Versículo destacado

Marcos 7:31 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Saliendo nuevamente de las regiones de Tiro y Sidón, llegó al mar de Galilea, pasando por en medio de la región de Decápolis. "

Marcos 7:31

menu_book El versículo en contexto

29 Él le dijo: Por estas palabras, vete; el demonio ha salido de tu hija.

30 Cuando llegó a su casa, encontró que el demonio había salido y que su hija estaba acostada sobre la cama.

31 Saliendo nuevamente de las regiones de Tiro y Sidón, llegó al mar de Galilea, pasando por en medio de la región de Decápolis.

32 Le llevaron a uno que era sordo y hablaba con dificultad, y le rogaron que pusiera la mano sobre él.

33 Él lo apartó de la multitud, metió los dedos en sus oídos, escupió y le tocó la lengua.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Nuestro Señor Jesucristo no permanecía mucho tiempo en un solo lugar, porque sabía dónde estaba su obra y la seguía conforme iba cambiando. Después de sanar a la hija de la mujer cananea, había terminado lo que había ido a hacer allí; por eso salió de aquella región y regresó hacia el mar de Galilea, donde habitualmente vivía. Sin embargo, no fue directamente, sino que atravesó la región de Decápolis, que se encontraba en su mayor parte al otro lado del Jordán. A menudo hacía viajes largos como este mientras recorría distintos lugares haciendo el bien.

Aquí encontramos el relato de una sanidad que no registran los otros escritores de los Evangelios. El hombre era sordo y tenía mucha dificultad para hablar. Algunos piensan que había nacido sordo y que, por eso, naturalmente tampoco podía hablar. Otros creen que quedó sordo por una enfermedad o un accidente, o que al menos tenía una audición muy limitada y además un problema del habla.

No podía hablar con claridad, así que no estaba en condiciones de conversar. Se perdía tanto el gozo como la utilidad de escuchar a los demás y expresar sus propios pensamientos. Esto debería llevarnos a agradecerle a Dios por darnos oídos, especialmente para escuchar su palabra, y la capacidad de hablar, especialmente para alabarlo. También debería despertar en nosotros compasión por las personas sordas o con dificultades para hablar, y motivarnos a tratarlas con ternura.

Quienes llevaron a aquel pobre hombre ante Cristo le pidieron que pusiera su mano sobre él, como lo habían hecho los profetas al bendecir a alguien en el nombre del Señor. No le pidieron simplemente una sanidad, sino que atendiera su necesidad y usara su poder como considerara conveniente.

La sanidad que realizó Cristo fue solemne, y algunos de sus detalles son poco comunes. Primero, llevó al hombre aparte de la multitud. Por lo general hacía sus milagros públicamente, para que todos pudieran ver que estaban expuestos a un examen cuidadoso. Pero en esta ocasión lo sanó en privado, para mostrar que no buscaba su propia gloria y para enseñarnos a evitar todo lo que huela a ostentación. Debemos aprender de Cristo a ser humildes y a hacer el bien aun cuando solo Dios pueda verlo.

También usó acciones más visibles de lo acostumbrado. Puso sus dedos en los oídos del hombre, como si fuera a quitar lo que los obstruía. Después escupió en su propio dedo y tocó la lengua del hombre, como si fuera a soltar aquello que le impedía hablar. Estas acciones no produjeron la sanidad de ninguna manera. Eran señales del poder que Cristo tenía para sanarlo, destinadas a fortalecer la fe del hombre y de quienes lo habían llevado. El poder provenía únicamente de Cristo, porque solo él sana.

Jesús levantó los ojos al cielo para darle al Padre la gloria por lo que estaba haciendo. Como Mediador, es decir, como aquel que se coloca entre Dios y la humanidad, actuó dependiendo del Padre y con la mirada puesta en él. Esto también mostró que estaba obrando mediante poder divino: el poder que tenía como Señor venido del cielo y que había traído consigo. El Señor hizo el oído que oye y el ojo que ve, y puede hacerlos nuevos. Cristo también dirigió al hombre, que podía ver pero no oír, a mirar al cielo en busca de ayuda. A Moisés, que tenía dificultad para hablar, se le había dicho algo semejante en (Éxodo 4:11): «¿Quién hizo la boca del ser humano? ¿Quién hace que una persona hable o quede muda, que oiga o quede sorda, que vea o quede ciega? ¿Acaso no soy yo, el Señor?».

Cristo suspiró. No lo hizo porque sanar fuera difícil para él ni porque le faltara poder del Padre. Mostraba compasión por las dificultades de la vida humana y solidaridad con quienes sufren, como alguien que verdaderamente siente nuestras debilidades. En el caso de este hombre, no suspiró porque no quisiera ayudarlo, sino por las tentaciones que ahora enfrentaría y por los pecados en los que podría caer una vez que recuperara el habla, especialmente los pecados de la lengua. Habría sido mejor que siguiera sin poder hablar si la gracia no lo ayudaba a vigilar su boca, como se expresa en (Salmo 39:1).

Entonces Cristo dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Esto no tenía nada que ver con los hechizos ni con las palabras secretas que usaban quienes trataban con espíritus malignos (Isaías 8:19). Cristo habló con autoridad, y su palabra llevaba poder. «Ábrete» abarcaba las dos partes de la sanidad: que se abrieran los oídos y los labios; que el hombre oyera y hablara libremente; que se quitara toda restricción. El resultado correspondió a la palabra, porque de inmediato se le abrieron los oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar con claridad; todo quedó completamente sano (Marcos 7:35). Dichoso aquel que, apenas pudo oír y hablar, tuvo cerca al Señor Jesús para conversar con él.

Esta sanidad demostró que Cristo era el Mesías, porque se había anunciado que mediante su poder se abrirían los oídos de los sordos y cantaría la lengua de los que no podían hablar (Isaías 35:5-6). También mostró lo que hace su evangelio en la mente de las personas. El gran mandato del evangelio, y la gracia de Cristo para los pobres pecadores, es «Efatá»: «Ábrete». De esta manera, el Espíritu de Cristo quita las barreras internas de la mente, así como la palabra de su poder quitó las barreras físicas de aquel hombre. Abre el corazón, como lo hizo con Lidia, y después abre el oído para recibir la palabra de Dios y la boca para orar y alabar.

Cristo ordenó que el asunto se mantuviera en privado, pero llegó a conocerse ampliamente. Esto mostró su humildad, porque les mandó que no se lo dijeran a nadie (Marcos 7:36). La mayoría de las personas está ansiosa por hablar de sus propias buenas obras, o al menos quiere que otros lo hagan por ellas. Cristo no corría peligro de enorgullecerse, pero sabía que nosotros sí, y por eso nos dejó un ejemplo de negarnos a nosotros mismos, especialmente en lo relacionado con los elogios y los aplausos. Debemos alegrarnos de hacer el bien, pero no de que se nos reconozca por hacerlo.

La reacción de ellos también mostró su entusiasmo. Aunque Jesús les había dicho que no se lo contaran a nadie, difundieron la noticia antes de que él quisiera hacerla pública. Sin embargo, sus intenciones eran buenas, así que esto debe considerarse más como descuido que como rebeldía (Marcos 7:36).

Los que contaron lo sucedido y los que lo escucharon quedaron asombrados más allá de toda medida. Estaban profundamente conmovidos por lo que Jesús había hecho, y esta se convirtió en la respuesta general: «Todo lo ha hecho bien» (Marcos 7:37). Incluso quienes lo odiaban y se le oponían como si fuera un malhechor estaban dispuestos a admitir que no había hecho ningún mal. Más aún, tuvieron que reconocer que había hecho mucho bien y que lo había hecho bien: con humildad, discreción, verdadera entrega y de manera gratuita, sin pedir ningún pago.

Esto añadía mucha belleza a sus obras. Él hace que los sordos oigan y que quienes no pueden hablar hablen, y eso es bueno. Es bueno para ellos y también para sus familias, que habían llevado la carga de esa condición. Por eso, quienes hablan mal de él no tienen excusa.

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