Versículo destacado
Judas 1:8 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" De igual manera, estos soñadores inmundos contaminan la carne, menosprecian el dominio y hablan mal de las dignidades. "
Judas 1:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Y a los ángeles que no conservaron su posición original, sino que abandonaron su propia morada, los ha reservado bajo oscuridad, en cadenas eternas, para el juicio del gran día.
7 Así también Sodoma y Gomorra, y las ciudades de sus alrededores, que de igual manera se entregaron a la fornicación y fueron tras carne extraña, están puestas como ejemplo, sufriendo la venganza del fuego eterno.
8 De igual manera, estos soñadores inmundos contaminan la carne, menosprecian el dominio y hablan mal de las dignidades.
9 Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo y disputaba acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a presentar contra él una acusación injuriosa, sino que dijo: «Que el Señor te reprenda».
10 Pero estos hablan mal de las cosas que no conocen; y en las cosas que conocen por naturaleza, como animales irracionales, se corrompen.
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Aquí el apóstol acusa a los engañadores que estaban apartando a los discípulos de Cristo de la profesión y la práctica de su santa religión. Los llama «soñadores inmundos» porque la falsedad se parece a un sueño y con frecuencia conduce a toda clase de impureza moral. El pecado es inmundicia. Hace que las personas sean odiosas y despreciables ante el Dios santísimo y, con el tiempo, también las vuelve despreciables ante sus propios ojos y ante los demás.
Estos soñadores inmundos viven en una falsa sensación de seguridad en la tierra y, al final, despiertan en un infierno verdadero. Su carácter, su manera de vivir y su destino deberían advertirnos a tiempo. Los pecados de la misma clase traerán castigos y sufrimientos de la misma clase.
Su carácter se manifiesta de varias maneras. En primer lugar, contaminan la carne. El cuerpo suele ser el lugar donde se cometen muchos pecados terribles, pero los pecados cometidos en el cuerpo también hieren profundamente el alma. Los deseos pecaminosos luchan contra el alma (1 Pedro 2:11), y la Escritura habla de la inmundicia de la carne y del espíritu; ambas contaminan a la persona entera (2 Corintios 7:1).
En segundo lugar, desprecian la autoridad y hablan mal de quienes ocupan posiciones elevadas. Son inquietos de mente y rebeldes de espíritu, pues olvidan que toda autoridad gobernante ha sido establecida por Dios (Romanos 13:1). Dios nos manda no hablar mal de nadie (Tito 3:2), y ese pecado es aún más grave cuando tales palabras se dirigen contra los gobernantes, a quienes Dios ha puesto sobre nosotros. Cuando las personas calumnian a las autoridades, están atacando la autoridad del propio Dios.
Algunos entienden esto de manera más amplia, como una referencia a la religión misma, que debe gobernar en este mundo. Tales personas se burlan del gobierno de la conciencia y quieren expulsarlo. También desprecian la palabra de Dios, que debe guiar la conciencia. La voluntad de Dios significa poco para ellos, a menos que primero puedan remodelarla e imponer su propio significado a los demás. Otros entienden que las «dignidades» se refieren al propio pueblo de Dios, en consonancia con la advertencia del salmista: «No toquen a mis ungidos ni hagan daño a mis profetas» (Salmo 105:15).
Siempre se ha hablado en contra de las personas religiosas y de las cosas de Dios. No hay nada en la verdadera religión que no sea bueno, útil y digno de nuestro máximo respeto, porque perfecciona nuestra naturaleza y sirve a nuestro mayor bien. Sin embargo, este camino, como les gusta llamarlo a sus enemigos, sigue siendo objeto de oposición en todas partes (Hechos 28:22). En este punto, el apóstol introduce a Miguel, el arcángel, asunto que se explica en Judas 1:9.
Los intérpretes no están seguros de qué significa «el cuerpo de Moisés». Algunos piensan que el diablo argumentaba que Moisés debía recibir un entierro público y honorable, con el lugar de su sepultura dado a conocer, con la esperanza de incitar a los judíos a la idolatría. El doctor Scott considera que el cuerpo de Moisés se refiere a la iglesia judía, cuya destrucción el diablo intentó provocar, así como en el Nuevo Testamento la iglesia cristiana es llamada el cuerpo de Cristo. Otros ofrecen opiniones diferentes, pero no es necesario abrumar al lector con ellas aquí.
Aunque esta disputa fue intensa y seria, y Miguel obtuvo la victoria, no quiso lanzar una acusación insultante contra el propio diablo. Una causa justa no necesita palabras abusivas para defenderse. Miguel no actuó así porque temiera al diablo, sino porque creía que Dios se disgustaría con ese tipo de respuesta. Consideraba indigno entrar en una discusión a gritos con el gran enemigo de Dios y de la humanidad. Esto es un recordatorio útil para todos los que discuten: nunca introduzcan palabras duras y abusivas en un debate. La verdad no necesita mentiras ni regaños para sostenerse.
Algunos dicen que Miguel no insultó al diablo porque sabía que este sería más fuerte que él en ese tipo de intercambio. Otros creen que el apóstol se refiere al acontecimiento de Números 20:7-14. En ese caso, Satanás quizá intentó presentar a Moisés bajo la peor luz posible, especialmente porque en aquella ocasión Moisés había dado algún motivo para ser culpado. Miguel, en ese relato, defiende a Moisés y dice con santo celo: «El Señor te reprenda». No siguió discutiendo con el diablo ni debatió el caso en detalle. Sabía que Moisés era siervo de Dios y uno de sus escogidos, por lo que no permitiría que fuera insultado, ni siquiera por el príncipe de los demonios.
La lección es que debemos defender a aquellos a quienes Dios honra, por más duramente que Satanás y sus agentes hablen contra ellos. Quienes acusan constantemente a las autoridades rectas por cada una de sus faltas podrían escuchar: «El Señor te reprenda». Y la reprensión de Dios es mucho más difícil de soportar de lo que ahora imaginan los pecadores descuidados.
En tercer lugar, estos hombres hablan mal de cosas que no entienden (Judas 1:10). Cualquiera que hable contra la religión y la piedad habla contra cosas que no conoce. Si realmente las conociera, hablaría bien de ellas, porque de la verdadera religión solo pueden decirse cosas buenas y excelentes. Es triste que pueda decirse algo distinto, con razón, de cualquiera de sus seguidores. Una vida piadosa es la vida más segura, feliz, satisfactoria y honorable que una persona puede vivir.
Las personas también suelen hablar mal de quienes y de aquello que menos conocen. Muchos nunca habrían sido heridos por la calumnia si hubieran sido mejor conocidos. Por otro lado, la distancia a veces evita que incluso personas dignas sean juzgadas injustamente con demasiada rapidez.
Pero se corrompen con aquello que conocen por instinto natural, como animales irracionales. Es difícil, si no imposible, encontrar enemigos obstinados de la fe cristiana que, en su manera habitual de vivir, no contradigan claramente los principios de la religión natural. A muchos esto les parecerá demasiado duro, pero probablemente se demostrará que es verdad el día en que Dios revele su justo juicio. El apóstol compara a estas personas con animales irracionales, aunque a menudo se jactan de ser los más sabios, o al menos los más ingeniosos, de la humanidad.
Por estas cosas se corrompen a sí mismos. Es decir, se arruinan en los asuntos más evidentes y naturales, precisamente en aquellas cosas que deberían ser más claras para la razón y la conciencia. El problema no consiste principalmente en falta de entendimiento. Está en su voluntad torcida, sus deseos desordenados y su amor obstinado por el mal. Podrían haber actuado mejor, pero eso habría significado luchar contra las pasiones pecaminosas que eligieron satisfacer en vez de darles muerte.
En Judas 1:11, el apóstol los presenta como seguidores de Caín. En Judas 1:12-13, los describe como personas impías e irreverentes, a quienes les importa poco, y quizá les cuesta creer, en Dios o en una vida futura. Son codiciosos y avaros, dispuestos a obtener ventajas mundanas presentes sin importar lo que venga después. Son rebeldes contra Dios y contra la humanidad, como Coré, quien se lanzó a una rebelión destinada al fracaso y pereció en ella.
Estas personas son manchas en sus comidas de amor, las *agapai* o comidas de comunión cristiana que mencionan con frecuencia los escritores antiguos. Fuera cual fuera la manera en que se infiltraron entre los creyentes, allí eran una deshonra, pues se contaminaban a sí mismos y contaminaban ese entorno. Es una vergüenza grave para la religión que quienes profesan tener fe y participan en sus reuniones más solemnes vivan de maneras que no corresponden a esa fe. Sin embargo, estas manchas son comunes en toda comunidad cristiana de la tierra, incluso en las mejores, y eso es profundamente triste. El Señor corregirá esta situación a su debido tiempo y de la manera que él determine, no mediante la dureza ciega de quienes arrancarían el trigo junto con la cizaña.
Cuando celebran con ustedes, se alimentan sin temor. Son glotones descuidados, preocupados únicamente por satisfacer el apetito con comida abundante y lujosa. No prestan atención a la advertencia de Salomón en Proverbios 23:2. Se necesita santo temor al comer y beber de manera cotidiana, y mucho más al participar en un banquete. A veces podemos ser vencidos más fácil y silenciosamente durante una comida común que en un banquete, porque estamos menos atentos. Para algunas personas, la abundancia de un banquete puede convertirse incluso en su propia trampa.
Son nubes sin agua. Prometen lluvia en tiempos de sequía, pero no traen nada de lo que prometen. Esa es la marca de quienes profesan formalmente la fe: comienzan con fuerza y parecen llenos de esperanza, como flores tempranas en una primavera cálida, pero terminan dando poco fruto o ninguno. Son llevados de un lado a otro por los vientos; son ligeros y vacíos, movidos por cualquier brisa. Tales personas son presa fácil de todo engañador. Es sorprendente escuchar a muchos hablar con tanta seguridad sobre asuntos que conocen tan poco y, aun así, ser demasiado orgullosos para admitir su propia ignorancia. El mundo sería mucho mejor si las personas supieran más o reconocieran sinceramente cuánto desconocen.
Son árboles cuyo fruto se marchita. Son árboles porque están plantados en la viña del Señor, pero no producen fruto. Si su fruto se marchita, con toda razón pueden llamarse árboles sin fruto. No son mejores por tener alguna apariencia de vida. Es triste cuando las personas parecen comenzar en el Espíritu y terminan en la carne; y eso es algo común y terrible. El texto dice que están doblemente muertos. Una sola muerte ya es bastante grave, pues todos vivimos por naturaleza en un estado caído y pecaminoso. Pero estas personas parecieron recuperarse, como alguien que vuelve en sí después de desmayarse, cuando profesaron la fe cristiana. Ahora están muertas otra vez, porque su falsa vida ha quedado al descubierto. Fuera cual fuera su apariencia, no había en ellas nada verdaderamente vivo. Han sido arrancadas de raíz, como los árboles muertos de los que ya no se espera fruto. Están muertas, muertas, completamente muertas. Ya no tienen razón para ocupar el terreno; deben ser arrojadas al fuego.
Son olas enfurecidas del mar: salvajes, ruidosas y estruendosas, llenas de palabras e inquietud, pero con muy poco sentido o significado real. Espuman su propia vergüenza. Provocan problemas para las personas de mejor juicio y de espíritu más sereno, pero al final su conducta les traerá una deshonra mayor y el reproche que merecen. La oración del salmista siempre debería ser la oración de toda persona honrada: «La integridad y la rectitud me protegerán» (Salmo 25:21). Si eso no me protege, entonces que no sea protegido. Si la honestidad significa poco ahora, el engaño significará todavía menos, y muy pronto. Las olas enfurecidas pueden aterrorizar a los marineros, pero una vez que llegan al puerto, se olvidan de ellas como si nunca hubieran existido. Su ruido y su terror terminan para siempre.
Son estrellas errantes, cuerpos celestes que se mueven de manera inestable y caprichosa, sin mantener el rumbo firme de las estrellas fijas. La imagen describe muy bien a los falsos maestros. A veces están aquí y otras veces allá, de modo que nadie sabe dónde encontrarlos ni cómo hacerlos responsables de algo. Al menos en los asuntos principales, sería razonable esperar cierta estabilidad. Esto puede suceder sin afirmar que alguien es infalible ni fingir que cualquiera de nosotros, simples mortales, lo es. En la religión y en la política, que son grandes temas de debate, seguramente hay algunas verdades básicas en las que podrían estar de acuerdo las personas sabias, buenas, honestas y desinteresadas. No deberían lanzar a la gente común al pánico y la miseria, ni incitarla a la furia sin siquiera permitirle entender lo que están diciendo o afirmando.
Su condenación está reservada para la oscuridad de las tinieblas eternas. Los falsos maestros deben esperar el peor castigo en esta vida y en la venidera. Esto no significa que se condene a toda persona que enseña algo por un error honesto y que no tiene razón en cada detalle. Si así fuera, ¿quién se atrevería a abrir una Biblia en público para enseñar a otros, a menos que se considerara igual o superior a los ángeles de Dios en el cielo? La advertencia se dirige a quienes engañan, disfrazan su propósito y conducen a otros por caminos torcidos para sacar provecho de ellos o, como dice el apóstol, convertirlos en mercancía (2 Pedro 2:3). La terrible expresión «oscuridad de las tinieblas eternas» corresponde verdaderamente a los falsos maestros, no por calumnia, sino por un juicio justo: son personas que tuercen la palabra de Dios y traicionan las almas humanas. Si esto no hace que tanto los ministros como quienes los escuchan actúen con cuidado, es difícil imaginar qué podría hacerlo.
La mención que hace Judas de la profecía de Enoc (Judas 1:14-15) muestra que una verdad no necesita aparecer muchas veces en la Escritura para ser cierta. Una sola declaración clara de Dios basta para demostrar lo que estamos llamados a creer, especialmente cuando se trata de un hecho. Sin embargo, en los asuntos de la fe, y especialmente de la fe salvadora, Dios no ha decidido examinarnos de esa manera, y debemos darle gracias por ello.
Ninguna verdad fundamental de la fe cristiana queda confusa en el Nuevo Testamento. El Espíritu Santo repite estas verdades con frecuencia, para que podamos ver cuáles merecen mayor importancia. Algunas personas dicen que esta profecía de Enoc fue transmitida por tradición en la iglesia judía. Otras dicen que Judas recibió conocimiento directo de ella por medio del Espíritu Santo. Cualquiera que haya sido la manera en que llegó a él, el punto es seguro: esta antigua profecía era conocida y aceptada en la iglesia del Antiguo Testamento, y es una parte importante de la enseñanza del Nuevo Testamento.
Observa que la venida de Cristo para juzgar fue anunciada desde la época de los patriarcas, el tiempo de los primeros padres del pueblo de Dios. Desde entonces se conocía como una verdad real y establecida. El Señor viene con sus miríadas santas, es decir, con incontables seres santos, entre ellos los ángeles y los espíritus de las personas justas que han sido perfeccionadas. ¡Qué día tan glorioso será aquel en que Cristo venga acompañado por diez mil de ellos! Viene con ellos para un propósito grande y terrible: juzgar a todos.
Esto fue anunciado hace mucho tiempo como algo cercano. «Miren, el Señor viene», como si dijera que ciertamente viene y que llegará antes de lo que la gente espera. Si no tienen cuidado ni están preparados, vendrá antes de que estén listos para encontrarse con él en paz. Viene, primero, para juzgar a los impíos. También viene para convencerlos de su culpa. Cristo no condenará a nadie sin pruebas claras, juicio y veredicto, y ese veredicto al menos los dejará sin palabras. Entonces no tendrán ninguna excusa que puedan usar con seguridad ni se atrevan a defender. Toda boca quedará cerrada, y todas las personas sensatas aprobarán al Juez y su sentencia. Incluso los culpables quedarán sin palabras, aunque ahora hablen con atrevimiento y presenten argumentos que suenan convincentes. Una cosa es que los presos discutan entre sí en la cárcel, y otra muy distinta es que comparezcan ante el tribunal frente al juez competente.
No puedo pasar por alto Judas 1:15 sin notar cuántas veces se repite allí la palabra «impío»: cuatro veces en total: hombres impíos, pecadores impíos, obras impías y maneras impías de realizarlas. Hoy las personas quizá consideran poco importantes las palabras «piadoso» e «impío», salvo para burlarse de ellas, pero no ocurre así en el lenguaje del Espíritu Santo. En el día del juicio se pedirán cuentas tanto de las omisiones como de los pecados que cometemos. También se traerán a juicio las palabras duras que pronunciamos unos contra otros, especialmente cuando no tienen un fundamento sólido, en aquel gran día.
Por eso debemos tener cuidado desde ahora. Como dijo uno de los antiguos puritanos, si golpeas a alguien a quien llamas hereje o cismático injustamente, y Dios encuentra que quien está sangrando es un verdadero santo, tendrás que responder por ello. Entonces quizá sea demasiado tarde para decir delante del ángel que solo fue un error (Eclesiastés 5:6). Menciono esto únicamente por las palabras del escritor inspirado.
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De este capítulo
Judas 1:1
"Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo, a los santificados por Dios Padre, preservados en Jesucristo y llamados:"
Judas 1:2
"Que la misericordia, la paz y el amor les sean multiplicados."
Judas 1:3
"Amados, cuando puse todo empeño en escribirles acerca de la salvación común, me fue necesario escribirles y exhortarlos a que lucharan fervientemente por la fe que una vez fue entregada a los santos."
Judas 1:4
"Porque ciertos hombres han entrado encubiertamente, los cuales desde antiguo habían sido destinados a esta condenación: hombres impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje y niegan al único Señor Dios y a nuestro Señor Jesucristo."
Judas 1:5
"Por tanto, quiero recordarles, aunque una vez supieron esto, que el Señor, después de salvar al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó a los que no creyeron."
Judas 1:6
"Y a los ángeles que no conservaron su posición original, sino que abandonaron su propia morada, los ha reservado bajo oscuridad, en cadenas eternas, para el juicio del gran día."
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