Versículo destacado
Jonás 1:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Luego le preguntaron: «¿Qué haremos contigo para que el mar se calme para nosotros?». Porque el mar se agitaba y estaba tempestuoso. "
Jonás 1:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Él les respondió: «Soy hebreo y temo al SEÑOR, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra seca».
10 Entonces los hombres tuvieron muchísimo miedo y le preguntaron: «¿Por qué has hecho esto?». Porque los hombres sabían que huía de la presencia del SEÑOR, pues él se lo había contado.
11 Luego le preguntaron: «¿Qué haremos contigo para que el mar se calme para nosotros?». Porque el mar se agitaba y estaba tempestuoso.
12 Él les respondió: «Levantenme y arrójenme al mar; así el mar se calmará para ustedes, porque sé que por mi causa ha venido sobre ustedes esta gran tempestad».
13 Sin embargo, los hombres remaron con fuerza para llevar el barco a tierra, pero no pudieron, porque el mar se agitaba y estaba tempestuoso contra ellos.
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Era evidente que Jonás era el hombre cuyo pecado había provocado aquella calamidad. Pero encontrarlo no bastaba para detener la tormenta. Habían descubierto la causa, pero el mar seguía embravecido y se agitaba cada vez más (Jonás 1:11, 1:13). Si descubrimos que el pecado está detrás de nuestros problemas y aun así no nos apartamos de él, solo empeoramos las cosas.
Por eso siguieron insistiendo en el asunto. Primero, le preguntaron al propio Jonás qué debían hacer con él (Jonás 1:11): «¿Qué debemos hacer contigo para que el mar se calme para nosotros?». Vieron que Jonás era profeta del Señor, así que no querían actuar sin escucharlo. Parecía culpable, pero también parecía arrepentido; por eso no quisieron insultarlo ni tratarlo con dureza. Debemos tratar con mucha gentileza a quienes han caído en pecado y están sufriendo por causa de él.
Estaban dispuestos a perdonarle la vida si podía sugerir alguna otra manera de salvar el barco. O quizá estaban dejando claro que no había otro remedio. Le permitieron juzgar el asunto por sí mismo, y él tendría que llegar a la misma conclusión. Cuando el pecado levanta una tormenta y muestra el desagrado de Dios, debemos preguntar qué hay que hacer para que el mar se calme. Debemos orar y confiar en medio de la tormenta, y aprender la lección que Dios envió para enseñarnos. Entonces la tormenta se aquietará. Sobre todo, debemos enfrentar el pecado que la provocó: debe salir a la luz, confesarse con dolor, aborrecerse, rechazarse y abandonarse por completo.
Entonces Jonás pronunció su propia sentencia (Jonás 1:12): «Levántenme y arrójenme al mar». Él no quiso lanzarse por sí mismo, sino que se puso en manos de ellos y les dijo que solo entonces el mar se calmaría. Lo dijo con bondad, para que los marineros no sufrieran por causa de él. Como David en (1 Crónicas 21:17), estuvo dispuesto a cargar con la culpa y a no permitir que los inocentes sufrieran por ella. Ese es el lenguaje del verdadero arrepentimiento, de un cambio real que se aparta del pecado. La persona que se arrepiente de verdad no quiere que nadie más sufra por su maldad.
También lo dijo sometiéndose a la voluntad de Dios. Dios había enviado la tormenta contra él, y Jonás aceptó ese juicio. Prefería que lo arrojaran al mar antes que quedar expuesto a un juicio más severo de Dios y a la ruina eterna. Quienes son verdaderamente humillados por el pecado se someten de buena voluntad a la voluntad de Dios, aun cuando eso signifique morir. Si Jonás veía aquello como el castigo por su pecado, lo aceptó y reconoció que Dios era justo al castigarlo. Poco importa lo que le suceda al cuerpo, con tal de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5).
Explicó claramente la razón: «Yo sé que esta gran tormenta ha venido sobre ustedes por causa mía». Jonás estaba dispuesto a asumir toda la culpa y a considerar aquel problema como responsabilidad exclusiva de él. En efecto, estaba diciendo: «La tormenta ha venido sobre ustedes por mi causa, porque he pecado. Arrójenme al mar; lo merezco. Me he apartado perversamente de mi Dios, y por eso su enojo también ha venido sobre ustedes. No soy digno de respirar el aire que los vientos han agitado por causa mía ni de permanecer en el barco que se sacude por mi culpa. Arrójenme al mar, después de haber arrojado la carga. Ahogarme todavía sería un castigo demasiado pequeño para una ofensa tan grave».
También comprendió que no había otra manera de que el mar se calmara. Si él había provocado la tormenta, arrojar la carga por la borda no la resolvería. Tenían que arrojarlo a él al mar. Cuando la conciencia despierta y se levanta una tormenta interior, nada la calmará excepto apartar el pecado que la provocó. Lo que aquieta la conciencia no es renunciar al dinero. Lo que debe arrojarse por la borda es el Jonás: el pecado mismo. En esto, Jonás señala a Cristo, quien entregó su vida como rescate por muchos. Sin embargo, hay una diferencia importante: Jonás se entregó a una tormenta que él mismo había provocado, mientras que Cristo se entregó a la tormenta que nosotros habíamos provocado. Aun así, así como Jonás se dejó arrojar al mar para que las aguas se calmaran, nuestro Señor Jesús se entregó a la muerte para que nosotros pudiéramos vivir.
Los pobres marineros hicieron todo lo posible para evitar tener que arrojar a Jonás al mar (Jonás 1:13). Remaron con todas sus fuerzas para llegar a tierra, con la esperanza de que, si tenían que separarse de Jonás, al menos pudieran dejarlo a salvo en la costa. Pero no pudieron. Sus esfuerzos fueron inútiles, porque el mar se embravecía cada vez más y no lograban llegar a tierra. Si por momentos parecían acercarse, enseguida eran empujados mar adentro. El barco seguía demasiado cargado, y arrojar la carga no sirvió de nada mientras Jonás permaneciera a bordo. Además, remaban contra el viento y la corriente, contra el juicio y el propósito de Dios. Es inútil luchar contra Dios o pensar que podemos salvarnos sin renunciar a nuestros pecados.
Esto muestra cuánto se resistían los marineros a ejecutar la sentencia que Jonás había pronunciado contra sí mismo, aunque sabían que la tormenta había llegado por causa de él. En parte dudaban porque temían la culpa de derramar sangre. También sentían compasión por Jonás, pues parecía ser un buen hombre, un hombre en problemas y un hombre que hablaba con honestidad. Cuanto más se humilla una persona pecadora, se juzga a sí misma y reconoce su propia condena, más probable es que reciba misericordia tanto de Dios como de las personas. Cuanto más dispuesto estaba Jonás a decir: «Arrójenme al mar», más reacios estaban ellos a hacerlo.
Cuando finalmente comprendieron que tenían que arrojar a Jonás al mar, primero oraron para que la culpa por su sangre no recayera sobre ellos (Jonás 1:14). Al fracasar sus esfuerzos de remar, dejaron los remos y recurrieron a la oración. Clamaron al Señor, a Jehová, el Dios verdadero y viviente, en vez de a los muchos dioses falsos a los que habían invocado antes (Jonás 1:5). Oraron al Dios de Israel, convencidos ahora por la manera en que Dios había tratado a Jonás y por las propias palabras de Jonás de que solo él es Dios.
Después de decidir arrojar a Jonás al mar, los marineros presentaron primero una protesta ante el cielo. Dijeron que no lo hacían voluntariamente, y mucho menos por malicia o venganza, pues aquella tormenta había venido sobre ellos por causa de Jonás. En efecto, estaban diciendo: «Que su Dios lo perdone, así como nosotros lo perdonamos». Pero se veían obligados a hacerlo en defensa propia, sin otra manera de salvar sus propias vidas, y entendían que estaban ejecutando la justicia, ya que, en cierto sentido, tanto Dios como Jonás habían llevado aquella muerte sobre él.
Luego presentaron una súplica humilde al Dios que Jonás temía, pidiéndole que no perecieran por causa de la vida de Jonás. Aquí vemos cuánto temían la culpa de sangre, especialmente la sangre de un hombre que temía a Dios y lo adoraba. Aunque Jonás había fallado en un asunto importante, ellos todavía podían reconocer que era un hombre de Dios. La conciencia natural hace que las personas teman la culpa de sangre y las impulse a orar con fervor, como David pidió ser librado de ella (Salmo 51:14). Por eso clamaron: «Te rogamos, Señor, no nos culpes por la sangre inocente».
Ahora estaban tan ansiosos por ser salvados del peligro del pecado como antes lo habían estado por ser salvados del peligro del mar. Consideraban que Jonás no era un hombre común, sino un hombre muy bueno, adorador del gran Creador del cielo y de la tierra. Por eso, incluso estos marineros rudos sentían respeto por él y temblaban ante la idea de quitarle la vida. La sangre inocente es preciosa, pero la sangre de los santos y de los profetas es aún más preciosa. Quienes se hacen culpables de algo así descubrirán después el alto costo de su culpa. Los marineros veían a Jonás bajo el juicio de Dios, pero aun así no querían convertirse en sus ejecutores.
También temían atraer sobre sí la ira de Dios. Les preocupaba que, si mataban a Jonás, Dios se enojara con ellos, pues había dicho: «No toquen a mis ungidos ni hagan daño a mis profetas». Por eso oraron: «Señor, no permitas que perezcamos por causa de la vida de este hombre. No conviertas esto en una decisión mortal para nosotros. Vemos que pereceremos si lo dejamos con vida; por favor, no permitas que perezcamos por quitarle la vida». Su súplica era correcta, porque Dios había dispuesto todo aquello. El viento que perseguía a Jonás y la suerte que lo había señalado estaban bajo la dirección de Dios. Ellos sentían que solo eran instrumentos de la providencia y que estaban haciendo aquello contra su propia voluntad. Aun así, tuvieron que decir: «Que se haga la voluntad del Señor».
Cuando Dios nos guía claramente a hacer algo que va en contra de nuestros deseos y planes, puede consolarnos decir: «Señor, tú has hecho lo que te agradó». Y si Dios se complace, nosotros también debemos estar satisfechos, aunque no lo estemos naturalmente. Después de pedirle a Dios que los librara de la culpa, llevaron a cabo la sentencia: levantaron a Jonás y lo arrojaron al mar. Lo echaron fuera del barco, fuera de su compañía y en medio de las aguas embravecidas, que parecían clamar: «Entreguen al traidor, o no esperen paz».
Solo podemos imaginar el temor y la confusión de Jonás al verse a punto de ser llevado a la presencia del Dios de quien huía como su Señor. Quienes huyen de Dios no saben hacia qué ruina se dirigen. «¡Ay de ellos!», dice Dios, «porque huyeron de mí». Cuando el pecado es el Jonás que agita la tormenta, hay que arrojarlo al mar. Debemos renunciar a él y destruirlo, porque de lo contrario él nos destruirá a nosotros. Si de verdad arrojamos nuestros pecados al mar mediante el arrepentimiento y una vida transformada, sin volver a ellos, Dios también, en su misericordia perdonadora, echará nuestros pecados a las profundidades del mar (Miqueas 7:19).
En el momento en que arrojaron a Jonás por la borda, la tormenta se detuvo. El mar había recibido aquello por lo que se había levantado, y entonces se calmó. Esto muestra el poder soberano de Dios, porque puede convertir rápidamente una tormenta en paz. También muestra la justicia de su gobierno, porque una vez que la aflicción ha cumplido su propósito, él la retira de inmediato. No seguirá contendiendo para siempre. No continuará cuando nos sometemos y abandonamos la causa de nuestra rebelión. Si nos apartamos de nuestros pecados, él pronto apartará su ira de nosotros.
Este rescate confirmó aún más firmemente a los marineros en su creencia de que el Dios de Jonás era el único Dios verdadero. Llegaron a temer mucho al Señor y resolvieron adorarlo solo a él desde entonces, porque ningún otro dios puede destruir y salvar de esta manera. Habían visto el poder de Dios al levantar y calmar la tormenta, su justicia hacia Jonás, su siervo, y su bondad al librarlos de la ruina. Por eso temieron al Señor, como dice Jeremías que deben hacerlo las personas cuando ven su gran poder (Jeremías 5:22). Como prueba de ese temor, le ofrecieron sacrificios cuando más tarde llegaron a tierra en la tierra de Israel, y por el momento hicieron votos de hacerlo, dando gracias por haber sido librados y buscando expiación —es decir, limpieza y perdón— para sus almas. O quizá ya llevaban a bordo algo que podía ofrecerse de inmediato. También es posible que esto se refiera a los sacrificios espirituales de la oración y la alabanza, que agradan más a Dios que un buey o un toro con cuernos y pezuñas. Debemos hacer votos no solo cuando pedimos misericordia, sino aún más generosamente cuando la hemos recibido, mientras seguimos considerando qué podemos devolverle.
Después de todo, la vida de Jonás fue salvada por un milagro, y volveremos a saber de él. En medio del juicio, Dios se acordó de la misericordia. Jonás estaría más asustado que lastimado y sería corregido más que castigado, para que regresara a cumplir con su deber. Aunque huyó de la presencia del Señor y pareció caer en las manos del juicio de Dios, Dios todavía tenía trabajo para él. Por eso preparó un gran pez para que se tragara a Jonás (Jonás 1:17). Nuestro Salvador lo llamó una ballena (Mateo 12:40), una de las especies más grandes, con una garganta más ancha que la de muchas otras. La Escritura señala especialmente que Dios creó las grandes ballenas (Génesis 1:21) y al leviatán para que jugara en las aguas (Salmo 104:26).
Pero Dios encontró un propósito para esta gran criatura marina. La había preparado o, como dice el hebreo, la había designado para recibir a Jonás y después entregarlo a salvo. Esto muestra que Dios gobierna sobre todas las criaturas y puede hacer que cualquiera de ellas sirva a sus propósitos misericordiosos para su pueblo, incluso los peces del mar, que están fuera del control humano, y las grandes ballenas, que se encuentran completamente fuera del dominio de las personas.
Este pez estaba listo bajo el agua, cerca del barco. Impidió que Jonás se hundiera hasta el fondo y le salvó la vida, aunque merecía morir. Detengámonos y contemplemos esta salvación del Señor, admirando su poder, porque pudo salvar de esta manera a un hombre que se estaba ahogando, y su compasión, porque quiso salvar a un hombre que huía de él y lo había ofendido. Fue por las misericordias del Señor que Jonás no fue consumido.
El pez se tragó a Jonás, no para destruirlo, sino para protegerlo. De una manera extraña, aquello que parecía devorarlo se convirtió en el medio para salvarlo. Jonás estuvo vivo y en buenas condiciones dentro del vientre del pez durante tres días y tres noches; no fue quemado por el calor del animal ni se asfixió por falta de aire. La naturaleza jamás podría hacer algo así, pero el Dios de la naturaleza puede hacer todas las cosas.
Mediante este rescate milagroso, Jonás llegaría a ser tres cosas. Primero, se convirtió en una señal de la misericordia de Dios, para animar a quienes han pecado y se han alejado de Dios a regresar y arrepentirse. Segundo, sería un predicador eficaz para Nínive, y este milagro de su rescate, si la gente de Nínive llegaba a enterarse de él, ayudaría a respaldar su mensaje. Tercero, era una imagen clara de Cristo, quien fue sepultado y resucitó conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:4), tal como esta Escritura lo había anunciado: así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, el Hijo del Hombre estaría tres días y tres noches en el corazón de la tierra (Mateo 12:40).
El sepulcro de Jonás era una imagen del sepulcro de Cristo. Dios preparó la tumba de Jonás, tal como había preparado la de Cristo, mucho antes de que se determinara que haría su sepultura con los ricos (Isaías 53:9). ¿Fue inusual y nueva la tumba de Jonás? También lo fue la de Cristo: un sepulcro en el que nunca habían puesto a nadie. ¿Permaneció Jonás allí casi tres días y tres noches? Así también Cristo. Pero ambos fueron guardados allí para volver a levantarse, a fin de que el mensaje del arrepentimiento llegara al mundo gentil. Vengan a ver el lugar donde yació el Señor.
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De este capítulo
Jonás 1:1
"La palabra del SEÑOR vino a Jonás hijo de Amitai, diciendo:"
Jonás 1:2
"«Levántate, ve a Nínive, esa gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha subido ante mí»."
Jonás 1:3
"Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR. Bajó a Jope y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y bajó a él para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR."
Jonás 1:4
"Pero el SEÑOR lanzó un fuerte viento sobre el mar, y se levantó una gran tempestad en el mar, de modo que el barco estaba a punto de hacerse pedazos."
Jonás 1:5
"Entonces los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamó a su dios. Arrojaron al mar la carga que estaba en el barco para aligerarlo. Pero Jonás había bajado a la parte más profunda del barco; se había acostado y dormía profundamente."
Jonás 1:6
"El capitán del barco se acercó a él y le dijo: «¿Qué haces, dormilón? Levántate y clama a tu Dios. Quizá Dios piense en nosotros para que no perezcamos»."
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