Versículo destacado
Levítico 19:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" No robarán, no actuarán con falsedad ni se mentirán unos a otros. "
Levítico 19:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Cuando ustedes sieguen la cosecha de su tierra, no segarás por completo las esquinas de tu campo ni recogerás el rebusco de tu cosecha.
10 No rebuscarás tu viña ni recogerás todas las uvas de tu viña; las dejarás para el pobre y el extranjero. Yo soy el SEÑOR su Dios.
11 No robarán, no actuarán con falsedad ni se mentirán unos a otros.
12 No jurarán falsamente por mi nombre ni profanarás el nombre de tu Dios. Yo soy el SEÑOR.
13 No defraudarás a tu prójimo ni le robarás. El salario del trabajador contratado no permanecerá contigo toda la noche hasta la mañana.
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Aquí se nos enseña a ser honestos y veraces en todos nuestros tratos (Levítico 19:11). Dios ha establecido, por su providencia, lo que pertenece a cada persona, y su ley nos prohíbe alterar ese orden, ya sea mediante el robo descarado o por medio del engaño y la deshonestidad. Sea lo que sea que tengamos en este mundo, debemos asegurarnos de haberlo obtenido honestamente, porque no podemos ser verdaderamente ricos, ni conservar por mucho tiempo lo que tenemos, si no nos pertenece.
El Dios de la verdad, que desea la verdad en lo íntimo del corazón (Salmo 51:6), también quiere verdad en nuestros labios. Por eso no debemos mentirnos unos a otros, ya sea al comprar y vender o en la conversación diaria (Colosenses 3:9). Quienes no dicen la verdad no merecen que se les diga la verdad. Cuando las personas pecan mintiendo, es justo que sufran las consecuencias, porque si mentimos a los demás, les enseñamos a mentirnos a nosotros.
También se nos enseña a tratar el santo nombre de Dios con profundo respeto y a no invocarlo como testigo de mentiras o cosas vanas (Levítico 19:12). Decir una mentira es malo, pero jurar que es verdad es mucho peor. No debemos profanar el nombre de Dios usándolo para algo que no corresponda a su propósito santo.
También se nos prohíbe tomar o retener lo que pertenece a nuestro prójimo (Levítico 19:13). Esto incluye apropiarnos de lo que no es nuestro mediante el fraude o el robo, y también retener lo que debemos. En particular, el salario de un trabajador contratado no debe quedarse con nosotros durante la noche. El jornalero debe recibir su pago al terminar su jornada, si así lo solicita, porque es un gran pecado negarse a pagarle o incluso retrasar el pago de tal manera que le cause perjuicio; ese pecado clama al cielo por justicia (Santiago 5:4).
Debemos tener especial cuidado con la reputación y la seguridad de quienes no pueden protegerse a sí mismos (Levítico 19:14). No debemos maldecir al sordo; esto se refiere no solo a quienes no pueden oír, sino también a quienes están ausentes y no pueden escuchar el insulto, y a quienes son pacientes y no responden, como David (Salmo 38:13). No debemos hacerle daño a nadie porque no puede o no quiere defenderse, pues Dios ve y oye aun cuando esa persona no pueda hacerlo.
También debemos tratar con ternura a los ciegos y no ponerles tropiezos en el camino. Hacerlo añadiría dolor a quien ya sufre y convertiría la providencia de Dios en un instrumento para nuestros malos propósitos. Este mandamiento también implica que debemos ayudar a las personas ciegas y quitar los obstáculos de su camino. Los escritores judíos entendían esto como una advertencia contra dar consejos perjudiciales a personas sencillas que pueden ser fácilmente engañadas, porque eso podría llevarlas al daño. Debemos cuidarnos de hacer cualquier cosa que pueda hacer caer a nuestro hermano más débil (Romanos 14:13; 1 Corintios 8:9). La razón que se da es: «Pero teme a tu Dios», porque aunque el sordo y el ciego no puedan defenderse, Dios los defenderá. El temor de Dios nos impedirá hacer aquello por lo cual las personas quizá no puedan castigarnos.
A los jueces y a todos los que tienen autoridad también se les ordena juzgar sin parcialidad (Levítico 19:15). Ya fueran jueces oficiales o árbitros escogidos para un caso particular, no debían hacerle injusticia a ninguna de las partes, sino decidir conforme a la justicia y a los verdaderos méritos del caso. No debían favorecer a un pobre solo por ser pobre, ni negarle justicia debido a su pobreza (Éxodo 23:3). Se puede dar ayuda al pobre, pero en los tribunales debe recibir únicamente lo que la ley permite, y su pobreza no debe librarlo del castigo que justamente merece. Tampoco deben los jueces temer a los poderosos, porque allí es donde con mayor frecuencia aparece la parcialidad. Los judíos decían que esta ley exigía tal imparcialidad que no se debía permitir que una de las partes estuviera sentada mientras la otra permanecía de pie, ni que una hablara libremente mientras a la otra se le interrumpía (Santiago 2:1-4).
También se nos prohíbe hacer cualquier cosa que perjudique la buena reputación de nuestro prójimo (Levítico 19:16). En la conversación diaria, no debemos andar difundiendo chismes. Es vergonzoso divulgar las faltas de otros, repetir lo que debía permanecer en secreto, hacer que las ofensas parezcan peores de lo que son, intentar destruir reputaciones y provocar conflictos. La palabra usada aquí se refiere a un vendedor ambulante, alguien que va de casa en casa ofreciendo sus productos, porque los chismosos recogen rumores en un lugar y los llevan a otro, intercambiando calumnias. Este pecado también es condenado en otros pasajes (Proverbios 11:13; 20:19; Jeremías 9:4-5; Ezequiel 22:9).
Este mandamiento también puede significar que no debemos ponernos en contra de nuestro prójimo en un caso relacionado con su vida o su sangre, si es inocente, ni unirnos a hombres violentos como los descritos en (Proverbios 1:11-12). Los maestros judíos también entendían que no debemos quedarnos de brazos cruzados cuando nuestro hermano está en peligro, sino acudir en su ayuda y rescatarlo, aun con riesgo para nosotros mismos. También decían que toda persona que pueda aclarar la situación de un acusado mediante un testimonio verdadero está obligada por esta ley a hacerlo (Proverbios 24:11-12).
Luego se nos ordena reprender a nuestro prójimo con amor (Levítico 19:17). Si pensamos que nuestro prójimo nos ha hecho algo malo, no debemos guardar silenciosamente el resentimiento ni apartarnos de él, sin hablar bien ni mal de él, como hacen algunos hasta que encuentran la oportunidad de vengarse (2 Samuel 13:22). Más bien, debemos hablar con claridad y humildad, intentar mostrarle en qué consiste la falta, razonar el asunto con justicia y poner fin así a la ofensa. Esto concuerda con la instrucción de nuestro Salvador para estos casos (Lucas 17:3).
También debemos reprenderlo por su pecado contra Dios, porque lo amamos y queremos que se arrepienta. Debemos procurar su restauración, para que su pecado sea perdonado y no permanezca sobre él. La corrección amistosa es un deber que tenemos unos con otros, y debe darse y recibirse con amor. «Que el justo me castigue; será un acto de bondad», dice el salmista (Salmo 141:5). «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:5-6).
Aquí se ordena con términos muy fuertes: debemos hacerlo y no dejarlo de hacer con ninguna excusa. Pensemos en la culpa que asumimos cuando nos negamos a corregir el pecado de alguien. La Escritura considera esa negativa una especie de odio hacia nuestro hermano. Podemos decir: «Amo a esta persona, así que no quiero incomodarla señalándole su falta», pero deberíamos decir más bien: «Como la amo, debo mostrarle la bondad de advertirle».
El amor puede cubrir un pecado delante de otras personas, pero no debe ocultárselo al pecador mismo. Pensemos también en el daño que se produce cuando no reprendemos el pecado. En ese caso, estamos permitiendo que el pecado permanezca sobre esa persona. Si debemos ayudar al burro de un enemigo cuando cae bajo su carga (Éxodo 23:5), ¿acaso no deberíamos ayudar al alma de un amigo? Al permitir que el pecado permanezca allí, también podemos llegar a ser culpables de participar en él, como indica una nota marginal.
Si no hablamos en contra de las obras infructuosas de las tinieblas, tenemos comunión con ellas y, después de los hechos, nos convertimos en sus cómplices (Efesios 5:11). Aquí está en juego nuestro hermano, nuestro prójimo. El hombre que preguntó: «¿Acaso soy yo responsable de mi hermano?», actuó como Caín, cuyo corazón estaba endurecido y lleno de culpa.
VIII. También se nos enseña aquí a quitar de nosotros toda malicia y a vestirnos de amor fraternal (Levítico 19:18). No debemos albergar mala voluntad contra nadie. «No te vengarás ni guardarás rencor» expresa lo mismo que «No odiarás a tu hermano en tu corazón» (Levítico 19:17), porque la malicia es un asesinato que comienza en el corazón. Si nuestro hermano nos ha hecho algo malo, no debemos pagarle con la misma moneda. Eso es venganza. Tampoco debemos sacar a relucir una y otra vez la ofensa cada vez que tengamos la oportunidad. Eso es guardar rencor. Más bien, debemos perdonar y olvidar, porque Dios nos ha perdonado.
Aferrarse al resentimiento por insultos y ofensas es algo mezquino y dañino. Destruye la amistad y mantiene abiertas las heridas antiguas. También debemos tener una buena disposición hacia todos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Muchas veces nos hacemos daño a nosotros mismos, pero rápidamente nos perdonamos, y esas faltas no hacen que dejemos de amarnos. Del mismo modo, debemos amar a nuestro prójimo.
Nuestro Salvador hizo de este el segundo gran mandamiento de la ley (Mateo 22:39). El apóstol Pablo muestra que este mandamiento resume los deberes de la segunda tabla de la ley, es decir, los mandamientos relacionados con nuestro deber hacia otras personas (Romanos 13:9-10; Gálatas 5:14). Debemos amar a nuestro prójimo con la misma sinceridad con que nos amamos a nosotros mismos, sin fingimiento. Debemos demostrar ese amor mediante acciones semejantes a las que hacemos para nuestro propio bien: evitarle el daño y procurar su bienestar en la medida de nuestras posibilidades.
Debemos tratar a nuestro prójimo como quisiéramos que nos trataran a nosotros (Mateo 7:12), poniéndonos en su lugar (Job 16:4-5). En muchos casos, incluso debemos negarnos a nosotros mismos por su bien, como lo hizo Pablo (1 Corintios 9:19 y siguientes). El evangelio va más allá de esta buena ley, porque Cristo dio su vida por nosotros y, en ciertos casos, nos enseña a dar nuestra vida por nuestros hermanos y hermanas en la fe (1 Juan 3:16). De esa manera, somos llamados a amar a nuestro prójimo aun por encima de nosotros mismos.
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De este capítulo
Levítico 19:1
"El SEÑOR habló a Moisés, diciendo:"
Levítico 19:2
"Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: Ustedes serán santos, porque yo, el SEÑOR su Dios, soy santo."
Levítico 19:3
"Cada uno de ustedes temerá a su madre y a su padre, y guardarán mis sábados. Yo soy el SEÑOR su Dios."
Levítico 19:4
"No se vuelvan a los ídolos ni se hagan dioses de metal fundido. Yo soy el SEÑOR su Dios."
Levítico 19:5
"Si ofrecen al SEÑOR un sacrificio de ofrendas de paz, lo ofrecerán por su propia voluntad."
Levítico 19:6
"Se comerá el mismo día en que lo ofrezcan y al día siguiente; y si algo queda hasta el tercer día, se quemará en el fuego."
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