Versículo destacado

Jueces 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Un ángel del SEÑOR subió de Gilgal a Boquim y dijo: Yo los hice subir de Egipto y los traje a la tierra que juré dar a sus padres; y dije que jamás quebrantaría mi pacto con ustedes. "

Jueces 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Un ángel del SEÑOR subió de Gilgal a Boquim y dijo: Yo los hice subir de Egipto y los traje a la tierra que juré dar a sus padres; y dije que jamás quebrantaría mi pacto con ustedes.

2 Ustedes no harán ningún pacto con los habitantes de esta tierra, sino que derribarán sus altares. Pero no han obedecido mi voz. ¿Por qué han hecho esto?

3 Por eso también dije que no los expulsaría de delante de ustedes, sino que serían como espinas en sus costados, y sus dioses serían una trampa para ustedes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Fue un privilegio para Israel que Dios no solo le diera una ley desde el cielo para guiarlo por el camino de la felicidad y mantenerlo en él. También le enviaba mensajes especiales cuando era necesario: para reprenderlo, corregirlo y enseñarle lo que era correcto cuando se desviaba del camino. Además de la palabra escrita que tenían delante, con frecuencia escuchaban una voz detrás de ellos que les decía: «Este es el camino» (Isaías 30:21). Así es como Dios comienza a tratar con ellos aquí. Cuando no quisieron escuchar a Moisés, Dios vería si escucharían a los profetas.

Estos versículos contienen un sermón muy serio, predicado cuando su religión comenzaba a enfriarse. El predicador era un ángel del Señor (Jueces 2:1), no un profeta ni Finees, como suponen los judíos. A los ministros del evangelio se les llama ángeles de las iglesias, pero a los profetas del Antiguo Testamento nunca se les llama ángeles del Señor. Por eso, este era sin duda un mensajero enviado del cielo. En este libro, Dios a veces utilizó mensajeros extraordinarios cuando levantaba jueces como Gedeón y Sansón. Aquí envía a uno para predicarle al pueblo y evitar que cayera en pecado y en aflicción.

Este mensajero especial fue enviado para dar mayor peso a la advertencia y para alcanzar a personas que parecían no conmoverse a menos que algo visible e impactante ocurriera. El obispo Patrick pensaba que no se trataba de un ángel creado, sino del Ángel del pacto, el mismo que se le apareció a Josué como el capitán del ejército del Señor; es decir, Dios mismo. El doctor Lightfoot dice que era Cristo mismo. Se preguntan quién más podría decir: «Yo los hice subir de Egipto». Poco antes, Josué les había advertido que no se enredaran con los cananeos, pero ellos habían ignorado la advertencia de un hombre moribundo. Ahora el Dios viviente mismo repite esa advertencia, apareciendo como un ángel. Si toman a la ligera a sus siervos, ciertamente deberían respetar a su Hijo.

Se dice que el ángel subió de Gilgal, quizá no caminando normalmente sobre la tierra, sino moviéndose con rapidez, como Gabriel cuando voló hacia Daniel por el cielo abierto. Ya fuera caminando o volando, parecía venir de Gilgal por una razón importante. Gilgal había sido durante mucho tiempo su base después de entrar en Canaán, y allí habían recibido muchos favores especiales. Allí se había renovado el pacto de la circuncisión (Miqueas 6:5). Su llegada desde ese lugar tenía el propósito de despertar sus recuerdos. Recordar lo que hemos recibido y oído nos ayuda a aferrarnos a ello y a mantenernos alerta (Apocalipsis 3:2-3).

El sermón fue predicado a todos los hijos de Israel (Jueces 2:4), una gran multitud reunida para escuchar a un gran predicador. Se habían reunido quizá para la guerra, porque cada tribu había enviado soldados para alguna campaña importante; pero es más probable que se hubieran reunido para adorar. Si se trataba de adoración, entonces el lugar debió de ser Silo, donde estaba el tabernáculo y donde debían reunirse tres veces al año. Cuando nos presentamos delante de Dios en la adoración que él ha establecido, podemos esperar escucharlo y recibir sus dones en sus propias puertas. El lugar fue llamado Boquim, o «Los que lloran» (Jueces 2:1), porque recibió ese nombre en aquella ocasión. Todo Israel necesitaba aquella advertencia y reprensión, por eso se dirigió a todos.

El sermón mismo es breve, pero muy contundente. Dios les dice claramente cinco cosas. Primero, les recuerda lo que había hecho por ellos. Los había sacado de Egipto, una tierra de esclavitud y trabajo pesado, y los había llevado a Canaán, una tierra de descanso, libertad y abundancia. La miseria de Egipto hacía resplandecer aún más las bendiciones de Canaán. Con esto, Dios había mostrado su bondad, había cumplido el juramento que les había hecho a sus antepasados, les había dado pruebas de su poder y los había dejado sin excusa si dudaban de él o se apartaban de su servicio.

Segundo, les recuerda lo que había prometido: «Dije que jamás quebrantaría mi pacto con ustedes». Cuando los tomó como su pueblo especial, no lo hizo con la intención de rechazarlos después ni de reemplazarlos por otro pueblo cuando quisiera. Si le eran fieles, descubrirían que él era firme e inmutable. Dejaba claro que el pacto nunca fracasaría por parte de él, a menos que se rompiera por causa de la infidelidad de ellos.

Tercero, les señala lo que tenía derecho a esperar de ellos (Jueces 2:2). Puesto que habían entrado en pacto con Dios, no debían hacer alianzas con los cananeos, que eran enemigos tanto de Dios como de Israel. Puesto que habían levantado su altar, debían derribar los altares cananeos, para que esos altares no los tentaran a servir a dioses falsos. No podía haber nada más razonable ni más fácil de hacer.

Cuarto, les dice cómo habían quebrantado precisamente el mandamiento que él más les había recalcado: «Pero ustedes no han obedecido mi voz en este asunto». Despreciando su pacto con Dios y el compromiso que tenían unos con otros dentro de ese pacto, hicieron acuerdos amistosos con los cananeos idólatras, aunque Dios los había destinado al juicio. También toleraron los altares cananeos, aunque esos altares se oponían al propio altar de Dios. No había una explicación válida para semejante obstinación frente a algo tan claro y razonable. Quienes se apartan de la comunión con Dios y participan en las obras inútiles de las tinieblas no comprenden lo que están haciendo ahora, y no tendrán nada que decir en su defensa cuando estén delante de Dios en el juicio.

Quinto, les advierte lo que tendrían que sufrir por aquella insensatez (Jueces 2:3). Permitir que los cananeos permanecieran entre ellos tendría varias consecuencias. Detendría sus victorias, porque Dios dice: «Ustedes no los expulsarán, y por eso yo tampoco lo haré». Su pecado se convertiría en su castigo. Lo mismo ocurre con quienes se entregan a los deseos pecaminosos que deberían hacer morir y, por eso, pierden la ayuda de Dios. Si no resistimos al diablo, no podemos esperar que Dios lo aplaste bajo nuestros pies.

También les traería problemas constantes. Los cananeos serían espinas en sus costados, causándoles dolor continuamente de una manera u otra. Las personas se engañan cuando esperan recibir algo bueno de la amistad con quienes son enemigos de Dios. Peor aún, esa convivencia los expondría a una tentación constante y los conduciría al pecado. «Sus dioses», es decir, sus ídolos, como lo explica el Tárgum, «serán una trampa para ustedes». Se sentirían profundamente atraídos hacia ellos, y eso los llevaría a la ruina. A quienes se acercan al pecado, con frecuencia Dios los deja caer en él y perecer en él. Dios suele hacer que el pecado de una persona se convierta en su propio castigo; en el camino de quien se obstina y sigue avanzando contra Dios siempre hay espinas y trampas.

El sermón tuvo un efecto notable. El pueblo alzó la voz y lloró (Jueces 2:4).

El ángel les había hablado de sus pecados, y ellos respondieron con tristeza. Alzaron la voz para confesar, clamaron contra su propia insensatez e ingratitud y lloraron porque se avergonzaban de sí mismos, hasta el punto de enojarse consigo mismos. Habían actuado de una manera que iba directamente en contra de la razón y de su propio bien.

El ángel también les había advertido acerca de los juicios de Dios, y ellos respondieron con temor. Alzaron la voz en oración, pidiéndole a Dios que apartara su ira, y lloraron porque tenían miedo de ella. La advertencia los estremeció. Sus corazones se derritieron y temblaron ante la palabra, y esa era una respuesta apropiada. Resulta sorprendente que los pecadores puedan leer la Biblia con los ojos secos.

Aun así, esto no fue suficiente. Lloraron, pero no leemos que se reformaran ni que regresaran a sus hogares para destruir los ídolos que quedaban y a quienes los adoraban. Muchas personas se conmueven al escuchar la palabra y luego vuelven a endurecerse antes de ser transformadas. Sus lágrimas produjeron dos resultados positivos. Primero, dieron al lugar un nombre nuevo: Boquim, que significa «Los que lloran» (Jueces 2:5). Es un nombre apropiado para nuestras reuniones religiosas cuando las personas son confrontadas con su pecado. Si se hubieran mantenido cerca de Dios y de su deber, allí solo se habría escuchado canto. Pero su pecado e insensatez los llevaron a llorar.

Segundo, su llanto condujo a un sacrificio solemne. Allí ofrecieron sacrificios al Señor, probablemente después de reunirse en Silo, donde estaba el altar de Dios. Los ofrecieron para apartar la ira de Dios, buscar su favor y mostrar que se entregaban únicamente a él, haciendo un pacto por medio del sacrificio. Si la enfermedad se hubiera detectado a tiempo y el remedio hubiera surtido todo su efecto, habría sido razonable esperar una recuperación completa. Pero el resto de la historia muestra que el problema estaba demasiado arraigado para ser eliminado solo con lágrimas.

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