Versículo destacado
Juan 19:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó. "
Juan 19:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Entonces Pilato tomó a Jesús y lo azotó.
2 Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto púrpura,
3 y decían: «¡Salve, Rey de los judíos!». Y lo golpeaban con las manos.
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Este es otro relato del juicio injusto que le hicieron a nuestro Señor Jesús. Los acusadores impulsaban el caso en medio de la confusión de la multitud, y el propio juez estaba confundido en su corazón. Por eso, la historia no avanza en un orden perfectamente claro, y debemos seguirla tal como se presenta.
Pilato, el gobernador romano, maltrató al prisionero aunque afirmó que Jesús era inocente. Esperaba calmar a los acusadores con aquello, pero una buena intención no convierte en correcta una mala acción. Ordenó que azotaran a Jesús como si fuera un criminal (Juan 19:1). Al ver que la multitud se volvía más violenta y que no lograba liberarlo mediante la elección del pueblo, Pilato tomó a Jesús y lo azotó; es decir, ordenó a los soldados que lo golpearan. Algunos piensan que Pilato mismo lo azotó, porque el texto dice que tomó a Jesús y lo azotó, lo cual podría indicar un acto más personal. Mateo y Marcos mencionan los azotes después de la sentencia, pero aquí parecen ocurrir antes, mientras que Lucas habla de que Pilato ofreció azotar a Jesús y luego soltarlo, lo cual también debió suceder antes del juicio final.
Este castigo tenía el único propósito de satisfacer a los judíos, y Pilato intentaba complacerlos aceptando su acusación por encima de su propio juicio. Los azotes romanos solían ser muy severos y, a diferencia de los castigos judíos, no estaban limitados a cuarenta golpes. Sin embargo, Cristo se sometió a ese dolor y esa vergüenza por nosotros. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura, que decía que sería herido, golpeado, afligido y lastimado por nuestra paz (Isaías 53:5), que entregaría su espalda a quienes lo golpeaban (Isaías 50:6) y que los aradores pasarían el arado sobre su espalda (Salmo 129:3). Él mismo también lo había anunciado de antemano (Mateo 20:19; Marcos 10:34; Lucas 18:33).
Soportó los azotes para que por sus heridas fuéramos sanados (1 Pedro 2:24). Nosotros merecíamos ser corregidos con azotes y recibir muchos golpes, porque conocíamos la voluntad de nuestro Señor y no la obedecíamos. Pero Cristo recibió esos golpes en nuestro lugar, cargando la vara de la ira de su Padre (Lamentaciones 3:1). Pilato pretendía que los azotes evitaran que Jesús fuera condenado, y su plan fracasó. Sin embargo, aquello mostró el propósito de Dios: Jesús sería azotado para que nosotros no fuéramos condenados. El sanador fue herido, y así el enfermo recibió sanidad.
Para los seguidores de Cristo, esto también hace que el sufrimiento sea soportable e incluso digno de honra. Podemos alegrarnos cuando sufrimos vergüenza por causa de Cristo, como lo hicieron los primeros creyentes (Hechos 5:41; Hechos 16:22, 25) y como Pablo, quien fue golpeado muchas veces (2 Corintios 11:23). Las heridas de Cristo quitan el aguijón de las nuestras y cambian su propósito. El Señor nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo (1 Corintios 11:32).
Después Pilato entregó a Jesús a sus soldados para que se burlaran de él y lo trataran como a un necio (Juan 19:2, 19:3). Los soldados, que formaban la guardia personal del gobernador, le pusieron una corona de espinas en la cabeza. Pensaron que esa era la corona apropiada para un rey como él. Lo vistieron con una túnica púrpura, probablemente una prenda vieja y desgastada de ese color, que consideraron adecuada para su supuesta realeza. Luego lo saludaban diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!», y lo golpeaban con las manos.
Aquí vemos la bajeza y la injusticia de Pilato. Permitió que maltrataran a un hombre que él consideraba inocente y, por lo tanto, bueno. Quienes están bajo arresto legal deberían estar protegidos por la ley, pues estar bajo custodia debería significar estar a salvo. Pero Pilato hizo esto, en parte, para complacer a sus soldados, quienes disfrutaban convirtiéndolo en un espectáculo, y quizá también porque él mismo quería divertirse. Herodes y sus soldados habían hecho algo parecido poco antes (Lucas 23:11). Para ellos, aquello era como una representación teatral durante una fiesta, semejante a la manera en que los filisteos se burlaron de Sansón. Pilato también lo hizo para satisfacer el odio de los judíos, pues ellos querían que Cristo recibiera toda clase de insultos.
Los soldados demostraron una gran rudeza y crueldad. No tuvieron justicia ni misericordia, y se burlaron de un hombre que sufría, conocido desde hacía mucho tiempo por su sabiduría y honor, y que no había hecho nada para perder esa reputación. De esta manera, la santa religión de Cristo a menudo ha sido presentada injustamente por personas malas, adornada para provocar burla y desprecio, tal como aquí vistieron a Cristo. Le pusieron una túnica falsa, como si su realeza fuera solo una broma y una fantasía. De la misma manera, muchos tratan la religión de Cristo como una fantasía, como si Dios, el alma, el pecado, el deber, el cielo y el infierno fueran ideas inventadas.
También le pusieron una corona de espinas, como si la religión de Cristo solo trajera dolor y dificultades, como si obedecer a Dios y a la conciencia fuera como hundir la cabeza entre espinas. Pero eso es falso. Las espinas y las trampas pertenecen al camino torcido; el camino de la religión trae rosas y honra.
También debemos contemplar la maravillosa humildad de nuestro Señor Jesús en estos sufrimientos por nosotros. Incluso las personas fuertes y nobles pueden soportar el dolor con más facilidad que la vergüenza, pero Jesús aceptó la vergüenza por nosotros. Debemos admirar su firme paciencia, que nos da ejemplo de serenidad, valor y paz interior en las pruebas más difíciles que el deber pueda traer. También debemos admirar su gran amor, porque estuvo dispuesto a pasar por todo esto por nosotros y por nuestra salvación.
De esta manera mostró su amor, no solo al morir por nosotros, sino también al morir en desgracia. Soportó el dolor, no únicamente la agonía de la muerte, aunque la crucifixión era extremadamente dolorosa. Antes de eso, también se sometió a estos sufrimientos adicionales. Si nos quejamos de una espina en la carne o de un trato duro en medio de la aflicción, cuando eso puede ayudarnos a humillarnos y mantenernos alejados del orgullo, debemos recordar que Cristo se humilló para llevar espinas sobre su cabeza y soportar golpes con el fin de salvarnos y enseñarnos (2 Corintios 12:7).
También despreció la vergüenza, incluida la corona de burla y el falso honor de «¡Salve, rey de los judíos!». Si se burlan de nosotros por hacer el bien, no debemos avergonzarnos. Más bien, debemos honrar a Dios, porque entonces compartimos los sufrimientos de Cristo. Aquel que llevó esos honores falsos recibió la honra verdadera, y nosotros también la recibiremos si sufrimos pacientemente la vergüenza por causa de él.
Después de haber maltratado al prisionero, Pilato volvió a sacar a Jesús con la esperanza de que los acusadores quedaran satisfechos y abandonaran el caso (Juan 19:4, 19:5). Puso delante de ellos dos cosas para que las consideraran.
Pilato ya había dejado claro que no encontraba en Jesús nada que mereciera un castigo según la ley romana (Juan 19:4). Dijo: «No encuentro ningún delito en él», es decir: «No encuentro en él absolutamente ninguna causa de acusación». Después de investigar más el asunto, repitió lo que ya había dicho antes (Juan 18:38). Al hacerlo, Pilato se condenó a sí mismo. Si no encontraba ningún delito en Jesús, ¿por qué hizo que lo azotaran? ¿Por qué permitió que lo maltrataran?
Nadie debería sufrir un castigo si no ha hecho algo malo. Sin embargo, muchas veces la gente se burla de la religión y la ataca, aunque, si es honesta, reconoce que no encuentra en ella ninguna falta real. Si Pilato realmente no encontraba ningún delito en Jesús, ¿por qué volvió a presentarlo ante sus acusadores en vez de liberarlo de inmediato, como debía haber hecho? Si hubiera escuchado únicamente a su conciencia, no habría azotado ni crucificado a Cristo. Pero trató de complacer a todos. Pensó que podía satisfacer a la multitud azotando a Jesús y tranquilizar su conciencia sin crucificarlo. Al final, hizo ambas cosas.
Si desde el principio hubiera estado decidido a crucificar a Jesús, no habría necesitado azotarlo primero. Es común que quienes creen poder evitar un pecado mayor cometiendo uno menor terminen siendo culpables de ambos.
Pilato también intentó otra manera de calmar a la multitud. Sacó a Jesús con la corona de espinas, con la cabeza y el rostro cubiertos de sangre, y dijo: «¡Aquí tienen al hombre!» (Juan 19:5). Quería decir: «Miren al hombre del que han sospechado tanto». Jesús había sido popular en otro tiempo, y eso quizá les había dado a los líderes motivos para temerle. Pero Pilato pensó que, al tratarlo como a un esclavo y exponerlo públicamente a la vergüenza, lo había vuelto inofensivo. Imaginó que el pueblo nunca volvería a respetar a Jesús y que él jamás recuperaría su honor.
Pilato no sabía que, en generaciones posteriores, las personas mejores y más nobles honrarían los sufrimientos de Cristo. Se gloriarían en la cruz y en las heridas que Pilato pensó que dejarían a Jesús y a sus seguidores en una vergüenza permanente.
Aquí vemos a nuestro Señor Jesús mostrándose con todas las marcas de la deshonra. Salió voluntariamente para que lo miraran y se burlaran de él, y sin duda se burlaron al verlo en esa condición, porque había sido puesto como señal que sería objeto de contradicción (Lucas 2:34). ¿Salió llevando nuestra vergüenza? Entonces acerquémonos a él y llevemos también su vergüenza (Hebreos 13:13).
Las palabras de Pilato, «¡Aquí tienen al hombre!», conmueven profundamente. La expresión griega también podría entenderse como palabras del propio Pilato, pero la mayoría de los traductores la interpretan como nosotros. Pilato trataba de calmar a la multitud; en efecto, les decía: «Miren a este hombre. Ya no representa ninguna amenaza». No estaba pidiendo tanto que le tuvieran compasión, sino diciendo: «Ya no tienen razón para temerle». Pensaba que, como su corona había sido arrancada y convertida en una burla, ahora todos se reirían de él.
Aun así, esas palabras conmueven profundamente. Es bueno que cada uno de nosotros, con los ojos de la fe, contemple al hombre Cristo Jesús en medio de su sufrimiento. Contemplemos a este Rey con la corona que su madre le puso: la corona de espinas (Cantares 3:11). Contémplalo, y deja que tu corazón se conmueva. Contémplalo, y lamenta lo que sufrió. Contémplalo, y ámalo. Sigue mirando a Jesús.
En vez de calmarse, los acusadores se enfurecieron aún más (Juan 19:6-7). Los principales sacerdotes, que dirigían a la multitud, gritaron llenos de rabia, y sus oficiales o sirvientes se unieron a ellos clamando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». La gente común quizá habría aceptado la declaración de Pilato de que Jesús era inocente, pero sus dirigentes, los sacerdotes, la desviaron. Su odio contra Cristo era irracional y absurdo, porque ni siquiera intentaron demostrar sus acusaciones ni presentar argumentos contra el fallo de Pilato. Aunque Jesús era inocente, insistían en que fuera crucificado.
Su odio también era cruel e insaciable. Ni la severidad de sus azotes, ni su paciencia al soportarlos, ni las preguntas moderadas del juez pudieron ablandarlos. Ni siquiera el intento de Pilato de convertir el asunto en una especie de broma los dejó satisfechos. Su enojo también era atrevido y obstinado. Estaban dispuestos a arriesgar el favor del gobernador, la paz de la ciudad y su propia seguridad antes que renunciar a la fuerza de su exigencia.
Si fueron tan intensos al intentar derribar a nuestro Señor Jesús y clamar: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!», ¿no deberíamos nosotros mostrar el mismo entusiasmo y fervor al honrar su nombre y clamar: «¡Corónenlo! ¡Corónenlo!»? Si su odio agudizó sus esfuerzos contra él, ¿no debería nuestro amor por él impulsarnos a trabajar por él y por su reino?
Entonces Pilato frenó su furia, insistiendo todavía en que el prisionero era inocente: «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, si es que tienen que hacerlo». Lo dijo con ironía, porque sabía que ellos no podían ni se atrevían a crucificarlo. Era como si dijera: «No harán que yo sirva a su malicia. No puedo crucificarlo con la conciencia tranquila». Habría sido una buena decisión si se hubiera mantenido firme. Puesto que no encontraba ninguna culpa en Jesús, debió dejar de discutir con los acusadores.
Quienes quieren mantenerse alejados del pecado deben hacer oídos sordos a la tentación. Pilato también debió proteger al prisionero de sus insultos. ¿Para qué se les da autoridad a los gobernantes, si no es para proteger al inocente? Los gobernantes deben usar su poder para defender la justicia. Pero Pilato no tuvo el valor de actuar conforme a lo que sabía que era correcto, y su debilidad lo dejó atrapado.
Entonces los acusadores dieron otra razón para exigir la muerte de Jesús (Juan 19:7): «Nosotros tenemos una ley —dijeron—, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo pasar por el Hijo de Dios». Se enorgullecían de la ley mientras la quebrantaban y deshonraban a Dios, tal como Pablo dice acerca de los judíos (Romanos 2:23). Su ley era verdaderamente excelente, mucho mejor que las leyes de otras naciones. Pero su orgullo no significaba nada cuando usaban esa ley con propósitos perversos.
Esto también muestra la profundidad y obstinación de su odio contra Jesús. Cuando no pudieron poner a Pilato en su contra diciendo que se proclamaba rey, intentaron otra acusación: que afirmaba ser Dios. Removieron todos los obstáculos que pudieron para deshacerse de él. También torcieron la ley y la convirtieron en un instrumento de su malicia. Algunos piensan que apelaban a una ley especial hecha contra Cristo, como si una ley tuviera que cumplirse, fuera justa o injusta. Pero la Escritura advierte contra quienes establecen leyes injustas y redactan decretos crueles que ellos mismos han dispuesto (Isaías 10:1). Véase también Miqueas 6:16.
Parece que estos acusadores realmente apelaban a la ley de Moisés. Si era así, tenían parte de razón, porque esa ley establecía la muerte para los blasfemos, los idólatras y los falsos profetas. Cualquiera que afirmara falsamente ser el Hijo de Dios ciertamente sería culpable de blasfemia (Levítico 24:16).
Pero la acusación contra Cristo era falsa, porque él verdaderamente era el Hijo de Dios. Ellos debieron examinar las pruebas que él había dado de esa afirmación. Si decía ser el Hijo de Dios, si su enseñanza no alejaba a las personas de Dios sino que las acercaba a él, y si demostraba tanto su misión como su mensaje por medio de milagros, como claramente lo hizo, entonces, según su propia ley, debían escucharlo (Deuteronomio 18:18-19). Si se negaban, ellos eran quienes corrían el peligro de ser excluidos.
Lo que debía haber sido motivo de honra para Jesús y habría podido ser motivo de alegría para ellos, si no se hubieran cegado, lo trataron como un crimen. Sin embargo, incluso entonces, su argumento no justificaba que Jesús fuera crucificado, porque la crucifixión no era un castigo establecido por su ley.
Ahora el juez lleva de nuevo al prisionero para interrogarlo, a causa de esta nueva acusación. Cuando Pilato oyó que a Jesús no solo lo llamaban rey, sino también Hijo de Dios, tuvo todavía más miedo (Juan 19:8). Esto hizo que todo el caso fuera más difícil para él en ambos sentidos. Si dejaba libre a Jesús, corría el riesgo de provocar la ira del pueblo, porque sabía cuán firmemente creían en la unidad de Dios y cuánto rechazaban ahora cualquier mención de otros dioses. Quizá podría calmarlos si el asunto se tratara únicamente de un supuesto rey, pero no si se refería a alguien llamado Dios. Pilato pensó que, si eso era lo que provocaba el alboroto, una broma no lo calmaría.
Al mismo tiempo, Pilato también corría el riesgo de inquietar su propia conciencia si condenaba a Jesús. Se preguntaba: «¿Será él alguien que se hace pasar por el Hijo de Dios? ¿Y si realmente lo es? ¿Qué será de mí entonces?». Incluso la conciencia natural hace que las personas teman ser halladas luchando contra Dios. Los paganos tenían historias sobre dioses que aparecían en forma humana y eran maltratados por personas que después pagaban muy caro por ello. Pilato temía que él mismo pudiera estar exponiéndose a un peligro semejante.
Por eso Pilato volvió a interrogar a Jesús, dándoles a los acusadores toda oportunidad razonable que podía ofrecerles (Juan 19:9). Entró otra vez al tribunal, alejándose de la multitud, y preguntó: «¿De dónde eres?». Quería privacidad para poder pensar con más cuidado. Quienes desean conocer la verdad acerca de Jesús deben dejar atrás el ruido de los prejuicios y, en cierto sentido, entrar al tribunal para hablar a solas con Cristo.
La pregunta de Pilato era amplia: ¿Jesús procedía de los seres humanos o del cielo, de abajo o de arriba? Antes le había preguntado directamente si era rey. Ahora evitó preguntarle abiertamente si era el Hijo de Dios, porque no quería parecer demasiado atrevido al hablar de asuntos divinos. En lugar de eso, preguntó de dónde había venido Jesús y qué clase de ser era antes de entrar en este mundo.
Jesús no le respondió. No guardó silencio por terquedad ni porque careciera de una respuesta. Fue un silencio paciente, que cumplía la Escritura: «como una oveja delante de sus trasquiladores, permaneció en silencio» (Isaías 53:7). Su silencio mostraba que se sometía voluntariamente a la voluntad de su Padre en medio de aquellos sufrimientos. No diría nada que pudiera impedirle sufrir lo que había venido a soportar.
Este silencio también fue sabio. Cuando los principales sacerdotes le preguntaron: «¿Eres tú el Hijo del Bendito?», respondió: «Yo soy», porque ellos estaban usando las Escrituras del Antiguo Testamento y hablaban del Mesías. Pero Pilato no entendía realmente su propia pregunta ni tenía una verdadera comprensión del Mesías o del Hijo de Dios. Jesús no veía sentido en responderle a un hombre cuya mente estaba llena de ideas paganas, ideas que probablemente torcería de todos modos.
Entonces Pilato le habló a Jesús con orgullo e irritación porque guardaba silencio (Juan 19:10). «¿No me vas a hablar? —dijo—. ¿Me muestras tal falta de respeto? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para soltarte si quiero?». Pilato presumía de su propia autoridad, como si no fuera menor que la de Nabucodonosor, quien podía condenar a muerte o perdonar a las personas según su voluntad (Daniel 5:19). Quienes tienen poder suelen enorgullecerse de él, y cuanto más absoluto es ese poder, más alimenta su orgullo. Pero Pilato exageraba su autoridad mucho más allá de la verdad cuando afirmaba que podía crucificar a un hombre que ya había declarado inocente. Ningún gobernante tiene autoridad para hacer lo malo. Solo podemos hacer aquello que tenemos derecho a hacer.
También le habla a Jesús con desprecio. Primero, actúa como si Jesús fuera insolente y no respetara la autoridad por quedarse callado cuando le hablan. Segundo, actúa como si Jesús fuera un ingrato, ya que Pilato había intentado protegerlo. Tercero, lo trata como si fuera un necio que no sabe defenderse: «¿No vas a hablar en tu favor ahora que estoy dispuesto a liberarte?». Si Cristo hubiera querido salvar su vida, ese habría sido el momento de hablar. Pero su misión no era conservar su vida, sino entregarla.
Cristo responde al reproche de Pilato corrigiendo su orgullo y su error (Juan 19:11): «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba». Aunque Jesús no respondió preguntas impertinentes, porque no debemos responderle al necio conforme a su necedad, sí respondió a las palabras arrogantes, para que aquel hombre no se creyera sabio en su propia opinión (Proverbios 26:4-5).
Cuando Pilato ejerció correctamente su autoridad, Cristo se sometió tranquilamente a ella. Pero cuando Pilato se enorgulleció de ese poder, Cristo le recordó de dónde provenía: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba». Estas palabras pueden entenderse de dos maneras.
Primero, Cristo le estaba recordando a Pilato que su autoridad como gobernante era limitada. Dios es la fuente de toda autoridad. Quienes tienen poder lo reciben de él y, por lo tanto, siguen estando bajo su gobierno. Deben mantenerse dentro de la ley de Dios, y solo pueden llegar hasta donde la providencia de Dios —su control sabio de los acontecimientos— se lo permita. Son la mano y la espada de Dios (Salmo 17:13-14). Un hacha podría jactarse contra quien la empuña, pero sigue siendo solamente una herramienta (Isaías 10:5, Isaías 10:15). Por eso, que los opresores orgullosos recuerden que alguien superior a ellos les pedirá cuentas (Eclesiastés 5:8). Y que esto también calme las quejas de los oprimidos: es el Señor quien lo ha permitido. Dios le dijo a Simei que maldijera a David, de modo que quienes sufren pueden consolarse sabiendo que sus perseguidores solo pueden hacer lo que Dios les permite hacer (Isaías 51:12-13).
Segundo, Cristo le estaba diciendo a Pilato que el poder que ejercía contra él, y todo lo que hiciera con ese poder, formaba parte del plan establecido por Dios. Jesús fue entregado conforme al conocimiento anticipado y al propósito de Dios (Hechos 2:23). Es probable que Pilato se considerara muy importante mientras se sentaba a juzgar a un prisionero como aquel, a quien muchos creían el Hijo de Dios y el Rey de Israel. Pero Cristo le mostró que solo era un instrumento en las manos de Dios y que no podía hacer nada contra él si no era por disposición del cielo (Hechos 4:27-28).
Cristo también disminuye con delicadeza el pecado de Pilato al compararlo con el pecado de los hombres que promovieron el ataque: «El que me entregó a ti tiene un pecado mayor». Cristo está diciendo claramente que Pilato sí pecó y que la presión de los judíos, así como su propio temor, no lo excusaba. Cristo quería despertar la conciencia de Pilato y aumentar su temor. La culpa de otras personas no nos absuelve, y en el día final no podremos defendernos diciendo que otros fueron peores. No seremos juzgados por comparación, sino por nuestros propios actos.
Aun así, quienes entregaron a Jesús a Pilato eran culpables de un pecado mayor. Esto demuestra que no todos los pecados son iguales. Algunos son mucho más graves que otros, así como unos son semejantes a mosquitos y otros a camellos; unos, a motas y otros, a vigas; unos, a centavos y otros, a grandes sumas de dinero. El que entregó a Cristo a Pilato pudo haber sido el pueblo judío que gritaba: «¡Crucifícalo!». Ellos habían visto los milagros de Cristo, cosa que Pilato no había hecho. El Mesías había sido enviado primero a ellos. Era uno de los suyos y, como pueblo oprimido, debieron haber recibido con mayor razón a un redentor. Por eso, fue mucho peor que se opusieran a él.
O quizá Cristo se refería a Caifás, el sumo sacerdote judío que dirigió el complot contra él y fue el primero en instigar su muerte (Juan 11:49-50). El pecado de Caifás era mucho mayor que el de Pilato. Caifás persiguió a Cristo por un profundo odio hacia él y hacia su enseñanza; lo hizo deliberadamente y con malicia premeditada. Pilato condenó a Jesús por temor a la multitud, y tomó su decisión de manera repentina, antes de tener tiempo de serenarse y reflexionar.
Algunos piensan que Cristo se refería a Judas Iscariote, el discípulo que lo traicionó. Judas no entregó directamente a Jesús a Pilato, pero sí lo entregó a quienes después lo llevaron ante Pilato. En muchos sentidos, el pecado de Judas era mayor que el de Pilato. Pilato era un extraño para Cristo, pero Judas era su amigo y seguidor. Pilato no encontró ninguna culpa en él, mientras que Judas conocía mucho de su bondad. Pilato tenía prejuicios, pero no había recibido un soborno. Judas aceptó una recompensa por entregar a un inocente, y su pecado abrió la puerta a todo lo que sucedió después. Él les indicó el camino a quienes arrestaron a Jesús. El pecado de Judas fue tan grande que el juicio no tardó en alcanzarlo. Cuando Cristo dijo estas palabras, o poco después, Judas ya había ido a su propio lugar.
Entonces Pilato trató de rescatar a Jesús de manos de los judíos, pero no sirvió de nada. No volvemos a escuchar que ocurriera algo entre Pilato y el prisionero. Lo que queda es el conflicto entre Pilato y los acusadores.
Pilato parece estar más decidido que antes a liberar a Jesús (Juan 19:12). «Desde entonces» significa desde ese momento y por esa razón, porque Cristo le había respondido (Juan 19:11). Cristo lo había reprendido, pero Pilato parece haber recibido bien la reprensión. Aunque Cristo señaló su culpa, Pilato siguió sin encontrar ninguna falta en él y continuó intentando liberarlo. Quería hacerlo de una manera segura, sin ofender a los sacerdotes. Nunca es bueno que nuestro deber quede absorbido por nuestros planes para hacer que todo parezca fácil o práctico. Si el deseo de Pilato de evitar problemas no hubiera pesado más que su sentido de justicia, no habría seguido dudando. Que se haga justicia, aunque todo lo demás se desmorone.
Los judíos se enfurecieron todavía más y se empeñaron aún más en lograr que Jesús fuera crucificado. Siguieron insistiendo en su acusación con los mismos gritos estruendosos. Querían que la gente pensara que la multitud estaba en contra de Jesús, así que procuraron que lo condenara una turba. Eso no es difícil de lograr, aunque una votación justa probablemente habría dado una gran mayoría a favor de liberar a Jesús. Unas cuantas voces enojadas pueden hacer más ruido que muchas voces sensatas y luego fingir que hablan por toda una nación o por toda la humanidad. Pero es más fácil tergiversar lo que la gente piensa que cambiar verdaderamente su manera de pensar.
Ahora que Cristo estaba en manos de sus enemigos, sus amigos permanecían callados y ausentes, mientras que sus enemigos eran audaces y activos. Eso permitió que los principales sacerdotes afirmaran que toda la nación estaba de acuerdo en que Jesús debía ser crucificado. Con sus gritos perseguían dos objetivos. Primero, intentaban presentar al prisionero como enemigo de César. Jesús había rechazado los reinos de este mundo y su gloria, y había dicho que su reino no era de este mundo. Sin embargo, ellos afirmaban que hablaba contra César; decían que se oponía a César y amenazaba su autoridad. Siempre ha sido una estrategia de los enemigos de la religión hacer que parezca perjudicial para los reyes y para el bien público, cuando en realidad beneficiaría mucho a ambos.
Segundo, intentaban asustar al juez fingiendo que eran leales a César. En efecto, le decían: «Si dejas libre a este hombre, no eres amigo de César. Eso significa que eres infiel a tu deber, que quedarás expuesto a la ira del emperador y que corres el riesgo de perder tu cargo». Lo estaban amenazando con denunciarlo y conseguir que lo destituyeran, y eso tocaba a Pilato en un punto muy sensible. Sin embargo, estos judíos nunca debieron afirmar que les preocupaba César, porque ellos mismos estaban tan mal dispuestos hacia él y su gobierno. No debieron hablar de ser amigos de César, porque en realidad eran sus enemigos. De esta manera, una demostración de celo por lo bueno suele ocultar un verdadero odio por algo mejor.
Cuando todos los demás recursos habían fracasado, Pilato intentó sacar a la multitud de su furia haciendo una broma. Pero al hacerlo, se delató y cedió a la presión (Juan 19:13-15). Después de resistirse durante mucho tiempo y de parecer dispuesto a mantenerse firme ante aquel ataque, finalmente se rindió de una manera vergonzosa. Observemos, en primer lugar, qué fue lo que hizo tambalear a Pilato (Juan 19:13). Cuando escuchó el argumento de que no podía ser leal a César ni conservar su favor si no condenaba a muerte a Jesús, pensó que había llegado el momento de protegerse. Nada de lo que ellos habían dicho para demostrar que Cristo era un criminal, ni sus argumentos de que Pilato debía condenarlo, lo había movido. Él todavía creía que Cristo era inocente. Pero cuando apelaron a sus propios intereses, comenzó a ceder. Quienes atan su felicidad a la aprobación de la gente se convierten en blancos fáciles de las tentaciones de Satanás.
Observa, en segundo lugar, lo que se hizo para preparar la sentencia final. Pilato sacó a Jesús y luego él mismo se sentó en el tribunal, a la vista de todos. Podemos suponer que mandó traer sus vestiduras oficiales para verse importante y después se sentó en el asiento del juez. Cristo fue condenado con toda la ceremonia posible. Primero, esto se hizo para que nosotros pudiéramos comparecer con seguridad ante el tribunal de Dios, de modo que todos los creyentes, al ser juzgados en Cristo, fueran declarados libres de culpa en el cielo. Segundo, tenía el propósito de disminuir el temor a los juicios públicos, pues más adelante los seguidores de Cristo enfrentarían juicios semejantes por causa de él. Pablo pudo presentarse con mayor valentía ante el tribunal de César porque su Maestro había estado allí antes que él.
Observa también el lugar y el momento de la condena de Cristo (Juan 19:14). El lugar se llamaba el Pavimento y, en hebreo, Gábata. Probablemente era el sitio donde Pilato acostumbraba sentarse para atender casos o juzgar a los criminales. Algunos piensan que Gábata significa un lugar cerrado, separado de los insultos de la multitud, de modo que Pilato sintiera menos temor de ella. Otros creen que significa un lugar elevado, para que todos pudieran verlo. El momento era el día de la preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta.
El día era significativo. Era el día de preparación para el día de reposo de la Pascua y para los días solemnes de esa fiesta, incluidos los días de los panes sin levadura. Esto queda claro en (Lucas 23:54), donde se dice que era el día de la preparación y que el día de reposo estaba por comenzar. Por tanto, se trataba de la preparación para el día de reposo. Antes de la Pascua debía hacerse una preparación cuidadosa. Juan menciona esto para mostrar cuán pecaminosa fue su conducta. En el mismo momento en que debían quitar la vieja levadura y prepararse para la Pascua, perseguían a Cristo con gran odio y furia. Cuanto más santo era el día, más malvada era la acción.
También se menciona la hora: era alrededor de la hora sexta. Algunos manuscritos griegos y latinos antiguos leen «la hora tercera», lo cual coincide con (Marcos 15:25). Además, (Mateo 27:45) muestra que Jesús ya estaba en la cruz antes de la hora sexta. Sin embargo, aquí quizá no se menciona la hora como una indicación exacta del reloj, sino para aumentar la culpa de ellos. Estaban apresurando el juicio en un día santo, el día de la preparación, y desde la hora tercera hasta la hora sexta —lo que llamaríamos el horario del culto— se dedicaron a esa obra malvada. Así que ese día, mientras ejercían sus funciones sacerdotales, descuidaron el servicio del templo. No dejaron a Cristo hasta la hora sexta, cuando comenzó la oscuridad y esta los llenó de temor. Algunos creen que Juan está usando la manera romana de contar las horas y que la hora sexta significa las seis de la mañana, lo que correspondería a la primera hora del día para los judíos. Es muy probable que así sea; por tanto, el juicio de Cristo ante Pilato probablemente estaba en su momento culminante alrededor de las seis de la mañana, poco después del amanecer.
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De este capítulo
Juan 19:2
"Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto púrpura,"
Juan 19:3
"y decían: «¡Salve, Rey de los judíos!». Y lo golpeaban con las manos."
Juan 19:4
"Pilato salió otra vez y les dijo: «Miren, se lo traigo afuera para que sepan que no encuentro ninguna culpa en él»."
Juan 19:5
"Entonces Jesús salió llevando la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato les dijo: «¡Miren al hombre!»."
Juan 19:6
"Cuando los principales sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro ninguna culpa en él»."
Juan 19:7
"Los judíos le respondieron: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios»."
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