el propósito específico de codiciar. También incluye mirar hasta despertar la lujuria, o mirar para disfrutar de ella cuando no se puede obtener ninguna satisfacción adicional. Los ojos son una de las principales puertas de entrada para esta clase de maldad, como se ve en la esposa de Potifar (Génesis 39:7), en Sansón (Jueces 16:1) y en David (2 Samuel 11:2). Leemos acerca de ojos «llenos de adulterio» que nunca dejan de pecar (2 Pedro 2:14).
Por eso necesitamos hacer, como Job, un pacto con nuestros ojos (Job 31:1). Debemos acordar con ellos que pueden disfrutar de la luz del sol y de las obras de Dios, pero nunca detenerse en nada que despierte pensamientos o deseos impuros. Si lo hacen, tendrán que responder por ello con lágrimas de arrepentimiento. De no ser para refrenar las miradas corruptas y evitar impresiones que contaminen, ¿para qué tendríamos párpados que cubren nuestros ojos? Este mandamiento también prohíbe usar cualquier otro sentido para despertar la lujuria. Si se prohíben las miradas provocadoras, con mayor razón se prohíben las palabras obscenas y los tocamientos indecentes. Estas cosas se convierten en el combustible y el fuelle de este fuego infernal. Tales mandamientos levantan cercas alrededor de la pureza del corazón (Mateo 5:8).
Si mirar llega a convertirse en lujuria, entonces quienes se visten, se arreglan y se exhiben deliberadamente para que otros los miren y los codicien, como Jezabel, que se pintó el rostro, se arregló el cabello y se asomó por la ventana, no son menos culpables. Los hombres pueden cometer el pecado, pero los demonios los tientan a hacerlo.
En segundo lugar, Cristo muestra cuán peligrosas y destructivas para el alma son esas miradas y esas conductas. Es mejor perder el ojo o la mano que conduce al pecado que continuar pecando y perecer para siempre. Él enseña esto en Mateo 5:29-30. La naturaleza humana se opone rápidamente a este mandamiento contra el adulterio del corazón y afirma que es imposible obedecerlo; que nadie puede vivir así; que la carne y la sangre no pueden evitar mirar con placer a una mujer hermosa, y que es imposible no codiciar ni comportarse de esa manera. La sola razón no vence fácilmente esas excusas, así que deben ser respondidas con el temor del Señor. Cristo las responde de esa manera aquí.
Él exige un remedio severo para detener estos deseos de la carne. Si tu ojo derecho te hace pecar mediante miradas pecaminosas o al fijarse en cosas prohibidas, o si tu mano derecha te hace pecar mediante tocamientos pecaminosos o una conducta impropia, y si de verdad fuera imposible controlarlos, como algunos aseguran, entonces sería mejor sacarte el ojo y cortarte la mano, incluso el ojo derecho y la mano derecha, que son los miembros más útiles y honorables, que permitir que conduzcan tu alma a la ruina. Si la naturaleza se estremece ante ese pensamiento, con mayor razón debemos resolver mantener nuestro cuerpo bajo control, vivir en negación de nosotros mismos, vigilar atentamente nuestro corazón, aplastar el primer brote de la lujuria, evitar las ocasiones de pecado, resistir el pecado desde su comienzo y alejarnos de las personas que podrían convertirse en una trampa para nosotros, aun cuando sean una compañía agradable.
Debemos mantenernos fuera de peligro, limitar incluso las cosas legítimas cuando nos tienten, pedirle gracia a Dios, depender de esa gracia cada día y andar por el Espíritu para no satisfacer los deseos de la carne. Eso será tan eficaz como cortarse la mano derecha o sacarse el ojo derecho, y quizá resulte igual de difícil para nuestros deseos naturales. Es la destrucción del viejo yo.
En tercer lugar, Cristo usa una advertencia solemne para insistir en este punto. La repite con las mismas palabras porque somos lentos para escuchar afirmaciones tan difíciles (Isaías 30:10). Es mejor que uno de tus miembros perezca, incluso un ojo o una mano, que permitir que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. No está fuera de lugar que un ministro del evangelio predique acerca del infierno y del juicio. Tiene que hacerlo, porque Cristo mismo lo hizo. Si no advertimos a las personas acerca de la ira venidera, somos infieles a la responsabilidad que se nos ha confiado.
Algunos pecados deben combatirse con temor, especialmente las lujurias carnales o los deseos pecaminosos del cuerpo. Estas pasiones son tan fuertes, como animales salvajes, que no pueden ser refrenadas a menos que la persona se alarme ante el peligro que representan. No podemos apartarnos de un árbol prohibido a menos que unos querubines con una espada encendida lo custodien.
Cuando seamos tentados a pensar que es demasiado difícil negarnos a nosotros mismos y dar muerte a los deseos pecaminosos, debemos considerar cuánto peor será yacer para siempre en el lago de fuego y azufre. Las personas realmente no saben lo que es el infierno, o no lo creen, si prefieren arriesgarse a la ruina eterna antes que renunciar a un deseo degradante y bestial. En el infierno habrá tormentos para el cuerpo, porque todo el cuerpo será arrojado allí y cada una de sus partes sufrirá. Por eso, si nos importa nuestro cuerpo, debemos conservarlo en santidad y honor, no entregarlo a deseos vergonzosos.
Incluso los deberes que más difíciles resultan para nuestra carne son buenos para nosotros. Nuestro Maestro no nos pide nada que no sepa que es para nuestro propio bien.
Que los hombres se divorciaran de sus esposas porque ya no las querían, o por cualquier motivo que no fuera el adulterio, constituía una violación del séptimo mandamiento, aunque los judíos lo permitían y lo practicaban. Esto abría la puerta al adulterio (Mateo 5:31-32). Primero debemos observar cuál era la situación en aquel tiempo. Se había dicho, no como un mandamiento de tiempos antiguos, sino como un permiso: «El que se divorcie de su esposa, que le dé un certificado de divorcio». No debía despedirla en un arrebato de ira, de palabra y en medio de una discusión. Debía hacerlo cuidadosamente, mediante un documento legal escrito y con testigos. Si iba a romper el vínculo matrimonial, debía hacerlo de manera solemne.
La ley había ayudado a evitar divorcios repentinos e impulsivos. Al principio, cuando la escritura era menos común entre los judíos, esto quizá mantuvo los divorcios en un nivel poco frecuente. Pero después llegaron a ser comunes, y la instrucción sobre cómo llevarlos a cabo, cuando existía una causa real, se interpretó como un permiso para divorciarse por cualquier motivo (Mateo 19:3). Nuestro Salvador corrigió esto al devolver el matrimonio a su propósito original: «Los dos serán una sola carne». Por eso no deben separarse con facilidad. El divorcio no debe permitirse excepto en el caso de adulterio, porque el adulterio rompe el pacto matrimonial. Pero quien despide a su esposa por cualquier otra razón hace que ella cometa adulterio, y también lo comete el hombre que se casa con ella después de ese divorcio.
Quienes conducen a otros al pecado, los dejan en su pecado o los colocan en situaciones donde probablemente pecarán, se hacen culpables de ese pecado y tendrán que responder por ello. Esta es una manera de participar en los pecados de los adúlteros (Salmo 50:18).
Perspectivas de IA cristiana
En Mateo 5:27, Jesús parte de un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». Pero no se queda en la conducta visible. Lleva la atención hacia el corazón, ese lugar interior donde una persona puede empezar a … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Mateo 5:27, Jesús parte de un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». Pero no se queda en la conducta visible. Lleva la atención hacia el corazón, ese lugar interior donde una persona puede empezar a mirar a otra no como alguien con dignidad, historia y libertad, sino como un objeto para satisfacer un deseo. Esta palabra no pretende convertir la vida interior en un tribunal de vergüenza ni condenar la existencia del deseo humano. Señala, más bien, una forma de deseo que se alimenta de posesión, fantasía y falta de respeto, y que puede romper la fidelidad antes de que aparezca una acción externa. Jesús invita a una honestidad profunda: reconocer lo que está creciendo por dentro y permitir que el amor vuelva a ordenar la mirada. Leído con cuidado, este pasaje tampoco debe usarse para culpar a quienes han sufrido acoso, abuso o infidelidad. La responsabilidad pertenece a quien decide cosificar o traicionar, no a quien fue herido. En el espíritu de Jesús, la pureza no es represión, sino una manera de relacionarse con verdad, límites, ternura y honra.
Mateo 5:27 presenta una afirmación conocida: «No cometerás adulterio», tomada del mandamiento de Éxodo 20:14 y Deuteronomio 5:18. En su contexto, Jesús no está anulando esa prohibición ni reduciéndola a una regla externa. Está preparando … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Mateo 5:27 presenta una afirmación conocida: «No cometerás adulterio», tomada del mandamiento de Éxodo 20:14 y Deuteronomio 5:18. En su contexto, Jesús no está anulando esa prohibición ni reduciéndola a una regla externa. Está preparando una profundización de la justicia del Reino: la fidelidad matrimonial importa no solo en el acto visible, sino también en las disposiciones internas que pueden tratar a otra persona como objeto de deseo y posesión. La distinción clave es entre reconocer el mandamiento y comprender su alcance. El texto citado establece el límite moral; la enseñanza que sigue, en Mateo 5:28, examina el corazón que alimenta la infidelidad. Esto no significa que toda atracción humana involuntaria equivalga automáticamente al adulterio. La interpretación de Jesús apunta más bien a una mirada cultivada deliberadamente, cargada de intención posesiva y contraria a la fidelidad. Así, el pasaje une conducta, deseo y dignidad humana. También evita una lectura superficial de la santidad: no basta con preservar una apariencia correcta mientras se nutren intenciones destructivas. Según las distintas tradiciones cristianas, las aplicaciones pastorales pueden variar, pero el énfasis central permanece: Dios busca una fidelidad íntegra, no únicamente el cumplimiento externo del mandamiento.
Mateo 5:27 comienza con un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». Jesús no está reduciendo la fidelidad a evitar una conducta visible ni está suavizando la gravedad del adulterio. Está mostrando que la vida moral también … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Mateo 5:27 comienza con un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». Jesús no está reduciendo la fidelidad a evitar una conducta visible ni está suavizando la gravedad del adulterio. Está mostrando que la vida moral también se forma en el interior, donde nacen las decisiones, las fantasías y las justificaciones. Esta enseñanza no convierte la atracción espontánea en una falta ni invita a vivir con miedo o vergüenza. Más bien, llama a reconocer cuándo una mirada deja de ver a una persona con dignidad y empieza a tratarla como objeto de consumo, escape o conquista. La fidelidad se protege mucho antes de una traición pública: en la manera de alimentar pensamientos, manejar límites, hablar de otras personas y responder a la insatisfacción. Desde una perspectiva práctica, Jesús une pureza y amor al prójimo. No se trata solo de controlar impulsos, sino de cultivar un corazón íntegro, capaz de honrar los compromisos y reconocer el valor de cada persona. Cuando hay patrones dañinos, secreto o compulsión, la respuesta sabia no es esconderse, sino buscar verdad, apoyo espiritual y ayuda profesional cuando sea necesario. La obediencia bíblica aquí no es una carga para condenar, sino una invitación a vivir con libertad, respeto y fidelidad real.
En Mateo 5:27, Jesús comienza con un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». La fidelidad, entonces, no aparece como una regla superficial, sino como una expresión de verdad, responsabilidad y honra dentro de los vínculos humanos. … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
En Mateo 5:27, Jesús comienza con un mandamiento conocido: «No cometerás adulterio». La fidelidad, entonces, no aparece como una regla superficial, sino como una expresión de verdad, responsabilidad y honra dentro de los vínculos humanos. En los versículos que siguen, Jesús llevará esta palabra más profundamente: el adulterio no empieza solamente en un acto visible, sino también en una mirada que alimenta deliberadamente el deseo de poseer a otra persona. Esto no convierte la atracción humana en pecado ni justifica la vergüenza sobre el cuerpo o la sexualidad. La preocupación de Jesús es otra: qué ocurre cuando el deseo deja de reconocer al otro como persona y comienza a tratarlo como objeto para el consumo interior. Allí se fractura la integridad, aun antes de que otros puedan ver las consecuencias. La enseñanza confronta una división común entre conducta religiosa y vida interior. Dios no busca simplemente apariencias correctas, sino un corazón unificado, capaz de amar sin apropiarse y de ejercer dominio propio sin despreciar el deseo. Esta palabra es exigente, pero no fue dada para aplastar. También abre un camino de verdad, arrepentimiento, límites sanos y restauración.
Aplicación para la restauración de la salud
Este pasaje presenta la fidelidad sexual como una expresión de integridad, no solo como el cumplimiento externo de una regla. Desde la salud mental, invita a observar cómo los deseos, fantasías y decisiones afectan la confianza, el apego y el bienestar emocional propio y de otras personas. No significa que un pensamiento intrusivo, un recuerdo traumático o una reacción corporal involuntaria equivalgan a una elección moral. La mente puede producir imágenes no deseadas, especialmente durante periodos de ansiedad, depresión, estrés o después de experiencias de abuso; responder con vergüenza intensa suele aumentar el malestar.
Una aplicación saludable incluye reconocer los pensamientos sin alimentarlos ni castigarse por tenerlos, identificar detonantes, establecer límites claros y practicar conductas coherentes con los compromisos asumidos. También puede ayudar reducir situaciones de riesgo, hablar con honestidad y aprender habilidades de regulación emocional, como respirar lentamente, cambiar de actividad y buscar apoyo confiable. Cuando existe una conducta sexual compulsiva, infidelidad, trauma o conflicto persistente, la psicoterapia con un profesional con licencia puede ofrecer herramientas y seguridad. La orientación pastoral puede complementar ese proceso, pero no debe reemplazar la atención clínica cuando hay síntomas significativos o riesgo para alguna persona.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
Un uso dañino de Mateo 5:27 es tratar cualquier pensamiento, atracción o imagen involuntaria como si fuera equivalente a cometer adulterio. Esa interpretación puede alimentar vergüenza, escrupulosidad religiosa, compulsiones de confesión o vigilancia constante del cuerpo y la ropa. El versículo tampoco debe usarse para culpar a sobrevivientes de abuso, justificar celos, controlar a la pareja, exigir acceso a teléfonos o excusar acoso y violencia sexual. La fidelidad bíblica no elimina el consentimiento, los límites ni la responsabilidad personal. También es una señal de alerta responder al dolor con “solo ora más”, minimizar síntomas o prometer que la fe resolverá de inmediato el trauma: eso puede convertirse en evasión espiritual o positividad tóxica. Si hay pensamientos intrusivos persistentes, ansiedad intensa, depresión, compulsiones, trauma, riesgo de autolesión o peligro para alguien, se necesita apoyo de un profesional de salud mental con licencia; la orientación pastoral puede complementar, pero no sustituir, esa atención.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Mateo 5:27?
¿Qué significa Mateo 5:27?
¿Cuál es el contexto de Mateo 5:27?
¿Cómo puedo aplicar Mateo 5:27 a mi vida?
¿Mateo 5:27 habla solamente del adulterio físico?
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De este capítulo
Mateo 5:1
"Al ver a las multitudes, subió a una montaña; y cuando se sentó, sus discípulos se acercaron a él."
Mateo 5:2
"Y él abrió la boca y les enseñó, diciendo:"
Mateo 5:3
"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos."
Mateo 5:4
"Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados."
Mateo 5:5
"Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra."
Mateo 5:6
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados."
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