Versículo destacado
Mateo 15:21 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Jesús salió de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón. "
Mateo 15:21
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
19 Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.
20 Estas son las cosas que contaminan al hombre; pero comer sin lavarse las manos no contamina al hombre.
21 Entonces Jesús salió de allí y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
22 Y una mujer cananea que había salido de aquella región clamó a él, diciendo: «¡Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio».
23 Pero él no le respondió ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le rogaron: «Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros».
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Aquí encontramos la conocida historia de cómo Cristo expulsó al demonio de la hija de una mujer cananea. Es un relato impactante y sorprendente, que muestra la bondad de Dios hacia los gentiles, es decir, quienes no eran judíos. Es un primer destello de la luz que resplandecería sobre los gentiles (Lucas 2:32). Cristo vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron; muchos lo rechazaron y lo ofendieron. Observemos ahora lo que sucedió, en el versículo 21.
Jesús salió de aquel lugar. Cuando las personas se burlan de la luz o se resisten a ella, merecen perderla. Cuando Cristo y sus discípulos ya no podían vivir tranquilamente entre aquella gente, él se retiró, siguiendo su propia instrucción: «Sacudan el polvo de sus pies» (Mateo 10:14). Aunque Cristo es paciente por mucho tiempo, no tolerará para siempre la obstinada resistencia de los pecadores contra él. Ya había dicho: «Déjenlos» (Mateo 15:14), y ahora lo hizo. El fuerte prejuicio contra el evangelio y las constantes quejas en su contra con frecuencia llevan a Cristo a retirarse y a quitar la lámpara de su lugar (Hechos 13:46, Hechos 13:51).
Al salir de allí, se dirigió a la región de Tiro y Sidón, no a esas ciudades mismas. Esas ciudades ya habían quedado fuera de la manifestación de sus grandes obras (Mateo 11:21, Mateo 11:22). Jesús fue a aquella parte del territorio de Israel que se extendía hacia ellas, así como Elías fue a Sarepta, una ciudad de Sidón (Lucas 4:26). Fue allí para buscar a esta pobre mujer, para quien ya tenía preparada su misericordia. Mientras recorría los lugares haciendo el bien, nunca estaba fuera de su camino. Incluso las regiones más lejanas y oscuras recibirían algo de su bondad, y más adelante los confines de la tierra también verían su salvación (Isaías 49:6).
Aquí ocurrió el milagro, y debemos observar cómo se acercó a Cristo la mujer cananea en el versículo 22. Era gentil y estaba fuera de la comunidad de Israel. Probablemente descendía de aquellas naciones cananeas que en otro tiempo habían quedado bajo la maldición: «Maldito sea Canaán». Sin embargo, el juicio de Dios sobre las naciones no siempre cae sobre cada persona en particular. Él reunirá un remanente de todas las naciones, incluso de los lugares más inesperados, y ella provenía precisamente de aquella región. Si Cristo no hubiera visitado ese lugar, quizá ella nunca habría acudido a él, aunque la misericordia valía un viaje largo. Con frecuencia, cuando Cristo y su palabra se acercan a las personas, despiertan una fe y un fervor que antes estaban dormidos.
Su súplica era urgente. Ella clamó a Cristo y siguió clamando, porque hablaba con toda seriedad y porque se encontraba a cierta distancia, sin atreverse a acercarse demasiado. Como cananea, quizá temía ofenderlo. Primero le habló de su sufrimiento: «Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». El sentido del griego es que estaba gravemente poseída o bajo un poder demoníaco cruel. Había distintos grados de sufrimiento, y este era uno de los peores. Era una condición común en aquella época, pero terrible. Las dificultades de los hijos pesan mucho sobre los padres, y nada debería afligirnos más que verlos bajo el poder de Satanás. Los padres que aman a sus hijos sienten su dolor como si fuera propio. Aunque la niña estaba atormentada por un demonio, seguía siendo su hija. El gran sufrimiento de quienes amamos no cancela nuestra responsabilidad hacia ellos ni debe enfriar nuestro amor.
La angustia de su familia fue lo que la llevó a Cristo. No acudió para recibir enseñanza, sino sanidad. Sin embargo, como vino con fe, él no la rechazó. La necesidad puede llevarnos a Cristo, pero no debería alejarnos de él. La aflicción de su hija le dio la oportunidad de acercarse. Es bueno que tomemos en serio los problemas de otras personas, para poder llevarlos también a Cristo en oración y recibir algo bueno aun por medio de ellos.
También pidió misericordia. «Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David», dijo, reconociendo que él era el Mesías. La fe debe aferrarse sobre todo a esa verdad y encontrar consuelo en ella. Como Señor, él tiene poder y puede ordenar la liberación. Como Hijo de David, es el prometido por medio de quien fueron anunciadas toda misericordia y toda gracia. Aunque ella era gentil, honró la promesa dada a los antepasados de los judíos y la gloria de la casa de David. Los gentiles deben recibir el cristianismo no solo como una forma superior de religión natural, sino como el cumplimiento de la fe judía, teniendo en cuenta el Antiguo Testamento.
Su petición fue sencilla: «Ten misericordia de mí». No pidió una clase específica de ayuda, sino misericordia en sí misma. No presentó argumentos basados en sus propios méritos, sino que se apoyó únicamente en la misericordia. Las misericordias concedidas a los hijos también son misericordias para los padres, y las bendiciones recibidas por nuestra familia son bendiciones para nosotros. Los padres deben orar por sus hijos con mucha seriedad, especialmente por sus almas. Un padre puede decir: «Tengo un hijo o una hija gravemente dominado por el orgullo, la impureza o la malicia, llevado cautivo por Satanás. Señor, ayúdalo». Ese es un caso peor que la posesión física. Llévalos a Cristo por medio de la fe y la oración, porque solo él puede sanarlos. Los padres deben considerar una gran misericordia que el poder de Satanás sea quebrantado en el alma de sus hijos.
Ella enfrentó desaliento, y en toda la historia del ministerio de Cristo no vemos con frecuencia algo semejante. Por lo general, él recibía y animaba a todos los que acudían a él; respondía incluso antes de que llamaran o mientras todavía hablaban. Pero con esta mujer actuó de manera diferente. ¿Por qué? Algunos piensan que Cristo se mostró reservado para no ofender a los judíos al conceder a una gentil el mismo favor abierto que les mostraba a ellos. Él les había dicho a sus discípulos que no fueran por el camino de los gentiles (Mateo 10:5), y por eso podía parecer menos dispuesto a atenderla. Pero lo más probable es que lo hiciera para probarla. Él conocía su corazón. Sabía la fuerza de su fe y cuánto podía, por su gracia, perseverar a pesar del desaliento. Por eso la enfrentó con obstáculos, y la prueba de su fe terminaría en alabanza, honra y gloria (1 Pedro 1:6, 1 Pedro 1:7).
Esto se parece a la manera en que Dios probó a Abraham (Génesis 22:1), o al ángel que luchó con Jacob, no para derrotarlo, sino para llevarlo a luchar con mayor profundidad (Génesis 32:24). Muchas partes de la providencia de Cristo, y especialmente la manera bondadosa en que trata a su pueblo, parecen oscuras y desconcertantes. Pero este relato nos ayuda a entenderlas. Quedó registrado para enseñarnos que puede haber amor en su rostro aun cuando parezca golpearnos. Por eso, aunque él nos quite la vida, todavía debemos confiar en él.
El primer desaliento fue este: cuando ella clamó detrás de él, Jesús no le respondió ni una palabra (Mateo 15:23).
Su oído siempre había estado atento al clamor de los pobres, y sus labios, como un panal de miel, estaban dispuestos a pronunciar palabras de paz. Sin embargo, con esta pobre mujer pareció hacer oídos sordos, y ella no recibió ni ayuda ni respuesta. Habría sido fácil que se enojara y dijera: «¿Este es aquel a quien tanto alaban por su bondad y ternura? ¿Acaso tantos han sido escuchados y atendidos por él, como dicen, y yo seré la primera a quien rechace? ¿Por qué se mantiene tan distante de mí, si es verdad que ha ayudado a tantos?».
Pero Cristo sabía lo que estaba haciendo, y permaneció en silencio para que ella orara con mayor insistencia. La escuchó, se agradó de ella y la fortaleció interiormente para que siguiera pidiendo (Salmo 138:3; Job 23:6), aunque no le concedió de inmediato la respuesta que esperaba. Al parecer apartar de ella la misericordia que deseaba, la impulsó a pedirla con mayor fervor. No toda oración que Dios acepta recibe una respuesta inmediata. A veces Dios parece no prestar atención a las oraciones de su pueblo, como si estuviera dormido o aturdido (Salmo 44:23; Jeremías 14:9; Salmo 22:1, 2), y a veces incluso como si estuviera enojado con ellos (Salmo 80:4; Lamentaciones 3:8, 44). Sin embargo, permite esto para probar y fortalecer su fe, y para que su ayuda posterior le dé mayor gloria y sea más bienvenida para ellos, porque «la visión» al final «ciertamente llegará» (Hebreos 2:3). Véase también Job 35:14.
Cuando los discípulos hablaron bien de ella, Cristo dio una razón para no concederle lo que pedía, y eso fue todavía más desalentador. Aun así, fue cierto alivio que los discípulos intercedieran por ella. Dijeron: «Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros». Es bueno contar con las oraciones de personas piadosas a nuestro favor, y debemos desearlo. Sin embargo, aunque los discípulos querían que ella recibiera ayuda, estaban pensando más en su propia comodidad que en la necesidad de la mujer. Querían que Jesús la despidiera, ya fuera sanándola o, al menos, haciendo que dejara de molestarlos. La insistencia constante puede cansar incluso a las personas buenas, pero a Cristo le agrada que perseveremos en la oración.
La respuesta de Cristo a los discípulos casi destruyó sus esperanzas: «Solo fui enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel». En otras palabras: «Ustedes saben que no fui enviado para ella. Ella no pertenece a ese pueblo, así que ¿por qué habría de ir más allá de mi comisión?». Las razones firmes y bien establecidas son difíciles de superar, aun con mucha insistencia. Aquí no se limitó a guardar silencio; argumentó en contra de ella y pareció cerrarle la boca con una razón. Era cierto que ella era una oveja perdida y necesitaba su cuidado tanto como cualquier otra persona, pero no formaba parte de la casa de Israel, a la cual él había sido enviado primero (Hechos 3:26). Cristo fue siervo especialmente de los circuncidados, es decir, de los judíos (Romanos 15:8). También estaba destinado a ser luz para los gentiles, pero ese momento todavía no había llegado plenamente. El velo aún no se había rasgado, y el muro de separación todavía no había sido derribado.
El ministerio personal de Cristo fue el honor de su pueblo Israel. Si había sido enviado a ellos, ¿qué tenía que ver con quienes no pertenecían a ese pueblo? Es una prueba seria cuando tenemos razones para preguntarnos si estamos entre aquellos a quienes Cristo fue enviado. Pero, gracias a Dios, ahora no hay lugar para esa duda. La diferencia entre judíos y gentiles ha sido eliminada. Sabemos que él dio su vida como rescate por muchos; y si fue por muchos, ¿por qué no por mí?
Como ella siguió insistiendo, él también señaló que su petición no era apropiada y le dio no solo una negativa, sino algo que parecía un reproche: «No está bien quitarles a los hijos el pan y echárselo a los perros» (Mateo 15:26). Esto podría haber cortado toda esperanza y llevado a la desesperación, a menos que ella tuviera una fe muy fuerte. La gracia del evangelio y las sanidades milagrosas que la acompañaban eran el pan de los hijos. Pertenecían a quienes habían recibido la adopción, el privilegio especial de ser el pueblo de Dios (Romanos 9:4). No estaban al mismo nivel que la lluvia y las cosechas que Dios daba a las naciones a las que permitía seguir sus propios caminos (Hechos 14:16, 17). Eran favores especiales, reservados para el pueblo escogido, como un jardín cercado. Cristo sí predicó a los samaritanos (Juan 4:41), pero no leemos que hiciera milagros entre ellos. «La salvación viene de los judíos». Por eso, no era apropiado tomar estos dones y repartirlos a otros.
Los judíos trataban a los gentiles con gran desprecio y los llamaban perros. En comparación con la casa de Israel, que había sido tan honrada y privilegiada, aquí Cristo parece hablar de la misma manera y decir que los gentiles no debían participar de los favores concedidos a los judíos. Sin embargo, más adelante la situación cambió, y después de que los gentiles fueron incorporados a la iglesia, los legalistas judíos fueron llamados perros (Filipenses 3:2). Aquí Cristo usa esto contra la mujer cananea: «¿Cómo puede esperar comer el pan de los hijos si no forma parte de la familia?».
Esto nos enseña que aquellos a quienes Cristo se propone honrar de manera especial primero son humillados, llevándolos a reconocer su pequeñez e indignidad. Primero debemos vernos como perros, menos que el menor de todos los favores de Dios, antes de estar preparados para recibirlos como dones de honor. Cristo también se complace en probar una gran fe con grandes dificultades, y a veces reserva la prueba más dura para el final, para que, después de ser probados, salgamos como el oro. Esta regla puede guiarnos en otros casos también, aunque aquí se usa para probar la fe de ella. Las ordenanzas especiales y los privilegios de la iglesia son el pan de los hijos, y no deben entregarse a personas que viven abiertamente en ignorancia y sin Dios. La bondad común debe alcanzar a todos, pero los honores espirituales pertenecen a la familia de la fe. Darlos sin cuidado ni distinción es desperdiciar el pan de los hijos y entregar lo santo a los perros (Mateo 7:6).
Aquí también vemos la fuerza de su fe y su determinación al perseverar a pesar de todos estos desalientos. Muchas personas, si fueran probadas de esa manera, se habrían quedado calladas o habrían reaccionado con enojo. Ella podría haber dicho: «Este es un consuelo muy frío para una persona pobre y afligida. Habría estado mejor quedándome en casa que viniendo aquí para ser objeto de burlas y recibir un trato tan duro; no solo han ignorado mi caso desesperado, sino que hasta me han llamado perro». Un corazón orgulloso e indomable no lo habría soportado. El honor de la casa de Israel no era tan grande ante el mundo como para que ella no hubiera podido responder a ese desprecio contra los gentiles, si hubiera decidido hacerlo. Incluso podría haber comenzado a pensar menos de Cristo y haberse dañado la buena opinión que ya se había formado de él, porque somos rápidos para juzgar a las personas por la manera en que nos tratan.
Podría haber dicho: «¿Es este el Hijo de David? ¿Es este aquel conocido por su bondad, ternura y compasión? No tengo razón para hablar así de él, porque jamás me han tratado con tanta dureza. Él podría haber hecho por mí tanto como por los demás. Y, si no, no tenía que compararme con los perros de su rebaño. Yo no soy un perro. Soy una mujer, una mujer honrada y una mujer que está sufriendo. No está bien llamarme perro». Pero ella no dice nada de eso.
El alma humilde y creyente que verdaderamente ama a Cristo interpreta de la mejor manera posible todo lo que él dice y hace. Sigue adelante a pesar de cada desaliento. Esta mujer lo demuestra primero por su santo deseo de seguir insistiendo en su petición, como se ve en la negativa anterior (Mateo 15:25). «Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: Señor, ayúdame». Siguió orando. Lo que Cristo dijo hizo callar a los discípulos, y ya no volvemos a oír nada de ellos. Ellos aceptaron la respuesta, pero la mujer no se rindió.
Mientras más profundamente sentimos nuestra carga, con más firmeza debemos orar para que sea quitada. Dios quiere que perseveremos en la oración, que oremos siempre y no nos desanimemos. Ella también creció en su manera de orar. En lugar de culpar a Cristo o acusarlo de ser cruel, parece sospechar de sí misma y atribuirse la culpa. Tal vez pensó que al principio no había sido suficientemente humilde o reverente, y por eso ahora se acercó y se postró ante él con mayor respeto. O quizá pensó que no había sido suficientemente ferviente, y por eso ahora clama: «Señor, ayúdame». Cuando las respuestas a la oración se retrasan, Dios nos está enseñando a orar más y a orar mejor.
Entonces es momento de preguntarnos en qué fallamos en nuestras oraciones anteriores, para hacerlo mejor la próxima vez. La decepción en la oración debería impulsarnos a orar más. Cristo mismo, en su agonía, oró con mayor intensidad. Ella también deja de lado la cuestión de si pertenecía a aquellos a quienes Cristo había sido enviado. No discute ese punto, aunque podría haber alegado algún vínculo con Israel. En vez de eso, simplemente acude al Hijo de David en busca de misericordia y no está dispuesta a dejarlo hasta que la bendiga.
Muchos cristianos débiles se angustian con preguntas sobre la elección, preguntándose si pertenecen o no a la casa de Israel. Esas personas deben concentrarse en su necesidad delante de Dios y seguir orando por misericordia y gracia. Deben arrojarse por fe a los pies de Cristo y decir: «Si perezco, aquí pereceré». Con el tiempo, ese asunto quedará claro. Si no podemos razonar hasta deshacernos de nuestra incredulidad, debemos orar hasta deshacernos de ella. Una oración cálida y ferviente como «Señor, ayúdame» nos llevará a través de muchos desalientos que parecen estar a punto de aplastarnos.
Su oración es muy corta, pero está llena de sentimiento y sinceridad: «Señor, ayúdame». Podemos entenderla de varias maneras. Primero, podría ser una expresión de su sufrimiento. Si el Mesías había sido enviado solamente a la casa de Israel, entonces decía: «Señor, ayúdame; ¿qué será de mí y de mi familia?». No es inútil que los corazones quebrantados clamen con tristeza, porque Dios los mira en esos momentos (Jeremías 31:18). Segundo, podría ser una petición de gracia para mantenerse firme durante esta prueba. Le resultaba difícil conservar la fe cuando se encontraba con tanta frialdad, así que oraba: «Señor, fortalece ahora mi fe. Señor, que tu mano derecha me sostenga mientras permanezco aferrada a ti» (Salmo 63:8). Tercero, podría ser una manera de insistir en su petición original: «Señor, ayúdame; dame aquello por lo que vine».
Ella creía que Cristo podía y quería ayudarla, aunque no perteneciera a la casa de Israel; de lo contrario, habría dejado de pedir. Conserva buenos pensamientos acerca de Cristo y se niega a soltarlo. «Señor, ayúdame» es una buena oración cuando se dice con verdadera intención, y es lamentable cuando las personas la convierten en una frase común y toman el nombre de Dios a la ligera al decirla.
También demuestra una santa sabiduría en la fe al presentar una súplica sorprendente. Cristo había comparado a los judíos con los hijos, como olivos alrededor de la mesa de Dios, y a los gentiles con los perros debajo de la mesa. Ella no niega la fuerza de esa imagen. No se gana nada discutiendo contra ninguna palabra de Cristo, aun cuando parezca muy dura para nosotros. Pero esta pobre mujer, como no puede objetar, decide sacar el mejor provecho de lo que él ha dicho (Mateo 15:27): «Es verdad, Señor; pero aun los perros comen las migajas».
Su respuesta es profundamente humilde: «Es verdad, Señor». No se puede hablar de un creyente humilde de manera demasiado baja, porque está dispuesto a hablar de sí mismo con la misma humildad. Algunas personas parecen menospreciarse, pero se sienten ofendidas si alguien más lo hace. La persona verdaderamente humillada acepta incluso las palabras más humillantes sin llamarlas insultos. «Es verdad, Señor; no puedo negarlo. Soy como un perro y no tengo derecho al pan de los hijos». David dijo: «Has actuado neciamente, muy neciamente»; verdad, Señor. Asaf dijo: «He sido como una bestia delante de Dios»; verdad, Señor. Agur dijo: «Eres más irracional que cualquier hombre»; verdad, Señor. Pablo dijo: «Eres el mayor de los pecadores, menos que el más pequeño de todos los santos y no eres digno de ser llamado apóstol»; verdad, Señor.
La manera en que usó esa respuesta como una súplica fue muy hábil: «Pero aun los perros comen de las migajas». Con una agudeza y una rapidez espiritual extraordinarias, encontró un argumento en palabras que parecían un desprecio. Una fe viva y activa puede convertir en algo favorable lo que parece estar en nuestra contra. Puede sacar alimento de lo que parece una boca cerrada y dulzura de algo fuerte y áspero. La incredulidad suele confundir la ayuda con el daño y sacar conclusiones oscuras de palabras llenas de esperanza (Jueces 13:22-23). Pero la fe puede hallar consuelo incluso en el desaliento y acercarse a Dios aferrándose de la mano que parece apartarla. Es una gran bendición tener entendimiento rápido en el temor del Señor (Isaías 11:3).
Su súplica es esta: «Pero aun los perros comen de las migajas». Es verdad que la provisión principal y habitual pertenece únicamente a los hijos, pero las migajas pequeñas, ocasionales y sobrantes se les dan a los perros; no se les niegan a los perros que se sientan debajo de la mesa esperando recibirlas. Nosotros, los gentiles pobres, no podemos esperar el ministerio constante ni los milagros del Hijo de David de la misma manera que los judíos. Pero ellos se están cansando de su alimento, lo tratan con desprecio, le encuentran defectos y dejan que se desperdicie. Entonces, seguramente algunos pedazos rotos pueden caer para una gentil pobre. «Pido una sanidad de paso, que no es más que una migaja. Proviene del mismo pan precioso, aunque es solo un pedacito en comparación con los panes que ellos tienen».
Cuando estamos cerca de sentirnos satisfechos con el pan de los hijos, debemos recordar cuántas otras personas se alegrarían con las migajas. Nuestra porción fragmentaria de las bendiciones espirituales sería un banquete para muchas almas (Hechos 13:42). Observa que su humildad y su necesidad hicieron que se alegrara con las migajas.
Quienes saben que no merecen nada agradecen cualquier cosa. Cuando nos vemos como menos que el menor de las misericordias de Dios, estamos preparados para recibir sus mayores regalos. Hasta la muestra más pequeña de bondad de Cristo es preciosa para el creyente, como las migajas del pan de vida.
Su fe también la llevó a esperar esas migajas. ¿Por qué no habría de ser así en la mesa de Cristo, como en la mesa de un hombre rico, donde se alimenta tanto a los perros como a los hijos? Observa que ella la llama la mesa de su amo. Si era un perro, era el perro de él. No puede irnos mal si pertenecemos a Cristo, aunque sea de la manera más humilde. Como el hijo pródigo, ella podría haber dicho: «No soy digno de ser llamado hijo; hazme como uno de tus trabajadores» (Lucas 15:17-19). Es bueno estar en la casa de Dios, aunque solo sea en el umbral.
El resultado feliz de todo esto fue que ella se marchó con honra y consuelo. Aunque era una mujer cananea, demostró ser una verdadera hija de Israel, una que, como un príncipe, tuvo poder con Dios y prevaleció. Hasta ese momento, Cristo había escondido su rostro de ella, pero ahora la reunió con amor eterno (Mateo 15:28). Entonces Jesús dijo: «Oh mujer, grande es tu fe». Fue como cuando José se dio a conocer a sus hermanos: «Yo soy José». De manera semejante, Jesús ahora comienza a mostrarse claramente. No seguirá oponiéndose para siempre.
Cristo alabó su fe. Dijo: «Oh mujer, grande es tu fe». Observa que alabó su fe, no solamente las otras virtudes que se veían en su conducta, como la sabiduría, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la perseverancia en la oración. Esas virtudes eran fruto de su fe, así que Cristo se enfocó en la raíz que las produjo. La fe honra a Cristo más que cualquier otra virtud, por eso Cristo honra especialmente la fe. También alabó la grandeza de su fe. Todos los santos tienen una fe igualmente preciosa, pero no todos la tienen con la misma fuerza. Los creyentes no tienen todos el mismo nivel de crecimiento espiritual.
La fe grande se manifiesta en aferrarse firmemente a Jesucristo como un Salvador completamente suficiente, incluso cuando las circunstancias parecen desalentadoras. Significa amarlo y confiar en él como un amigo aun cuando parece actuar como un enemigo. Esa es una fe grande. La fe débil, si es verdadera, no es rechazada; pero la fe grande recibe una alabanza especial y agrada mucho a Cristo. En quienes creen de esta manera, él es honrado profundamente. Cristo habló de la misma forma cuando alabó al centurión, que también era gentil. El centurión mostró una fe fuerte en el poder de Cristo, y esta mujer mostró una fe fuerte en la bondad de Cristo. Ambos fueron aceptables para él.
También sanó a su hija: «Que se haga contigo como quieres». En efecto, dijo: «No te negaré nada. Recibe aquello por lo que viniste». Los creyentes de gran fe pueden recibir lo que piden. Cuando nuestra voluntad está de acuerdo con el mandato de Cristo, su voluntad se une a nuestro deseo. Quienes no le niegan nada a Cristo descubrirán que, al final, él no les niega nada, aunque por un tiempo parezca esconderles su rostro. Puedes desear el perdón del pecado, la victoria sobre el poder del pecado y una naturaleza santa. Cristo puede decir: «Que se haga contigo como quieres». ¿Qué más podrías pedir?
Cuando venimos, como lo hizo esta pobre mujer, a orar contra Satanás y su reino, nos unimos a la propia intercesión de Cristo. Entonces sucederá conforme a ello. Satanás todavía puede zarandear a Pedro y atormentar a Pablo, pero por medio de la oración de Cristo y del poder de su gracia seremos más que vencedores (Lucas 22:31-32; 2 Corintios 12:7-9; Romanos 16:20). El resultado estuvo de acuerdo con la palabra de Cristo. Su hija fue sanada desde ese mismo momento y, desde entonces, dejó de ser atormentada por el demonio. La fe de la madre trajo sanidad a la hija. Aunque la enferma estaba lejos, eso no limitó el poder de la palabra de Cristo. Él habló, y sucedió.
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De este capítulo
Mateo 15:1
"Entonces se acercaron a Jesús unos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo:"
Mateo 15:2
"«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan»."
Mateo 15:3
"Pero él les respondió: ¿Por qué también ustedes quebrantan el mandamiento de Dios por causa de su tradición?"
Mateo 15:4
"Porque Dios mandó: “Honra a tu padre y a tu madre”, y: “El que maldiga a su padre o a su madre debe morir”."
Mateo 15:5
"Pero ustedes dicen: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Es una ofrenda aquello con lo que podrías beneficiarte de mí’,"
Mateo 15:6
"y no honre a su padre o a su madre, quedará libre. Así han anulado el mandamiento de Dios por causa de su tradición."
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