Versículo destacado

Jueces 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su madre, y habló con ellos y con toda la familia de la casa del padre de su madre, diciendo: "

Jueces 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su madre, y habló con ellos y con toda la familia de la casa del padre de su madre, diciendo:

2 «Les ruego que les digan a todos los hombres de Siquem: “¿Qué es mejor para ustedes: que todos los hijos de Jerobaal, que son setenta personas, reinen sobre ustedes, o que uno solo reine sobre ustedes?”. Recuerden también que yo soy hueso de ustedes y carne de ustedes».

3 Los hermanos de su madre hablaron de él a oídos de todos los hombres de Siquem, diciéndoles todas estas palabras. Y sus corazones se inclinaron a seguir a Abimelec, porque dijeron: «Es nuestro hermano».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos muestra mediante qué engaños Abimelec obtuvo poder y se engrandeció. Es posible que su madre hubiera sembrado en él pensamientos orgullosos y ambiciosos, y que su nombre, con un sentido relacionado con la realeza, alimentara esas ideas. Ahora que su padre había muerto, nada satisfacía su espíritu orgulloso excepto ocupar el lugar de su padre en el gobierno de Israel, aunque Gedeón había dejado claro que ninguno de sus hijos gobernaría sobre ellos.

Abimelec no había recibido de Dios el llamado a ese honor, como lo había recibido su padre. Tampoco había una necesidad inmediata de que surgiera un juez para rescatar a Israel, como había ocurrido cuando Dios levantó a Gedeón. Pero Abimelec quería lo que quería, y eso era lo único que le importaba. Observemos cómo actuó.

En primer lugar, se ganó hábilmente a los parientes de su madre. Siquem era una ciudad importante de la tribu de Efraín. Allí Josué había celebrado su última reunión pública. Abimelec pensó que, si esa ciudad lo apoyaba y lo establecía como gobernante, obtendría una gran ventaja. Por medio de la familia de su madre, logró influir en los dirigentes de la ciudad.

No parece que ellos lo consideraran especialmente digno o capacitado para semejante elección. La idea surgió primero de él. Nadie habría pensado en hacer rey a un hombre así si él mismo no hubiera concebido esa ambición. Se ganó su apoyo insinuando, de manera astuta y deshonesta, que Gedeón había dejado setenta hijos que intentaban conservar el poder en sus manos y gobernar juntos a Israel. Por eso, decía, sería mejor tener un solo rey que muchos, y sería mejor que los asuntos públicos fueran administrados por una sola persona. No tenía ninguna razón para pensar que los hijos de Gedeón intentaran gobernar. Ellos compartían la convicción de su padre: que el Señor debía gobernarlos, y Dios no los había llamado a reinar. Pero Abimelec difundió esa sospecha para despejar el camino a sus propias pretensiones.

Esto demuestra que quienes tienen malas intenciones suelen ser los primeros en sospechar que otros también las tienen. En cuanto a sí mismo, simplemente les recordó su parentesco, diciéndoles: «Recuerden que soy de su propia sangre». El plan funcionó bien. A los dirigentes de Siquem les agradó la idea de que su ciudad se convirtiera en una ciudad real, incluso en el centro de Israel. Por eso se inclinaron a favor de Abimelec, pensando: «Es nuestro hermano, y si él asciende, nosotros también nos beneficiaremos».

En segundo lugar, obtuvo de ellos el dinero necesario para financiar sus pretensiones. Le dieron setenta piezas de plata. No se conoce con certeza su valor exacto. El dinero fue tomado de la casa de Baal-berit, es decir, del tesoro público guardado en el templo de su ídolo, o de las ofrendas entregadas a ese dios falso. Esperaban que el dinero dedicado a su ídolo prosperara en manos de Abimelec. ¡Qué indigno era para gobernar a Israel! En vez de frenar la idolatría y castigarla, desde el comienzo se hizo servidor de un ídolo.

En tercer lugar, contrató soldados para su causa. Reclutó a hombres inútiles y descontrolados, la gentuza del país: hombres arruinados, inestables y entregados a una vida pecaminosa. Solo hombres así lo seguirían, y eran precisamente la clase de seguidores que necesitaba. Tal líder, tales seguidores.

Después vemos con qué crueldad eliminó del camino a los hijos de su padre. Lo primero que hizo con la turba que dirigía fue matar de una vez a todos sus hermanos, abiertamente y a sangre fría: setenta hombres en total, y solo uno logró escapar. Todos fueron asesinados sobre una misma piedra. En este acto sangriento vemos el poder de la ambición. Puede convertir a los hombres en bestias. Puede pasar por encima de todo vínculo de amor natural y de toda conciencia, y sacrificar para sus propios propósitos lo más sagrado, querido y valioso. Es espantoso pensar que semejante barbaridad pueda entrar alguna vez en el corazón humano.

También vemos el peligro que con frecuencia acompaña al honor y al nacimiento noble. Ser hijos de un hombre tan grande como Gedeón los convirtió en una amenaza a los ojos de Abimelec. Más tarde, el mismo número de hijos de Acab fueron asesinados juntos en Samaria (2 Reyes 10:1, 2 Reyes 10:7). Rara vez los gobernantes poderosos se han sentido seguros mientras alguno de sus propios hermanos siguiera con vida. Por eso, nadie debería envidiar a quienes nacen en una posición elevada ni quejarse de ocupar un lugar humilde y desconocido. El lugar más bajo suele ser también el más seguro.

Una vez despejado el camino mediante ese asesinato, los hombres de Siquem procedieron a hacer rey a Abimelec. No consultaron a Dios para saber si Israel debía tener un rey, mucho menos para saber quién debía serlo. No consultaron a ningún sacerdote ni incluyeron en la decisión a ninguna otra tribu o ciudad, aunque Abimelec estaba destinado a gobernar sobre Israel (Jueces 9:22). Los hombres de Siquem, es decir, los dirigentes de la ciudad, y la casa de Milo, es decir, el consejo común, se reunieron. En vez de llevar a Abimelec ante la justicia por su cruel asesinato, como debieron haber hecho, lo hicieron rey.

Su crimen fue recompensado con una corona. ¿Qué podían esperar de un rey que había construido su trono sobre la sangre? El resto de Israel también actuó con profunda insensatez. Se quedaron al margen, sin mostrar preocupación. No hicieron nada para detener esa toma del poder, proteger a los hijos de Gedeón ni vengar sus muertes. Se sometieron en silencio a aquel gobernante sanguinario, como un pueblo que había perdido su religión y, junto con ella, todo sentido del honor, la libertad, la justicia y la gratitud.

Sus padres habían actuado con firmeza para vengar la muerte de la concubina del levita. Pero aquella generación se había corrompido tanto que no hizo nada para vengar la muerte de los hijos de Gedeón. Por eso se les acusa de su falta de gratitud (Jueces 8:35): «No mostraron bondad a la familia de Jerobaal».

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