Versículo destacado

Jonás 1:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero el SEÑOR lanzó un fuerte viento sobre el mar, y se levantó una gran tempestad en el mar, de modo que el barco estaba a punto de hacerse pedazos. "

Jonás 1:4

menu_book El versículo en contexto

2 «Levántate, ve a Nínive, esa gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha subido ante mí».

3 Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR. Bajó a Jope y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y bajó a él para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR.

4 Pero el SEÑOR lanzó un fuerte viento sobre el mar, y se levantó una gran tempestad en el mar, de modo que el barco estaba a punto de hacerse pedazos.

5 Entonces los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamó a su dios. Arrojaron al mar la carga que estaba en el barco para aligerarlo. Pero Jonás había bajado a la parte más profunda del barco; se había acostado y dormía profundamente.

6 El capitán del barco se acercó a él y le dijo: «¿Qué haces, dormilón? Levántate y clama a tu Dios. Quizá Dios piense en nosotros para que no perezcamos».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cuando Jonás abordó el barco rumbo a Tarsis, probablemente pensó que estaba a salvo. Pero aquí vemos que Dios lo persiguió, lo alcanzó y dejó al descubierto que había abandonado su deber. Jonás había huido de Dios, y ahora Dios envió el juicio tras él.

Como dice Jonás 1:4, Dios envió una gran tempestad sobre el mar. Dios tiene los vientos almacenados en sus tesoros (Salmo 135:7), y soltó uno de ellos con fuerza y poder sobre el mar. Los vientos tempestuosos cumplen su palabra y, con frecuencia, sirven como mensajeros de su ira. Él reúne los vientos en su puño (Proverbios 30:4), los detiene o los envía cuando quiere. Para nosotros, el viento sopla donde quiere; para Dios, va adonde él lo dirige.

El resultado fue una tempestad violenta. Cuando se levantan los vientos, también se levantan las olas. El pecado trae tempestades al alma, a los hogares, a las iglesias y a las naciones. Es algo perturbador y angustioso. La tormenta llegó a ser tan intensa que parecía que el barco estaba a punto de hacerse pedazos. Algunos entienden la frase en el sentido de que ese barco, y no otro, estaba en tal peligro. Había otros barcos en el mismo mar, pero parece que el que llevaba a Jonás fue sacudido más que los demás. Dios envió ese viento tras Jonás para hacerlo volver a él y a su deber. Es una gran misericordia que Dios nos llame de regreso cuando nos desviamos, aun cuando el camino de regreso pase por una tormenta.

La tripulación se alarmó por la tormenta, pero Jonás, el hombre más involucrado en aquella situación, permanecía despreocupado (Jonás 1:5). Los marineros estaban aterrados por el peligro, aunque el conflicto de Dios no era con ellos. Primero, sintieron miedo. Estaban acostumbrados al mal tiempo y, por lo general, no entraban en pánico. Pero ahora hasta los más fuertes y experimentados comenzaron a temblar, porque la tormenta había surgido de repente y rugía con una furia extraordinaria. Dios puede infundir temor aun en las personas más valientes y hacer que incluso los comandantes y capitanes busquen refugio.

Entonces cada hombre clamó a su propio dios. El miedo los llevó a orar. Muchas personas no oran hasta que las dificultades las atemorizan y las llevan a hacerlo. Si alguien quiere aprender a orar, basta con verlo en el mar. En medio de la angustia, buscaron al Señor. Cada uno oró. No estaban divididos, con algunos orando y otros maldiciendo. Todos clamaron, porque el peligro los afectaba a todos. Ninguno oró por todo el grupo; cada uno clamó por sí mismo.

Clamaron a sus propios dioses, es decir, a los dioses de su país, de su ciudad o de su elección personal. Esto contradice el ateísmo, porque cada hombre creía que existía un dios. Pero también muestra la necedad de la religión pagana, pues tenían muchos dioses y cada persona escogía el que le agradaba. Sin embargo, solo puede existir un Dios verdadero. Aunque habían perdido la verdad clara de que hay un solo Dios, conservaron el deber natural de orar a Dios. Un pueblo debe buscar a su Dios (Isaías 8:19), y debe hacerlo especialmente cuando está en peligro. En el día de la angustia, debemos invocarlo; cuando alguien sufre o tiene miedo, debe orar.

Sus oraciones estuvieron acompañadas de acciones. Después de pedir ayuda a sus dioses, hicieron lo que estaba a su alcance para ayudarse a sí mismos. Arrojaron la carga al mar para aligerar el barco, tal como más adelante hicieron los marineros de Pablo en una crisis semejante: echaron al mar incluso los aparejos y el trigo del barco (Hechos 27:18, Hechos 27:19, Hechos 27:38). Se encontraban en un viaje comercial y llevaban muchas mercancías, bienes con los que esperaban obtener ganancias. Pero ahora estaban dispuestos a perderlo todo con tal de salvar la vida.

Miren cuán fuerte es el amor natural por la vida. Las personas renuncian a casi cualquier cosa para conservar vivo su cuerpo. ¡Cuánto más deberíamos valorar la vida espiritual, la vida del alma! La ganancia de todo el mundo no puede compensar la pérdida del alma. Esto también muestra cuán vacío es el afán por las riquezas y cuán inciertas son. Las riquezas pueden volar como las aves. En algunos casos, incluso tenemos que alejarlas nosotros mismos, como hicieron aquellos marineros, porque conservarlas solo nos perjudicaría. Ellos se alegraron de deshacerse de la carga, aunque no tenían esperanza de recuperarla. Ojalá las personas mostraran esa misma sabiduría respecto de su alma y estuvieran dispuestas a separarse de la riqueza, el placer y el honor si esas cosas las apartaran de la fe y de una buena conciencia y arruinaran su alma para siempre. Quienes renuncian a lo temporal para cuidar su bienestar espiritual serán ricos al final. Lo que pierdan por esa razón lo volverán a encontrar en la vida eterna.

Pero ¿dónde estaba Jonás mientras sucedía todo esto? Esperaríamos encontrarlo en su camarote o incluso en la bodega, pero estaba dormido. Ni el ruido de afuera ni la culpa de adentro lograron despertarlo. Tal vez durante un tiempo había evitado dormir porque temía que Dios volviera a hablarle en sueños. Ahora que creía estar fuera del alcance de Dios, se durmió aún más profundamente. El pecado produce adormecimiento, y debemos mantenernos atentos para que nuestro corazón no se endurezca por su engaño. El plan de Satanás, una vez que ha apartado a las personas de Dios y del deber, es arrullarlas hasta llevarlas a una falsa seguridad, para que no perciban el peligro. Todos necesitamos permanecer despiertos.

Entonces el capitán del barco llamó a Jonás a orar (Jonás 1:6). Se acercó a él y, en esencia, le dijo que se levantara y orara por su vida, pero que también se preparara para morir. Le hizo un reproche justo y necesario: «¿Qué haces dormido?». Debemos reconocer el valor de aquella advertencia del capitán. Aunque era un desconocido para Jonás, por el momento formaba parte de la misma tripulación. Toda persona que tiene un alma preciosa debe recibir ayuda, en la medida en que podamos brindársela, para escapar de la muerte.

También sentimos compasión por Jonás, porque necesitaba que le hicieran semejante reproche. Si hubiera sido fiel como profeta del Señor, quizá habría estado reprendiendo al rey de Nínive. Pero, como había abandonado el camino del deber, quedó expuesto a recibir corrección de un sencillo capitán de barco. El pecado y la necedad pueden degradar a una persona y hacerla parecer insignificante. Al mismo tiempo, debemos admirar la bondad de Dios al enviarle a Jonás aquel reproche oportuno, porque fue el primer paso de su restauración, así como el canto del gallo lo fue para Pedro. Quienes duermen en medio de una tormenta tienen sobradas razones para que se les pregunte qué están haciendo.

Después viene un consejo muy útil: «Levántate e invoca a tu Dios. Todos estamos clamando a nuestros propios dioses; ¿por qué no te levantas y clamas al tuyo? ¿Acaso no te preocupa tanto como a nosotros el peligro que enfrentamos y el rescate que necesitamos?». Las oraciones de los demás deberían impulsarnos a orar también. Y quienes esperan participar de una misma misericordia deben hacer su parte en las oraciones que la buscan.

Cuando hay una calamidad pública, si tenemos acceso al trono de la gracia de Dios, debemos acudir a él por el bien de todos. A veces hasta los propios siervos de Dios necesitan que se les llame y se les anime a cumplir este deber. El capitán dio una buena razón para su consejo: «Quizá Dios se fije en nosotros y no muramos». Parece que aquellos marineros consideraban a sus muchos dioses solo como mediadores, es decir, intermediarios entre ellos y el Dios supremo, quien era el único que podía ayudarlos de verdad.

Para animarlos a orar, el capitán señaló cuán grande y urgente era el peligro. «Estamos a punto de perecer», dijo en efecto; «solo hay un pequeño paso entre nosotros y la muerte». Sin embargo, también dejó lugar para la esperanza. Mientras hay vida, hay esperanza; y mientras hay esperanza, hay lugar para la oración. Además, dejó claro que solo Dios podía salvarlos mediante su poder y su compasión. Si Dios se fijaba en ellos y actuaba a su favor, todavía podían ser rescatados. Por eso, cuando el peligro está cerca, debemos seguir mirando a Dios y confiando en él.

Entonces descubrieron que Jonás era la causa de la tormenta. Los marineros notaron algo tan inusual en la tempestad, o en la desgracia que estaban sufriendo, que llegaron a creer que se trataba de un mensaje de la justicia divina. Pensaron que Dios estaba señalando a una persona del barco por causa de algún gran pecado. Como las personas que Pablo encontró en Malta, quienes al principio pensaron que debía ser un asesino por la mordedura de la víbora (Hechos 28:4), razonaron que uno de ellos debía ser culpable de un crimen grave, como asesinato, sacrilegio o perjurio. Hasta la razón natural enseña que los juicios extraordinarios suelen señalar pecados y pecadores extraordinarios.

Cualquiera que sea el mal que nos sobrevenga, debemos reconocer que existe una razón para ello. O hemos hecho algo malo, o de otro modo esta aflicción no habría venido sobre nosotros. Hay una causa para el conflicto de Dios con nosotros. Por eso los marineros decidieron echar suertes para descubrir quién había provocado la tormenta. «Echemos suertes», dijeron, «para saber por causa de quién nos ha sobrevenido este mal». No comenzaron por sospechar de sí mismos ni dijeron: «¿Acaso soy yo, Señor?». En lugar de eso, se miraron unos a otros y quisieron identificar al culpable.

Cuando llega la aflicción, es bueno saber por qué ha venido, para que pueda corregirse lo que está mal y quitarse la angustia. Para eso debemos mirar al cielo y orar: «Señor, muéstrame por qué contiendes conmigo. Enséñame lo que no alcanzo a ver». Los marineros querían encontrar al hombre que era como un peso muerto en el barco, al culpable que amenazaba la vida de todos. Esto no solo sería útil, sino también justo. Por eso echaron suertes, apelando al juicio de Dios, pues él ve todos los corazones y nada se le oculta.

Ellos estuvieron de acuerdo en aceptar su decisión y considerar verdadero el resultado de la suerte, porque sabían —como también enseña la Escritura— que «la suerte se echa en el regazo, pero toda decisión proviene del SEÑOR» (Proverbios 16:33). Incluso los paganos consideraban que echar suertes era algo sagrado, que debía hacerse con seriedad y no como un juego. Es una vergüenza que los cristianos no muestren el mismo respeto cuando apelan a la providencia de Dios.

La suerte cayó sobre Jonás. Él podría haberles evitado aquel problema si hubiera confesado lo que su conciencia ya le decía: «Tú eres el hombre». Pero, como suele suceder con los culpables, no confesó hasta que ya no pudo hacer otra cosa. La suerte señaló a Jonás. Quizá otros en el barco eran mayores pecadores en algunos aspectos, pero Jonás era el hombre que la tormenta perseguía. Era hijo y siervo de Dios, y Dios disciplina a los suyos cuando se desvían, mientras deja a otros bajo el juicio de la ley. La tormenta fue enviada contra Jonás porque Dios tenía una obra para él, y fue enviada para hacerlo volver a ella.

Dios tiene muchas maneras de sacar a la luz los pecados y pecadores ocultos, y de exponer la necedad de quienes pensaban que lo que hacían estaba encubierto para todos los demás. La mano derecha de Dios encontrará a todos los que lo abandonan y a todos los que conspiran contra él, aunque huyan hasta el mar más lejano o bajen hasta la parte más profunda del barco.

Entonces llevaron a Jonás ante el capitán y los marineros para interrogarlo. Él era un extraño para ellos, y ninguno podía decir que ya lo conocía o que tenía algo contra él. Por eso tuvieron que obtener una confesión de sus propios labios y juzgarlo por sus propias palabras. No fue necesario torturarlo, porque el temor al naufragio bastaba para hacerlo decir la verdad. Aunque la suerte había mostrado que él era la causa del peligro en que se encontraban, no lo atacaron desenfrenadamente, como quizá se habría esperado. Más bien, le preguntaron con calma y gentileza acerca de su situación.

Cuando se descubre y se demuestra la culpa de alguien, debemos mostrarle la bondad que corresponde. Ellos no usaron palabras duras. Simplemente le dijeron: «Te rogamos que nos expliques qué significa esto». Le hicieron dos preguntas. Primero, querían saber si admitiría que él era realmente la causa por la que había venido la tormenta, tal como lo había indicado la suerte: «Dinos por causa de quién nos ha sobrevenido este mal. ¿De verdad es por ti? Y, si es así, ¿por qué razón? ¿Qué ofensa has cometido para encontrarte en semejante problema?». Tal vez la actitud seria y correcta de Jonás les hizo preguntarse si la suerte se había equivocado. Por eso no quisieron depender de ella a menos que él mismo confesara. Lo exhortaron a aclarar el asunto.

Si queremos encontrar la causa de nuestras dificultades, no debemos detenernos en el primer pensamiento que nos venga. Tenemos que seguir buscando, examinar los detalles y hacer una investigación cuidadosa. En segundo lugar, le preguntaron quién era, tanto por su oficio como por su país. Comenzaron por su trabajo: «¿Cuál es tu ocupación?». Era una pregunta apropiada para hacérsela a un hombre que iba de un lugar a otro.

Tal vez sospechaban que el oficio de Jonás podía traerles problemas: «¿Eres adivino, hechicero o alguien que practica artes oscuras? ¿Has estado haciendo conjuros para provocar este viento? ¿O adónde vas ahora? ¿Te sucede algo parecido a lo que le ocurrió a Balaam, que intentó maldecir al pueblo de Dios? ¿Acaso este viento fue enviado para detenerte?».

Después le preguntaron por su país. Uno dijo: «¿De dónde vienes?». Otro no esperó la respuesta y preguntó: «¿Cuál es tu país?». Un tercero hizo la misma pregunta con otras palabras: «¿De qué pueblo eres?». Tal vez querían decir: «¿Eres de los caldeos, conocidos por sus adivinaciones, o de los árabes, conocidos por sus robos?». Querían conocer su tierra de origen para deducir qué dios adoraba su pueblo y si ese dios podría ayudarlos en medio de la tormenta.

Jonás les respondió completamente. Cuando le preguntaron por su país, les dijo que era hebreo (Jonás 1:9), no solo israelita por nacimiento, sino también alguien que pertenecía a la fe recibida de sus antepasados. Era hebreo, y eso hacía que su culpa fuera aún más vergonzosa, porque los pecados de quienes profesan una religión y disfrutan de privilegios especiales son más graves que los pecados de otros.

Cuando le preguntaron por su trabajo, Jonás respondió hablando de su religión, porque esa era su verdadera vocación y ocupación. «Temo al SEÑOR Jehová», dijo; es decir, al Dios que adora y al que ora, al Dios del cielo, el Señor soberano sobre todo, quien hizo el mar y la tierra seca y gobierna sobre ambos. Él no era un dios limitado a una región, como los dioses a los que los marineros habían estado clamando, sino el Dios de toda la tierra. Puesto que hizo tanto el mar como la tierra, hace con ellos todo lo que quiere.

Jonás dijo esto no solo para confesar su propia necedad al huir de ese Dios, sino también para guiar a aquellos marineros de sus muchos dioses al único Dios verdadero. Cuando estamos entre personas que no conocen a Dios, debemos procurar darlo a conocer. Podemos hacerlo estando dispuestos, cada vez que se presente la oportunidad, a reconocer nuestra relación con él y nuestra reverencia por él.

Cuando le preguntaron cuál era su crimen, Jonás admitió que huía de la presencia del SEÑOR. Estaba huyendo de su deber, y la tormenta había sido enviada para hacerlo volver. Probablemente dijo esto con tristeza y vergüenza, defendiendo a Dios y culpándose a sí mismo. También les estaba mostrando a los marineros cuán grande es Jehová, pues podía enviar una tormenta como esta para perseguir a un siervo fugitivo.

Esto hizo que los marineros sintieran mucho miedo, y con razón. Vieron que Dios estaba enojado: el mismo Dios que hizo el mar y la tierra seca. Aquella tormenta provenía de una justicia ofendida, así que tenían buenas razones para temer lo que pudiera sucederles. Los juicios enviados por un pecado específico llevan consigo un peso y un terror especiales.

También vieron que Dios estaba enojado con un hombre que lo temía y adoraba, solamente porque había huido de un deber. Eso los hizo temer por ellos mismos. Si un profeta del SEÑOR era castigado con tanta severidad por una sola ofensa, ¿qué les sucedería a ellos, con sus muchos pecados graves? Si los justos apenas se salvan y son perseguidos tan de cerca por un solo acto de desobediencia, ¿dónde quedarán el impío y el pecador? (1 Pedro 4:17-18).

Entonces le dijeron a Jonás: «¿Por qué has hecho esto? Si temes al Dios que hizo el mar y la tierra seca, ¿por qué fuiste tan necio como para pensar que podías huir de su presencia? ¡Qué insensatez!». De ese modo lo reprendieron, como Abimelec reprendió a Abraham (Génesis 20:16). Si quienes profesan la fe hacen lo malo, deben esperar que quienes no hacen esa profesión se lo señalen.

Sus palabras también podían significar: «¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué nos has puesto en este peligro?». Quienes escogen deliberadamente el pecado no saben hasta dónde pueden extenderse sus efectos dañinos ni cuánto perjuicio pueden causar.

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