Versículo destacado
Lucas 23:26 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mientras se lo llevaban, agarraron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y pusieron sobre él la cruz para que la llevara detrás de Jesús. "
Lucas 23:26
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
24 Entonces Pilato sentenció que se hiciera lo que ellos exigían.
25 Puso en libertad para ellos al que había sido encarcelado por rebelión y asesinato, a quien habían pedido; pero entregó a Jesús a la voluntad de ellos.
26 Mientras se lo llevaban, agarraron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y pusieron sobre él la cruz para que la llevara detrás de Jesús.
27 Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, quienes también lloraban y se lamentaban por él.
28 Pero Jesús se volvió hacia ellas y dijo: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, sino lloren por ustedes mismas y por sus hijos.
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Aquí vemos al bendito Jesús, el Cordero de Dios, llevado como cordero al matadero, al sacrificio. Llama la atención la rapidez con que llevaron a cabo su juicio. ¿Cómo pudieron hacer tantas cosas en tan poco tiempo, aun cuando tenían que tratar con tantos hombres importantes, y tratar con ellos normalmente toma tiempo?
Lo llevaron ante los principales sacerdotes al amanecer (Lucas 22:66), luego ante Pilato, después ante Herodes y finalmente de nuevo ante Pilato. También parece que hubo una larga disputa entre Pilato y la multitud por causa de Jesús. Lo azotaron, le pusieron una corona de espinas y lo trataron con desprecio. Y todo esto ocurrió en cuatro o cinco horas, o seis a lo sumo, porque lo crucificaron entre las nueve de la mañana y el mediodía.
Los perseguidores de Cristo estaban decididos a no perder tiempo. Temían que sus amigos, que estaban al otro lado de la ciudad, se enteraran de lo que estaba sucediendo y fueran a rescatarlo. A nadie habían expulsado del mundo con tanta rapidez como a Cristo; pero él mismo lo había dicho: «Dentro de poco ya no me verán»; y ese poco tiempo fue realmente muy poco.
Mientras lo llevaban a la muerte, encontramos, en primer lugar, a un hombre que cargó la cruz: Simón de Cirene, quien probablemente era amigo de Cristo y era conocido como tal. Pusieron la cruz de Cristo sobre él para que la llevara detrás de Jesús (Lucas 23:26). Esto tenía la intención de avergonzar a Cristo. Lo hicieron para que Jesús no desfalleciera bajo el peso y muriera demasiado pronto, lo cual habría detenido las crueldades que todavía planeaban. Fue una forma de compasión, pero una compasión cruel, la que le concedió ese alivio.
En segundo lugar, encontramos a muchos que lloraban, verdaderos dolientes, que lo seguían llorando y lamentándose por él. No eran solamente sus amigos y seguidores, sino también personas comunes que no eran sus enemigas y que se compadecían de él. Habían oído hablar de él y de las cosas buenas que había hecho, y tenían razones para creer que estaba sufriendo injustamente. Esto hizo que una gran multitud lo siguiera, como suele ocurrir en las ejecuciones, especialmente cuando la persona es conocida. Muchísima gente lo seguía, sobre todo mujeres (Lucas 23:27); algunas lo hacían por compasión y otras por curiosidad, pero ellas también, como sus amigos y compañeros cercanos, lloraban y se lamentaban por él.
Aunque muchos se burlaban de él y lo insultaban, hubo algunos que lo valoraban, se compadecían de él y sentían tristeza por lo que le ocurría. Compartían sus sufrimientos. La muerte del Señor Jesús puede despertar sentimientos naturales incluso en muchas personas que no tienen un corazón devoto. Muchos lloran por Cristo sin creer en él, y muchos se lamentan por él sin amarlo por encima de todo.
Se nos dice lo que Cristo les habló a quienes lloraban. Uno pensaría que estaría completamente concentrado en su propio sufrimiento; sin embargo, todavía tuvo tiempo y sensibilidad para fijarse en sus lágrimas. Cristo murió mientras algunos se lamentaban por él, y él conserva las lágrimas de quienes se lamentaron por él. Se volvió hacia ellas, aunque eran desconocidas, y les dijo que no lloraran por él, sino por ellas mismas. Cambió la dirección de su tristeza (Lucas 23:28).
Les dio una instrucción general acerca de su llanto: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí». Esto no significa que estuviera mal que lloraran por él. Habrían tenido un corazón muy endurecido si no se hubieran conmovido ante un sufrimiento tan grande en una persona como él. Pero no debían llorar solamente por él, porque las lágrimas por él, por sí solas, no les servirían de nada. Más bien debían llorar por ellas mismas y por sus hijos, pensando en la destrucción que se acercaba sobre Jerusalén. Algunas quizá vivirían para ver esos sufrimientos, o al menos sus hijos los verían, y debían preocuparse por ellos.
Cuando contemplamos por fe a Cristo crucificado, debemos llorar, no por él, sino por nosotros mismos. No debemos reaccionar ante la muerte de Cristo como si él fuera simplemente una persona común cuyo sufrimiento nos da lástima, o como si fuera un amigo común al que esperamos perder. La muerte de Cristo fue única. Fue su victoria sobre sus enemigos, nuestra liberación y el precio que pagó para comprarnos la vida eterna. Por eso, lloremos no por él, sino por nuestros propios pecados y por los pecados de nuestros hijos, que causaron su muerte. Lloremos también con temor, como sugieren aquí estas lágrimas, por la miseria que atraemos sobre nosotros si ignoramos su amor y rechazamos su gracia, tal como lo hizo la nación judía, trayendo sobre sí la ruina anunciada aquí.
Cuando mueren en Cristo nuestros familiares y amigos queridos, no tenemos razón para llorar por ellos. Han dejado atrás la carga de la carne, han sido perfeccionados en santidad y han entrado en el descanso y el gozo perfectos. Pero debemos llorar por nosotros mismos y por nuestros hijos, que permanecemos en un mundo lleno de pecado, tristeza y trampas.
También les dio una razón específica para llorar por ellas mismas y por sus hijos: «Miren, vienen días difíciles sobre su ciudad. Será destruida, y ustedes quedarán atrapados en esa destrucción». Cuando los propios discípulos de Cristo se entristecieron de una manera piadosa porque él se iba, él les secó las lágrimas con la promesa de que volvería a verlos y que ellos se alegrarían (Juan 16:22). Pero cuando estas hijas de Jerusalén lloraban por él solamente con una tristeza mundana, él dirigió sus lágrimas hacia otra realidad y les dijo que tendrían verdaderas razones para llorar. Debían afligirse, lamentarse y llorar (Santiago 4:9).
Poco antes, él mismo había llorado sobre Jerusalén, y ahora les dice que lloren por ella. Las lágrimas de Cristo deben movernos a derramar lágrimas. Que las hijas de Sion, que reconocen a Cristo como su Rey, se regocijen en él, porque viene a salvarlas. Pero que las hijas de Jerusalén, que solamente lloran por él y no lo reciben como su Rey, lloren y tiemblen al pensar en su venida para juzgarlas.
Aquí se anuncia la destrucción de Jerusalén mediante dos expresiones que encajan muy bien con ese momento. Ambas muestran lo terrible que sería. La gente temería tanto dos cosas que en realidad desearía que ocurrieran: ser considerada sin hijos y ser enterrada viva.
En primer lugar, desearían ser consideradas sin hijos. Por lo general, quienes no tienen hijos envidian a quienes sí los tienen, como Raquel envidiaba a Lea. Pero entonces quienes tuvieran hijos los verían como una carga mientras intentaban escapar y como un motivo de dolor al verlos desfallecer de hambre o caer bajo la espada. Así que envidiarían a quienes no tuvieran hijos y dirían: «Benditas las estériles y los vientres que nunca dieron a luz», porque no tendrían hijos a quienes entregar al asesino ni de cuyos brazos fueran arrancados. Sería terrible no solo para las mujeres embarazadas o que estuvieran amamantando en aquel tiempo, como Cristo había dicho antes (Mateo 24:19), sino también para quienes hubieran tenido hijos, los hubieran amamantado y todavía los tuvieran con vida. Consideremos también (Oseas 9:11-14). Esto muestra lo vacío que es lo terrenal y lo inciertos que son sus consuelos. La providencia puede cambiar tanto las circunstancias que aquello que antes considerábamos nuestras mayores bendiciones se convierta en nuestras mayores cargas, preocupaciones y dolores.
En segundo lugar, desearían ser enterrados vivos: «Entonces comenzarán a decirles a los montes: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a las colinas: “¡Cúbrannos!”» (Lucas 23:30).
Esto también señala la misma profecía mencionada antes, Oseas 10:8. Allí el pueblo desea esconderse en las cuevas más oscuras, tan solo para escapar del estruendo de esas calamidades. Están dispuestos a refugiarse casi bajo cualquier condición, aunque ese refugio pueda aplastarlos por completo. Ese sería especialmente el clamor de los grandes y poderosos, como se describe en Apocalipsis 6:16. Quienes no corran a Cristo en busca de seguridad ni se pongan bajo su protección clamarán en vano a los montes y las colinas cuando llegue su ira.
Después muestra cuán naturalmente podía extraerse esta advertencia de su sufrimiento: «Si esto hacen cuando el árbol está verde, ¿qué no harán cuando esté seco?» (Lucas 23:31). Algunos piensan que estas palabras proceden de Ezequiel 20:47: «El fuego consumirá todo árbol verde y todo árbol seco». Estas palabras pueden entenderse de una manera más específica y de otra más general.
En un sentido más específico, señalan la destrucción de Jerusalén que Cristo anunció y que los judíos provocaron al darle muerte. Si los judíos y el pueblo de Jerusalén trataron así a un hombre inocente y bueno, que solo había hecho el bien, ¿qué podían esperar que Dios hiciera con ellos, si se habían convertido en un árbol seco, un pueblo corrupto y malvado, digno solamente del juicio? O podemos entenderlo así: si los romanos, sus jueces y soldados, tratan de esta manera a Cristo, aunque él no les había dado ningún motivo y estaba delante de ellos como un árbol verde, ¿qué le harán a Jerusalén y a la nación judía, que los provocarán tan profundamente y se convertirán en leña seca lista para el fuego de su ira? Si Dios permite que esto se haga con Cristo, ¿qué ha determinado para esos árboles estériles a los que tantas veces se les advirtió que serían cortados y arrojados al fuego? (Mateo 3:10; Mateo 7:19)
En un sentido más general, estas palabras se aplican a todas las maneras en que Dios manifiesta su ira contra el pecado y los pecadores. Si Dios entregó a Cristo a un sufrimiento tan grande porque fue hecho sacrificio por el pecado, ¿qué hará con los pecadores mismos? Cristo era un árbol verde, lleno de vida y fruto. Si esto se hizo con él, podemos imaginar lo que habría sucedido con toda la humanidad si él no hubiera intervenido. También podemos ver lo que les sucederá a quienes permanecen como árboles secos, aun después de todo lo que se ha hecho para que den fruto. Si el Padre permitió que estas cosas le sucedieran a su Hijo amado, cuando el pecado solo le fue atribuido y no estaba en él por naturaleza, ¿qué hará con las personas que están bajo su ira cuando encuentre que el pecado reina en ellas? Si al Padre le agradó hacer esto con el árbol verde, ¿por qué dudaría en hacerlo con el árbol seco?
Por eso, el amargo sufrimiento de nuestro Señor Jesucristo debe llevarnos a contemplar con reverencia la justicia de Dios y a temblar delante de él. Aun los santos más fieles, comparados con Cristo, son solamente árboles secos. Si él sufrió tan profundamente, ¿por qué no habrían de esperar sufrimiento ellos también? Y si esto es así, ¿cuál será entonces el castigo de los pecadores?
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De este capítulo
Lucas 23:1
"Entonces toda la multitud se levantó y lo llevó ante Pilato."
Lucas 23:2
"Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Encontramos a este hombre pervirtiendo a la nación, prohibiendo pagar tributo al César y diciendo que él mismo es Cristo, un Rey»."
Lucas 23:3
"Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Él le respondió: «Tú lo dices»."
Lucas 23:4
"Entonces Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y al pueblo: «No encuentro ninguna culpa en este hombre»."
Lucas 23:5
"Pero ellos insistían con más vehemencia: «Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta este lugar»."
Lucas 23:6
"Cuando Pilato oyó hablar de Galilea, preguntó si el hombre era galileo."
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