Versículo destacado
Marcos 14:32 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y él dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras yo oro». "
Marcos 14:32
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
30 Jesús le dijo: «De cierto te digo que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces».
31 Pero él insistía con más vehemencia: «Aunque tenga que morir contigo, de ninguna manera te negaré». Y todos decían lo mismo.
32 Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y él dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras yo oro».
33 Tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a sentirse profundamente asombrado y muy angustiado.
34 Y les dijo: «Mi alma está profundamente triste hasta la muerte; quédense aquí y velen».
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Cristo está entrando ahora en sus sufrimientos, y comienza por la parte más difícil: el sufrimiento de su alma. Aquí lo vemos en su agonía, en la misma escena dolorosa que registra Mateo. Esta angustia interior era la amargura y el veneno presentes en toda su aflicción. También mostraba que ningún sufrimiento le fue impuesto por la fuerza, sino que él lo aceptó voluntariamente.
Primero se apartó para orar. Les dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras yo voy un poco más allá y oro». Poco antes había orado con ellos (Juan 17), pero ahora les dice que se queden atrás mientras él va al Padre con un asunto que le correspondía enfrentar a él solo. Nuestras oraciones con la familia no nos eximen de orar en privado. Cuando Jacob entró en su gran lucha, primero envió lejos todo lo que tenía y se quedó solo; entonces un hombre luchó con él (Génesis 32:23-24), aunque antes probablemente había orado con su familia (Marcos 14:9).
Aun estando apartado, llevó consigo a Pedro, Jacobo y Juan (Marcos 14:33), tres testigos apropiados de esta parte de su humillación. Las personas de espíritu fuerte quizá no se preocupen por cuántos conocen sus sufrimientos, pero él no se avergonzó de que ellos lo vieran. Estos tres habían presumido más que los demás de su disposición y capacidad para sufrir con él. Pedro lo había hecho en este capítulo, y Jacobo y Juan lo habían hecho antes (Marcos 10:39). Por eso Cristo los llevó aparte para que vieran su lucha con el bautismo de sangre y la copa amarga, y así mostrarles que no entendían lo que estaban diciendo. Es apropiado que quienes tienen más confianza en sí mismos sean puestos a prueba primero, para que vean su propia debilidad.
Allí se encontraba en una terrible agitación. La expresión «comenzó a angustiarse mucho» es muy fuerte, más vívida que la que usa Mateo. Señala algo parecido a la profunda oscuridad que cayó sobre Abraham (Génesis 15:12), o incluso algo peor y más aterrador. Los terrores de Dios parecían reunirse contra él, y él permitió sentir toda su fuerza. Nunca hubo un dolor como el suyo en ese momento. Nadie había conocido como él, desde la eternidad, la plenitud del gozo del favor de Dios; por eso nadie podía sentir como él el peso de que ese favor fuera retirado.
Sin embargo, no había desorden en esta agitación de su espíritu. Sus emociones se elevaron, pero no se desbordaron de manera descontrolada. En él no había una naturaleza pecaminosa mezclada con sus emociones, como la hay en nosotros. El agua con sedimento en el fondo puede verse limpia cuando está quieta, pero al agitarla se vuelve turbia. Así son nuestros sentimientos. En cambio, el agua pura en un vaso limpio permanece clara aun cuando se la agita; así era Cristo.
El doctor Lightfoot consideraba probable que en ese momento el diablo se le hubiera aparecido visiblemente a nuestro Salvador, con su propia forma y apariencia, para aterrorizarlo y hacer tambalear su confianza en Dios. Eso fue lo que Satanás había intentado hacer con Job, quien era una figura de Cristo, con la esperanza de hacerlo maldecir a Dios y morir. Satanás quería impedir que Cristo continuara con su obra. Todo lo que intentaba detenerlo, Cristo lo veía como algo proveniente de Satanás (Mateo 16:23). Cuando el diablo se apartó de él en el desierto, fue solo por un tiempo (Lucas 4:13). Como había fracasado con la adulación, ahora intentaba hacerlo con el temor.
Entonces Cristo expresó con tristeza la agonía interior que sufría. Dijo: «Mi alma está muy triste». Él fue hecho pecado por nosotros, y por eso estaba tan triste. Sabía plenamente cuán malos eran los pecados por los que iba a sufrir. Amaba a Dios, quien había sido ofendido por ellos, y amaba a las personas, que habían sido dañadas y estaban en peligro a causa de ellos. Por eso, cuando esos pecados fueron puestos delante de él, no es de extrañar que su alma se sintiera abrumada. Él fue hecho responsable de cargar nuestros pecados y quedó agotado por nuestras iniquidades.
También fue hecho maldición por nosotros. Las maldiciones de la ley fueron puestas sobre él como nuestro fiador, como aquel que tomó nuestro lugar; no como alguien que originalmente estuviera obligado junto con nosotros, sino como quien asumió la responsabilidad de la deuda. Como su alma estaba muy triste, se sometió a esa carga y permaneció bajo ella hasta que su muerte pagó por el pecado y quitó la maldición para siempre. Probó la muerte (Hebreos 2:9). Esto no significa que solo experimentó una pequeña parte de ella. Más bien, bebió hasta el fondo de la copa. Es una expresión más fuerte, porque sintió toda su amargura. Este era el temor del que habla el apóstol: un rechazo natural del dolor y de la muerte, propio de la naturaleza humana (Hebreos 5:7).
Los sufrimientos de Cristo en su alma deben ayudarnos de dos maneras. Primero, deben hacernos aborrecer nuestros pecados. ¿Podemos considerar alguna vez el pecado como algo insignificante al ver el efecto que tuvo sobre el Señor Jesús, aun cuando solo fue puesto sobre él? ¿Podemos tratar con ligereza aquello que pesó tanto sobre él? ¿Acaso Cristo sufrió tal agonía por nuestros pecados y nosotros nunca sentiremos dolor por ellos? Debemos mirar a aquel a quien hemos oprimido y traspasado, y lamentarnos profundamente. Es correcto sentir gran tristeza por el pecado, porque Cristo la sintió, y nunca debemos burlarnos de él. Si Cristo sufrió así a causa del pecado, nosotros debemos armarnos con esa misma actitud.
Segundo, sus sufrimientos deben hacer más llevaderos nuestros propios dolores. Si alguna vez nuestras almas están muy tristes por las dificultades presentes, debemos recordar que nuestro Maestro sufrió antes que nosotros, y que el siervo no es mayor que su señor. ¿Por qué intentar evitar por completo el dolor, cuando Cristo lo recibió y se sometió a él por amor a nosotros? No solo le quitó su aguijón y lo hizo soportable, sino que también le dio valor y lo hizo útil, pues «la tristeza del rostro mejora el corazón». Incluso hizo que el dolor fuera consolador. Pablo estaba triste y, sin embargo, siempre se regocijaba. Si estamos muy tristes, será solo por un poco de tiempo, hasta la muerte. Esa será la culminación de todos nuestros dolores si Cristo es nuestro, y entonces todas las lágrimas serán enjugadas.
Les dijo a sus discípulos que se quedaran con él, no porque necesitara su ayuda, sino porque quería que velaran y aprendieran de él. Les dijo: «Quédense aquí y velen». A los demás discípulos solo les había dicho: «Siéntense aquí» (Marcos 14:32). Pero a estos tres les dijo: «Quédense y velen», porque esperaba más de ellos que de los demás.
Después se dirigió a Dios en oración (Marcos 14:35). Cayó al suelo y oró. Poco antes, al orar, había levantado los ojos (Juan 17:1), pero aquí, en su agonía, cayó sobre su rostro. Ajustó su postura a su humillación y nos enseñó a inclinarnos profundamente delante de Dios. Es apropiado que seamos humildes cuando venimos ante el Altísimo.
Como hombre, se estremeció ante el sufrimiento y pidió que, si fuera posible, esa hora pasara de él (Marcos 14:35). En otras palabras: «Si pudiera evitarse este sufrimiento intenso que estoy a punto de enfrentar, que la salvación humana se realice sin él». Tenemos sus palabras completas: «Abba, Padre» (Marcos 14:36).
Aquí se conserva la palabra aramea «Abba» porque así la usó Cristo, y significa «Padre». Esto muestra la intensidad y la ternura con que nuestro Señor habló en medio de su dolor, y así también debemos pensar en Dios. Pablo conserva esta palabra al hablar de los creyentes que tienen el Espíritu de adopción, el Espíritu que les da un lugar de hijos delante de Dios. A ellos se les enseña a clamar: «Abba, Padre» (Romanos 8:15; Gálatas 4:6).
«Padre, todas las cosas son posibles para ti». Aun cuando no podamos esperar que Dios haga algo específico por nosotros, debemos seguir creyendo que él puede hacerlo. Y cuando nos sometemos a su voluntad y confiamos en su sabiduría y misericordia, también debemos confesar su poder. Nada es demasiado difícil para él.
Como mediador, aquel que se coloca entre Dios y las personas para reconciliarlas, Cristo se sometió a la voluntad de Dios por amor a nosotros: «Sin embargo, no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres». Sabía que el asunto estaba decidido y que no podía cambiarse. Debía sufrir y morir, y recibió voluntariamente ese camino amargo.
Después regresó con sus discípulos, que se habían quedado dormidos mientras él oraba (Marcos 14:37, Marcos 14:38). Volvió para cuidar de ellos, ya que ellos no habían velado con él. Los encontró dormidos, aunque habían escuchado su tristeza, sus oraciones y su dolor. Su descuido era una señal de su fracaso posterior, cuando lo abandonarían, y hacía más grave su falta porque poco antes él los había elogiado por permanecer con él en sus pruebas.
Pedro recibe una reprensión especial por su somnolencia: «Simón, ¿estás durmiendo?». Era un recordatorio fuerte para quien había prometido con tanta seguridad que nunca lo negaría. «¿Qué pasa, hijo mío? Tú que dijiste con tanta firmeza que nunca me negarías, ¿me tratas así? Yo esperaba algo mejor de ti. ¿No pudiste velar una hora?». Cristo no pidió una larga vigilia, sino solo una hora. Es algo serio que nos debilitemos tan rápidamente en el servicio de Cristo, pues él no nos carga más de lo que podemos llevar ni nos fatiga con exigencias pesadas (Isaías 43:23). No nos da una carga mayor que mantenernos firmes hasta que él venga (Apocalipsis 2:24-25), y pronto vendrá (Apocalipsis 3:11).
A quienes Cristo ama, los reprende cuando se equivocan. Y a quienes reprende, también los aconseja y consuela. Sus primeras palabras fueron sabias y fieles: «Velen y oren, para que no caigan en tentación» (Marcos 14:38). Ya era grave que durmieran mientras Cristo estaba en agonía, pero les esperaban pruebas aún más difíciles. Si no se mantenían despiertos y no buscaban en Dios, por medio de la oración, la gracia y la fortaleza que necesitaban, caerían todavía más; y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando todos lo abandonaron y huyeron.
Cristo también habló con ternura acerca de ellos: «El espíritu está dispuesto». Él conocía la sinceridad de sus corazones. De verdad querían mantenerse despiertos, pero no podían. Esto también respalda la advertencia: «Velen y oren», porque el espíritu puede estar verdaderamente dispuesto, pero la carne es débil. La debilidad de nuestra naturaleza humana debería impulsarnos a orar y a mantenernos vigilantes cuando se acerca la tentación.
Luego regresó y volvió a orar, diciendo las mismas palabras, y después lo hizo una tercera vez (Marcos 14:39). Esto nos enseña a orar sin desanimarnos (Lucas 18:1). Aunque las respuestas no lleguen pronto, debemos seguir pidiendo y orando, porque la visión aguarda el momento señalado: se cumplirá al final y no fallará (Habacuc 2:3). Pablo también suplicó tres veces cuando lo atormentaba un mensajero de Satanás, tal como Cristo lo hizo aquí, antes de recibir paz (2 Corintios 12:7-8).
Antes, cuando Cristo oró angustiado: «Padre, glorifica tu nombre», recibió una respuesta inmediata del cielo. Pero aquí tuvo que volver una segunda y una tercera vez. Dios responde a la oración cuando él decide, ya sea pronto o después, para que sigamos dependiendo de él.
También regresó a sus discípulos más de una vez. Con esto mostró su cuidado constante por su iglesia en la tierra, aun cuando está medio dormida y no se mantiene debidamente alerta, mientras él vive para siempre intercediendo por ella ante el Padre en el cielo. Como mediador, él va y viene entre ambas partes. La segunda vez regresó y volvió a encontrarlos dormidos (Marcos 14:40).
Su debilidad volvió a apoderarse de ellos, a pesar de sus buenas intenciones, y venció sus esfuerzos por resistirla. Nuestros cuerpos son una carga tan grande para nuestras almas que esto debería hacernos anhelar el estado bendito en el que ya no nos impedirán avanzar. La segunda vez les habló como antes, pero ellos no supieron qué responder. Se avergonzaban de su sueño y no tenían excusa. O quizá estaban tan dominados por el cansancio que, como quienes se encuentran entre el sueño y la vigilia, apenas sabían dónde estaban o qué estaban diciendo.
La tercera vez les dijo que durmieran si eso era lo que querían (Marcos 14:41): «Duerman ahora y descansen. Ya no necesito que velen por mí. Si quieren dormir, háganlo». «Basta» aparece en Mateo, aunque no aquí. El sentido es: «Ya han recibido suficiente advertencia para mantenerse despiertos, pero no quisieron escuchar. Ahora verán qué poca razón tenían para sentirse seguros». Algunos entienden que quiso decir: «Ya no tienen que acompañarme más». Otros creen que quiso decir: «Ahora ha llegado la hora, la hora que yo sabía que terminaría de esta manera; sigan entonces su camino».
«El Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores», es decir, en manos de los principales sacerdotes y los ancianos, los peores pecadores porque afirmaban ser santos. «Levántense. No se queden ahí medio dormidos. Vamos a encontrarnos con el enemigo, porque el que me traiciona está cerca». Ahora ya no pensaría en escapar. Cuando los problemas están a la puerta, debemos reaccionar y prepararnos para enfrentarlos.
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De este capítulo
Marcos 14:1
"Dos días después era la fiesta de la Pascua y de los Panes sin Levadura; y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderlo con engaño y darle muerte."
Marcos 14:2
"Pero decían: «No durante la fiesta, para que no haya un alboroto del pueblo»."
Marcos 14:3
"Mientras estaba en Betania, en la casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro muy costoso; rompió el frasco y derramó el perfume sobre la cabeza de él."
Marcos 14:4
"Pero algunos se indignaron dentro de sí y dijeron: «¿Por qué se ha desperdiciado así este perfume?»."
Marcos 14:5
"Porque podría haberse vendido por más de trescientos denarios y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella."
Marcos 14:6
"Pero Jesús dijo: Déjenla. ¿Por qué la molestan? Ella ha hecho una buena obra conmigo."
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