Versículo destacado

Josué 10:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Josué subió desde Gilgal con todo el pueblo de guerra que estaba con él y con todos los hombres valientes y esforzados. "

Josué 10:7

menu_book El versículo en contexto

5 Por tanto, los cinco reyes de los amorreos —el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jarmut, el rey de Laquis y el rey de Eglón— se reunieron y subieron con todos sus ejércitos; acamparon frente a Gabaón y le hicieron guerra.

6 Entonces los hombres de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento de Gilgal: No retires tu mano de tus siervos; sube pronto a nosotros, sálvanos y ayúdanos, porque todos los reyes de los amorreos que habitan en las montañas se han reunido contra nosotros.

7 Josué subió desde Gilgal con todo el pueblo de guerra que estaba con él y con todos los hombres valientes y esforzados.

8 Y el SEÑOR dijo a Josué: No les tengas miedo, porque los he entregado en tu mano; ni uno de ellos podrá mantenerse en pie delante de ti.

9 Josué llegó de repente hasta ellos, después de subir desde Gilgal durante toda la noche.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí, Josué decide ayudar a los gabaonitas, y Dios lo anima en esa decisión. Josué subió desde Gilgal (Josué 10:7), lo cual significa que planeó, se preparó y luego emprendió esta misión de rescate. Es probable que Dios le hablara antes de que diera el primer paso, dándole confianza para llevar a cabo la tarea. Ayudar a sus nuevos aliados era tanto generoso como correcto, aunque probablemente el rey de Jerusalén no esperaba que Josué acudiera. Seguramente pensó que Josué los dejaría solos, especialmente porque habían conseguido el tratado engañando a Israel.

Sin embargo, Josué sabía que su promesa de perdonarles la vida significaba algo más que no matarlos personalmente. También significaba que no debía quedarse de brazos cruzados mientras eran destruidos, si podía evitarlo (Proverbios 24:11-12). Además, sabía que, al volverse a la fe y a la adoración del Dios de Israel, habían quedado bajo su cuidado, como un ave bajo la protección de sus alas (Rut 2:12). Por lo tanto, como ahora servían a Dios, también estaban bajo la protección de Josué.

Entonces Dios fortaleció a Josué para la tarea (Josué 10:8): «No tengas miedo». Esto significaba, en primer lugar, que no debía dudar de que su causa era justa ni de que su llamado estaba claro. Aunque estaba ayudando a los gabaonitas, caminaba en obediencia y Dios verdaderamente estaba con él. También significaba que no debía temer la fuerza del enemigo. Muchos reyes se habían unido contra Josué y estaban decididos a rescatar a Gabaón; podían luchar con ferocidad, impulsados por una causa desesperada. Pero Dios ya los había entregado en manos de Josué, y aquellos a quienes Dios ha destinado al juicio finalmente no pueden resistirlo ni escapar.

Entonces Josué actuó rápidamente para llevar a cabo el rescate, y Dios lo ayudó a tener éxito. Josué mostró su celo al apresurarse a llegar a Gabaón para socorrerla (Josué 10:9). La situación era urgente y no permitía demoras. Si alguna tribu de Israel hubiera estado en peligro, Josué difícilmente habría mostrado más cuidado del que mostró por Gabaón, pues la misma ley debía aplicarse al extranjero que se había unido a Israel y al israelita de nacimiento. Los reyes aliados apenas habían reunido sus fuerzas y se habían levantado contra Gabaón cuando Josué ya estaba sobre ellos; esa sorpresa los llenaría de confusión.

Una vez que el enemigo se había reunido en un solo ejército, la rapidez era todavía más importante. Lo que antes había sido una demora prudente ahora se convirtió en una prisa prudente, porque había llegado el momento de actuar. Josué pudo haber parecido lento en otra ocasión, pero ahora no dejaría para mañana lo que podía hacer ese día. Cuando vio que no podía llegar a Gabaón en un solo día, marchó toda la noche para no perder ninguna ventaja ni dar la impresión de descuidar a sus nuevos aliados. Sus soldados eran hombres valientes y esforzados, fuertes tanto de cuerpo como de ánimo; de otro modo, no habrían podido soportar semejante carga. También entendían que las dificultades presentes los conducían a un futuro mejor, y eso los ayudó a perseverar.

Los soldados cristianos pueden aprender de esto a soportar las dificultades mientras siguen al Cordero adondequiera que vaya. No deben pensar que su fe ha fallado si a veces la obediencia les cuesta una noche de sueño. Cuando lleguen al cielo tendrán suficiente descanso. Pero ¿por qué Josué llevó a sus hombres y a sí mismo hasta tal extremo? ¿Acaso Dios no le había prometido entregar al enemigo? Sí, pero las promesas de Dios están destinadas a impulsar nuestros esfuerzos, no a reemplazarlos. La persona que cree no se adelanta a la providencia de Dios, pero sí se apresura a seguirla con diligencia y fidelidad.

Dios también mostró su poder al derrotar al enemigo que Josué había atacado con tanta valentía (Josué 10:10-11). Josué tenía un ejército grande y fuerte, suficiente para acabar con un enemigo confundido en una guerra común. Pero Dios mismo actuaría en esta gran batalla, haciendo que el poder del cielo se levantara contra los cananeos. Esto mostró a Israel que no había obtenido la tierra por su propia espada ni se había salvado por su propia fuerza, sino por la mano y el poder de Dios (Salmo 44:3). El Señor llenó de confusión al enemigo delante de Israel. Israel hizo lo que pudo, pero Dios realizó la obra mayor.

Debió de ser aterrador para el enemigo ver que el cielo mismo luchaba contra ellos. ¿Quién puede enfrentarse a los poderes del cielo, huir de ellos o defenderse de ellos? Estas personas habían insultado al Dios verdadero y le habían robado la gloria al adorar al ejército del cielo, dando a la criatura el honor que pertenece únicamente al Creador. Ahora el ejército del cielo luchaba contra ellos, y la parte de la creación que habían adorado se volvió contra ellos y ayudó a derribarlos (Jeremías 8:2). Ningún sacrificio ni ofrenda puede hacer que una criatura nos sea favorable. Solo la paz con Dios y caminar en su amor pueden lograrlo.

Esto por sí solo habría bastado para dejarlos indefensos ante Israel, pero Dios hizo aún más. Los hirió con granizo, y las piedras eran tan grandes y caían con tanta fuerza que murieron más por el granizo que por la espada de Israel, aunque sin duda los israelitas lucharon con empeño. En Job, Dios habla de la nieve y el granizo que tiene almacenados para el día de la batalla y de la guerra (Job 38:22-23), y aquí los utilizó contra los cananeos. Era como granizo disparado desde las propias armas de Dios: alcanzaba con certeza cualquier lugar que él señalara y mataba donde golpeaba. Esto muestra cuán miserables son quienes tienen a Dios como enemigo y cuán segura es su ruina. Es terrible caer en sus manos, porque nadie puede escapar de ellas.

Algunos han señalado que Bet-horón estaba al norte de Gabaón, mientras que Azeca y Maquedá estaban al sur. Así que el enemigo huyó en todas direcciones, pero las piedras de granizo los siguieron y los encontraron adondequiera que fueran.

Las piedras de granizo no llegaron más alto que las nubes, pero este milagro mostró que la ayuda de Israel venía de más arriba de las nubes. Incluso el sol, que con su curso constante sirve a toda la tierra, se detuvo cuando fue necesario y favoreció a Israel. Como dice Habacuc: «El sol y la luna se detuvieron en su lugar, a la luz de tus flechas» (Habacuc 3:11).

Aquí encontramos la oración de Josué para que el sol se detuviera. La llamo una oración porque Josué «habló con el Señor» (Josué 10:12). De la misma manera, se dice que Elías oró para que no lloviera, aunque en otro pasaje se describe que anunció esa sequía (1 Reyes 17:1; Santiago 5:17). Esto muestra el servicio incansable de Josué a Dios y a Israel. Aunque había marchado toda la noche y luchado todo el día, no pidió descanso. En cambio, quiso que el día durara más. Quienes esperan en el Señor y le sirven renovarán sus fuerzas; no se cansarán ni desfallecerán (Isaías 40:31).

Esto también muestra la firme fe de Josué en el poder todopoderoso de Dios, que es mayor que la naturaleza y puede gobernarla. Josué debió de recibir un impulso especial del Espíritu de Dios; de otro modo, no habría pedido semejante milagro. Dios da primero la fe y luego responde la oración que esa fe presenta. Es difícil imaginar que Josué hubiera pensado en esto por su propia cuenta. Antes de pedir que el sol se detuviera, seguramente habría considerado muchos otros planes para terminar la batalla. Pero incluso en el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios guiaba a sus santos a orar conforme a la voluntad de Dios. Dios mueve a quienes oran a pedir lo que él se propone dar, y nos dice que le pidamos aquello que planea hacer (Ezequiel 36:37).

Las palabras de Josué fueron audaces: «Sol, detente». Su antepasado José había soñado que el sol y la luna lo honrarían, y ahora esa imagen se cumplía de manera real en uno de los descendientes de José. Josué habló con autoridad porque esta no era una oración común. Era un profeta, guiado especialmente por Dios para ese momento. Aun así, esta oración también nos enseña cuán poderosa puede ser la oración cuando permanece dentro de la palabra de Dios. Nos recuerda el honor que Dios concede a la oración: «En cuanto a la obra de mis manos, mándenme» (Isaías 45:11). Josué le dijo al sol que se detuviera sobre Gabaón, el lugar donde se libraba la batalla, mostrando que su petición buscaba la victoria de Israel. Probablemente hizo esta petición cuando vio que el sol comenzaba a ponerse. También habló de la luna y del valle de Ajalón, que estaba cerca de Gabaón y donde él se encontraba en ese momento.

Fue muy valiente decir esto delante de todo Israel, y demuestra cuán firme era su fe. Si el milagro no hubiera ocurrido, Josué habría quedado en ridículo y el pueblo habría pensado que había perdido la razón. Pero Josué sabía que Dios honraría una petición que él mismo había puesto en su corazón. Por eso no tuvo miedo de decir delante de todo Israel: «Sol, detente», porque estaba seguro de aquel en quien confiaba.

Josué creía en el poder todopoderoso de Dios; de otro modo, no habría esperado que el sol, que recorre su curso con la fuerza de un hombre fuerte, se detuviera de inmediato. Creía en el gobierno de Dios sobre la naturaleza; de otro modo, no habría esperado que se alterara el orden establecido de los cielos. También creía en el favor especial de Dios hacia Israel; de otro modo, no habría esperado que, por causa de Israel, Dios les diera horas adicionales de luz mientras dejaba a gran parte del mundo en oscuridad. Dios hace salir el sol sobre justos e injustos, pero en este caso los injustos tuvieron que esperar mientras el sol se detenía por causa del Israel justo.

La respuesta llegó de inmediato: «El sol se detuvo y la luna se paró» (Josué 10:13). A pesar de la enorme distancia entre la tierra y el sol, el sol se detuvo inmediatamente ante la palabra de Josué. El mismo Dios que gobierna en los cielos también gobierna aquí en la tierra, y cuando él quiere, hasta los cielos obedecen a la tierra. Este milagro duró todo un día; es decir, el sol permaneció sobre el horizonte durante aproximadamente el doble del tiempo acostumbrado. Generalmente se considera que ocurrió a mediados del verano, cuando había unas catorce horas entre el amanecer y el anochecer en aquella tierra, de modo que ese día duró unas veintiocho horas. Si ocurrió durante los días más cortos del año, entonces tiene aún más sentido que Josué pidiera que el día se alargara.

Esto les dio a los israelitas tiempo suficiente para terminar de derrotar por completo a sus enemigos. En muchas batallas, la noche ha puesto fin a la lucha y ha ayudado a los derrotados a escapar. Pero aquí Dios les quitó esa ventaja, para que Israel pudiera seguir persiguiéndolos. La mano de Israel podía alcanzar a todos sus enemigos, mientras que los ojos y la mano de Dios podían encontrarlos aun sin la luz del sol, porque para él la noche es tan luminosa como el día (Salmo 139:12). A veces Dios trae una gran salvación en muy poco tiempo y hace que sea obra de un solo día.

Tal vez este milagro se insinúa en (Zacarías 14:6-7), donde se dice que el día en que Dios luchará contra las naciones será un solo día, y que al anochecer habrá luz, como ocurrió aquí. Nunca hubo otro día semejante, ni antes ni después, en el que Dios diera tal honor a la fe y a la oración, y a la causa de Israel. Nunca respondió de manera tan maravillosa a la petición de un hombre ni luchó tan claramente por su pueblo.

Se dice que este acontecimiento estaba escrito en el libro de Jaser, una colección de poemas nacionales en la que se conservó, junto con los demás, el poema compuesto en aquella ocasión. Probablemente era el mismo libro que se menciona como el libro de las guerras del Señor (Números 21:14), y que más tarde continuó un hombre llamado Jaser. Las palabras «Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón» parecen ser versos poéticos tomados de ese relato.

Esto no significa que la verdad divina de Josué necesitara el respaldo de un libro humano. Pero para quienes tenían acceso a ese libro, habría sido útil comparar con él esta historia. De ese modo, apoya la práctica prudente de recurrir a la historia externa para confirmar la veracidad de los relatos históricos de la Escritura.

Aun así, este gran milagro del sol detenido tenía un propósito mayor que simplemente darles a los israelitas tiempo adicional para derrotar a sus enemigos, algo que de otro modo quizá habrían hecho al día siguiente. En primer lugar, Dios quiso honrar a Josué (Josué 3:7), mostrándole un favor especial como alguien a quien se complacía en honrar. Josué apuntaba hacia Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra, y a quien hasta el viento y el mar obedecen.

En segundo lugar, Dios quiso dar a conocer a todo el mundo lo que estaba haciendo por su pueblo Israel en Canaán. El sol, el ojo del mundo, tuvo que permanecer fijo durante horas sobre Gabaón y el valle de Ajalón, como si contemplara la gran obra de Dios en favor de Israel. Esto llamaría la atención de la gente y la llevaría a preguntar por aquel prodigio realizado en esa tierra (2 Crónicas 32:31). Fue un anuncio público para las naciones vecinas: «Vengan y contemplen las obras del Señor» (Salmo 46:8), y digan: «¿Qué nación hay tan grande como Israel, cuyo Dios esté tan cerca de ellos?». Era de esperarse que esto conmoviera a los gabaonitas, quienes habían fingido venir de un país lejano para buscar amistad con Israel por causa del nombre del Señor su Dios.

En tercer lugar, Dios quiso convencer y avergonzar a los idólatras que adoraban al sol y a la luna y les rendían honores divinos. Mostró que estaban bajo el mandato del Dios de Israel y que, por elevados que parecieran, él estaba por encima de ellos. De esta manera también advirtió a su pueblo contra ese pecado, pues sabía que serían tentados a cometerlo (Deuteronomio 4:19), y más tarde se corrompieron con esa práctica.

En cuarto lugar, este milagro, como sugirió el erudito obispo Pierson, significaba que en tiempos posteriores, cuando el mundo avanzara hacia una oscuridad cada vez mayor, saldría el Sol de justicia, nuestro Josué (Malaquías 4:2), detendría la noche que se acercaba y sería la verdadera luz. También añadiría que, cuando Cristo derrotó en la cruz a nuestros enemigos espirituales, la señal en el sol fue lo contrario de esto. El sol se oscureció, como si se hubiera puesto al mediodía, porque Cristo no necesitaba la luz del sol para llevar a cabo su victoria. Entonces hizo de la oscuridad su refugio.

Por último, el hecho de que el sol y la luna se detuvieran en aquel día de batalla anticipaba que el sol se convertiría en oscuridad y la luna en sangre en el último gran y terrible día del Señor.

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