Versículo destacado
Juan 9:13 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego. "
Juan 9:13
¿Qué significa Juan 9:13?
Juan 9:13 muestra que quienes habían visto el milagro llevaron al hombre sanado ante los fariseos, líderes religiosos judíos. Esto inicia el interrogatorio sobre Jesús y revela cómo algunos buscaban juzgar el milagro en vez de reconocer la obra de Dios. En situaciones donde una experiencia de fe provoca oposición, el pasaje anima a mantenerse firme en la verdad.
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El versículo en contexto
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11 Él respondió: Un hombre llamado Jesús hizo barro, me untó los ojos y me dijo: Ve al estanque de Siloé y lávate. Yo fui, me lavé y recibí la vista.
12 Entonces le preguntaron: ¿Dónde está él? Él respondió: No lo sé.
13 Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego.
14 Era sábado cuando Jesús hizo el barro y le abrió los ojos.
15 Entonces los fariseos también volvieron a preguntarle cómo había recibido la vista. Él les dijo: Puso barro sobre mis ojos, me lavé y veo.
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Uno esperaría que un milagro así hubiera confirmado la reputación de Cristo, silenciado la oposición y avergonzado a sus enemigos. Sin embargo, ocurrió lo contrario. En vez de recibirlo como profeta, lo trataron como a un criminal.
Este fue el informe que presentaron a los fariseos: llevaron ante ellos al hombre que antes había sido ciego (Juan 9:13). Lo llevaron ante el gran Sanedrín, el consejo gobernante judío, que estaba compuesto en su mayoría por fariseos. Los fariseos que formaban parte de ese consejo se oponían especialmente a Cristo.
Algunos piensan que quienes llevaron al hombre actuaron con una buena intención. Querían mostrarles a los fariseos que Jesús, a quien ellos perseguían, era verdaderamente un gran hombre y daba pruebas claras de una misión divina. Todo aquello que nos haya convencido de la verdad y el valor de la fe, y que haya quitado nuestros prejuicios contra ella, debemos estar dispuestos a compartirlo con otros cuando tengamos la oportunidad.
Pero parece más probable que lo llevaran con una mala intención, esperando provocar aún más a los fariseos contra Cristo. Aunque eso casi no era necesario, porque los fariseos ya estaban suficientemente llenos de amargura por sí mismos. Lo llevaron con la misma actitud de advertencia que aparece en Juan 11:47-48: «Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él». Los gobernantes con un espíritu perseguidor nunca carecerán de malos ayudantes a su alrededor: personas que avivan el fuego y empeoran las cosas.
La acusación que fingían presentar era la siguiente, y esa era la excusa que usaban. Con frecuencia se ataca lo bueno haciéndolo parecer malo. En este caso, el supuesto delito era que Jesús había hecho lodo y abierto los ojos del hombre en sábado (Juan 9:14). Quebrantar el sábado ciertamente es pecado y da muy mala reputación. Pero las tradiciones judías habían convertido muchas cosas en violaciones del sábado que estaban muy lejos de quebrantar la ley de Dios.
Este asunto surgió muchas veces entre Cristo y los judíos, y eso fue para beneficio de la iglesia en todas las épocas. Alguien podría preguntar por qué Cristo no solo hacía milagros en sábado, sino que los realizaba de una manera que sabía que ofendería a los judíos. Cuando sanó al hombre que no podía caminar, ¿por qué le dijo que cargara su camilla? ¿Por qué no sanó a este ciego sin hacer lodo?
Hay varias respuestas. En primer lugar, Cristo no quería dar la impresión de someterse a la falsa autoridad de los escribas y los fariseos. Sus reglas eran ilegales, sus exigencias eran arbitrarias y su celo por las ceremonias había desplazado los asuntos más importantes de la religión. Por eso Cristo no cedió ante ellos, ni siquiera por un momento. Él estaba sujeto a la ley de Dios, pero no a las reglas creadas por los hombres.
En segundo lugar, hizo esto para explicar el cuarto mandamiento, que ordena guardar el sábado, y para defenderlo de las ideas equivocadas de ellos. Al hacerlo, enseñó que el sábado semanal debía permanecer en la iglesia: un día de cada siete. Si ese mandamiento estuviera a punto de ser eliminado, no habría necesidad de explicarlo con tanto cuidado. También enseñó que no debemos guardarlo de la misma manera ceremonial en que lo hacían los judíos. Las obras de necesidad y misericordia están permitidas, y el descanso del sábado no se guarda como un fin en sí mismo, sino para servir al propósito del trabajo propio de ese día.
En tercer lugar, Cristo decidió realizar sus sanidades en sábado para honrar y apartar ese día. También mostró que la sanidad espiritual debe ocurrir de manera especial en el sábado cristiano. ¡Cuántos ojos ciegos ha abierto el evangelio, ese bendito colirio, en el día del Señor! ¡Cuántas almas indefensas han sido sanadas en ese día!
Entonces los fariseos examinaron el asunto (Juan 9:15). Aquí se manifiestan tanta ira, prejuicio y mal carácter, y tan poco razonamiento, que todo el intercambio se convierte en una serie de preguntas hostiles. Uno pensaría que, al llevar ante ellos a un hombre así, estarían tan impresionados por el milagro y por la alegría del pobre hombre que no podrían tratarlo con rudeza. Pero su odio contra Cristo les había quitado la humanidad e incluso el sentido de la religión.
Primero lo interrogaron acerca de la sanidad. Dudaban de que realmente hubiera nacido ciego y pidieron pruebas de algo que incluso los acusadores ya habían admitido (Juan 9:18). No lo creían; es decir, se negaban a creerlo. Las personas que quieren discutir contra una verdad evidente siempre pueden encontrar alguna manera de hacerlo si están decididas, y quienes eligen la mentira nunca carecerán de algo a lo que aferrarse. Esto no fue una investigación cuidadosa, sino una incredulidad obstinada.
Aun así, dieron un paso útil al comprobar el asunto y llamar a los padres del hombre. Esperaban demostrar que el milagro no había ocurrido. Los padres eran pobres y tenían miedo, y si hubieran dicho que no estaban seguros de que aquel fuera su hijo, o que solo había tenido una leve debilidad en la vista, o si hubieran distorsionado los hechos por temor al tribunal, los fariseos podrían haber triunfado. Entonces habrían podido quitarle a Cristo el honor de ese milagro, lo cual habría debilitado la confianza en los demás.
Pero Dios gobernó sobre el plan de ellos y lo convirtió en una prueba aún más contundente del milagro. Al final, tuvieron que convencerse o quedar avergonzados.
En esta parte del interrogatorio vemos, primero, las preguntas que les hicieron a los padres (Juan 9:19). Las formularon de una manera áspera y amenazante: «¿Este es su hijo? ¿Se atreven a afirmarlo bajo juramento? ¿Dicen que nació ciego? ¿Están seguros? ¿O solo fingía para poder pedir limosna? Entonces, ¿cómo es que ahora ve? Eso es imposible, así que será mejor que cambien su versión». Quienes no soportan la luz de la verdad hacen todo lo posible por ocultarla e impedir que sea descubierta.
Así, los encargados de examinar las pruebas —o mejor dicho, quienes las manejaban mal— apartaron a los testigos de la verdad y les enseñaron a ocultar o cambiar lo que sabían. Al hacerlo, añadieron culpa sobre culpa, como Jeroboam, quien pecó y llevó a Israel a pecar.
En segundo lugar, vemos la respuesta de los padres. Dieron un testimonio claro sobre lo que podían afirmar con seguridad: con seguridad porque hablaban de algo que conocían personalmente, y con seguridad también porque no querían meterse en problemas legales (Juan 9:20). «Sabemos que este es nuestro hijo», dijeron, porque lo conocían bien y convivían diariamente con él. «Y sabemos que nació ciego». Tenían toda razón para saberlo, porque esa situación les había causado muchos pensamientos dolorosos y muchas horas difíciles llenas de ansiedad por él.
Cuántas veces debieron mirarlo con tristeza, lamentando la ceguera de su hijo más que todas las cargas de su pobreza. Tal vez incluso habían deseado que nunca hubiera nacido, antes que verlo vivir una vida tan infeliz. Quienes sienten vergüenza de sus hijos o de cualquier familiar debido a una debilidad física deberían escuchar la reprensión que dan estos padres, quienes declararon abiertamente: «Este es nuestro hijo», aunque había nacido ciego y vivía de pedir limosna.
En segundo lugar, evitaron cuidadosamente dar detalles sobre cómo había sido sanado. Una razón era que no habían visto el milagro con sus propios ojos, así que no podían hablar basándose en un conocimiento directo. Otra era que se daban cuenta de que era un tema peligroso y no querían verse involucrados en él. Por eso, después de admitir que era su hijo y que había nacido ciego, no dijeron nada más.
Observemos con qué cautela hablaron (Juan 9:21): «No sabemos cómo ve ahora, ni sabemos quién le abrió los ojos». Eso era solamente lo que habían oído de otros. No podían explicar cómo había sucedido ni quién lo había hecho. Esto muestra cómo la sabiduría mundana enseña a las personas a escoger cuidadosamente sus palabras cuando el asunto es delicado. Cristo estaba siendo acusado de quebrantar el sábado y de ser un impostor. Estos padres no habían presenciado la sanidad, pero estaban completamente convencidos de que había ocurrido, y la gratitud debió haberlos impulsado a dar testimonio a favor del Señor Jesús, quien había mostrado tanta bondad hacia su hijo. Sin embargo, les faltó valor para hacerlo.
Tal vez pensaron que era suficiente con no hablar en contra de él. Pero cuando una persona está siendo juzgada, si no se pone claramente del lado de Cristo, con razón se considera que está en su contra (Lucas 11:23; Marcos 8:38). Para evitar que siguieran presionándolos, dirigieron al tribunal hacia su hijo: «Ya es mayor de edad; pregúntenle a él. Él hablará por sí mismo». Esto muestra que, mientras los hijos son pequeños y no pueden hablar por sí mismos, los padres deben hablar por ellos, orar a Dios por ellos y presentarlos a la iglesia en el bautismo. Pero cuando los hijos han crecido, es correcto preguntarles si respaldarán lo que sus padres hicieron por ellos y permitirles hablar por sí mismos.
Este hombre, aunque había nacido ciego, parece haber tenido una mente aguda, más que muchas otras personas. Eso le ayudó a responder por sí mismo mejor de lo que sus padres habrían podido hacerlo. De esta manera, Dios suele suplir en la mente lo que falta en el cuerpo (1 Corintios 12:23-24). Sus padres le dejaron principalmente el asunto a él para evitarse problemas y, al hacerlo, lo dejaron enfrentar solo el peligro. Pero, como habían recibido una parte tan grande de la misericordia de Dios, tenían buenas razones para correr el riesgo junto con él, por honra a Jesús, quien había hecho tanto por ellos.
Veamos ahora por qué fueron tan cuidadosos (Juan 9:22, Juan 9:23). Tenían miedo de los judíos. No se hicieron a un lado porque quisieran honrar a su hijo permitiendo que él se defendiera, ni porque quisieran que el asunto fuera presentado por el mejor testigo. Se hicieron a un lado porque querían alejar de sí mismos los problemas, como suele hacer la mayoría de la gente, sin importar quién tenga que cargar con ellos. Puede que mi amigo sea cercano, que mi hijo sea cercano y que quizá mi religión también sea cercana, pero yo soy la persona más cercana a mí mismo. El cristianismo enseña una lección diferente (1 Corintios 10:24; Ester 8:6).
Veamos, en primer lugar, la nueva ley que había establecido el Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos. Habían acordado que, si alguien bajo su autoridad reconocía que Jesús era el Cristo, el Mesías prometido, sería expulsado de la sinagoga. Observemos cuál era el delito que pretendían castigar y evitar: confesar que Jesús de Nazaret era el Mesías mediante cualquier acto público. Ellos mismos esperaban al Mesías, pero no podían soportar la idea de que este Jesús fuera aquel que esperaban. Ni siquiera estaban dispuestos a considerar la cuestión con justicia por dos razones.
En primer lugar, las enseñanzas de Jesús estaban en contra de sus tradiciones. La adoración espiritual que él enseñaba dejaba sin efecto sus formas vacías. Nada se oponía con mayor fuerza a su espíritu estrecho que el amor amplio que él mandaba. Sus enseñanzas sobre la humildad, el arrepentimiento, la negación propia y la disciplina personal eran nuevas para ellos, y les parecían duras y extrañas.
En segundo lugar, las promesas de Jesús y su vida pública estaban en contra de sus expectativas. Ellos esperaban un Mesías con esplendor externo, alguien que liberara a la nación de Roma y elevara al Sanedrín. Querían que sus miembros se convirtieran en príncipes y nobles. Pero oían hablar de un Mesías que había venido con humildad, cuya primera aparición y principal lugar de residencia estaban en Galilea, una provincia que despreciaban. Él nunca buscó su aprobación ni trató de ganarse su favor. Sus seguidores no eran soldados, abogados ni hombres de alta posición, sino sencillos pescadores. No ofrecía otra salvación que la del pecado, ni otro consuelo para Israel que el espiritual y proveniente de Dios. Al mismo tiempo, les decía a sus seguidores que esperaran la cruz y contaran con la persecución. Todo esto ofendía las ideas que ellos habían formado y enseñado al pueblo. También amenazaba su poder y frustraba sus esperanzas, por lo que jamás lo aceptarían ni siquiera lo escucharían con paciencia. Fuera correcto o incorrecto, había que destruirlo.
En segundo lugar, veamos el castigo que habían planeado para ese delito. Si alguien se declaraba discípulo de Jesús, sería tratado como alguien que había abandonado la fe judía y se había rebelado contra su autoridad. Sería expulsado de la sinagoga, privado del honor y los privilegios de su comunidad religiosa y excluido de la comunidad de Israel. No se trataba simplemente de una sanción religiosa que una persona pudiera ignorar si no respetaba la autoridad de ellos. En la práctica, era algo parecido a ser declarado fuera de la ley. Dejaba a la persona fuera de la vida cotidiana y le quitaba su posición civil y sus derechos sobre sus bienes.
Así que, en primer lugar, la santa religión de Cristo ha sido rechazada desde el principio por medio de leyes hechas contra sus seguidores, como si las personas fueran a abrazarla naturalmente de no ser por esas leyes. Muchas veces se ha usado una fuerza tan antinatural para hacerlos retroceder. En segundo lugar, cuando el poder religioso ha caído en manos corruptas, sus armas a menudo se han vuelto contra la misma iglesia. Se han usado sanciones religiosas para servir intereses públicos egoístas. No es algo nuevo que sean expulsados de la sinagoga quienes en realidad eran su mayor honra y bendición, mientras quienes los expulsan dicen: «Que el Señor sea glorificado» (Isaías 66:5).
Acerca de este decreto se dice, en primer lugar, que los judíos se habían puesto de acuerdo, o habían conspirado juntos. Su consejo y acuerdo constituían una conspiración completa contra la honra del Redentor, contra el Señor y su Ungido. En segundo lugar, ya habían tomado esa decisión.
Aunque Jesús solo llevaba unos cuantos meses de actividad pública entre ellos, ya sentían celos de él. Uno pensaría que necesitarían más tiempo, pero rápidamente vieron que su influencia estaba creciendo y acordaron hacer todo lo posible para detenerla. Jesús acababa de escapar del templo y, cuando descubrieron que no podían apoderarse de él, tomaron esta nueva medida: harían peligroso que alguien reconociera que le pertenecía. Los enemigos de la iglesia suelen estar unidos y actuar con rapidez, pero el que está sentado en el cielo se ríe de ellos y se burla de ellos; nosotros también podemos hacerlo.
Esta ley también afectaba a los padres del hombre ciego. Se negaron a decir algo sobre Cristo y dejaron el asunto en manos de su hijo porque tenían miedo de los judíos. Cristo había arriesgado la ira de los líderes para hacerle bien a su hijo, pero ellos no quisieron arriesgarse a esa ira para honrarlo. El temor al hombre tiende una trampa (Proverbios 29:25) y con frecuencia lleva a las personas a negar a Cristo, su verdad y sus caminos, incluso contra su propia conciencia. Así que los padres ya se habían deslindado del asunto y ya no eran necesarios. Ahora el interrogatorio pasa al hombre mismo.
Los fariseos ya no estaban seguros de que realmente hubiera nacido ciego, y el testimonio de sus padres resolvió esa cuestión. Entonces se concentraron en la manera en que había sido sanado y comenzaron a cuestionarla y criticarla (Juan 9:15, Juan 9:16). Le hicieron la misma pregunta que le habían hecho sus vecinos: cómo había recobrado la vista. No preguntaban porque quisieran conocer la verdad por sí misma, sino porque esperaban encontrar algo contra Cristo. Si el hombre daba un relato completo, podrían acusar a Cristo de quebrantar el sábado. Si daba una respuesta diferente, podrían usarla como razón para poner en duda toda la historia.
El hombre dio, en esencia, la misma respuesta que antes: «Puso lodo sobre mis ojos, me lavé y ahora veo». No menciona cómo se hizo el lodo, porque él mismo no había visto esa parte. Ese detalle no era necesario y les habría dado a los fariseos otra razón para atacar a Cristo, así que lo omite. Antes había dicho: «Me lavé y recobré la vista», pero ahora dice: «Veo», para mostrar que no se trataba de una impresión momentánea ni de una suposición causada por la emoción. Había sido una sanidad completa y permanente.
Los comentarios que hicieron sobre el milagro fueron muy diferentes, y el consejo se dividió por causa de ello (Juan 9:16). Algunos aprovecharon la oportunidad para condenar a Cristo: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». El principio detrás de esta afirmación es suficientemente cierto. Quienes verdaderamente vienen de Dios obedecerán sus mandamientos, y eso incluye honrar el sábado. Las personas que pertenecen a Dios mantienen comunión con él, se deleitan en escucharlo y hablar con él y, por eso, valorarán el sábado, apartado para encontrarse con el cielo. El sábado es llamado una señal porque honrarlo muestra un corazón santificado, es decir, santo, mientras que profanarlo muestra un corazón impío.
Pero la manera en que aplicaron ese principio a Jesús fue injusta. Él sí guardaba el sábado de una manera piadosa y nunca lo quebrantó realmente. No seguía las tradiciones de los ancianos ni las reglas adicionales de los fariseos, pero sí obedecía el mandamiento de Dios; por eso, ciertamente venía de Dios. Sus milagros también demostraban que él es el Señor del sábado. Muchos juicios injustos y crueles surgen de hacer la religión más estricta de lo que Dios la hizo y de añadir nuestras propias ideas a sus mandamientos, como hicieron aquí los judíos con respecto al sábado. Podemos decidir evitar ciertas cosas en sábado porque nos distraen, y eso puede ser sabio, pero no debemos imponer esa misma rigidez a todos los demás. Lo que usamos como regla para nosotros mismos no debe convertirse automáticamente en una regla para juzgar a otros.
Otros defendieron a Jesús e hicieron una pregunta muy razonable: «¿Cómo puede un pecador hacer milagros como estos?». Incluso en aquel consejo impío había algunos que podían pensar con libertad y hablar a favor de Cristo, aun estando entre sus enemigos. El hecho era claro: este había sido un verdadero milagro, y cuanto más lo examinaban, más evidente se volvía. También les recordaba las obras anteriores de Cristo y los llevaba a hablar con admiración de señales tan grandes. La conclusión era natural: cosas como estas no podían ser hechas por un pecador, es decir, por un simple hombre actuando con su propio poder, ni por un engañador o impostor. Una persona así podría mostrar señales falsas y milagros engañosos, pero no los verdaderos milagros que Cristo realizaba. ¿Cómo podría alguien dar una prueba tan divina si no hubiera recibido una comisión divina?
Así que hubo división entre ellos, una ruptura. No estaban de acuerdo en absoluto, y la reunión terminó separándose por ese motivo. De esta manera, Dios suele frustrar los planes de sus enemigos al dividirlos. El testimonio que se vieron obligados a escuchar contra su maldad, junto con los obstáculos que enfrentaban una y otra vez, a veces hace que sus ataques contra la iglesia fracasen y siempre los deja sin excusa.
Después de preguntar acerca de la sanidad, también debemos fijarnos en que preguntaron quién la había realizado. Le preguntaron al hombre: «¿Qué dices tú de él, ya que te abrió los ojos? ¿Qué piensas del que hizo esto?» (Juan 9:17). Si hubiera hablado mal de Cristo, tratando de agradarles ahora que estaba en sus manos, como lo habían hecho sus padres, ellos se habrían alegrado. Si hubiera dicho: «No sé qué pensar de él; quizá sea un mago o alguien que hace espectáculos», habrían triunfado. Nada fortalece tanto a los enemigos de Cristo como que quienes parecían ser sus amigos hablen mal de él.
Pero si hablaba bien de Cristo, lo perseguirían bajo su nueva ley, que no perdonaba a nadie, ni siquiera al hombre que había sido sanado. Lo convertirían en un ejemplo y tratarían de atemorizar a otros para que no acudieran a Cristo en busca de sanidad. Cristo daba esas sanidades gratuitamente, pero los líderes harían que la gente pagara un precio muy alto por ellas.
O quizá los amigos de Cristo querían conocer la opinión de aquel hombre acerca de quien lo había sanado. Como parecía sensato, tal vez querían saber qué pensaba de Jesús. Quienes han recibido de Cristo la vista espiritual son los que mejor saben qué decir de él, y tienen toda razón para hablar bien de él en cualquier situación.
¿Qué pensamos de Cristo? El pobre hombre da una respuesta breve, sencilla y directa: «Es profeta». Es decir, es alguien a quien Dios envió y llenó de poder para predicar, hacer milagros y traer un mensaje divino al mundo. Habían pasado trescientos años sin que hubiera profetas entre los judíos, pero no debieron suponer que nunca habría más, pues sabían que aún tenía que venir aquel que «sellaría la visión y la profecía» (Daniel 9:24).
Parece que este hombre todavía no consideraba a Cristo como el Mesías, el gran profeta prometido, sino como uno de los otros profetas. La mujer samaritana llegó a la misma conclusión antes de pensar que Jesús podía ser el Mesías (Juan 4:19). Así que este hombre juzgó correctamente a Cristo conforme a la luz que había recibido, aunque todavía no lo comprendía plenamente. Fue fiel con lo que ya había aprendido, y Dios le reveló aún más.
Este pobre mendigo ciego tenía una comprensión más clara de las cosas relacionadas con el reino de Dios que los maestros de Israel, quienes afirmaban tener autoridad para juzgar a los profetas. Ellos respondieron a su testimonio: «Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador» (Juan 9:24). Ya habían intentado negar el milagro mismo y habían fracasado. Como no podían negar que se había realizado una obra extraordinaria, recurrieron a la burla. Intentaron debilitar la buena opinión que el hombre tenía de Jesús y convencerlo de que Cristo era un hombre malo.
Estas palabras pueden entenderse de dos maneras. Primero, podrían sonar como un consejo: no atribuyas tu sanidad a un hombre pecador, sino dale toda la gloria a Dios, quien es el único que la merece. De esta manera, usaron la preocupación por el honor de Dios para quitarle honor a Cristo. Hoy ocurre lo mismo cuando algunos se niegan a adorar a Cristo como Dios y afirman que están defendiendo la verdad de que solo hay un Dios. Sin embargo, Dios ha dicho claramente que todos deben honrar al Hijo tal como honran al Padre. Cuando confesamos que Cristo es el Señor, damos gloria a Dios Padre. Cuando Dios usa a personas pecadoras como instrumentos para hacernos bien, debemos darle a él el mérito, porque cada criatura es lo que él hace que sea. Aun así, también debemos agradecer a las personas que Dios utiliza.
Segundo, estas palabras podrían entenderse como un juramento o una orden. Algunos las interpretan así: «Nosotros sabemos, aunque tú no, que este hombre es pecador, un gran engañador que extravía al pueblo. Estamos seguros de ello; así que da gloria a Dios admitiendo el fraude que sabemos que está ocurriendo. En el nombre de Dios, hombre, di la verdad». De esta manera se ha abusado del nombre de Dios en las inquisiciones papales, cuando mediante juramentos forzados se obligaba a las personas a acusarse a sí mismas o a acusar a otros, supieran algo o no.
Observemos con qué maldad hablan del Señor Jesús: «Sabemos que este hombre es pecador». Hablan del Hijo de Dios como si fuera un hombre dominado por el pecado. Primero, vemos en esto su orgullo y arrogancia. No querían que nadie pensara que necesitaban información cuando le preguntaron al hombre qué opinaba de Jesús. Actuaban como si ya supieran con certeza que Jesús era pecador y como si nadie pudiera demostrar lo contrario. Jesús los había desafiado cara a cara a señalar algún pecado en él (Juan 8:46), y ellos no habían tenido nada que responder. Sin embargo, ahora que él no estaba presente, hablaban de él como de un criminal cuya culpa ya había sido probada.
Segundo, vemos el daño que le hicieron al Señor Jesús. Cuando se hizo hombre, tomó no solo la forma de un siervo, sino también la semejanza de un hombre pecador (Romanos 8:3). Fue tratado como si fuera pecador, igual que el resto de la humanidad. Más aún, lo hicieron pasar por el peor de los pecadores, peor que todos los demás. Sin embargo, al ser hecho pecado por nosotros, despreció aun esa vergüenza.
Entonces surgió un debate entre los fariseos y aquel pobre hombre acerca de Cristo. Ellos decían: «Es pecador». Él respondía: «Es profeta». Esto anima a todos los que se preocupan por la causa de Cristo. Muestra que esa causa nunca quedará sin testigos, aun cuando un pobre mendigo ciego sea levantado de la orilla del camino para dar testimonio de Cristo ante sus enemigos más atrevidos. También anima a quienes son llamados a testificar de Cristo, porque vemos con qué sabiduría y valor este hombre se defendió, tal como Jesús había prometido: en esa misma hora se les daría lo que debían decir.
Aunque nunca había visto a Jesús con sus ojos, había experimentado su gracia. En este intercambio entre los fariseos y aquel pobre hombre podemos notar tres cosas. Primero, se aferra con firmeza al hecho claro que ellos intentan poner en duda. Lo incierto debe resolverse a partir de lo que es evidente. Por eso se mantiene en lo que sabe con certeza (Juan 9:25): «No sé si es pecador o no. No voy a discutir eso ahora, ni es necesario hacerlo, porque el asunto está claro. Aunque yo guardara silencio, los hechos hablarían por sí mismos. Pero hay algo que sí sé, y lo sé con más certeza que ustedes saben aquello de lo que están tan seguros: yo era ciego, y ahora veo».
Con esto, reprende discretamente su afirmación arrogante acerca del mal carácter de Jesús. «Ustedes dicen que saben que es pecador. Yo, que lo conozco tan bien como ustedes, no puedo atribuirle ese carácter». También se apoya firmemente en su propia experiencia del poder y la bondad de Jesús, el Santo, y no está dispuesto a renunciar a ella. Nadie puede convencer a una persona de que niegue lo que realmente ha experimentado. Aquí tenemos un testimonio verdadero del poder y la gracia de Cristo, aunque aquel hombre nunca lo había visto.
Las misericordias de Cristo son más valoradas por quienes han sentido con mayor profundidad su necesidad, por quienes eran ciegos y ahora ven. Y el amor más fuerte y duradero por Cristo nace de una experiencia real de él (Juan 1:1; Hechos 4:20). El pobre hombre no ofrece una explicación detallada de cómo ocurrió la sanidad ni intenta describirla con términos eruditos. Lo expresa de manera breve y sencilla: «Yo era ciego, y ahora veo».
De la misma manera, en la obra de la gracia en el alma quizá no podamos decir cuándo ni cómo ocurrió el cambio, ni por qué medios o pasos se produjo. Sin embargo, podemos encontrar consuelo en ella si, por la gracia de Dios, podemos decir: «Yo era ciego, y ahora veo», y también: «Antes vivía conforme a este mundo y a los deseos de la carne, pero ahora soy diferente» (Efesios 5:8).
Entonces intentaron debilitar y silenciar la evidencia haciendo las mismas preguntas una y otra vez (Juan 9:26): «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Primero, lo hicieron porque no tenían nada mejor que decir y preferían hablar neciamente antes que admitir que no tenían respuesta. Muchas personas que aman las discusiones y quieren tener la última palabra llenan sus conversaciones de repeticiones vacías solo para evitar quedar en silencio. Segundo, esperaban que, si el hombre repetía su historia, pudieran descubrir alguna contradicción o hacerlo vacilar.
Ahora el hombre les responde con mayor valentía, y ellos le contestan con más dureza que antes (Juan 9:27-29). Él los reprende por su incredulidad obstinada y por su prejuicio fijo contra una evidencia tan clara. No seguiría repitiendo la historia para complacerlos, sino que les dijo: «Ya se los dije, y no escucharon. ¿Por qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse sus discípulos?». Algunos piensan que habló en serio, como si esperara que llegaran a convencerse. Pero es más probable que hablara con ironía, pues sabía que ellos odiaban incluso la idea de seguir a Cristo.
Los que cierran los ojos ante la luz, como lo hicieron estos fariseos, se acarrean vergüenza. Se vuelven despreciables porque niegan la conclusión aun cuando no tienen respuesta para los hechos. También pierden el beneficio de recibir más enseñanza, porque quienes se niegan a escuchar una vez no deben esperar que se les siga hablando para siempre (Jeremías 51:9; Mateo 10:14). De este modo, tratan la gracia de Dios como si no sirviera para nada. Las palabras del hombre también expresan esta idea: si no van a aceptar a Cristo, ¿para qué siguen preguntando, sino para acusarlo, perseguirlo a él y a sus seguidores?
Por eso lo insultaron y se burlaron de él (Juan 9:28). Como no pudieron enfrentarse a la sabiduría y al espíritu de sus palabras, recurrieron al enojo, los insultos y el lenguaje grosero. Los testigos fieles de Cristo deben esperar este tipo de trato de parte de quienes se oponen a su verdad y a su causa. Deben estar preparados para que se diga toda clase de mal contra ellos (Mateo 5:11). Las personas irracionales suelen compensar su falta de verdad y de razón con insultos.
Primero, se burlaron del hombre por estar comprometido con Cristo. Le dijeron: «Tú eres su discípulo», como si eso fuera algo vergonzoso. En efecto, le estaban diciendo: «Nosotros creemos que está por debajo de nuestra dignidad ser sus discípulos, así que dejamos ese honor para ti y para los que son como tú». De esa manera intentaban presentar la fe en Cristo como algo vergonzoso y despreciable. Incluso lo maldijeron con sus palabras. Su maldición fue esta: «Que seas su discípulo». Agustín dice que esa “maldición” debería pedirse para nosotros y para nuestros hijos. Si medimos el honor y la vergüenza según las opiniones estridentes de un mundo ciego, terminaremos llamando vergüenza a nuestra gloria y gloria a nuestra vergüenza.
No tenían ninguna razón válida para llamar a este hombre discípulo de Cristo. Él no había visto antes a Jesús ni lo había escuchado predicar. Solo había hablado bien de la bondad que Cristo le había mostrado, y aun eso no lo podían soportar. En segundo lugar, se jactaban de que Moisés era su maestro.
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«Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego.» La frase parece sencilla, pero contiene una tensión profunda: alguien que acaba de recibir la vista es llevado ante autoridades para que su experiencia sea … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
«Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego.» La frase parece sencilla, pero contiene una tensión profunda: alguien que acaba de recibir la vista es llevado ante autoridades para que su experiencia sea examinada. En lugar de celebrarse primero la restauración de su vida, el milagro queda atrapado en preguntas, reglas y sospechas. Juan muestra así cómo una comunidad puede sentirse más cómoda investigando una transformación que acompañando a la persona transformada. El hombre no aparece como una teoría ni como un caso religioso; es alguien con una historia, una herida y una nueva posibilidad delante de sí. Sin embargo, otros intentan definir lo ocurrido antes de escuchar con humildad lo que él ha vivido. Este versículo también nombra una realidad dolorosa: a veces, cuando una persona sana, cambia o encuentra esperanza, quienes tienen autoridad pueden responder con temor en vez de compasión. La luz recibida no siempre es bienvenida por quienes se han acostumbrado a controlar la oscuridad. Jesús, en cambio, no reduce a nadie a su pasado ni permite que la dignidad de una persona dependa de la aprobación de otros.
Juan 9:13 funciona como un puente entre la sanidad del hombre y el conflicto que seguirá. El texto dice sencillamente que lo llevaron ante los fariseos, pero la frase «al que antes había sido ciego» … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Juan 9:13 funciona como un puente entre la sanidad del hombre y el conflicto que seguirá. El texto dice sencillamente que lo llevaron ante los fariseos, pero la frase «al que antes había sido ciego» ya contiene una ironía importante: su identidad pública continúa definida por su antigua condición, aunque ahora ve. El milagro ha ocurrido, pero todavía debe ser examinado por una autoridad religiosa. Los fariseos aparecen aquí como representantes de la comunidad que intenta interpretar el acontecimiento, especialmente porque la sanidad ocurrió en sábado (9:14). La distinción clave es que el versículo no afirma todavía cuál fue la intención de quienes lo llevaron ni presenta una conclusión doctrinal completa; solo muestra el movimiento del hombre sanado hacia un espacio de investigación y controversia. Sin embargo, la escena revela una tensión central del capítulo: una obra que trae restauración puede ser recibida primero como problema institucional. En el Evangelio de Juan, el hombre irá adquiriendo claridad mientras las autoridades, a pesar de su conocimiento religioso, endurecen su lectura. Así, el versículo prepara un contraste entre la evidencia de una vida transformada y las estructuras que pretenden decidir qué cuenta como obra de Dios.
Juan 9:13 muestra lo que ocurre cuando una obra evidente de Dios incomoda a quienes sienten que deben controlar la situación. Llevaron ante los fariseos al hombre que antes había sido ciego. No lo llevaron … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
Juan 9:13 muestra lo que ocurre cuando una obra evidente de Dios incomoda a quienes sienten que deben controlar la situación. Llevaron ante los fariseos al hombre que antes había sido ciego. No lo llevaron para celebrar su sanidad, sino para examinarla bajo sus reglas y sospechas. La necesidad de una persona terminó convertida en un asunto de debate religioso. El versículo también reconoce una verdad importante: el hombre sanado todavía no tenía todas las respuestas, pero su historia era real. Había pasado de la oscuridad a ver. Su experiencia no dependía de que las autoridades la aprobaran. A veces, después de recibir ayuda, restauración o una nueva oportunidad, aparecen voces que cuestionan el proceso porque no ocurrió de la manera esperada. La presión puede hacer que alguien dude de lo que claramente ha vivido. La sabiduría práctica está en distinguir entre una evaluación honesta y un interrogatorio motivado por prejuicio. La verdad no necesita exageración, pero tampoco debe esconderse para mantener tranquilos a otros. Este pasaje invita a mirar a la persona antes que al expediente, al fruto antes que a la sospecha y a la misericordia antes que al deseo de tener la razón.
«Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego». El versículo marca un cambio profundo: quien había recibido la vista ahora es llevado ante quienes poseen autoridad religiosa. La obra de Jesús no ocurre … Leer la perspectiva completa Mostrar menos
«Llevaron ante los fariseos al que antes había sido ciego». El versículo marca un cambio profundo: quien había recibido la vista ahora es llevado ante quienes poseen autoridad religiosa. La obra de Jesús no ocurre en un espacio aislado; entra en conflicto con estructuras, interpretaciones y temores humanos. El hombre no llega como una teoría, sino como un testimonio vivo. Su historia incomoda porque no puede reducirse fácilmente a las categorías conocidas. Los fariseos examinan el acontecimiento, pero también examinan al hombre, como si la gracia necesitara autorización para ser verdadera. Allí aparece una advertencia serena para toda comunidad de fe: el conocimiento de la Escritura puede coexistir con una resistencia a reconocer lo que Dios está haciendo. El texto también honra la dignidad de quien antes era definido por su ceguera. Ahora su experiencia debe ser escuchada, aunque otros intenten controlar su significado. La sanidad no elimina automáticamente la presión, el interrogatorio ni la soledad; a veces, seguir la luz recibida conduce a una confrontación costosa. La eternidad cambia el peso del presente: ninguna institución humana tiene la última palabra sobre la obra de Dios ni sobre la identidad restaurada de una persona.
Aplicación para la restauración de la salud
En Juan 9:13, llevan ante los fariseos al hombre que antes había sido ciego. La escena muestra cómo una experiencia de sanidad y cambio puede quedar expuesta al escrutinio de personas con poder, prejuicios o expectativas rígidas. Para quienes han vivido trauma, discriminación, depresión o ansiedad, ser cuestionados constantemente puede aumentar la vergüenza, la hipervigilancia y la sensación de no ser creídos. La salud emocional también requiere espacios donde la historia personal sea escuchada con respeto, sin reducir a nadie a su diagnóstico, pasado o limitación.
Este pasaje no promete que toda autoridad responderá con comprensión, ni exige una actitud positiva frente al dolor. Más bien, invita a reconocer la importancia de la validación y de los límites seguros. Identificar personas confiables, escribir lo ocurrido para organizar los pensamientos, practicar respiración lenta antes de conversaciones difíciles y buscar apoyo de un terapeuta capacitado pueden ayudar a recuperar estabilidad. La comunidad de fe puede acompañar sin presionar, culpar ni reemplazar la atención clínica. Cuando persisten síntomas intensos, recuerdos intrusivos, aislamiento o desesperanza, la evaluación profesional es una expresión responsable de cuidado. La dignidad de una persona no depende de convencer a quienes se niegan a verla plenamente.
Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar
El versículo describe que llevaron ante los fariseos al hombre que había sido ciego; no ordena someter a las personas heridas a interrogatorios ni a autoridades religiosas. Es dañino interpretarlo como prueba de que toda discapacidad, enfermedad o crisis emocional se debe a pecado, falta de fe o castigo divino. Tampoco enseña que una mejoría física o espiritual elimina automáticamente el trauma, el duelo o los síntomas persistentes. Son señales de alerta la presión para contar experiencias íntimas en público, la exigencia de demostrar una “sanidad”, la invalidación de diagnósticos o tratamientos, y frases de positividad tóxica que silencian el dolor. El evasión espiritual ocurre cuando se usan versículos para evitar seguridad, límites o atención clínica. Ante depresión intensa, ansiedad incapacitante, trauma, abuso o riesgo de autolesión, se necesita apoyo oportuno de un profesional de salud mental con licencia; la interpretación bíblica no sustituye la atención médica ni psicológica.
Preguntas frecuentes
¿Por qué es importante Juan 9:13?
¿Cuál es el contexto de Juan 9:13?
¿Qué significa que llevaron al hombre ante los fariseos en Juan 9:13?
¿Cómo puedo aplicar Juan 9:13 a mi vida?
¿Qué enseña Juan 9:13 sobre Jesús y la religión?
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De este capítulo
Juan 9:1
"Mientras Jesús pasaba, vio a un hombre ciego de nacimiento."
Juan 9:2
"Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó, este hombre o sus padres, para que naciera ciego?"
Juan 9:3
"Jesús respondió: Ni este hombre pecó ni sus padres, sino que esto sucedió para que las obras de Dios se manifestaran en él."
Juan 9:4
"Debo hacer las obras del que me envió mientras es de día; viene la noche, cuando nadie puede trabajar."
Juan 9:5
"Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."
Juan 9:6
"Después de decir esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y untó con el barro los ojos del ciego."
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