Versículo destacado

Juan 5:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero Jesús les respondió: Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo. "

Juan 5:17

¿Qué significa Juan 5:17?

Juan 5:17 significa que Dios no deja de sostener y hacer bien al mundo, ni siquiera en sábado; por eso Jesús también actúa. Con esta respuesta, Jesús afirma una relación única con el Padre y su autoridad divina. En la vida diaria, anima a hacer el bien y servir con compasión, aun cuando resulte incómodo.

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menu_book El versículo en contexto

15 El hombre se fue y les dijo a los judíos que Jesús era quien lo había sanado.

16 Por esta razón los judíos perseguían a Jesús y procuraban matarlo, porque había hecho estas cosas en sábado.

17 Pero Jesús les respondió: Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo.

18 Por eso los judíos procuraban aún más matarlo, porque no solo había quebrantado el sábado, sino que también decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios.

19 Entonces Jesús les respondió: En verdad, en verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que él hace, eso también lo hace igualmente el Hijo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos la respuesta de Cristo después de que lo acusaron de quebrantar el sábado. Parece ser su defensa ante el Sanedrín, el consejo gobernante judío, cuando fue llevado ante ellos. No está claro si esto ocurrió ese mismo día o unos días después, aunque probablemente fue el mismo día.

Él les respondió, lo cual significa que lo habían acusado de algo o que habían estado diciendo entre ellos que merecía morir (Juan 5:16). Su respuesta fue: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo» (Juan 5:17). En otras ocasiones, cuando le hicieron una acusación parecida, señaló que David comió los panes del tabernáculo, que los sacerdotes trabajaban en el templo o que la gente llevaba a abrevar a sus animales en sábado. Pero aquí presenta una razón superior. Apela a su Padre y a su propia autoridad divina. Deja de lado todos los argumentos menores y se basa en el único que responde a todas las objeciones. Ya había dicho: «El Hijo del Hombre es Señor aun del sábado» (Mateo 12:8), y aquí desarrolla más esa verdad.

En primer lugar, muestra que es el Hijo de Dios, algo implícito en el hecho de que llama a Dios su Padre. Si eso es verdad, entonces su santidad no puede ponerse en duda ni su autoridad puede negarse. Él puede hacer lo que quiera en relación con la ley divina. Ciertamente, ellos debían honrar al Hijo, el heredero de todas las cosas.

En segundo lugar, muestra que trabaja en unión con Dios. «Mi Padre trabaja hasta ahora» significa que el descanso de Dios en el séptimo día fue un descanso de la obra de la creación, no de toda actividad. Dios sigue trabajando cada día, tanto entre semana como en sábado, sosteniendo y gobernando a todas sus criaturas. También lleva a cabo su sabia providencia, es decir, su cuidado y gobierno continuo de la creación, para su propia gloria. Por eso, cuando se nos manda descansar en sábado, no se nos prohíbe hacer lo que sirve directamente a la gloria de Dios, como en el caso del hombre que cargaba su camilla.

«Yo trabajo» significa más que: «Por lo tanto, yo también puedo trabajar, como él, haciendo el bien en sábado». También significa: «Trabajo junto con él». Así como Dios hizo todas las cosas por medio de Cristo, también las sostiene y gobierna por medio de él (Hebreos 1:3). Esto coloca todo lo que Jesús hace fuera de cualquier objeción justa. El que realiza obras tan grandes tiene que ser el gobernante legítimo de todo. El que hace todas las cosas es Señor de todas las cosas y, por lo tanto, Señor del sábado. Ahora estaba reclamando esta parte de su autoridad porque pronto la mostraría aún más al cambiar el día del séptimo al primero.

Los judíos estaban todavía más decididos a matarlo por causa de esta respuesta (Juan 5:18). En su manera de pensar, su defensa se convirtió en otra ofensa, como si justificarse hubiera empeorado las cosas. Quienes se niegan a aprender de las palabras de Cristo se enfurecen por ellas. Nada inquieta más a los enemigos de Cristo que su afirmación de autoridad. «¿Por qué se amotinan las naciones?» (Salmos 2:3-5).

Querían matarlo, primero, porque decían que había quebrantado el sábado. No importaba lo que dijera en su defensa: ya habían decidido declararlo culpable. Cuando la malicia y la envidia ocupan el lugar del juez, quizá la razón y la justicia no tengan oportunidad de hablar.

También querían matarlo porque decía que Dios era su Padre. Actuaban como si estuvieran defendiendo el honor de Dios, tal como habían afirmado defender el sábado. Acusaron a Cristo del grave pecado de hacerse igual a Dios. Y si él no hubiera sido verdaderamente igual a Dios, eso sí habría sido un pecado grave. Era el pecado de Lucifer, quien dijo: «Seré semejante al Altísimo».

Esta acusación se desprendía correctamente de lo que Jesús había dicho. Había llamado a Dios su Padre en un sentido especial: su propio Padre, verdaderamente su Padre, no el Padre de otra persona. También había dicho que trabajaba con su Padre, con la misma autoridad y poder. De esa manera, se hacía igual a Dios. Los judíos entendieron esto, aunque no lo entienden así los arrianos, quienes niegan la plena divinidad de Cristo.

Sin embargo, usaron la acusación de manera equivocada, como si fuera un delito. Él era, y sigue siendo, Dios, igual al Padre (Filipenses 2:6). Por eso, al responder a esta acusación, Cristo no niega su significado como si fuera una interpretación forzada. Más bien, demuestra que verdaderamente es igual a Dios en poder y gloria.

Las palabras de Cristo aquí continúan sin interrupción hasta el final del capítulo. En ellas explica y luego confirma su comisión, es decir, el papel que le fue asignado como mediador, aquel que se interpone entre Dios y la humanidad para reconciliarlos. Los honores que recibe son demasiado grandes para que los reciba cualquier criatura. La obra que se le encomendó es demasiado grande para que la complete cualquier criatura. Por lo tanto, él es Dios, igual al Padre.

En general, él es uno con el Padre en todo lo que hace como mediador, y existe entre ellos una perfecta armonía. Introduce esto con un énfasis especial: «De cierto, de cierto les digo» (Juan 5:19). Esto significa que sus palabras tienen un peso enorme y deben recibir toda nuestra atención. También significa que son completamente ciertas y deben creerse sin vacilar. Además, son asuntos de revelación divina: verdades que Cristo nos ha comunicado y que nunca podríamos haber descubierto por nuestra cuenta.

Él dice dos cosas generales acerca de la unidad del Hijo con el Padre en la obra que realizan. Primero, el Hijo sigue el modelo del Padre: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino solo lo que ve hacer al Padre» (Juan 5:19). Como mediador, el Señor Jesús obedece perfectamente la voluntad de su Padre. Obedece de manera tan completa que no puede actuar por su propia cuenta, en el mismo sentido en que Dios no puede mentir ni negarse a sí mismo. Esto no implica debilidad en Dios, sino fidelidad perfecta. De la misma manera, Cristo estaba tan completamente entregado a la voluntad de su Padre que no podía actuar separado de ella.

En segundo lugar, observa y sigue el consejo de su Padre. No puede hacer nada excepto lo que ve hacer al Padre. Nadie puede conocer plenamente la obra de Dios excepto el Hijo unigénito, que está en la presencia del Padre y conoce íntimamente sus propósitos. Cristo siempre tenía delante de sí ese plan. Todo lo que hizo en su obra como mediador era la copia exacta de lo que el Padre había planeado en su consejo eterno, el plan inmutable de nuestra redención. Era como una copia hecha a partir de un gran original. Cristo fue fiel, como lo fue Moisés, al hacer todo conforme al modelo que se le había mostrado en el monte.

Esto se expresa en tiempo presente, «lo que ve hacer al Padre», por la misma razón por la que, cuando Cristo estaba en la tierra, se decía que estaba en el cielo (Juan 3:13) y en el seno del Padre (Juan 1:18). Incluso entonces, por su naturaleza divina, estaba presente en el cielo, de modo que las cosas que allí se hacían estaban abiertas a su conocimiento. Lo que el Padre realizaba conforme a sus sabios planes, el Hijo siempre lo tenía delante de sí y todavía mantenía la mirada puesta en ello, como David dijo acerca de Cristo: «Al Señor he puesto siempre delante de mí» (Salmos 16:8).

En tercer lugar, Cristo es igual al Padre en su obra. «Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo de la misma manera». Él hace las mismas cosas, no solo cosas parecidas, sino exactamente las mismas, y las hace de la misma manera, con la misma autoridad, libertad, sabiduría, poder y eficacia. ¿Acaso el Padre establece, cancela o cambia leyes? También lo hace el Hijo. ¿Gobierna sobre la naturaleza y conoce el corazón de las personas? También lo hace el Hijo. El poder del Mediador, aquel que se interpone entre Dios y nosotros, es poder divino.

El Padre también comparte estas cosas con el Hijo, como se muestra en Juan 5:20. Observemos primero la razón: «El Padre ama al Hijo». Ya había declarado: «Este es mi Hijo amado». El Padre no solo aprobaba la obra, sino que se deleitaba plenamente en aquel que la realizaba. Cristo era aborrecido por la gente, «aquel a quien la nación aborrece» (Isaías 49:7), pero encontraba consuelo en esto: su Padre lo amaba.

Observemos también la manera en que el Padre demuestra ese amor. Le muestra al Hijo todo lo que él mismo hace. El plan del Padre para crear y gobernar el mundo se le revela al Hijo, para que el Hijo use ese mismo plan al edificar y gobernar la iglesia. Esa obra sería una copia de la creación y de la providencia, y por eso se llama «el mundo venidero». Le muestra todas las cosas que hace o, como también podría entenderse, todo lo que hace el Hijo se realiza bajo la dirección del Padre. Se las muestra. También le mostrará, es decir, le encomendará y lo guiará a realizar obras aún mayores que estas.

Estas obras mayores incluyen obras de un poder superior al que mostró al sanar al hombre paralítico, porque Cristo resucitaría a los muertos y él mismo resucitaría de entre los muertos. Mediante el poder natural y con la ayuda de ciertos medios, una enfermedad puede sanar con el tiempo. Pero la naturaleza jamás puede, por ningún medio ni en ningún momento, resucitar a los muertos. Estas obras también incluyen una autoridad mayor que la de permitirle al hombre cargar su camilla en sábado. La gente pensaba que aquello era atrevido, pero ¿qué era eso comparado con que Cristo pronto dejaría de lado toda la ley ceremonial —la ley de los sacrificios y los ritos externos— y establecería nuevas ordenanzas? «Para que ustedes se maravillen». En ese momento observaban sus obras con desprecio y enojo, pero pronto haría algo que los dejaría asombrados (Lucas 7:16). Muchos se maravillan ante las obras de Cristo y le dan honor, pero no llegan a creer ni a recibir el beneficio de esas obras.

En particular, Cristo demuestra su igualdad con el Padre al mencionar algunas obras que pertenecen únicamente a Dios. Esto se explica con mayor detalle en Juan 5:21-30. Él hace, y hará, lo que corresponde exclusivamente al gobierno y la autoridad de Dios: juzgar y ejecutar el juicio (Juan 5:22-24, 27). Estas dos verdades están estrechamente relacionadas, por lo que se repiten y se recalcan una vez más. Consideradas juntas, demuestran que Cristo tenía razón cuando dijo que era igual a Dios.

Observemos primero lo que se dice acerca del poder del Mediador para resucitar a los muertos y darles vida. Él tenía autoridad para hacerlo, como se afirma en Juan 5:21: «Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, también el Hijo da vida a quienes quiere». Solo Dios puede resucitar a los muertos y dar vida. Él fue quien primero sopló vida en el ser humano y lo convirtió en un ser viviente. Véanse también Deuteronomio 32:30; 1 Samuel 2:6; Salmo 68:20; Romanos 4:17. Dios había demostrado esto por medio de Elías y Eliseo, confirmando así su llamado. La resurrección de los muertos nunca ha sido parte de la naturaleza ordinaria ni estuvo en la mente de quienes pensaban únicamente en términos del poder natural. Su principio fundamental era que lo que se ha perdido una vez no puede restaurarse. Por eso, en Atenas se burlaron de la idea y la consideraron absurda (Hechos 17:32). Es una obra exclusiva del poder divino y solo se conoce por medio de la revelación divina. Los mismos judíos lo admitirían.

Pero al Mediador se le ha dado este derecho. Él da vida a quienes quiere, resucitando a quien elige y cuando lo elige. No da vida por una necesidad natural, como el sol da calor mediante sus rayos constantes. Actúa libremente, con un poder que está completamente bajo su propio control. Nadie lo obliga ni le impide usarlo. Así como tiene el poder, también posee la sabiduría y el gobierno de Dios. Él tiene las llaves de la muerte y del sepulcro (Apocalipsis 1:18), no como un siervo que abre y cierra únicamente cuando recibe órdenes, sino como quien posee la llave de David, porque es su dueño y señor (Apocalipsis 3:7). Esta es la marca de un gobernante absoluto: «A quien quería, mataba, y a quien quería, dejaba con vida» (Daniel 5:19). Esto es verdad en Cristo, sin exageración alguna.

Él puede hacer esto porque tiene vida en sí mismo, así como el Padre tiene vida en sí mismo (Juan 5:26). En primer lugar, es cierto que el Padre tiene vida en sí mismo. No solo existe por sí mismo, es decir, no depende de nadie más para existir (Éxodo 3:14), sino que también es el soberano dador de la vida. Tiene la vida en sus manos, y también todo bien, pues «vida» a menudo significa todas las cosas buenas. Todo proviene de él y depende de él. Él es la fuente de la vida y de todo bien para sus criaturas, el dador de su existencia y bienestar, el Dios viviente y el Dios de todos los que viven.

De igual manera, es cierto que el Padre le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Así como el Padre es la fuente de toda vida natural y de todo bien como Creador, el Hijo es la fuente de toda vida espiritual y de todo bien como Redentor. Él es para la iglesia lo que el Padre es para el mundo (1 Corintios 8:6; Colosenses 1:19). El reino de la gracia, y toda la vida que hay en él, están plena y completamente en las manos del Redentor, así como el reino de la providencia está en las manos del Creador. Y así como Dios, quien da existencia a todas las cosas, existe por sí mismo, Cristo, quien da vida, resucitó por su propio poder (Juan 10:18).

Como tiene vida en sí mismo y autoridad para dar vida a quienes quiere, Cristo ejerce esa autoridad y ese poder en las dos resurrecciones de las que se habla aquí. La primera es una resurrección que ocurre ahora (Juan 5:29): pasar de la muerte del pecado a la vida de justicia por el poder de la gracia de Cristo. «La hora viene, y ya está aquí». Esta resurrección ya ha comenzado y continuará mientras los muertos oyen la voz del Hijo de Dios. Esto es claramente distinto de la resurrección mencionada en Juan 5:28, que se refiere a la resurrección al final de los tiempos.

Aquí no se habla de que los muertos sean levantados en sus gracias ni de que todos los muertos salgan de sus tumbas. Algunos piensan que esto se cumplió en las personas a quienes Cristo devolvió la vida, como la hija de Jairo, el hijo de la viuda y Lázaro. Es importante notar que Cristo les habló a todos los que resucitó: «Niña, levántate», «Joven, levántate» y «Lázaro, sal fuera». En cambio, los que fueron resucitados en el Antiguo Testamento no lo fueron mediante una palabra hablada, sino por otros medios (1 Reyes 17:21; 2 Reyes 4:34; 2 Reyes 13:21).

Algunos entienden que esto se refiere a los santos que resucitaron con Cristo. Pero no leemos que el Hijo de Dios los haya llamado con su voz. Por eso, considero que se refiere principalmente al poder de la enseñanza de Cristo, que devuelve a la vida a las personas muertas en sus pecados; es decir, espiritualmente muertas y separadas de Dios (Efesios 2:1). Llegaría el momento en que las almas muertas recibirían vida por medio de la predicación del evangelio, mientras el Espíritu de vida de Dios obraría juntamente con ella. De hecho, esto ya había comenzado mientras Cristo estaba en la tierra.

Esto podría señalar especialmente al llamamiento de los gentiles, descrito como vida de entre los muertos. Algunos piensan que la visión de Ezequiel representaba esto (Ezequiel 37:1), y que Isaías lo había anunciado: «Tus muertos vivirán» (Isaías 26:19). Pero esta verdad llega aún más lejos. Se aplica a todo el gran avance del evangelio entre judíos y gentiles: una hora que ya estaba presente y que sigue llegando hasta que todos los elegidos sean llamados eficazmente. Los pecadores están espiritualmente muertos. No tienen vida espiritual, ni conciencia de su condición, ni fuerzas ni capacidad para acercarse a Dios. Están muertos para Dios, son miserables y, sin embargo, no pueden sentir su miseria ni rescatarse a sí mismos.

Cuando un alma se vuelve a Dios, eso es una resurrección de la muerte a la vida. Una persona comienza verdaderamente a vivir cuando empieza a vivir para Dios, a anhelarlo y a acercarse a él. Esto sucede por medio de la voz del Hijo de Dios. Él da vida por su poder, y ese poder se comunica mediante su palabra. Los muertos oirán; es decir, recibirán la capacidad de escuchar, entender, aceptar y creer la voz del Hijo de Dios como su propia voz. Entonces el Espíritu da vida por medio de esa palabra, porque de otro modo la letra mata.

Debemos oír la voz de Cristo si queremos vivir por medio de ella. Quienes oyen y realmente prestan atención a lo que escuchan vivirán. «Escuchen, y su alma vivirá» (Isaías 55:3).

También hay una resurrección que todavía está por venir, descrita en Juan 5:28-29. Jesús comienza diciendo: «No se maravillen de esto», es decir, no rechacen como imposible o absurdo lo que he dicho acerca de la primera resurrección. Al final de los tiempos verán una prueba aún más clara y asombrosa del poder y la autoridad del Hijo del Hombre. Así como su propia resurrección fue la prueba final de su misión personal, la resurrección de todos será una prueba semejante de su misión llevada a cabo por su Espíritu.

Observemos primero cuándo ocurrirá esta resurrección. «La hora viene». Está fijada para un momento exacto; tan precisa es esta gran cita establecida por Dios. El juicio no se ha pospuesto para un día desconocido. Dios ha señalado un día. La hora viene. Todavía no ha llegado, y no es la misma hora mencionada antes, la que «viene, y ya está aquí» (Juan 5:25). Algunos cometieron el peligroso error de decir que la resurrección ya había ocurrido (2 Timoteo 2:18). Pero ciertamente llegará. Se acerca cada día y está a las puertas. No sabemos cuánto falta, pero sí sabemos que ha sido establecida firmemente y que no puede cambiarse.

En segundo lugar, ¿quiénes resucitarán? Todos los que están en las tumbas: todos los que han muerto desde el principio de los tiempos y todos los que morirán hasta el fin de los tiempos. Daniel dijo: «Muchos despertarán» (Daniel 12:2), pero Cristo nos dice que esos muchos serán todos. Cada persona tendrá que comparecer ante el Juez, así que cada persona tendrá que resucitar. Toda persona, y la persona completa, se levantará. Cada alma volverá a su cuerpo, y cada hueso a su hueso.

La tumba es la prisión de los cuerpos muertos, donde permanecen y también donde se descomponen (Job 24:19). Sin embargo, a la luz de la resurrección, también podemos llamarla una cama, donde duermen hasta que vuelvan a despertar, o un depósito donde son guardados para ser utilizados otra vez. Incluso quienes no sean sepultados en tumbas resucitarán; pero, como la mayoría de las personas son sepultadas, Cristo usa ese lenguaje: todos los que están en las tumbas. Los judíos usaban la palabra «Seol» para referirse a la tumba, es decir, al estado de los muertos, y todos los que se encuentren en ese estado oirán.

Tercero, ¿cómo resucitarán? Se nos dicen dos cosas. Oirán su voz. Esto significa que él hará que la oigan, así como Lázaro fue capacitado para oír las palabras: «Sal fuera». El poder divino acompañará a esa voz, dando vida y haciendo posible la obediencia. Cuando Cristo resucitó de entre los muertos, no se oyó ninguna voz, porque resucitó por su propio poder. Pero, en la resurrección de la humanidad, la Escritura habla de tres sonidos (1 Tesalonicenses 4:16). El Señor descenderá con un grito, el grito de un rey, con la voz del arcángel —ya sea Cristo mismo, el príncipe de los ángeles, o el principal comandante bajo su autoridad— y con la trompeta de Dios. Esa trompeta será como la de un soldado que da la alarma para la guerra, o como la de un juez que convoca a las personas ante el tribunal.

El resultado será que saldrán de sus tumbas, como prisioneros que salen de una cárcel. Se levantarán del polvo y se sacudirán de él (Isaías 52:1, Isaías 52:2, Isaías 52:11). Pero eso no será todo. También comparecerán ante el tribunal de Cristo. Saldrán como personas sometidas a juicio, presentándose ante el tribunal para recibir públicamente su sentencia.

Cuarto, ¿a qué condición resucitarán? Resucitarán para una condición diferente de felicidad o sufrimiento, según su carácter, y para recibir una recompensa conforme a lo que hicieron durante el tiempo de prueba. Los que hayan hecho el bien resucitarán para vida. Volverán a vivir, y vivirán para siempre. No importa qué nombre se atribuyan las personas ni cuán atractiva sea la profesión de fe que hagan; el gran día solo será favorable para quienes hayan hecho el bien, es decir, para quienes hayan hecho lo que agrada a Dios y ayuda a los demás.

La resurrección del cuerpo será una resurrección para vida para todos los que hayan sido sinceros y constantes en hacer el bien. No solo serán declarados públicamente inocentes, como un criminal perdonado cuya vida es preservada, sino que también serán llevados a la presencia de Dios, y esa presencia es la vida misma, una vida mucho mejor. Disfrutarán plenamente de todo consuelo. Vivir es ser feliz, y ellos resucitarán por encima del temor a la muerte. Esa es la verdadera vida, en la que la muerte será destruida para siempre.

Pero los que hayan hecho el mal resucitarán para condenación. Volverán a vivir únicamente para seguir muriendo eternamente. Los fariseos pensaban que la resurrección pertenecía solo a los justos, pero aquí Cristo corrige ese error. Los que hacen el mal, sin importar lo que afirmen, serán tratados como personas malvadas en el día del juicio. Para quienes hicieron el mal y nunca se apartaron de él mediante el arrepentimiento, la resurrección será una resurrección para condenación.

Saldrán para que su rebelión contra Dios sea declarada públicamente y para ser condenados públicamente al castigo eterno. Recibirán su sentencia y luego serán enviados de inmediato, sin demora ni posibilidad de alivio. Así será la resurrección.

Observa ahora lo que se dice acerca de la autoridad del Mediador para llevar a cabo el juicio (Juan 5:22-24, 27). Así como Cristo tiene todo poder, también tiene el derecho legítimo de gobernar. ¿Quién está mejor capacitado para presidir sobre los asuntos de la vida venidera que aquel que es el Padre y la fuente de la vida?

Aquí se presenta la comisión de Cristo, es decir, su nombramiento oficial para el cargo de juez, y se declara dos veces: «El Padre no juzga a nadie» (Juan 5:22), y nuevamente: «Le ha dado autoridad» (Juan 5:27). Esto no significa que el Padre haya dejado de gobernar. Significa que le agrada gobernar por medio de Jesucristo, para que las personas no tengan que acercarse de inmediato a Dios aterrorizadas, sino que puedan acercarse a él por medio de un Mediador, alguien que se interpone entre Dios y nosotros.

Puesto que Dios nos hizo, puede hacer con nosotros lo que quiera, como un alfarero con el barro. Sin embargo, no ejerce ese derecho con dureza. Nos atrae con bondad humana. Tampoco determina nuestro destino final según el pacto de inocencia, aquel primer acuerdo bajo el cual se encontraba Adán. No se aprovecha por completo de la ventaja que tiene contra nosotros por haber quebrantado ese pacto. Como el Mediador se ofreció a pagar el castigo del pecado en nuestro lugar, el asunto queda en sus manos, y Dios está dispuesto a comenzar de nuevo bajo un pacto distinto: no bajo la ley del Creador, sino bajo la gracia del Redentor. Pagar el castigo en nuestro lugar significa que Cristo recibió la pena que nos correspondía.

El Padre entregó todo juicio al Hijo y lo hizo Señor sobre todos (Hechos 10:36; Romanos 14:9), así como José fue hecho gobernante en Egipto (Génesis 41:40). Esto fue anunciado de antemano en la Escritura (Salmo 72:1; Isaías 11:3-4; Jeremías 23:5; Miqueas 5:1-4; Salmo 67:4; Salmo 96:13; Salmo 98:9). Hay varias razones por las que todo juicio ha sido confiado a nuestro Señor Jesús.

Primero, él está a cargo del gobierno providencial, es decir, de la manera en que Dios ordena todos los acontecimientos. Él es cabeza sobre todas las cosas (Efesios 1:11), cabeza de todo hombre (1 Corintios 11:3), y todas las cosas permanecen unidas por medio de él (Colosenses 1:17). Segundo, tiene autoridad para dar leyes que obligan directamente la conciencia. «Yo les digo» es ahora la forma en que se expresan las leyes del reino de los cielos. Es como si cada ley dijera: «Queda decretado por el Señor Jesús y por su autoridad». Todas las leyes que están vigentes llevan su sello real.

Tercero, está autorizado para establecer y ordenar los términos del nuevo pacto, el nuevo acuerdo de paz entre Dios y la humanidad. Es Dios, por medio de Cristo, quien reconcilia al mundo consigo mismo. A Cristo se le ha dado poder para dar vida eterna. El libro de la vida es el libro del Cordero, y debemos permanecer firmes o caer según su decisión. Cuarto, ha recibido el encargo de continuar y terminar la guerra contra los poderes de las tinieblas, expulsando y condenando al príncipe de este mundo (Juan 12:31). No solo fue enviado a juzgar, sino también a guerrear (Apocalipsis 19:11). Todos los que quieran luchar por Dios contra Satanás deben alistarse bajo la bandera de Cristo.

Quinto, ha sido designado como el único gobernante del juicio del gran día. Los primeros escritores cristianos generalmente entendieron estas palabras como una referencia al juicio final y universal. Ese tribunal final ha sido entregado al Hijo del Hombre. El tribunal le pertenece a él: es el tribunal de Cristo; sus asistentes son sus poderosos ángeles. Él escuchará los casos y pronunciará la sentencia (Hechos 17:31).

También se le ha dado autoridad para ejecutar el juicio (Juan 5:27). Esto significa más que el poder de crear leyes y decidir los casos. También significa el poder de hacer cumplir la sentencia. Aquí la palabra se refiere especialmente a la condenación (Judas 1:15). Él «juzgará a todos», lo cual equivale a tomar venganza (2 Tesalonicenses 1:8). La ruina de los pecadores que no se arrepienten viene de la mano de Cristo. El que ejecuta el juicio sobre ellos es el mismo que habría llevado salvación a sus vidas, y eso hace que la sentencia sea justa y que nadie pueda objetarla. No hay escape de la sentencia del Redentor. La salvación misma no puede salvar a quienes el Salvador condena, y por eso su ruina será definitiva e irreversible.

Esta autoridad proviene del Padre, quien se la dio. La autoridad de Cristo como Mediador le fue concedida y proviene de otro. Él actúa como representante del Padre, el Ungido del Señor, el Cristo del Señor. Todo esto honra grandemente a Cristo. Lo libra de la acusación de blasfemia por haberse hecho igual a Dios y brinda gran consuelo a todos los creyentes, quienes pueden confiarle todo con seguridad.

Todo este poder le fue dado por dos razones principales. Primero, porque él es el Hijo del Hombre. Ese título señala tres cosas. Muestra su humildad y su disposición a rebajarse. El ser humano es como un gusano, y el Hijo del Hombre también se hizo semejante a un gusano; sin embargo, esa fue la naturaleza y el título que el Redentor asumió por amor. Se rebajó hasta ese lugar y aceptó toda la vergüenza que lo acompañaba, porque esa era la voluntad de su Padre. Como recompensa por esa obediencia extraordinaria, Dios le concedió este honor. Porque se humilló para ser el Hijo del Hombre, su Padre lo hizo Señor sobre todo (Filipenses 2:8-9).

También señala su parentesco con nosotros. El Padre puso en sus manos el gobierno de los seres humanos porque, como Hijo del Hombre, comparte la misma naturaleza que aquellos sobre quienes gobierna. Eso lo convierte en un juez al que resulta más difícil objetar y más fácil aceptar. «De en medio de ellos saldrá su gobernante» (Jeremías 30:21). La ley antigua señalaba esta verdad: «De entre tus hermanos pondrás como rey sobre ti» (Deuteronomio 17:15).

Finalmente, esto señala que él es el Mesías prometido. En la gran visión de su reino y su gloria, se le llama el Hijo del hombre (Daniel 7:13-14), y así también aparece en Salmos 8:4-6: «Le diste dominio sobre las obras de tus manos». Él es el Mesías y, por eso, recibe todo este poder. Los judíos solían llamar al Cristo «Hijo de David», pero Cristo generalmente se llamaba a sí mismo «Hijo del hombre». Este es un título más humilde, y lo presenta como un príncipe y Salvador no solo para la nación judía, sino para toda la humanidad.

Segundo, «para que todos honren al Hijo» (Juan 5:23). Aquí se muestra que honrar a Jesucristo es el gran propósito de Dios. El Hijo vino para glorificar al Padre y, por eso, el Padre también quiso glorificar al Hijo (Juan 12:32). También se muestra que honrar al Hijo es el gran deber de las personas como respuesta a ese propósito. Si Dios quiere que el Hijo sea honrado, entonces todos los que lo conocen deben honrarlo.

Debemos honrar al Hijo. Debemos reconocer que merece honor, tanto por su excelencia infinitamente superior en sí mismo como por la relación que tiene con nosotros. Debemos procurar darle el honor que le corresponde. Tenemos que confesar que él es el Señor, adorarlo y honrar a aquel que fue deshonrado por nosotros. La medida de este honor es la siguiente: debemos honrar al Hijo tal como honramos al Padre. Esto supone que es correcto honrar al Padre. La religión revelada se apoya en la revelación natural de Dios y nos dirige a honrar al Hijo con honor divino. Debemos honrar al Redentor con el mismo honor que damos al Creador.

Lejos de ser una blasfemia que él se haga igual a Dios, lo más grave que nosotros podemos hacer es considerarlo inferior a Dios. Las verdades y los mandamientos de la fe cristiana, en la medida en que Dios los ha revelado, son tan santos y dignos de honor como las verdades de la revelación natural. Merecen el mismo respeto. Tenemos la misma obligación con Cristo, por medio de quien llegamos a existir, y dependemos de la gracia del Redentor con la misma certeza con que dependemos del cuidado del Creador. Esto basta para sostener este mandato: honrar al Hijo como honramos al Padre.

Para hacer aún más firme este mandato, se añade: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». Algunas personas afirman respetar al Creador y hablan bien de él, pero tratan al Redentor con indiferencia o desprecio. Deben saber que el honor y los intereses del Padre y del Hijo están tan estrechamente unidos que el Padre nunca considera que alguien lo honra si deshonra al Hijo.

Aquí hay dos cosas que debemos observar. Primero, los insultos contra el Señor Jesucristo se reflejan en Dios mismo y serán juzgados de esa manera en el cielo. El Hijo ha tomado tan plenamente en serio el honor del Padre que soporta los insultos dirigidos contra él (Romanos 15:3). Del mismo modo, el Padre toma en serio el honor del Hijo y considera que un insulto contra el Hijo es un ataque contra él mismo. Segundo, la razón es que el Hijo fue enviado y recibió autoridad del Padre. Fue el Padre quien lo envió. Insultar a un embajador se considera correctamente un insulto contra el príncipe que lo envió. Según esta regla, quienes honran verdaderamente al Hijo también honran al Padre (Filipenses 2:11).

Esta es la regla por la que el Hijo lleva a cabo su misión, y estas palabras parecen introducirla (Juan 5:24): «El que oye y cree tiene vida eterna». En estas palabras encontramos el corazón de todo el evangelio. Las palabras iniciales exigen prestar cuidadosa atención a algo de gran importancia y estar plenamente de acuerdo con algo completamente seguro: «En verdad, en verdad les digo: yo, a quien se le ha dado todo el juicio; yo, en cuya boca hay una sentencia divina, les doy la señal que identifica al cristiano y la promesa del cristiano».

Primero, la señal de un cristiano: «El que oye mi palabra y cree al que me envió». Ser un verdadero cristiano significa, ante todo, oír la palabra de Cristo. No basta con estar cerca de ella. Debemos escucharla con atención, como los estudiantes escuchan a su maestro, y con obediencia, como los siervos escuchan a su señor. Debemos oírla y obedecerla, y mantenernos firmes en el evangelio de Cristo como la norma permanente para nuestra fe y nuestra conducta. Segundo, significa creer en aquel que lo envió, porque el propósito de Cristo es llevarnos a Dios. Dios es la fuente primera de toda gracia y también el objeto final de toda fe. Cristo es nuestro camino; Dios es nuestro descanso. Debemos creer en Dios como aquel que envió a Jesucristo y se dio a conocer a nuestra fe y nuestro amor al mostrar su gloria en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6), como su Padre y nuestro Padre.

Segundo, está la promesa para el cristiano, de la cual participan todos los verdaderos cristianos. Observemos lo que recibimos por medio de Cristo. Hay una promesa de perdón: «No será condenado». La gracia del evangelio libera completamente de la maldición de la ley. El creyente no solo evitará la condenación eterna, sino que ni siquiera estará bajo ella ahora ni se acercará a su peligro (Romanos 8:1). No será llevado a juicio ni siquiera comparecerá como acusado.

También hay una promesa de privilegio: «Ha pasado de muerte a vida». Ahora recibe vida espiritual en su alma y después recibirá la vida eterna prometida. El primer pacto decía: «Haz esto y vivirás», y «El que practique estas cosas vivirá por ellas». Esto muestra la igualdad de Cristo con el Padre, porque él tiene poder para ofrecer a quienes oyen su palabra la misma bendición que la antigua ley ofrecía a quienes la obedecían, es decir, vida. «Oye y vivirás; cree y vivirás» es una promesa en la que podemos confiar plenamente con nuestra vida, cuando somos incapaces de cumplir y vivir (Juan 17:2).

Aquí se muestra la rectitud de sus acciones al llevar a cabo esta misión (Juan 5:30). Puesto que todo juicio le ha sido dado, naturalmente preguntamos cómo lo ejerce. Él responde: «Mi juicio es justo». Todos los juicios de Cristo son justos.

diversity_3 Perspectivas de IA cristiana

Heart
Corazón Inteligencia emocional
En Juan 5:17, Jesús responde a quienes cuestionan su acción en sábado: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo». Sus palabras revelan que el cuidado de Dios no se detiene ante las reglas humanas … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

En Juan 5:17, Jesús responde a quienes cuestionan su acción en sábado: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo». Sus palabras revelan que el cuidado de Dios no se detiene ante las reglas humanas ni ante la fragilidad de una persona. El Padre sigue obrando para sostener, sanar y dar vida; Jesús participa de esa obra con plena unidad y compasión. Este versículo no presenta a Dios como alguien distante, esperando que todo esté en orden antes de acercarse. Muestra a un Dios activo en medio del dolor, trabajando aun cuando la restauración todavía no es visible. También recuerda que hacer el bien no es una interrupción de la vida espiritual: es parte del corazón mismo de Dios. Para quienes atraviesan cansancio, enfermedad, duelo o una temporada de silencio interior, este pasaje puede ofrecer una esperanza serena. Aunque la respuesta no llegue de inmediato, la obra de Dios no ha quedado suspendida. Su cuidado puede estar sucediendo de maneras discretas, sosteniendo lo que apenas logra mantenerse en pie. La actividad de Jesús nace del amor, no de la prisa; es una presencia fiel que devuelve dignidad y vida.

Mind
Mente Sabiduría teológica
En Juan 5:17, Jesús responde a quienes lo acusan de quebrantar el sábado por sanar a un hombre. Su afirmación —«Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo»— no presenta la obra de Dios como … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

En Juan 5:17, Jesús responde a quienes lo acusan de quebrantar el sábado por sanar a un hombre. Su afirmación —«Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo»— no presenta la obra de Dios como una actividad ocasional, sino como una acción continua de preservar, sostener y restaurar la creación. El descanso sabático no significa que Dios haya dejado de actuar en favor de la vida. La distinción clave está en que Jesús no se limita a defender una interpretación más flexible del sábado. Al llamar a Dios «mi Padre» en este contexto y relacionar su propia obra con la obra del Padre, reclama una autoridad singular. El versículo siguiente confirma que sus opositores entendieron la frase como una afirmación de igualdad con Dios (Juan 5:18). Por eso, el pasaje trata tanto del sábado como de la identidad de Jesús. La sanidad funciona como señal visible de esa misión: el Hijo participa en la obra vivificante de Dios. Las tradiciones cristianas difieren en cómo explicar la relación entre el Padre y el Hijo, pero convergen en que este texto presenta a Jesús como alguien cuya autoridad y actividad están inseparablemente vinculadas con la acción divina.

Life
Vida Vida práctica
Juan 5:17 presenta a Jesús respondiendo a una acusación: había sanado en sábado, y algunos líderes consideraban que eso violaba el descanso establecido. Jesús no desprecia el sábado; revela que el Padre sigue obrando para … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Juan 5:17 presenta a Jesús respondiendo a una acusación: había sanado en sábado, y algunos líderes consideraban que eso violaba el descanso establecido. Jesús no desprecia el sábado; revela que el Padre sigue obrando para sostener, cuidar y restaurar la vida, y que él participa plenamente en esa obra. La frase “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo” no convierte toda actividad en algo santo ni justifica vivir agotados. Más bien, muestra que el amor de Dios no se detiene frente a la necesidad humana. El descanso bíblico no es indiferencia, y la obediencia no consiste en usar una regla para evitar la misericordia. Desde una perspectiva práctica, este versículo ordena las prioridades: el trabajo puede ser una forma de servir cuando protege, sana, provee y hace el bien; pero no define el valor de una persona. También recuerda que hay momentos en que la compasión exige actuar, aunque resulte incómodo o contradiga expectativas religiosas o sociales. La sabiduría está en imitar el carácter de Dios, no en copiar una actividad interminable: trabajar con propósito, descansar con confianza y responder a la necesidad con misericordia. La obra fiel no nace de la presión por demostrar valor, sino de participar humildemente en el bien que Dios ya está haciendo.

Soul
Alma Perspectiva eterna
En Juan 5:17, Jesús responde a quienes lo acusan de quebrantar el sábado después de sanar a un hombre. Sus palabras no presentan a Dios como alguien que simplemente “no descansa”, sino como el Padre … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

En Juan 5:17, Jesús responde a quienes lo acusan de quebrantar el sábado después de sanar a un hombre. Sus palabras no presentan a Dios como alguien que simplemente “no descansa”, sino como el Padre cuya obra de preservar, sostener y dar vida continúa sin interrupción. El descanso sabático no significa abandono de la creación ni indiferencia ante el sufrimiento. En Jesús, la compasión revela el corazón mismo de esa obra divina. La frase también es una afirmación profunda de identidad. Jesús no habla de una iniciativa independiente, como si actuara al margen de Dios; declara que su obra corresponde a la obra del Padre. En el contexto del Evangelio de Juan, esto prepara una revelación cada vez más clara de su relación única con Dios. La sanidad no es una excepción caprichosa a la voluntad divina, sino una señal de que la vida y la restauración pertenecen al propósito de Dios. Este versículo corrige dos deformaciones: una religiosidad que protege la norma mientras ignora a la persona herida, y un activismo que trabaja sin comunión con el Padre. La obra de Dios es constante, pero nunca ansiosa: nace del amor, sostiene la vida y conduce hacia la plenitud.

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healing Aplicación para la restauración de la salud

En Juan 5:17, Jesús declara: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo». Estas palabras muestran un Dios presente y activo, incluso en medio de un mundo herido; no describen una exigencia de productividad constante ni justifican ignorar el descanso. Para la salud emocional, esta verdad puede contrarrestar la sensación de abandono que a veces acompaña la ansiedad, la depresión o el trauma: el sufrimiento no significa que Dios se haya retirado, aunque su presencia no siempre se perciba de inmediato.

La fe puede convivir con la atención psicológica. Así como el trabajo de Dios puede expresarse mediante cuidado y restauración, la terapia, los medicamentos indicados y el apoyo comunitario pueden formar parte de un proceso responsable de sanidad. La regulación emocional también requiere acciones concretas: mantener rutinas básicas de sueño y alimentación, hacer pausas respiratorias, nombrar las emociones sin juzgarlas y establecer límites ante cargas excesivas. En lugar de medir el valor personal por el rendimiento, resulta más saludable reconocer ritmos de esfuerzo, recuperación y descanso. Cuando hay desesperanza intensa, pensamientos de hacerse daño o síntomas que interfieren con la vida diaria, es importante buscar apoyo profesional y servicios de emergencia. La actividad de Dios no elimina la necesidad de ayuda; puede sostener la esperanza mientras llega.

info Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar expand_more

Una mala aplicación de Juan 5:17 puede convertir las palabras de Jesús en una justificación para trabajar sin descanso, ignorar límites, descuidar el cuerpo o llamar “falta de fe” a la necesidad de reposo. También puede usarse para presionar a alguien a permanecer en un empleo, ministerio o relación abusiva, o para afirmar que todo sufrimiento debe aceptarse sin buscar ayuda. La actividad de Dios no autoriza el agotamiento, la explotación ni el control espiritual. Hay señales de alerta cuando se minimizan depresión, ansiedad, trauma, duelo o ideas suicidas con frases como “solo hay que orar más” o “Dios está usando esto”; eso puede ser positivismo tóxico y evasión espiritual. La fe puede acompañar el tratamiento, pero no sustituye una evaluación profesional. Ante síntomas persistentes, riesgo de autolesión o violencia, se necesita apoyo clínico y recursos de emergencia en Estados Unidos.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es importante Juan 5:17?
Juan 5:17 es importante porque muestra cómo Jesús respondió a quienes lo criticaban por sanar en sábado. Al decir: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo trabajo», explicó que Dios sigue actuando para sostener, cuidar y dar vida a su creación. También presentó una relación única entre el Padre y él. El versículo invita a ver las obras de misericordia no como una violación del propósito de Dios, sino como una expresión de su amor y compasión.
¿Cuál es el contexto de Juan 5:17?
El contexto de Juan 5:17 es la sanidad de un hombre que llevaba muchos años enfermo. Jesús lo sanó junto al estanque de Betesda y le dijo que tomara su camilla y caminara. Algunos líderes judíos lo cuestionaron porque esa acción ocurrió en sábado. Jesús respondió que su Padre sigue trabajando y que él también trabaja. La conversación continúa mostrando que Jesús actúa con la autoridad del Padre y que sus obras revelan quién es.
¿Qué significa que el Padre de Jesús trabaja hasta ahora?
Cuando Jesús dice que su Padre trabaja hasta ahora, no se refiere a que Dios necesite descansar o que haya dejado incompleta su creación. La idea es que Dios continúa sosteniendo la vida, mostrando misericordia y llevando adelante su propósito. El sábado debía recordar la obra de Dios, no impedir las acciones de amor. Jesús afirma que el Padre sigue obrando, y que él participa activamente en esa obra de dar vida y restaurar a las personas.
¿Cómo puedo aplicar Juan 5:17 a mi vida?
Puedes aplicar Juan 5:17 recordando que seguir a Dios incluye responder con compasión a las necesidades reales de las personas. El versículo anima a no reducir la fe a reglas externas, mientras también invita a vivir con obediencia y propósito. Pregúntate cómo puedes reflejar el cuidado de Dios en tu familia, trabajo, iglesia y comunidad. Tus acciones no compran el favor de Dios; más bien, pueden expresar gratitud por su obra constante en tu vida.
¿Juan 5:17 significa que Jesús afirmaba ser igual a Dios?
Sí, el contexto indica que los líderes entendieron las palabras de Jesús como una afirmación extraordinaria sobre su relación con Dios. Al llamar a Dios «mi Padre» y decir que él también trabaja, Jesús no habló solamente de imitar a Dios, sino de actuar con una autoridad relacionada de manera única con la del Padre. Los versículos siguientes desarrollan esta idea. Por eso, Juan 5:17 contribuye a la enseñanza del Evangelio sobre la identidad divina y la autoridad de Jesús.

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