Versículo destacado
Levítico 10:3 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el Señor declaró: “Seré santificado en los que se acercan a mí, y seré glorificado ante todo el pueblo”». Y Aarón guardó silencio. "
Levítico 10:3
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en él, colocaron incienso sobre el fuego y ofrecieron ante el Señor un fuego extraño que él no les había mandado ofrecer.
2 Entonces salió fuego de la presencia del Señor, los consumió y murieron ante el Señor.
3 Entonces Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el Señor declaró: “Seré santificado en los que se acercan a mí, y seré glorificado ante todo el pueblo”». Y Aarón guardó silencio.
4 Moisés llamó a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: «Acérquense y saquen a sus hermanos de delante del santuario, fuera del campamento».
5 Ellos se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del campamento, tal como Moisés había dicho.
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Es muy posible que, cuando Nadab y Abiú fueron heridos de muerte, todos los que estaban alrededor se llenaran de horror. Probablemente sus rostros, y los de toda la multitud, palidecieron de miedo y tristeza. Había una gran confusión entre ellos, pero Moisés permaneció sereno y supo qué decir y qué hacer. A diferencia de David en una situación parecida (2 Samuel 6:8), Moisés no perdió el equilibrio.
Aunque aquello tocó a Moisés en un lugar muy sensible y oscureció una de las mayores alegrías que había conocido, guardó silencio y mantuvo el orden en el santuario. Procuró consolar a Aarón y ayudarlo a mantenerse firme ante ese acontecimiento tan doloroso (Levítico 10:3). Moisés fue un verdadero amigo en la aflicción, y su ejemplo nos enseña a fortalecer a los débiles con consejos oportunos y consuelo.
Observemos primero lo que Moisés hizo que Aarón recordara: «Esto es lo que el Señor declaró». En el sufrimiento, los pensamientos que más calman son los que provienen de la palabra de Dios. Cuando Dios ha hablado, no hay lugar para discutir. También es bueno notar, en todo lo que Dios hace, cómo su palabra se cumple por medio de sus obras, porque la Escritura y la providencia armonizan de manera hermosa y se ayudan a explicarse mutuamente.
No encontramos estas palabras exactas antes de este momento, pero Dios había dicho algo muy parecido en Éxodo 19:22: los sacerdotes que se acercaran a él debían consagrarse; de lo contrario, el Señor irrumpiría contra ellos. Toda la enseñanza de la ley de Dios señalaba lo mismo: puesto que él es santo y soberano, debe ser adorado con santidad y reverencia, exactamente como él lo ordena. Ya se había dicho mucho en este mismo sentido (Éxodo 29:43-44; Éxodo 34:14; Levítico 8:35).
¿Qué quiso decir Dios? «Seré santificado por los que se acercan a mí, y seré glorificado ante todo el pueblo». Este mensaje nos habla a todos. Cada vez que adoramos, nos acercamos a Dios como sacerdotes; por eso debemos hacerlo con gran seriedad y reverencia. Debemos honrar su santidad en cada acto de adoración, porque el Dios ante quien nos presentamos es puro y perfecto (Isaías 8:13).
Cuando tratamos a Dios como santo, también lo glorificamos, porque la santidad forma parte de su gloria. Y cuando lo hacemos en la adoración pública, lo glorificamos delante de todo el pueblo, confesando su grandeza e invitando a los demás a reconocerla también. Si no lo honramos ni lo glorificamos, él seguirá defendiendo su propia santidad y gloria mediante el juicio. Castigará a quienes traten su santo nombre con ligereza.
Esto fue suficiente para que Aarón guardara silencio. Primero, le mostró que sus hijos merecían morir, porque no habían honrado ni glorificado a Dios. Cuando Dios ejecuta una justicia necesaria, aunque recaiga con dureza sobre los involucrados, no debemos quejarnos, sino someternos. Segundo, le mostró que la muerte de ellos traería honra a Dios, y que el justo juicio de Dios sería alabado para siempre.
Entonces Aarón guardó silencio. Se sometió tranquilamente a la santa voluntad de Dios en medio de aquella dolorosa providencia. Quería quejarse, como suele suceder cuando las personas sufren una pérdida, pero sabiamente se contuvo. Calló por temor a pecar con sus labios mientras su corazón ardía por dentro. Cuando Dios nos corrige a nosotros o a nuestros hijos por causa del pecado, nuestro deber es guardar silencio bajo su mano. No debemos discutir con Dios, cuestionar su justicia ni acusarlo de actuar neciamente. Debemos aceptar su corrección, aun cuando sea dolorosa, y decir como Elí en un caso parecido: «El Señor es quien lo hace; que haga lo que bien le parezca» (1 Samuel 3:18).
Si nuestros hijos han pecado contra Dios y él los ha rechazado por causa de su maldad, es profundamente triste ver que aquellos a quienes amamos se convierten en objeto de la ira de Dios. Sin embargo, todavía debemos honrar la justicia de Dios y no objetar su manera de actuar. Para un corazón que confía en Dios, la ayuda más firme en medio de la angustia suele ser esta: Dios es glorificado. Eso hizo callar a Aarón. Estaba perdiendo mucho consuelo, pero Moisés le mostró que Dios estaba recibiendo gloria, y eso fue suficiente. Si Dios es honrado, Aarón queda satisfecho.
Aarón no debía amar a sus hijos más que a Dios, ni desear que el nombre, la casa o la ley de Dios fueran avergonzados para salvar el honor de su familia. Como había hecho Leví en el caso del becerro de oro, no debía reconocer ni favorecer a sus hermanos ni a sus propios hijos cuando se oponían a Dios. Por esa razón, más adelante Leví fue elogiado y su tribu fue escogida para enseñar a Israel los juicios y la ley de Dios (Deuteronomio 33:9-10). En ocasiones, los ministros y sus familias son puestos a prueba con severidad para que lleguen a ser ejemplos de paciencia y entrega a Dios, y para que puedan consolar a otros con el mismo consuelo que ellos han recibido.
Luego Moisés dio instrucciones acerca de los cuerpos muertos. No era correcto dejarlos donde habían caído. Pero su propio padre y sus hermanos, aturdidos por aquel acontecimiento terrible, no se atrevieron a levantarlos ni siquiera a comprobar si aún quedaba algo de vida en ellos. No podían apartarse del servicio que ahora tenían delante. Que los muertos entierren a sus muertos, pero la obra de Dios debe continuar. Si no hay nadie más disponible, es mejor que los muertos permanezcan sin sepultura que quienes han sido llamados por Dios abandonen su deber.
Aun así, Moisés se aseguró de que los cuerpos fueran sepultados con el debido cuidado, aunque habían muerto bajo el juicio de Dios mientras pecaban. Recibieron una sepultura digna. Algunos de sus parientes más cercanos fueron encargados de esta tarea: eran primos por parte de su padre, y se los menciona aquí porque cumplirían el deber con ternura y respeto. Eran levitas, y no se les habría permitido entrar en el santuario, ni siquiera en una ocasión como esta, a menos que hubieran recibido una orden especial.
Sacaron los cuerpos del campamento para quemarlos. No los sepultaron en el lugar santo ni siquiera dentro del campamento, como más adelante permitiría la costumbre. El tabernáculo estaba en medio del campamento, de modo que sacar a los sacerdotes muertos implicaba atravesar una sección del campamento tras otra. Debió de ser una escena aterradora para el pueblo.
Nadab y Abiú se habían vuelto muy conocidos y respetados entre ellos. Nadie había sido objeto de tantos comentarios ni había despertado tanta expectativa para ocupar un lugar destacado después de su ordenación y recibir los elogios y la atención de la multitud. Las personas suelen admirar a quienes están alcanzando poder. Después de Moisés y Aarón, que ya estaban envejeciendo y perdiendo fuerzas, Nadab y Abiú, quienes habían subido al monte con Dios (Éxodo 24:1), eran considerados los favoritos especiales del cielo y la esperanza de la nación. Entonces, de repente, antes de que la noticia siquiera se hubiera difundido por completo, ambos fueron sacados muertos, con señales claras del juicio de Dios sobre ellos, como víctimas de la justicia divina. El pueblo difícilmente pudo evitar exclamar: «¿Quién podrá permanecer delante de este Señor Dios santo?» (1 Samuel 6:20).
Probablemente fueron sacados y sepultados con sus túnicas, las vestiduras de su sacerdocio, que se habían puesto hacía muy poco y quizá habían valorado demasiado. De esta manera, Dios mostró que su justicia es imparcial. Ni siquiera las vestiduras de un sacerdote pueden proteger a una persona de la ira de Dios. La lección era clara: si ellos no escaparon cuando pecaron, nadie puede esperar quedar sin castigo. Que las vestiduras sacerdotales se convirtieran tan pronto en ropa funeraria también puede insinuar que la ley produce muerte y que, con el tiempo, ese sacerdocio mismo sería dejado de lado y sepultado en la tumba del Señor Jesús.
Después, Dios dio instrucciones acerca del luto. Aarón y sus dos hijos sobrevivientes, aunque estaban afligidos en su interior, no debían mostrar señales externas de duelo por esta pérdida, ni siquiera podían seguir los cuerpos un solo paso desde la entrada del tabernáculo (Levítico 10:7). Más adelante, al sumo sacerdote se le prohibiría observar las costumbres de luto por cualquier persona, incluso por su padre o su madre (Levítico 21:11). Al mismo tiempo, a los sacerdotes de menor rango se les permitía llorar por sus parientes cercanos (Levítico 10:2, 3). Pero aquí tanto Aarón como sus hijos recibieron la orden de no guardar luto por dos razones.
En primer lugar, se encontraban en medio de un servicio santo, y ese trabajo no debía detenerse (Nehemías 6:3). Honraba a Dios que su servicio estuviera por encima de los lazos familiares y que el ministerio tuviera prioridad sobre cualquier otro deber. Al obedecer, mostraban que valoraban a Dios y su obra más que incluso a sus familiares más cercanos. Cristo habló de manera parecida (Mateo 12:47, 48). Esto también nos enseña que, cuando servimos a Dios en deberes santos, debemos mantener la mente enfocada tanto como sea posible y no permitir que los pensamientos, las preocupaciones o los sentimientos del mundo nos distraigan. Siempre debemos estar dedicados al Señor sin distracción.
En segundo lugar, sus hermanos habían muerto por la acción directa de Dios a causa de su pecado. Por eso, Aarón y sus hijos no debían lamentarse de una manera que pareciera aprobar el pecado o poner en duda la justicia de Dios. En vez de afligirse como si Dios hubiera hecho algo malo, debían aceptar que su sentencia era justa. El honor público de Dios debe importarnos más que cualquier sentimiento personal. Moisés los exhortó a someterse al advertirles del peligro, para que ellos también no murieran y para que la ira no cayera sobre todo el pueblo por su falta de respeto y desobediencia (Levítico 10:6, 7). Debemos usar los juicios de Dios sobre otros para examinarnos con más cuidado, no sea que también caigamos. La muerte de otros, especialmente cuando ocurre de manera repentina, no debe llevarnos a una emoción descontrolada, sino a un temor santo, a apartarnos cuidadosamente del pecado y a reflexionar con sobriedad sobre nuestra propia muerte.
Moisés también dijo esto porque el aceite de la unción de su Dios estaba sobre ellos. Debían conservar la dignidad de ese honor al cumplir sus responsabilidades con un corazón dispuesto. Quienes por gracia han recibido la unción de Dios no deben permitir que la tristeza del mundo, que lleva a la muerte, los domine. Debió de ser muy difícil para Aarón y sus hijos contenerse ante una pérdida tan inusual. Sin embargo, la razón y la gracia gobernaron su dolor, y soportaron la dificultad con paciencia obediente. Hicieron lo que Moisés les dijo porque sabían que era la palabra de Dios. Dichosos quienes viven bajo el gobierno de Dios y mantienen sus pasiones bajo control.
Al pueblo, en cambio, se le ordenó lamentarse. Toda la casa de Israel debía llorar por el fuego que el Señor había encendido. Toda la congregación debía afligirse, no solo porque sus sacerdotes habían muerto, sino especialmente porque el desagrado de Dios se había manifestado en ese juicio. Debían lamentar el fuego que se había encendido, para que no se extendiera más. Aarón y sus hijos corrían el peligro de sentir demasiado, por eso se les prohibió lamentarse. La casa de Israel corría el peligro de sentir demasiado poco, por eso se le ordenó llorar. Así, la naturaleza humana siempre debe ser guiada por la gracia, ya sea refrenada o despertada según sea necesario.
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De este capítulo
Levítico 10:1
"Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en él, colocaron incienso sobre el fuego y ofrecieron ante el Señor un fuego extraño que él no les había mandado ofrecer."
Levítico 10:2
"Entonces salió fuego de la presencia del Señor, los consumió y murieron ante el Señor."
Levítico 10:4
"Moisés llamó a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: «Acérquense y saquen a sus hermanos de delante del santuario, fuera del campamento»."
Levítico 10:5
"Ellos se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del campamento, tal como Moisés había dicho."
Levítico 10:6
"Moisés dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: No se descubran la cabeza ni rasguen sus ropas, para que no mueran ni venga la ira sobre todo el pueblo. Pero sus hermanos, toda la casa de Israel, lamentarán el incendio que el Señor ha encendido."
Levítico 10:7
"No salgan de la entrada del tabernáculo de reunión, para que no mueran, porque el aceite de la unción del Señor está sobre ustedes. Y ellos hicieron conforme a la palabra de Moisés."
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