Versículo destacado

Josué 8:30 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Josué edificó un altar al SEÑOR, Dios de Israel, en el monte Ebal, "

Josué 8:30

menu_book El versículo en contexto

28 Josué quemó Hai y la convirtió para siempre en un montón de ruinas, en una desolación hasta el día de hoy.

29 Y colgó al rey de Hai en un árbol hasta el anochecer. En cuanto se puso el sol, Josué ordenó que bajaran su cadáver del árbol, lo arrojaran a la entrada de la puerta de la ciudad y levantaran sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta el día de hoy.

30 Entonces Josué edificó un altar al SEÑOR, Dios de Israel, en el monte Ebal,

31 como Moisés, siervo del SEÑOR, había ordenado a los hijos de Israel, según está escrito en el libro de la ley de Moisés: un altar de piedras enteras sobre las cuales nadie había alzado instrumento de hierro. Allí ofrecieron holocaustos al SEÑOR y sacrificaron ofrendas de paz.

32 Y allí, sobre las piedras, escribió una copia de la ley de Moisés, la cual escribió en presencia de los hijos de Israel.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta escena solemne puede parecer sorprendente en medio de las guerras de Israel en Canaán. Después de la caída de Jericó y Hai, podríamos esperar que el siguiente informe hablara de conquistar más ciudades y avanzar más profundamente en la tierra. Sin embargo, el campamento de Israel se dirige al campo abierto, no para pelear, sino para ofrecer sacrificios, escuchar la lectura de la ley de Dios y decir «Amén» a las bendiciones y las maldiciones.

Algunos piensan que esto ocurrió después de algunas de las victorias descritas más adelante, en los capítulos 10 y 11. Pero el mapa indica que Siquem, cerca de los montes Gerizim y Ebal, no estaba demasiado lejos de Hai. Por eso parece probable que, después de tomar Hai, los israelitas pudieran trasladarse a esa región y celebrar allí esta reunión. Prefiero mantener el relato en el lugar donde aparece, porque muestra algo importante acerca de la fe de Israel.

Muestra su celo por el servicio y el honor de Dios. Su guerra era honorable, útil y probablemente tendría éxito; aun así, todos sus planes militares se detuvieron mientras viajaban al lugar señalado para cumplir este acto solemne. Dios les había ordenado hacerlo después de cruzar el Jordán, y lo hicieron tan pronto como pudieron. Podrían haber encontrado excusas para retrasarlo, pero no lo hicieron. No debemos esperar a que la vida se estabilice para comprometernos con Dios. Nada debería impedirnos atender lo único que importa más, y la manera de prosperar es buscar primero a Dios (Mateo 6:33).

También muestra el cuidado de Dios por quienes le sirven y le adoran fielmente. Israel todavía estaba en territorio enemigo, pero mientras cumplían el servicio de Dios estaban seguros. Fue parecido a lo que ocurrió con Jacob, quien atravesó esa misma región camino a Betel para cumplir sus votos, y el terror de Dios cayó sobre las ciudades que lo rodeaban (Génesis 35:5). Cuando caminamos en el cumplimiento de nuestro deber, Dios nos concede su protección especial.

Moisés ya había dado instrucciones claras para esta ceremonia: primero en (Deuteronomio 11:29-30) y después en (Deuteronomio 27:2 y siguientes). Era una renovación del pacto, es decir, una reafirmación del acuerdo entre Dios e Israel cuando comenzaban a tomar posesión de la tierra prometida. Esto los animaría en la conquista y les recordaría bajo qué condiciones poseían la tierra. También les impondría nuevas obligaciones de obediencia.

Como señal de ese pacto, edificaron un altar y ofrecieron sacrificios a Dios (Josué 8:30-31). Así mostraron que se entregaban a Dios como sacrificios vivos, ofrecidos para honrarlo por medio de un Mediador, es decir, alguien que se coloca entre Dios y la humanidad. Ese Mediador es Cristo, quien hace aceptable su ofrenda. El altar fue edificado en el monte Ebal, la montaña relacionada con la maldición (Deuteronomio 11:29), para mostrar que, allí donde la ley traería maldición, el sacrificio de Cristo trae paz con Dios. Él nos redimió de la maldición de la ley al tomar esa maldición sobre sí mismo (Gálatas 3:13).

Así que, aun donde se había dicho bajo la maldición: «Ustedes no son mi pueblo», ahora se dice por medio de Cristo, el verdadero altar: «Ustedes son hijos del Dios viviente» (Oseas 1:10). Las maldiciones pronunciadas desde el monte Ebal habrían entrado en vigor de inmediato si no se hubiera ofrecido un sacrificio de expiación, es decir, un sacrificio que satisface por el pecado. Mediante esos sacrificios también dieron a Dios la gloria por las victorias que ya habían obtenido, como en (Éxodo 17:15). Ahora que habían disfrutado del botín de Hai, era justo que Dios recibiera la alabanza.

También pidieron su favor para las batallas futuras, porque sus ofrendas de paz tenían el propósito de expresar tanto oración como agradecimiento. La manera de prosperar en cualquier cosa que hagamos es llevar a Dios con nosotros y reconocerlo mediante la oración, la alabanza y la confianza. El altar fue edificado con piedras sin tallar, conforme a la ley (Éxodo 20:25), porque Dios se agrada de una adoración sencilla, natural y libre de ostentación humana. La creatividad humana no puede mejorar lo que Dios ya ha establecido.

Después recibieron la ley de Dios, y cualquiera que desee su favor y quiera que sus ofrendas sean aceptadas debe hacer lo mismo. Si apartamos el oído para no escuchar la ley, hasta nuestras oraciones resultan ofensivas para Dios. Cuando Dios estableció su pacto con Israel, les dio su ley, y ellos mostraron su consentimiento al ponerse bajo su autoridad.

Primero, los Diez Mandamientos fueron escritos sobre piedras a la vista de todo Israel, como un resumen de toda la ley (Josué 8:32). Esta copia no fue grabada en la piedra como las tablas que se guardaban en el arca, porque esa tarea debía realizarla solamente el dedo de Dios. Es función de Dios escribir la ley en el corazón. En este caso, las piedras fueron recubiertas de yeso, y la ley fue escrita sobre el yeso (Deuteronomio 27:4, Deuteronomio 27:8). Fue escrita para que todos pudieran ver aquello que habían aceptado obedecer y para que permaneciera como un testimonio duradero para las generaciones posteriores de la bondad de Dios al darles leyes tan sabias. También serviría como testimonio contra ellos si quebrantaban esas leyes.

Es una gran misericordia para cualquier pueblo tener la ley de Dios por escrito. Es correcto que la ley escrita se exponga públicamente en un idioma conocido, para que todos puedan verla y leerla.

Segundo, se leyeron públicamente las bendiciones y las maldiciones, que eran las promesas y advertencias de la ley, y el pueblo, tal como Moisés lo había dispuesto, respondió: «Amén» (Josué 8:33-34). La multitud era muy grande. Los funcionarios de más alto rango no estaban exentos, porque los ancianos, los oficiales y los jueces también estaban bajo la ley y recibirían sus bendiciones o maldiciones según su obediencia. Por eso debían estar presentes para confirmar el pacto y guiar al pueblo a vivir conforme a él.

Tampoco quedó excluido el extranjero más pobre. Esto era una especie de bienvenida plena a Israel, porque tanto el extranjero como el israelita de nacimiento estaban incluidos en el pacto. Era un estímulo para quienes se incorporaban como convertidos y también señalaba de antemano la bondad que Dios mostraría algún día a los gentiles pobres.

Las tribus se organizaron como Moisés había indicado: seis en el monte Gerizim y seis en el monte Ebal. El arca permaneció en medio del valle entre ambos montes, porque era el arca del pacto. Dentro de ella estaban las palabras escritas de esa ley, mientras que la misma ley fue copiada y expuesta públicamente sobre las piedras. El pacto fue ordenado, y el mandamiento mismo formaba parte del pacto.

Los sacerdotes que servían junto al arca, o algunos levitas que los ayudaban, se colocaron en su lugar después de que el pueblo hubiera tomado sus posiciones y se hubiera pedido silencio. Entonces pronunciaron claramente las bendiciones y las maldiciones, tal como Moisés lo había dispuesto, y las tribus respondieron: «Amén». Sin embargo, este pasaje dice solamente que debían bendecir al pueblo, porque la bendición era el propósito principal. El propósito de Dios al dar la ley era bendecir. Si el pueblo caía bajo la maldición, sería por su propia culpa.

En realidad, fue una bendición para Israel que estas cosas se les presentaran con tanta claridad: la vida y la muerte, el bien y el mal. Dios no había tratado de esa manera con las demás naciones.

También se leyó la ley misma, con sus mandamientos y prohibiciones (Josué 8:35). Parece que Josué fue quien la leyó, y no consideró indigno de él leerla en la congregación del SEÑOR. Con ese mismo espíritu, la lectura pública de la ley, que debía realizarse una vez cada siete años (Deuteronomio 31:10-11), estaba a cargo del rey o del gobernante principal.

Esto muestra cuán pública y completa fue aquella lectura. Se leyó cada palabra. No se omitieron ni siquiera los mandamientos más pequeños, ni se acortaron las partes más extensas. No debía dejarse fuera ninguna parte de la ley; nada se pasaba por alto por falta de tiempo ni porque alguna sección pareciera innecesaria. Había pasado poco tiempo desde que Moisés les había predicado todo el libro de Deuteronomio, pero Josué tuvo que leerlo otra vez completo. Es bueno escuchar dos veces lo que Dios ha dicho una vez (Salmo 62:11), y repasar lo que ya hemos escuchado para no olvidarlo.

Todo israelita estuvo presente, incluidas las mujeres y los niños pequeños, para que todos conocieran su deber y lo cumplieran. Los responsables de cada familia deben llevar consigo a sus esposas y a sus hijos a la adoración solemne. Todos los que pueden aprender deben acudir para recibir instrucción de la ley. Los extranjeros también estaban allí, porque dondequiera que estemos, incluso si solo estamos de paso, debemos aprovechar cada oportunidad para aprender acerca de Dios y de su santa voluntad.

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