Versículo destacado
Levítico 10:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en él, colocaron incienso sobre el fuego y ofrecieron ante el Señor un fuego extraño que él no les había mandado ofrecer. "
Levítico 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en él, colocaron incienso sobre el fuego y ofrecieron ante el Señor un fuego extraño que él no les había mandado ofrecer.
2 Entonces salió fuego de la presencia del Señor, los consumió y murieron ante el Señor.
3 Entonces Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el Señor declaró: “Seré santificado en los que se acercan a mí, y seré glorificado ante todo el pueblo”». Y Aarón guardó silencio.
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Este fue el gran pecado del que Nadab y Abiú fueron culpables, y debemos llamarlo un gran pecado, aunque a nosotros nos parezca pequeño. El castigo muestra cuánto ofendió al Dios del cielo, cuyo juicio siempre es justo. Su pecado consistió en ofrecer delante del Señor un fuego extraño, algo que él no les había mandado hacer (Levítico 10:1; Números 3:4).
Primero, parece que no habían recibido ninguna orden de quemar incienso en ese momento. Su consagración se había completado el día anterior y, como sacerdotes, debían servir en el altar del incienso. Pero parece que todo el trabajo de aquel día especial debía realizarlo Aarón, su padre y sumo sacerdote, quien ofreció los sacrificios (Levítico 9:8, Levítico 9:15, Levítico 9:18), mientras que sus hijos solo debían ayudarlo (Levítico 10:9, Levítico 10:12, Levítico 10:18). Por eso solo Moisés y Aarón entraron en el tabernáculo (versículo 23). Nadab y Abiú se sintieron orgullosos de su nuevo honor y estuvieron ansiosos por asumir de inmediato la parte más importante del trabajo. Así que tomaron sus incensarios y entraron sin recibir órdenes ni permiso.
Su fuego extraño era lo mismo que un incienso extraño, algo que estaba claramente prohibido (Éxodo 30:9). Es probable que Moisés hubiera preparado el incienso especial para ese uso (Éxodo 39:38), pero ellos no lo utilizaron. En vez de eso, usaron incienso común, y el humo procedía de un fuego que no había sido apartado para Dios. Dios sí había establecido que los sacerdotes quemaran incienso, pero en ese momento no les había mandado hacerlo; por eso su acción fue pecaminosa. Fue semejante al pecado del rey Uzías, quien se entrometió indebidamente en el trabajo de los sacerdotes (2 Crónicas 26:16). Los sacerdotes debían quemar incienso solo cuando les correspondía hacerlo (Lucas 1:9), y ese no era su turno.
Segundo, al tomar el incienso en sus propias manos sin recibir instrucciones, pronto cometieron otro error. En vez de tomar fuego del altar, que el Señor acababa de encender y que debía usarse para los sacrificios y el incienso (Apocalipsis 8:5), tomaron fuego común, probablemente del fuego usado para hervir los sacrificios de comunión. Como no era un fuego santo, se le llama fuego extraño. Aunque la ley no lo dijera con esas mismas palabras, seguía estando mal, porque Dios no lo había mandado. Como sabiamente dijo el obispo Hall, es peligroso apartarse de las instrucciones de Dios al servirlo. Tratamos con un Dios suficientemente sabio para establecer su propia adoración, suficientemente justo para exigir lo que ha ordenado y suficientemente poderoso para castigar lo que no ha ordenado.
Tercero, el incienso siempre debía ser quemado por un solo sacerdote a la vez, pero aquí ambos entraron juntos. Cuarto, actuaron con precipitación y descuido. Tomaron sus incensarios de manera apresurada, como traducen algunos, sin la reverencia ni la seriedad que requería un trabajo tan santo. Mientras todo el pueblo se postraba rostro en tierra ante la gloria del Señor, estos hombres parecían pensar que su cargo los colocaba por encima de semejante humildad.
Quinto, hay razones para pensar que quizá estaban borrachos cuando hicieron esto, debido a la ley que fue dada inmediatamente después de este acontecimiento (Levítico 10:8). Habían estado comiendo de los sacrificios de comunión, junto con las ofrendas de bebida que los acompañaban, y el vino quizá les había embotado la mente. Bebieron y olvidaron la ley (Proverbios 31:5), y eso los llevó a cometer este error mortal.
Sexto, su acto fue sin duda presuntuoso, cometido con abierto desprecio por la majestad, la autoridad y la justicia de Dios. Si lo hubieran hecho por ignorancia, podrían haber presentado una ofrenda por el pecado, conforme a la ley que ya había sido dada para los sacerdotes (Levítico 4:2, Levítico 4:3). Pero la persona que actúa con presunción será eliminada de su pueblo (Números 15:30).
El castigo fue terrible. Salió fuego de la presencia del Señor y los consumió (Levítico 10:2). El mismo fuego acababa de consumir los sacrificios y había salido del mismo lugar (Levítico 9:24), mostrando lo que la justicia haría con los pecadores culpables si la misericordia no hubiera provisto un rescate. Si aquel fuego ya había llenado al pueblo de temor reverente, este juicio lo habría hecho aún más.
¿Por qué trató el Señor con tanta severidad a estos hombres? ¿Acaso no eran hijos de Aarón, quien era un santo del Señor, y sobrinos de Moisés, el gran siervo de Dios? ¿No había sido derramado sobre ellos el aceite santo de la unción como hombres apartados para Dios? ¿No habían servido con cuidado durante los siete días de su consagración y obedecido las instrucciones del Señor? ¿Podían excusarlos su juventud, su falta de experiencia, el hecho de que esta fuera su primera ofensa o la alegría de haber recibido un honor tan grande?
También podía pensarse lo siguiente: los sacerdotes eran muy necesarios. Dios acababa de asignarles mucho trabajo, y el sacerdocio pertenecía únicamente a Aarón y a sus descendientes. Aarón solo tenía cuatro hijos. Si dos de ellos morían, no habría suficientes trabajadores para el tabernáculo. Si morían sin tener hijos, la familia de Aarón se volvería pequeña y débil, y el sacerdocio mismo podría estar en peligro. Sin embargo, ninguna de estas cosas podía excusar su pecado ni librarlos de su castigo.
Primero, su pecado era mucho más grave porque constituía un insulto claro contra Moisés y contra la ley de Dios dada por medio de Moisés. Hasta ese momento, las Escrituras habían repetido una y otra vez que todo se hacía tal como el Señor se lo había mandado a Moisés. Aquí, en cambio, ellos hicieron lo que el Señor no les había mandado. Actuaron por cuenta propia. Dios estaba enseñando a su pueblo a obedecer con cuidado y a hacerlo todo conforme a las instrucciones, como deben hacerlo los siervos. Por eso, que los sacerdotes quebrantaran las reglas y desobedecieran era una ofensa grave que no podía quedar sin castigo. Su alto cargo hacía que su pecado fuera aún más serio. Eran los hijos mayores de Aarón, precisamente los hombres escogidos para servir más cerca de Dios. Que actuaran de una manera tan atrevida era especialmente vergonzoso. Su pecado también demostraba desprecio por la gloria de Dios, que acababa de manifestarse en fuego, como si ese fuego no fuera necesario y su propia ofrenda fuera igual de buena.
Segundo, su castigo fue un acto necesario de justicia al comienzo mismo de las leyes ceremoniales, es decir, las leyes relacionadas con la adoración y los sacrificios. La ley había advertido muchas veces que esos transgresores serían eliminados del pueblo, y aquí Dios dio una prueba clara de esa advertencia. Las leyes sobre los sacrificios eran nuevas y, como muchos de sus detalles parecían pequeños, la gente podía sentirse tentada a tomarlos a la ligera. Por eso Dios castigó a los primeros transgresores para advertir a los demás y mostrar cuánto le importa la adoración que él establece. De esa manera honró la ley y mostró que era importante y buena. También les enseñó a los sacerdotes que la advertencia repetida de que debían hacer ciertas cosas para no morir no era una amenaza vacía. Era una advertencia real del peligro que corrían si realizaban descuidadamente la obra del Señor. Sin duda, este juicio público evitó que muchos pecados posteriores llegaran a cometerse. De manera semejante, Ananías y Safira fueron castigados cuando se atrevieron a mentirle al Espíritu Santo, el fuego del cielo que había sido dado recientemente (Hechos 5:1-11).
Tercero, así como la caída de Israel en la idolatría poco después de recibir la ley moral mostró que la ley misma no podía quitar el pecado, el pecado y la muerte de estos sacerdotes mostraron desde el principio la debilidad de aquel sacerdocio. No podía proteger plenamente a nadie de la ira de Dios, excepto en cuanto señalaba de antemano al sacerdocio de Cristo, el verdadero mediador, quien une a Dios con las personas. En la obra sacerdotal de Cristo nunca ha habido ni puede haber ningún error ni fracaso.
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De este capítulo
Levítico 10:2
"Entonces salió fuego de la presencia del Señor, los consumió y murieron ante el Señor."
Levítico 10:3
"Entonces Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el Señor declaró: “Seré santificado en los que se acercan a mí, y seré glorificado ante todo el pueblo”». Y Aarón guardó silencio."
Levítico 10:4
"Moisés llamó a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel, tío de Aarón, y les dijo: «Acérquense y saquen a sus hermanos de delante del santuario, fuera del campamento»."
Levítico 10:5
"Ellos se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del campamento, tal como Moisés había dicho."
Levítico 10:6
"Moisés dijo a Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar: No se descubran la cabeza ni rasguen sus ropas, para que no mueran ni venga la ira sobre todo el pueblo. Pero sus hermanos, toda la casa de Israel, lamentarán el incendio que el Señor ha encendido."
Levítico 10:7
"No salgan de la entrada del tabernáculo de reunión, para que no mueran, porque el aceite de la unción del Señor está sobre ustedes. Y ellos hicieron conforme a la palabra de Moisés."
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