Versículo destacado
Mateo 15:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y llamando a la multitud, les dijo: Oigan y entiendan: "
Mateo 15:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Este pueblo se acerca a mí con su boca y me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí.
9 En vano me adoran, pues enseñan como doctrinas mandamientos de hombres.
10 Y llamando a la multitud, les dijo: Oigan y entiendan:
11 No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca; eso es lo que contamina al hombre.
12 Entonces se acercaron sus discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron estas palabras?».
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Después de mostrar que los discípulos no habían hecho nada malo al comer con las manos sin lavar, Cristo pasó a demostrar que, en sí mismo, aquello no era pecado. En la primera parte de su enseñanza, dejó de lado la autoridad de las tradiciones de los ancianos. En la segunda, explicó por qué esas tradiciones no podían mantenerse.
Entonces dio a esta enseñanza un comienzo solemne. Llamó a la multitud, porque la habían mantenido apartada mientras él hablaba con los escribas y los fariseos. Es posible que aquellos hombres orgullosos hubieran hecho a un lado a la gente, porque no querían hablar con Cristo delante de ella. Pero Cristo se preocupaba por el pueblo y, una vez que terminó con los líderes, invitó a la multitud a escucharlo.
De esta manera, los pobres recibieron el evangelio. Cristo escogió las cosas débiles del mundo y las que la gente despreciaba. Jesús, que era humilde, recibió con agrado a quienes los orgullosos fariseos trataban con desprecio. Se apartó de los fariseos, que eran obstinados y no querían aprender, y se volvió hacia la multitud, que era débil, pero humilde y dispuesta a escuchar.
A ellos les dijo: «Oigan y entiendan». Lo que escuchamos de Cristo debemos esforzarnos por comprenderlo. No solo las personas instruidas, sino también la gente común, debe aplicar su mente a las palabras de Cristo. Los llamó a entender porque esta enseñanza iba en contra de las ideas que habían aprendido desde la infancia y de las costumbres que valoraban profundamente. Se necesita mucha atención para liberar a las personas de creencias y hábitos equivocados que han seguido durante mucho tiempo, porque los prejuicios suelen influir en su manera de juzgar.
Luego Cristo declaró la verdad en dos partes, y ambas contradecían la enseñanza común de aquella época. Primero, dijo que lo que entra por la boca no hace impura a una persona. El tipo de alimento que comemos o la condición de nuestras manos no ensucia moralmente el alma. El reino de Dios no consiste en comida ni bebida (Romanos 14:17). Lo que hace impura a una persona es aquello que la hace culpable delante de Dios, que le desagrada y que la vuelve incapaz de tener comunión con él. La comida no produce nada de eso, a menos que se consuma de manera insensata o excesiva, porque «para los puros, todo es puro» (Tito 1:15).
Los fariseos habían llevado la impureza ceremonial, como la relacionada con comer ciertos alimentos, mucho más allá de lo que la ley pretendía. Añadieron sus propias reglas y cargaron la ley de Dios con ellas. Cristo se opuso a esas adiciones y, al hacerlo, preparó el camino para que más adelante terminara la ley ceremonial en ese aspecto. Comenzaba a enseñar a sus seguidores que no llamaran común o impuro a nada; si Pedro hubiera recordado esta enseñanza cuando se le ordenó matar y comer, no habría respondido: «No, Señor» (Hechos 10:13-15, Hechos 10:28).
En segundo lugar, Cristo dijo que lo que sale de la boca hace impura a una persona. No quedamos impuros por comer con las manos sin lavar, sino por las palabras que salen de un corazón que no ha sido santificado, un corazón que no está apartado para Dios. De esta manera, la boca lleva al cuerpo a pecar (Eclesiastés 5:6). En una enseñanza anterior, Cristo había dado mucha importancia a nuestras palabras (Mateo 12:36-37), y allí había advertido a quienes lo desafiaban. Aquí advierte a quienes criticaban a los discípulos. No eran los discípulos quienes se habían hecho impuros por lo que comían, sino los fariseos, que se habían hecho impuros al hablar contra ellos de manera dura e injusta.
Quienes acusan a otros de quebrantar reglas humanas muchas veces acumulan una culpa mayor sobre sí mismos al quebrantar la ley de Dios contra el juicio precipitado. Las personas que se apresuran a señalar la supuesta contaminación de los demás suelen ser las que más se contaminan a sí mismas.
Entonces los discípulos le dijeron a Jesús que los fariseos se habían ofendido por esta enseñanza. Parecían preguntarle: «¿Sabes que los fariseos se ofendieron por lo que dijiste? ¿No viste que lo tomarían a mal y se opondrían a tu enseñanza?». No era sorprendente que los fariseos se hubieran ofendido, porque estaban llenos de error y hostilidad, de confusión y malicia. Los ojos enfermos no soportan la luz intensa, y los maestros orgullosos odian que las personas sean liberadas de las mentiras que primero las cegaron y luego las controlaron.
Es posible que los fariseos, que eran estrictos en cuanto a las tradiciones, se hubieran ofendido más que los escribas, quienes las enseñaban. También pudieron haberse inquietado por la enseñanza de Cristo acerca de la lengua, así como se habían molestado por su enseñanza sobre lavarse las manos. Quienes luchan con más fuerza por las formas externas de la religión suelen ser quienes menos se preocupan por sus verdades más profundas.
Los discípulos se preguntaban por qué su Maestro diría algo que sabía que causaría tanta ofensa. No estaban acostumbrados a escucharlo hablar de esa manera. Parecían pensar que, si él hubiera considerado lo perturbador que sería, no lo habría dicho. Pero Cristo sabía lo que decía, a quién se lo decía y qué efecto tendría. Nos enseña que, aunque debemos tener cuidado de no ofender innecesariamente a las personas en asuntos secundarios, nunca debemos evitar la verdad o el deber por temor a causar ofensa. Hay que decir la verdad y cumplir con el deber. Si la gente se ofende, la culpa es suya. Muchas veces el tropiezo no se da, sino que se toma.
Es posible que los discípulos también hubieran tropezado con las palabras mismas de Cristo, porque les parecían atrevidas y difíciles de conciliar con la ley de Dios acerca de los alimentos limpios e impuros. Por eso plantearon el asunto para entenderlo mejor. También parecían preocuparse por los fariseos, aunque habían discutido con ellos. Esto nos enseña a perdonar a nuestros enemigos, perseguidores y calumniadores, y a buscar su bien, especialmente su bien espiritual. No querían que los fariseos se fueran enojados por algo que Jesús hubiera dicho. No le estaban pidiendo que retirara sus palabras, sino esperando que las explicara con mayor detalle o de una manera más clara. A veces, quienes escuchan con debilidad se preocupan demasiado por no ofender a quienes escuchan con maldad. Pero si obtenemos la aprobación de la gente ocultando la verdad o permitiendo que sus errores y pecados queden sin ser confrontados, no estamos sirviendo a Cristo.
Entonces Cristo pronunció juicio contra los fariseos y sus tradiciones corruptas. Este juicio ayuda a explicar por qué no le preocupaba ofenderlos y por qué tampoco debía preocuparles a los discípulos. Eran personas que odiaban la corrección y estaban destinadas a la destrucción. Cristo anunció dos cosas acerca de ellos.
La advertencia de Cristo sobre los fariseos y sus tradiciones es clara: «Toda planta que mi Padre celestial no haya plantado será arrancada» (Mateo 15:13). Esto no incluía solamente sus ideas falsas y sus prácticas supersticiosas, sino también todo su sistema, su manera de vivir y su estructura religiosa. Sus reglas no procedían de los mandamientos de Dios, sino del orgullo y de una religión vacía.
El pueblo judío había sido plantado en otro tiempo como una vid noble, pero se había convertido en una planta degenerada, proveniente de una vid extraña. Por eso Dios ya no lo reconocía como una plantación suya. En la iglesia visible, no sorprende encontrar plantas que el Padre no ha plantado. Todo lo verdaderamente bueno en la iglesia proviene de la mano de Dios (Isaías 41:19). Sin embargo, incluso en el mejor campo crece la mala hierba, y el enemigo sigue sembrando cizaña, es decir, falsos creyentes. Dios puede permitir lo corrupto, pero nunca lo planta. Por eso no debemos suponer que todo lo que está en la iglesia es correcto simplemente porque está allí. Debemos poner a prueba cada espíritu (Jeremías 19:5; Jeremías 23:31-32).
Esto también nos advierte acerca de las personas que tienen el espíritu de los fariseos: son orgullosas, formales y dominantes. Sin importar la etiqueta que lleven, Dios no las reconocerá como una plantación suya. Podemos conocerlas por sus frutos. Y lo que Dios no ha plantado, tampoco lo protegerá. Sin duda será arrancado de raíz. Todo lo que no proviene de Dios no permanecerá (Hechos 5:38). Las ideas y prácticas defectuosas se marchitarán, serán rechazadas por la iglesia y, finalmente, serán reunidas para el juicio. Los fariseos y sus tradiciones desaparecieron hace mucho tiempo, pero el evangelio de la verdad permanece y no puede ser arrancado.
Entonces Cristo habla de la ruina de los fariseos y de quienes los admiraban y seguían (Mateo 15:14). Les dice a sus discípulos que los dejaran. Es decir, no debían buscar su aprobación ni temer su enojo. Aquellos hombres estaban aferrados a sus propias ideas y querían que todo se hiciera a su manera. Por eso los discípulos no debían tratar de agradar a quienes no agradaban a Dios (1 Tesalonicenses 2:15). Los fariseos estaban unidos a sus ídolos, los ídolos de su propia mente, y querían permanecer así (Oseas 4:17; Apocalipsis 22:11). Es una situación triste cuando Cristo les dice a sus ministros que dejen a los pecadores entregados a sí mismos.
Cristo da dos razones. Primero, los fariseos eran orgullosos e ignorantes, una combinación peligrosa que muchas veces no puede corregirse (Proverbios 26:12). Eran guías ciegos de ciegos. Sabían muy poco de Dios y no entendían el significado espiritual de su ley. Sin embargo, eran tan orgullosos que pensaban que veían mejor que todos los demás. Se atribuían el derecho de guiar a otros al cielo, aunque ellos mismos no conocían el camino. Les decían a todos qué hacer y rechazaban a cualquiera que no quisiera obedecerles. Si hubieran reconocido su ceguera y acudido a Cristo en busca de ayuda, quizá habrían recobrado la vista (Juan 9:40). Pero ni siquiera quisieron pedirla. Estaban seguros de ser guías de ciegos y maestros de los insensatos (Romanos 2:19-20), por eso Cristo dice que los dejen. Su situación era peligrosa, y discutir con ellos solo los habría provocado, sin convencerlos.
Segundo, avanzaban rápidamente hacia la destrucción y pronto caerían en ella. Si el guía ciego y el que lo sigue, también ciego, continúan caminando hacia adelante, ambos caerán en el hoyo. Esto se cumplió en la ruina que se acercaba para la nación judía, y también se cumple en el juicio eterno. Los líderes ciegos y sus seguidores ciegos perecerán juntos. El infierno es el destino de los que dicen mentiras y de los que aman las mentiras (Apocalipsis 22:15). Los que engañan a otros no escaparán del juicio de Dios (Job 12:16). Quienes atraen a otros al pecado con astucia y habilidad tampoco escaparán de la ruina. Si ambos caen en el hoyo, los líderes ciegos caen primero y con mayor fuerza. La ruina de los engañadores no protegerá a los engañados. Aunque los líderes hagan que la gente se desvíe, quienes los siguen también serán destruidos si cierran los ojos a la luz que podría haberlos corregido (Isaías 9:16). Cuando los líderes falsos y sus seguidores dispuestos a seguirlos caen juntos, su pecado compartido hace más grave su ruina compartida.
Después de esto, Cristo enseñó más a sus discípulos acerca de la verdad que ya les había dado (Mateo 15:10). Rechaza a quienes se niegan a aprender, pero tiene compasión de quienes están dispuestos a recibir enseñanza (Hebreos 5:2). Si los fariseos se ofenden, que se ofendan. Quienes aman la ley de Dios tienen este consuelo: nada podrá hacerlos tropezar finalmente, y todo motivo de tropiezo será quitado (Salmo 119:165). Los discípulos querían entender mejor aquello (Mateo 15:15). Pedro, como solía hacerlo, habló en nombre de todos. Le preguntaron: «Explícanos esta parábola». Lo que Jesús había dicho era bastante claro, pero no encajaba con lo que habían aprendido antes. Así que, aunque no discutieron con él, todavía no lograban comprenderlo.
Notemos que las mentes débiles suelen convertir la verdad clara en un acertijo y buscan un nudo donde no lo hay. Los discípulos hacían eso con frecuencia, como en (Juan 16:17). Hasta un saltamontes parece una carga para un estómago débil, y los creyentes nuevos no pueden soportar ni asimilar una enseñanza profunda.
Cuando una mente débil duda de alguna palabra de Cristo, un corazón sincero y una mente dispuesta buscarán ayuda. Los fariseos se ofendieron, pero se lo guardaron. Como odiaban que los corrigieran, también odiaban que les dieran instrucción. Los discípulos, aunque se sintieron desconcertados, querían una respuesta y no culpaban a la enseñanza, sino a su propia lentitud para entender.
La reprensión de Cristo por su torpeza e ignorancia fue: «¿También ustedes siguen sin entender?» (Mateo 15:16). A todos los que Cristo ama y enseña, también los corrige. Las personas son muy ignorantes cuando no ven que los pecados morales son mucho peores y más peligrosos que la impureza ceremonial.
Dos cosas hacían más grave su lentitud. Primero, eran los propios discípulos de Cristo. «¿También ustedes siguen sin entender?». Ustedes, que han sido llevados a una comunión tan cercana conmigo, ¿son tan pobres en el conocimiento de la palabra de justicia? El Señor Jesús se aflige con razón por la ignorancia y los errores de quienes profesan la fe y disfrutan de los privilegios de la iglesia.
No sorprende que los fariseos no entendieran esta enseñanza, pues no sabían nada del reino del Mesías. Pero los discípulos habían oído hablar de él, lo habían recibido personalmente e incluso se lo habían anunciado a otros. ¿Acaso seguían siendo extraños a su espíritu y significado?
Segundo, habían sido estudiantes de Cristo durante mucho tiempo. «¿Todavía siguen así después de haber estado bajo mi enseñanza por tanto tiempo?». Si apenas hubieran comenzado a aprender, sería menos grave. Pero habían escuchado constantemente a Cristo durante muchos meses y todavía les faltaba entendimiento. Cristo espera que nuestro conocimiento, nuestra gracia y nuestra sabiduría crezcan en proporción al tiempo y la ayuda que hemos recibido (Juan 14:9; Hebreos 5:12; Tito 3:7-8).
Entonces Cristo explicó esta enseñanza sobre la contaminación. Aunque reprendió su lentitud, no los rechazó. Tuvo compasión de ellos y les enseñó, como lo hizo con los discípulos después de la resurrección (Lucas 24:25-27). Primero mostró que corremos muy poco peligro de contaminarnos por lo que entra en la boca (Mateo 15:17). La glotonería, la indulgencia y el exceso al comer nacen del corazón y sí nos contaminan, pero el alimento en sí no lo hace, como pensaban los fariseos.
Dios ha dispuesto una manera de eliminar de nosotros todo desperdicio o impureza que haya en los alimentos. Estos entran en el estómago y luego son expulsados, dejando atrás solo el alimento que nutre. De esta manera fuimos hechos y preservados de forma maravillosa y admirable, y nuestra vida se mantiene segura. La capacidad del cuerpo para expulsar lo inútil o dañino es necesaria; así es como la naturaleza se ayuda a sí misma.
Por lo tanto, nada queda contaminado por este proceso. Si alguien come con las manos sin lavar y algo impuro se mezcla con la comida, el cuerpo lo separa y lo expulsa. Eso puede ser un asunto de limpieza, pero no es un asunto de conciencia. Cometemos un grave error si tratamos esto como una cuestión religiosa. Cristo no condena tanto el acto en sí como la idea que lo sustenta, como si la comida nos hiciera aceptables delante de Dios (1 Corintios 8:8). El cristianismo no se basa en prácticas de ese tipo.
Segundo, mostró cuán grande es el peligro de lo que sale de la boca (Mateo 15:18), pues sale de lo que rebosa del corazón. Compárese con (Mateo 12:34). No hay contaminación en los buenos regalos de Dios. La contaminación proviene de lo corrupto que hay en nosotros. La fuente de lo que sale de la boca es el corazón, que es el manantial de todo pecado (Jeremías 8:7). El corazón es perverso y engañoso en extremo (Jeremías 17:9), porque ningún pecado de palabra o de hecho deja de haber estado primero en el corazón.
Ahí está la raíz de la amargura, que produce hiel y ajenjo. La vida interior del pecador está llena de maldad (Salmo 5:9). Toda palabra maliciosa sale del corazón y hace impura a la persona. Un corazón corrupto produce palabras corruptas.
Luego Cristo mencionó algunos de esos arroyos contaminados. Aunque no todos salen por la boca, todos salen de la persona y muestran la maldad que actúa en el corazón (Salmo 58:2). Primero están los malos pensamientos, pecados contra todos los mandamientos. Por eso David contrapone los pensamientos vanos a toda la ley (Salmo 119:113). Estos son los primeros hijos de nuestra naturaleza caída, la primera señal de su fuerza y lo que muestra con mayor claridad cómo es.
Muchos pecados comienzan y terminan en el corazón sin ir más lejos. Las imaginaciones y los planes pecaminosos son malos pensamientos: proyectos perversos, maquinaciones y conspiraciones contra otros (Miqueas 2:1). Segundo están los homicidios, pecados contra el sexto mandamiento. Estos nacen del odio que hay en el corazón contra la vida del hermano, o del desprecio por ella. Por eso, delante del tribunal de Dios, al que odia a su hermano se le llama homicida (1 Juan 3:15). La guerra comienza en el corazón (Salmo 55:21; Santiago 4:1).
Tercero están los adulterios y los pecados sexuales, contra el séptimo mandamiento. Estos nacen de un corazón lujurioso, impuro y dominado por la carne. El deseo pecaminoso es concebido primero allí y luego da a luz estos pecados (Santiago 1:15). El adulterio comienza en el corazón antes de manifestarse en la conducta (Mateo 5:28). Cuarto están los robos, pecados contra el octavo mandamiento, que incluyen engañar, perjudicar, asaltar y hacer tratos injustos. La fuente de todo esto está en el corazón, que actúa mediante prácticas codiciosas (2 Pedro 2:14) y está puesto en las riquezas (Salmo 62:10). Acán primero deseó lo prohibido y después lo tomó (Josué 7:20-21).
Quinto está el falso testimonio, contra el noveno mandamiento. Este nace de una mezcla de mentira y codicia, o de mentira y malicia, en el corazón. Si la verdad, la santidad y el amor gobernaran la vida interior como Dios lo exige, no existiría el falso testimonio (Salmo 64:6; Jeremías 9:8). Sextas están las blasfemias: hablar mal de Dios, contra el tercer mandamiento, y hablar mal del prójimo, contra el noveno. Estas nacen del desprecio por Dios y por el ser humano que hay en el corazón. De allí también procede la blasfemia contra el Espíritu Santo (Mateo 12:31-32). Estas cosas son el desbordamiento del veneno que hay dentro.
Estas son las cosas que contaminan a una persona (Mateo 15:20). El pecado hace que el alma sea impura, desagradable y aborrecible ante los ojos del Dios puro y santo. Nos hace indignos de tener comunión con él y de disfrutar de la Nueva Jerusalén, donde no entrará nada que contamine o haga el mal. El pecado mancha la mente y la conciencia, y eso también hace impuro todo lo demás (Tito 1:15).
Esta contaminación causada por el pecado estaba representada por la impureza ceremonial que los maestros judíos añadieron a la ley de Dios, aunque no entendían su verdadero significado. Véanse (Hebreos 9:13-14; 1 Juan 1:7). Por eso, debemos evitar cuidadosamente estas cosas y todo camino que conduzca a ellas. No debemos poner nuestra confianza en lavarnos las manos.
Cristo todavía no estaba dejando de lado la ley que distinguía entre los alimentos limpios y los impuros. Ese cambio no ocurrió sino hasta (Hechos 10). Lo que rechazaba era la tradición de los ancianos, que había sido añadida a esa ley. Por eso concluye con este punto: comer con las manos sin lavar, que era el tema en cuestión, no hace impura a una persona. Si se lava, no queda en mejor posición delante de Dios. Si no se lava, tampoco queda en peor posición.
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De este capítulo
Mateo 15:1
"Entonces se acercaron a Jesús unos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo:"
Mateo 15:2
"«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan»."
Mateo 15:3
"Pero él les respondió: ¿Por qué también ustedes quebrantan el mandamiento de Dios por causa de su tradición?"
Mateo 15:4
"Porque Dios mandó: “Honra a tu padre y a tu madre”, y: “El que maldiga a su padre o a su madre debe morir”."
Mateo 15:5
"Pero ustedes dicen: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Es una ofrenda aquello con lo que podrías beneficiarte de mí’,"
Mateo 15:6
"y no honre a su padre o a su madre, quedará libre. Así han anulado el mandamiento de Dios por causa de su tradición."
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